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Publicado el 20 de junio, 2019

Juan Ignacio Brito: Un equipo de incondicionales

Periodista Juan Ignacio Brito

La tendencia de Piñera es clara: su gabinete se ha ido convirtiendo en un club de incondicionales donde las miradas divergentes se cotizan a la baja y el poder del mandatario se torna crecientemente incontrarrestable. Esto involucra riesgos. Son muchos los líderes que han caído en la trampa de solo escuchar las voces de los cercanos, lo que produce un efecto de reafirmación y enclaustramiento que a menudo conduce al error, al “pensamiento de grupo” (groupthink) y a la pérdida de contacto con la realidad concreta.

Juan Ignacio Brito Periodista
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En su afamado libro Team of Rivals, la historiadora norteamericana Doris Kearns Goodwin describe cómo el presidente Abraham Lincoln conformó su gabinete luego de ganar las elecciones en 1860. Contrariando lo que muchos de sus adeptos le pedían, Lincoln optó por incluir en su equipo a tres políticos que compitieron contra él, conformando un “equipo de rivales” cuyo manejo le exigió grandes esfuerzos, pero que finalmente le permitió avanzar hacia la abolición de la esclavitud y la victoria en la Guerra Civil de Estados Unidos. La grandeza de Lincoln, afirma la autora, reside en buena medida en su visión para integrar a sus antiguos adversarios y en su liderazgo para conciliar personalidades e intereses distintos en beneficio de la causa que abrazó.

Con otras urgencias y distintos desafíos históricos, todo presidente encara el dilema que enfrentó Lincoln a la hora de seleccionar a su gabinete. Ocurre lo mismo en Chile, donde en el pasado reciente las opciones han sido diversas. Incluso en tiempos de dictadura hubo que optar entre militares y civiles, nacionalistas y Chicago-gremialistas, integrando u oponiendo facciones.

La elección de lo que se denomina el “equipo político” es clave en este aspecto. Distintos presidentes han optado por diferentes combinaciones. Eduardo Frei confió en cercanos e incluso en quienes habían colaborado con su padre, como Raúl Troncoso o Carlos Figueroa, a los que recurrió para ocupar la cartera de Interior. Ricardo Lagos, en cambio, designó en esa posición a José Miguel Insulza, con quien no tenía especial afinidad, conformando de alguna manera un “equipo de rivales”. Algo parecido hizo Michelle Bachelet al nominar en Interior a Andrés Zaldívar, Belisario Velasco y Edmundo Pérez Yoma (durante su primera administración) y Jorge Burgos (en la segunda), aunque también recurrió a incondicionales al encargar la jefatura del gabinete a Rodrigo Peñailillo y Mario Fernández.

Sebastián Piñera es consistente a la hora de optar por los integrantes de su equipo más próximo. Se rodea de incondicionales, al punto que Rodrigo Hinzpeter dijo alguna vez que entre su jefe y él había una relación similar a la de Manuel Montt con Antonio Varas o la que tuvieron Jorge Alessandri y Sótero del Río.

El instinto ha ido cobrando vigor en Piñera. Si en su primera administración apostó inicialmente por Ena von Baer como vocera, a partir de 2011 ya no quiso experimentar y la reemplazó por Andrés Chadwick. Hoy su núcleo próximo está compuesto por puros cercanos. Cristián Larroulet, secretario general de la Presidencia entre 2010 y 2014, es ahora jefe de asesores del segundo piso de La Moneda; el equipo político proviene íntegramente de la Fundación Avanza Chile, que entre 2014 y 2018 sirvió como plataforma para el piñerismo. De los 23 ministerios que existían al iniciarse el segundo periodo de Piñera, cinco (22%) estaban ocupados por ex ministros de su primera administración.

Gonzalo Blumel, posee un estilo dialogante que es muy bien recibido, pero ha hecho toda su breve trayectoria a la sombra de Piñera, lo cual reduce su autonomía para imponerse en caso de ser necesario.

