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Publicado el 17 agosto, 2020

Juan Ignacio Brito: La vía polaca hacia la identidad nacional

Periodista Juan Ignacio Brito

Frente a una Europa materialmente poderosa, pero espiritualmente lastrada por sus errores no tan pretéritos y sus contradicciones modernas, Polonia emerge como un país distinto, casi escogido, mil veces víctima de la ambición de sus vecinos y mil y una veces levantado por la fuerza de su convicción íntima de ser una nación milagrosa.

Juan Ignacio Brito Periodista

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Polonia es sin duda un país especial, clave en el siglo XX e importante hasta hoy. Allí se da una mezcla virtuosa de nación y religión que forja una identidad que asoma como única. Muchos sostienen que la esperanza de Europa está en Alemania, el eficiente dínamo económico ubicado en el corazón del continente que empuja el proyecto continental. Pero Alemania es una “potencia reticente” (como la califica la periodista española Pilar Requena del Río) cuyo liderazgo sufre todavía por las heridas del pasado. Frente a una Europa materialmente poderosa, pero espiritualmente lastrada por sus errores no tan pretéritos y sus contradicciones modernas, Polonia emerge como un país distinto, casi escogido, mil veces víctima de la ambición de sus vecinos y mil y una veces levantado por la fuerza de su convicción íntima de ser una nación milagrosa.

La constatación surge a raíz de un centenario poco recordado más allá de las fronteras polacas. Se cumple por estos días un siglo exacto de la Batalla de Varsovia entre las fuerzas polacas comandadas por el mariscal Józef Pilsudski y el Ejército Rojo, vencedor en Rusia y amenaza para toda Europa. La acción decisiva en esa batalla se produjo en el inesperado triunfo de la caballería polaca en el denominado “milagro del Vístula”, atribuido por la tradición a la intercesión de la Virgen María: el 15 de agosto de 1920 (día de la Asunción de la Virgen), las tropas lideradas por Pilsudski propinaron un golpe devastador a los bolcheviques y liquidaron sus pretensiones de expandir la revolución hacia Mitteleuropa. “La derrota de las hordas ateas ayudó a solidificar las creencias católicas polacas, y Polonia se mantiene hasta hoy como una nación mayoritariamente católica”, sostiene Peter Hetherington en Invicto, su biografía de Pilsudski. El triunfo del mariscal quedó inscrito entre las grandes hazañas militares polacas, todas ellas vinculadas a la inquebrantable fe católica de una nación singular: la heroica resistencia de los monjes y sacerdotes que custodiaron el santuario de Jasna Gora –donde se aloja la imagen de la Virgen Negra de Czestochowa, patrona polaca— ante el asedio sueco en 1655, y la victoria del rey polaco Jan Sobieski para impedir que los turcos tomaran Viena en 1683.

Pilsudski fue la figura clave en el renacimiento de Polonia como estado independiente tras el término de la Primera Guerra Mundial y la disolución de los tres imperios (Prusia-Alemania, Austria y Rusia) que le habían quitado la autonomía en 1795. Supo de la capitulación de Berlín mientras era prisionero en una cárcel germana. Liberado, volvió a Varsovia a fines de 1918 y lideró el resurgimiento polaco. En su libro París, 1919, la historiadora Margaret MacMillan señala que, en esos momentos, “Polonia era un sueño y no una realidad”: tenía pocos amigos, muchos rivales y carecía de fronteras definidas. Según MacMillan, “durante los tres años siguientes, Pilsudski hizo un país”. No había habido uno desde el esplendor polaco-lituano de los siglos XVI y XVII.

Polonia sufrió las consecuencias devastadoras de la agresión alemana (1 de septiembre de 1939) y la invasión soviética (17 de septiembre) durante la Segunda Guerra Mundial.

Uno de los primeros ciudadanos nacidos en ese nuevo estado fue Karol Wojtyla. Vio la luz de este mundo el martes 18 de mayo de 1920, el mismo día que Pilsudski era recibido triunfalmente en Varsovia tras vencer a los soviéticos en Kiev. Wojtyla encarnó en sí mismo esa mezcla entre fe y amor a la patria que distingue hasta hoy a los polacos y que, según su biógrafo George Weigel, encuentra su origen próximo en la manera en que se manifestó allí el romanticismo durante el siglo XIX. Debido a que era una nación subyugada, el romanticismo polaco canalizó el fervor revolucionario no como un repudio al pasado, como reclamaban la Ilustración y la Revolución Francesa, sino como la restauración de algo perdido. Así, mientras los movimientos revolucionarios europeos del siglo XIX rechazaban o, al menos, tomaban distancia de la herencia cristiana, Polonia la abrazó como símbolo de salvación e identidad, reforzando un vínculo que perdura hasta hoy y ha sido robustecido por los brutales acontecimientos que sacudieron al país a lo largo del siglo XX.

