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Publicado el 17 de enero, 2019

Juan Ignacio Brito: Pactando con el diablo

Periodista Juan Ignacio Brito

Nuestro sistema político-electoral ha cultivado una especial debilidad por personajes como Marisela Santibáñez: candidatos escasamente preparados que han hecho una carrera destacada en un ámbito de alta exposición y cercanía con la gente, pero completamente ajeno a la política.

Juan Ignacio Brito Periodista
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Las declaraciones de Marisela Santibáñez acerca de la muerte de Jaime Guzmán son reveladoras en más de un sentido: no solo dejan en claro la incoherencia de los que parecen preocuparse únicamente por los derechos humanos de quienes piensan como ellos, sino que también ponen en cuestión los criterios que utilizan los partidos políticos para seleccionar a quienes postulan al Parlamento.

Dice mucho acerca de la diputada Santibáñez que su principal aporte conocido al debate público nacional haya sido un ataque artero contra la honra de una persona indefensa que cayó acribillada hace casi tres décadas. Es posible que la parlamentaria simplemente sea de esas personas que habla primero y piensa después; que se haya dejado llevar por el acaloramiento del instante. O puede que haya calculado que le convenía tomar un atajo polémico hacia lo que ella considera que es el estrellato político y escogiera un leitmotivde moda para una izquierda a la que no le parece suficiente que Jaime Guzmán haya sido asesinado, sino que cree, además, que es necesario seguir matando su memoria. Cualquiera sea la explicación, el hecho es que Santibáñez lanzó el piedrazo, levantó polvareda y luego ofreció ese tipo de disculpas llenas de soberbia que más bien añade agravio a la falta. Obtuvo así sus 15 minutos de fama.

El daño que ha infligido al espacio público, un intangible que es de todos, hace injustificable el exceso retórico de Santibáñez.

En definitiva, ya sea por falta de reflexión o por un perverso cálculo, un nuevo grano de arena que contribuye a la descomposición del espacio público. Este es el sitio en el que por excelencia se desarrolla la política. Parlamentarios como Santibáñez deberían ser los primeros en tratarlo con especial delicadeza, porque es su lugar de trabajo, nos pertenece a todos y es donde nos encontramos como sociedad para discutir acerca de nuestra marcha en común. El daño que ha infligido a un intangible que es de todos hace injustificable el exceso retórico de Santibáñez. Pero no por ello su actitud resulta inexplicable.

Nuestro sistema político-electoral ha cultivado una especial debilidad por personajes como ella: candidatos escasamente preparados que han hecho una carrera destacada en un ámbito de alta exposición y cercanía con la gente, pero completamente ajeno a la política. Lo llamativo de estos casos es la completa separación entre virtud y posibilidad de triunfo: prevalece la segunda, no la primera. La principal razón por la que este tipo de candidatos es seleccionado es que pueden triunfar, sin importar el “contenido”. Ellos ponen los votos; los partidos, la máquina. Ganancia para ambas partes… y pérdida para la sociedad, que queda mal representada, con un Poder Legislativo desprestigiado y expuesta a desmadres como el protagonizado por la diputada.

¿No eran esperables –incluso inevitables— las actuaciones desubicadas y escandalosas, dado el material humano reclutado por los mismos que las condenan?

Se trata de una práctica presente a lo largo y ancho del espectro político. Con tal de ganar un cupo parlamentario, los partidos y sus barones se atreven a pactar con el diablo: se ahorran invertir en la trabajosa, lenta e incierta construcción de liderazgos a través de la formación de cuadros políticos propios y, en lugar de ello, toman prestadas desde otras áreas (“industrias”, las llamaría el Presidente Piñera) a figuras populares, pero para nada idóneas. Una rápida mirada a la composición de la Cámara de Diputados basta para comprobar esta realidad.

El círculo se cierra cuando, producido el descalabro, todos reaccionan con sorpresa e indignación. Pero, ¿no eran esperables –incluso inevitables— las actuaciones desubicadas y escandalosas, dado el material humano reclutado por los mismos que las condenan? Es entonces cuando muchos que antes aplaudían toman ahora distancia del imprudente inexperto que se creyó el cuento y terminó cayendo en su propia trampa. Para los partidos, sin embargo, es solo un mal rato: siempre habrá algún otro deportista, bailarín, animador de TV, actor o famosillo dispuesto a dejarse seducir para “revitalizar y traer aire fresco” a la política.

FOTO : PABLO OVALLE ISASMENDI/AGENCIAUNO

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