En el cambio de gabinete de la semana pasada la tendencia se exacerbó, tanto por los que llegaron como por los que no salieron. El retorno de Teodoro Ribera, Juan Carlos Jobet y Jaime Mañalich confirma la inclinación del Presidente a rodearse de aquellos que ya conoce y en los que confía plenamente, algo que ya se había manifestado con el regreso de Carolina Schmidt en agosto de 2018. Solo el arribo de Sebastián Sichel va en contra de esa línea, aunque su nombramiento puede interpretarse al revés también: al convocar a un outsider para Desarrollo Social, el mandatario habría rebajado la importancia de esa cartera y expresaría la pérdida de interés por los temas que ella impulsa, priorizando ahora la recuperación económica. Una medida del peso de Sichel será ver con qué grado de influencia se integra a las deliberaciones del comité político de La Moneda.

Hoy, de los 24 ministerios que existen (se añadió Ciencia a los originales), nueve (37,5%) están en manos de ex ministros del gobierno 2010-2014. En los dos cambios de gabinete que ha hecho (tres, si se considera como tal la salida de Mauricio Rojas), no ha salido ningún “ministro antiguo” y se han incorporado cuatro. La tendencia de Piñera es clara: su gabinete se ha ido convirtiendo en un club de incondicionales donde las miradas divergentes se cotizan a la baja y el poder del mandatario se torna crecientemente incontrarrestable.

Lo anterior se ve acentuado por la posición debilitada en que se encuentran varios ministros importantes. Andrés Chadwick y Cecilia Pérez son los casos más obvios. El crimen de Camilo Catrillanca le asestó al primero un golpe del que no ha podido recuperarse y hoy simplemente carece de fuerza para actuar como un contrapeso ante el Presidente. La vocera también ha ido perdiendo tonelaje político y los cuestionamientos a su labor la ubican en una posición de fragilidad. El otro integrante del “equipo político”, Gonzalo Blumel, posee un estilo dialogante que es muy bien recibido, pero ha hecho toda su breve trayectoria a la sombra de Piñera, lo cual reduce su autonomía para imponerse en caso de ser necesario.

Son muchos los líderes que han caído en la trampa de solo escuchar las voces de los cercanos, lo que produce un efecto de reafirmación y enclaustramiento que a menudo conduce al error, al “pensamiento de grupo” (groupthink) y a la pérdida de contacto con la realidad concreta.

El ordenamiento institucional y la historia le otorgan al Ejecutivo una gran influencia concreta y simbólica. En el caso del actual gobierno, las circunstancias y las decisiones que ha ido adoptando el propio Presidente hacen que esta realidad se acentúe y que todo gire cada vez más en torno a Piñera, en cuyo libro no figura para nada el concepto del “equipo de rivales” de Lincoln y que, más bien, se ha ido inclinando con creciente fuerza hacia la conformación de un equipo de cercanos e incondicionales con él como cabeza cada vez más indiscutida. Esta tendencia involucra riesgos. Son muchos los líderes que han caído en la trampa de solo escuchar las voces de los cercanos, lo que produce un efecto de reafirmación y enclaustramiento que a menudo conduce al error, al “pensamiento de grupo” (groupthink) y a la pérdida de contacto con la realidad concreta. En el discurso que siguió al cambio de gabinete, Piñera dio muestras de este tipo de cerrazón al sugerir que ya había hecho todo lo posible por dialogar y buscar acuerdos y señalar que ahora “llegó el tiempo de las definiciones y la acción”. Muchos leyeron esas palabras como dirigidas a lo que él mismo ha denominado como una “oposición obstruccionista”, pero quizás no sería equivocado también interpretarlas como una reafirmación de su estilo y determinación por seguir adelante con su núcleo duro. Los reclamos de la UDI por la conformación del nuevo gabinete y el subsecuente choque del partido con el Ejecutivo pueden ser analizados como una advertencia en el mismo sentido, por mucho que ayer las asperezas hayan sido “superadas” después de un encuentro en La Moneda.

Al buscar la incondicionalidad de sus cercanos, Piñera da la espalda a la diversidad que tanto dice apreciar en la mayoría que lo llevó al gobierno. El presidente se ha atrincherado en La Moneda con su equipo político y su gabinete, ocupado por incondicionales en casi la totalidad de las carteras clave. Quedan dos años y 9 meses para evaluar si la apuesta funciona o si, por el contrario, acentúa la pérdida de sintonía del gobierno con los desafíos, intereses y problemas que agitan la existencia cotidiana de los chilenos.

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