Primero como ciudadano común, y más tarde como sacerdote, obispo, cardenal y Papa, Wojtyla sería testigo de la catástrofe europea desencadenada por la ambición nacionalsocialista y, luego, actor en el drama comunista polaco y europeo, así como protagonista central en su desenlace.

Polonia sufrió las consecuencias devastadoras de la agresión alemana (1 de septiembre de 1939) y la invasión soviética (17 de septiembre) durante la Segunda Guerra Mundial: moriría en esta alrededor del 17% de su población (casi siete millones de víctimas), ciudades enteras serían arrasadas y millones de personas resultarían desplazadas de sus hogares. Sería también el lugar donde la maquinaria de muerte nazi encontraría su expresión más cruelmente perfecta: Auschwitz, establecido inicialmente por las SS como campo de concentración y devenido luego en sitio de exterminio. Allí encontraría el martirio otro de los grandes símbolos del catolicismo polaco del siglo XX: el padre Maximiliano Kolbe, quien entregó voluntariamente su vida a cambio de la de un soldado condenado a muerte.

Auschwitz se encuentra a poca distancia de Cracovia, la antigua capital. En esa ciudad se ubica el corazón espiritual de Polonia: la colina de Wawel. Quien visite ese sitio sagrado no podrá sino sentir emoción al experimentar de frente el poderoso y muy vivo legado histórico, cultural y religioso de una nación devota y milenaria. Como en pocos lugares, se percibe allí eso de que una nación la constituyen los que ya vivieron, los que viven y los que vivirán un patrimonio común. La catedral emplazada allí es un monumento a la síntesis nacional-católica que le otorga a Polonia su identidad única y especial: descansan ahí los restos de san Estanislao y la reina santa Jawdiga, junto con numerosos reyes y próceres.

Mientras el proyecto europeo parece encandilado con la autonomía individual y la dilución de la soberanía nacional en un todo mayor, Polonia avanza en otra dirección.

Fue asimismo en Cracovia donde murió santa Faustina Kowalska, la monja mística que promovió la devoción a la Divina Misericordia, en otro símbolo que no puede sino ser interpretado por los católicos como una señal del sitio especial que ha llegado a ocupar Polonia en la renovación de la cristiandad moderna. Fue allí también donde Wojtyla ejerció como obispo, hallando múltiples obstáculos para desempeñarse ante la hostilidad constante de parte de las autoridades comunistas del Partido Obrero Unificado Polaco (POUP) que se instalaron en el país desde fines de la Segunda Guerra Mundial y que trataron en vano de ahogar el sentimiento nacional y religioso de un pueblo inquebrantable. Desde allí viajó, ya como cardenal, al cónclave en octubre de 1978. Para los católicos, que creen que las decisiones de los cónclaves donde son elegidos los papas están inspiradas por el Espíritu Santo, la opción por un Pontífice proveniente de Polonia –“un paese lontano”, como dijo el recién nombrado Juan Pablo II en perfecto italiano a los fieles reunidos en la plaza de San Pedro ese lunes 16 de octubre— constituye otra demostración más del rol especial que juega Polonia en la suerte de la fe católica en Europa y el mundo contemporáneo.

La primera visita apostólica de Juan Pablo II lo llevó a reencontrarse con su país natal. Según el historiador norteamericano John Lewis Gaddis, los nueve días que pasó allí el Pontífice (entre el 2 y el 10 de junio de 1979) “pusieron en marcha el proceso por el cual el comunismo en Polonia –y en definitiva en todas partes—llegaría a su final”. Volvió a su patria “como predicador y maestro, historiador y patriota, filósofo y teólogo”, señaló Tad Szulc, uno de sus biógrafos. Durante esos nueve días, explica Weigel, el Papa provocó una “revolución de conciencia en la cual la leña que se había venido acumulando por décadas fue encendida por un llamado directo a la conversión cristiana, expresado en términos únicamente polacos”. En la misa que celebró en Varsovia ante un millón de fieles, estos gritaban “¡queremos a Dios!”. En 1935 Stalin despreció el poder del Vaticano al preguntar despectivamente cuántas divisiones tiene el Papa. En cambio, su sucesor Leonid Brezhnev sabía a lo que se enfrentaba y le advirtió al presidente polaco, Edward Gierek, que autorizar el viaje de Juan Pablo II constituiría un error que el POUP lamentaría. Brezhnev tenía razón. La visita fue la chispa que encendió el fuego. En Gdansk, un electricista llamado Lech Walesa lideraría las protestas del sindicato Solidaridad. Polonia sería la punta de lanza para liberar a Europa del yugo soviético y del derrumbe final del comunismo.

