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Publicado el 5 febrero, 2021

Juan Ignacio Brito: La cantante y la “cultura contraria”

Periodista Juan Ignacio Brito

Las autoridades, los empresarios y los políticos, componentes por antonomasia de esa élite en el banquillo, se rinden ante la potencia de la “cultura adversaria” y terminan criticándose a sí mismos con tal de zafar y parecer en sintonía con un clamor popular que no acepta matices, porque ha perdido la paciencia y la tolerancia.

Juan Ignacio Brito Periodista
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Una conocida cantante ha recibido duros cuestionamientos en redes sociales luego de conocerse que organizó en su departamento una fiesta que superaba el aforo permitido y violara la cuarentena que debía respetar debido a su reciente retorno desde el extranjero. Una porción de las críticas se basa en que la artista apoyó con fuerza la causa del estallido de octubre de 2019 y en que, entre otras cosas, ha apuntado con el dedo la “vergonzosa falta de conciencia” de las autoridades y políticos, a quienes demandó que “salieran de sus puestos” por falta de empatía con las demandas sociales.

El hecho de que la cantante viaje por el mundo, resida en uno de los lugares más exclusivos de Santiago y tenga elevados ingresos, la convierte en parte de esa élite de chilenos que goza de una calidad de vida propia de un país desarrollado. O sea, su estilo de vida es encarnación de esa desigualdad que ella misma condena. Esto hace más llamativa su identificación con un movimiento que, en buena medida, va dirigido contra el segmento en el cual ella habita con comodidad.

No se trata de cargarle las tintas a una joven que ha admitido su error y ofrecido disculpas, lo cual constituye una diferencia importante respecto de otros infractores en faltas mucho más graves, sino de reconocer que el suyo no es un caso único, sino un fenómeno extendido y estudiado. A menudo, las protestas e incluso la violencia dirigidas contra la élite encuentran respaldo y justificación entre miembros de esta misma. Por ejemplo, Jacob Frey, el alcalde de Minneapolis que debió enfrentar los desmanes raciales luego del asesinato de George Floyd el año pasado, no dudó en señalar que una de las causas de los desórdenes era el “racismo sistémico”, ni tampoco en afirmar que “la rabia y la tristeza” de los que saquearon y provocaron destrozos avaluados en US$500 millones en la ciudad “no solo son entendibles; son correctas”.

En un artículo publicado recientemente en la revista estadounidense First Things, la comentarista Katherine Kersten, del Centro para el Experimento Americano de Minneapolis, afirma que la pregunta que es necesario formularse es por qué aquellos que han obtenido tantos beneficios de parte de la sociedad buscan aliarse con los críticos más feroces de ella. Encuentra la respuesta en un concepto expuesto en los años 60 del siglo pasado por el crítico literario Lionel Trilling: “la cultura adversaria”. Según Trilling, esta descansa en la creencia muy extendida de que “la función del arte y el pensamiento es liberar al individuo de la tiranía de su cultura”. Esta noción, añade Kersten, supone que la sociedad se levanta sobre estructuras injustas que deben ser desmanteladas. Ha cobrado vigor y se ha ampliado en nuestros días hacia la educación, el entretenimiento e incluso el marketing y el comercio.

Podría añadirse que también ha llegado a la política. Parece obvio que se encuentra, por ejemplo, detrás de las dudas de las autoridades para enfrentar la violencia que acongoja desde hace años y de manera creciente a los agricultores de La Araucanía. Y también en la falta de voluntad para ofrecer una respuesta decidida a los saqueos y desmanes en sitios como la Plaza Baquedano. En ambos casos, la reacción timorata se explica, al menos en parte, por que las autoridades reconocen una cierta culpa: en el primero, una suerte de “deuda histórica” con el pueblo mapuche; en el segundo, la supuesta existencia de una “desigualdad estructural” y “violaciones sistemáticas” de los derechos humanos. De acuerdo con esta lógica, tanto el amedrentamiento y la violencia mapuche radical, como también los saqueos y los destrozos en distintas ciudades, son vistos como comprensibles y justificados. Por eso mismo, aplicarles la ley sin remilgos, como se haría con delincuentes comunes, no sería apropiado.

Las autoridades, los empresarios y los políticos, componentes por antonomasia de esa élite en el banquillo, se rinden ante la potencia de la “cultura adversaria” y terminan criticándose a sí mismos con tal de zafar y parecer en sintonía con un clamor popular que no acepta matices, porque ha perdido la paciencia y la tolerancia. Quien se resista a la marea de la “cultura adversaria” (o sea, quien no declare que quiere romper con la tiranía estructural que nos rodea) corre el riesgo de ser objeto de la condena social inmediata y cruel. Lo mismo le ocurrirá a quien sea sorprendido en incoherencias o cometa errores que vayan en contra del guion aceptado, como le ha sucedido a nuestra cantante. Cuando la “cultura contraria” se impone y dicta de manera implícita las normas de conducta y convivencia, la moralina chorrea y la vigilancia es constante. Y, como la artista bien sabe, no perdona a nadie, ni siquiera a los que en algún momento se mostraron sumisos y obedientes con la línea fijada.

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