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Publicado el 28 agosto, 2020

Juan Ignacio Brito: UDI: viraje a la nada

Periodista Juan Ignacio Brito

A estas alturas, el problema ya no es Lavín. A nadie debería sorprender la transición del alcalde desde el pinochetismo a la socialdemocracia. Se ha dado a vista de todos. El problema real lo tiene la UDI. Si opta por el edil, el camino queda claro: tiene los días contados, porque se ubicaría a sí misma en una posición imposible. 

Juan Ignacio Brito Periodista
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Joaquín Lavín se autoproclama socialdemócrata y la UDI guarda silencio. En público solo se escucha la voz crítica de Evelyn Matthei. El resto del partido baja la cabeza y hace como que aquí no ha pasado nada. Lavín es una carta presidencial de peso y la UDI quiere llegar por fin a La Moneda, así que a tragarse los principios y salir del paso con declaraciones anodinas. La presidente del partido juega al equilibrismo y opta por decir algo para no decir nada. Otros caciques la imitan e incluso perfeccionan esa cualidad de llenar espacio con humo. El partido que hasta hace unos años era reducto de la ortodoxia doctrinaria es hoy una gelatina.

Lavín asegura que “yo no zigzagueo, sino que avanzo”. Explica su revelación socialdemócrata en modo de autoayuda: “He ido evolucionando como persona”. ¿O sea que todo se reduce a que se ha ido despojando de sus zonas erróneas? Un proceso de crecimiento que consiste en dejar muy atrás al funcionario de Odeplan, el Chicago boy, el editor de El Mercurio, el autor de Chile: Revolución Silenciosa (libro que el régimen militar distribuyó masivamente), el docente universitario que elogiaba el modelo y explicaba sus ventajas (fue mi profesor en la UC), el rostro y cerebro de la campaña del Sí en el plebiscito de 1988, el “gallo de pelea”, el aguerrido orador en los actos para traer de vuelta a Pinochet desde Londres (ciudad hasta la que viajó para visitar al general), el defensor de la Constitución de 1980…

El alcalde ha evolucionado y ve las cosas de otra manera: ya no le gusta el modelo que ensalzó en el bestseller que lo hizo famoso a nivel nacional; Pinochet, su antiguo jefe con el que aparece sonriendo en tantas fotos, hoy es anatema; está por el Apruebo y ahora se confiesa socialdemócrata. “Sé de donde vengo”, afirma el alcalde. Todos lo sabemos. Y podemos intuir dónde estará en el futuro, porque se ha convertido en un político antilíder: en lugar de guiar, sigue. Es posible predecir que el alcalde siempre estará allí donde se ubique la opinión mayoritaria.

En una época en que los políticos son criticados por no sintonizar con la gente y sus necesidades, eso podría parecer una virtud. De hecho, es sabido que Lavín es adepto a monitorear de cerca la opinión pública y que su gestión en Las Condes se destaca por responder al instante a las urgencias y humores ciudadanos. Esa cualidad única lo transforma en la esperanza electoral de la UDI, que parece dispuesta a comer vidrio con tal de poner a un militante en La Moneda. Los serpenteos del alcalde no serían realmente importantes, porque a la gente no le interesa eso, sino que solo quiere un presidente que haga cosas… y Lavín es un experto en hacer cosas. Una irrenunciable carta de triunfo. Resultaría suicida para la UDI desecharlo a raíz de nimiedades ideológicas pasadas de moda que, por lo demás, a nadie importan.

Un relato redondo, aparentemente impecable. El problema es que no es verdad. La historia muestra que Lavín es un mal candidato. De hecho, su gran logro electoral es una derrota (la presidencial de 1999-2000 contra Ricardo Lagos). Ya había perdido en 1989 frente a Evelyn Matthei y la DC Eliana Caraball. De ahí en adelante, no ha parado de sufrir traspiés cuando enfrenta elecciones de escala mayor. Perdió en 2005 en primera vuelta ante Sebastián Piñera y Michelle Bachelet; perdió también la senatorial de 2009 en Valparaíso Costa frente a Francisco Chahuán y Ricardo Lagos Weber. Es cierto que ganó en Santiago (2000) y Las Condes (en los 90 y luego en 2016), pero la verdad es que, especialmente en esta última comuna, la derecha tiene la carrera corrida. Muchos celebran su gestión en Las Condes, donde en 2016 llegó a postularse gracias a un arreglo poco transparente de última hora con su antecesor y ex “samurái” Francisco de la Maza. Sin restarle mérito, resulta obvio que allí los recursos son abundantes, cuenta con una mayoría automática en el concejo municipal y ha construido un aparato de bienestar digno del socialdemócrata que dice ser. Muy diferente de lo que ocurrió cuando fue alcalde en Santiago, cuando su gestión más destacada consistió en “vender el agua” y no tuvo una actuación lucida. Dejó un mal sabor de boca que lo afectó cuando quiso volver a postularse en 2016: Felipe Alessandri le ganó la candidatura de Chile Vamos. Tampoco le fue bien como ministro de Educación, sin duda el cargo más complejo de su carrera política, donde estuvo poco más de un año y salió a raíz de las protestas estudiantiles de 2011. Finalmente, su labor como el primer ministro de Desarrollo Social fue correcta, en un puesto de alta exposición positiva en el que otros, como Sebastián Sichel, han brillado.

Observando la trayectoria del alcalde, la UDI debería preguntarse por qué la promesa de Lavín, durante décadas actor de primera línea, nunca termina de cuajar. Se trata de una interrogante cuya respuesta resulta incómoda: el electorado masivo no confía en él. Su desprecio por las ideas, su postura “marketinera” sin fondo, sus posiciones cambiantes, su cosismo insustancial, la noción de que se puede ser todo sin ser nada, su discurso facilista, su inconsistencia… todo eso forma un conjunto que, en último término, no logra convencer a la mayoría del electorado.

Esa realidad es la que explica que Lavín sea un candidato que se especializa en fracasar cada vez que enfrenta un desafío de proporciones. Peor aún: es, además, un candidato peligroso, pues deja tras de sí una desolación doctrinaria que desmoraliza a su sector, vaciándolo de contenido y haciéndole extraviar lo que le queda de identidad. Si la UDI tuviera conciencia identitaria, sentido histórico y de futuro, coherencia doctrinaria y algo de coraje, debería arrancar de Joaquín Lavín, no abrazarlo como sigue haciendo hasta ahora.

Lo anterior sugiere que, a estas alturas, el problema ya no es Lavín. A nadie debería sorprender la transición del alcalde desde el pinochetismo a la socialdemocracia. Se ha dado a vista de todos. El problema real lo tiene la UDI. Si opta por el edil, el camino queda claro: tiene los días contados, porque se ubicaría a sí misma en una posición imposible. Dado el historial del candidato, lo más probable es que pierda y que ello envíe a la colectividad a una travesía por el desierto (incluso podría ser derrotado en una primaria de Chile Vamos, donde el voto “duro” tiene mayor peso y el electorado puede ser menos comprensivo con su “evolución”); si, en cambio, llegara a ganar, sería para aplicar el proyecto de otros (tal como le sucede hoy a Sebastián Piñera), lo cual desangraría aún más al partido.

Al aferrarse a un candidato como Joaquín Lavín, la UDI camina hacia una fatal intrascendencia. En último término su decadencia se hará irrefrenable, tal como su reemplazo por otro partido que ocupe el vacío que deje su viraje a la nada.

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