La era postcomunista se inició bajo el liderazgo del católico Walesa, pero tuvo en 1995 un giro inesperado con la elección del postcomunista Aleksandr Kwasniewski (1995-2005), bajo cuyo mandato se legisló en favor de la liberalización del aborto y el país se integró a la Unión Europea, dos hitos que parecieron marcar una inclinación irreversible hacia la modernidad liberal-progresista.

Sin embargo, en las elecciones de 2005 irrumpió con fuerza un partido fundado cuatro años antes por los gemelos Jaroslaw y Lech Kaczynski. El triunfo de la agrupación Ley y Justicia (PiS) permitió a los hermanos ocupar por un par de años los cargos de primer ministro y presidente. Perdido el gobierno en 2007 a manos de la europeísta Plataforma Cívica encabezada por Donald Tusk, y fallecido Lech en 2010 en un accidente aéreo en Rusia que Jaroslaw piensa que fue organizado en Moscú, el PiS entró en una etapa oscura. Pero, tras la muerte de su madre en 2013, Jaroslaw Kaczynski reactivó la colectividad, buscó liderazgos más jóvenes y atractivos (él pasó a un segundo plano, pero mantuvo su puesto como presidente del PiS) y renovó su discurso nacional-populista. Buscó inspiración en un héroe conocido: es admirador de Pilsudski.

No es casualidad que Donald Trump haya escogido Varsovia para pronunciar uno de los discursos más significativos de su mandato, donde resaltó que “en el pueblo de Polonia vemos el corazón de Europa” y subrayó el ejemplo polaco en defensa de los valores amenazados de Occidente.

Según explica el periodista William Drozdiak en su libro Continente fracturado, Kaczynski consideró que en su primer gobierno (2005-2007) el PiS fue muy tímido al impulsar su agenda para “fortificar el sentido de identidad nacional de Polonia y restaurar la primacía de los valores cristianos en un país donde más del 90% de la población es católico”. Ahora, en cambio, estaba decidido a ejercer el poder para empujar con fuerza el ideario del partido: denunció la creciente desigualdad y el surgimiento de una élite desvinculada de los problemas cotidianos de la mayoría; promovió la protección de la industria local; rechazó el influjo financiero de los bancos extranjeros en la economía local; se acercó a la base electoral campesina y rural; profundizó su desconfianza hacia Alemania y Rusia; criticó los privilegios de los ex comunistas y su alianza con los progresistas de Plataforma Cívica; reafirmó su distancia con Bruselas y su voluntad de devolver a Polonia atribuciones entregadas al proyecto europeo; denunció a Tusk por ceder a la voluntad de Alemania y la Comisión Europea (al dejar su cargo en 2014, Tusk se convirtió, gracias al apoyo de la canciller germana Angela Merkel, en presidente del Consejo Europeo); ratificó su acercamiento con la Iglesia Católica; reafirmó su apoyo a la familia y al derecho preferente de los padres a educar a sus hijos, y su postura contraria al matrimonio homosexual, el aborto y la ideología de género; y rechazó el ingreso de inmigrantes musulmanes que pudieran diluir la identidad religiosa polaca.

Sobre la base de esa plataforma electoral, el PiS arrasó en los comicios de octubre de 2015. Desde ese momento, tiene el control del gobierno y de la presidencia. Su programa nacionalista y conservador lo ha puesto desde un comienzo en curso de colisión con la Unión Europea, al tiempo que se ha convertido en un estrecho aliado de Estados Unidos en momentos en que la UE y países como Francia y Alemania mantienen una relación tensa con Washington. No es casualidad que Donald Trump haya escogido Varsovia para pronunciar uno de los discursos más significativos de su mandato, donde resaltó que “en el pueblo de Polonia vemos el corazón de Europa” y subrayó el ejemplo polaco en defensa de los valores amenazados de Occidente.

Mientras el proyecto europeo parece encandilado con la autonomía individual y la dilución de la soberanía nacional en un todo mayor, Polonia avanza en otra dirección. A su manera, la nación eslava muestra una vez más que otro camino es posible. Esto le ha costado varios problemas, pues su afán restaurador ha sido tildado de autoritario. Pese a las acusaciones, Polonia sigue firme en su ruta excepcional: en 2019, el PiS obtuvo una sólida victoria en las parlamentarias y este año retuvo la presidencia, lo cual le garantiza el control político hasta 2024-25. Polonia constituye una suerte de estrella polar para los que creen que el estado nacional debe ser la sede de la toma de decisiones relevantes para la comunidad, que es posible una fusión virtuosa entre nacionalismo y religión (dos “conceptos fuertes” que son mirados con recelo por las élites liberal-progresistas), y que la preservación de la cultura y la identidad supone resistir aspectos clave de la globalización y algunas de las directrices emanadas de la burocracia de Bruselas. Como siempre, a través de un compromiso indestructible con su legado, Polonia continúa siendo un país único.

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