¿Es posible que el humor nacional esté cambiando? ¿Que del entusiasmo afiebrado por la refundación violenta los chilenos estemos pasando a un realismo que entiende que ya es hora de construir con seriedad? Aunque quizás sea prematuro afirmarlo con certeza, asoman algunas señales que dan luces de esperanza: la ciudadanía comienza a darse cuenta de que el cambio al que aspira solo es viable en un ambiente ordenado que cierre la puerta a posiciones nihilistas.

Es muy probable que, de ser cierta esta tendencia, en buena medida constituya una reacción contra el desorden y la violencia que se han multiplicado en el último tiempo. La conmemoración de los dos años del 18 de octubre ha servido para ratificar una vez más la existencia de grupos irreductibles que operan con una agresividad que no está dispuesta a entender razones. En La Araucanía y la provincia de Arauco este año ya han muerto violentamente ocho personas y se han registrado docenas de incidentes (incendios, ataques, atentados, interrupciones violentas de caminos, ocupaciones ilegales de terrenos, etc.). Hasta agosto de 2021, por ejemplo, los ataques incendiarios en la Macrozona Sur habían subido 137% respecto del año anterior. Al mismo tiempo, numerosos barrios y poblaciones se ven amenazados por la acción impune de narcotraficantes que ostentan su poder y amedrentan a la población. Los homicidios por encargo de bandas organizadas vinculadas al narco han crecido en los últimos años. Todo lo anterior facilitado por una autoridad impotente, que se conforma con comentar la realidad y no adopta medidas efectivas que contengan o eviten la violencia.

No cabe duda tampoco que, a nivel político, la labor de la Convención Constitucional ha ayudado a dejar en claro que los termocéfalos difícilmente serán capaces de diseñar soluciones sensatas que conduzcan hacia un mejor futuro. Es posible relacionar el desprestigio de la CC con algunas actuaciones extravagantes de miembros que concurren a sesiones disfrazados de dinosaurio o guitarrean discursos, pero también con las posiciones extremas que han abrazado muchos convencionales desde el primer día: desafiar el Himno Nacional y la Bandera, promover la censura a través de su interpretación del negacionismo, rechazar el uso de la palabra “república” en una comisión de reglamento o negar en otra el reconocimiento del derecho prioritario de los padres a educar a sus hijos.

El cambio de ánimo de la población respecto de estas realidades queda de manifiesto en algunos indicadores. Las encuestas de opinión pública muestran sostenidamente que porciones crecientes de la población exhiben desconfianza hacia la labor de una Convención marcada por la extravagancia y el radicalismo: según Cadem, al comenzar sus sesiones en julio, la CC era vista con mucha o bastante confianza por casi dos tercios de los chilenos, mientras que a mediados de octubre 55% afirmaba tener poca o nada confianza en ella. Los ciudadanos estiman que la Convención puede entregar una propuesta positiva, pero demandan de ella moderación y capacidad para llegar a acuerdos.

Otra señal: los chilenos parecen haber ido desarrollando una mirada más crítica de los acontecimientos del 18 de octubre de 2019. Un estudio Ipsos dado a conocer ayer señala que 45% de los consultados considera que las consecuencias del estallido social han sido negativas (41% las estima positivas). De acuerdo con sondeos del Centro de Estudios Públicos, la proporción de la población que apoya las manifestaciones que comenzaron en 2019 cayó desde 62% (diciembre de 2019) a 42% (agosto 2021); la que las rechaza subió de 21% (diciembre de 2019) a 40% (agosto 2021). Aunque todavía son altas, se reducen asimismo de manera significativa las opiniones críticas respecto de Carabineros y su actuación en el control de manifestaciones y manifestantes violentos. Es posible pensar que una mayoría silenciosa parece estar harta de la violencia que se ha enseñoreado en buena parte del territorio y ya no parece dispuesta a aceptar la actuación impune de los agitadores.

La encuesta CEP da cuenta que, una vez más, la delincuencia, los asaltos y robos son la principal preocupación de los chilenos: mientras en diciembre de 2019 estos temas eran prioridad para apenas 26% de la población, en agosto pasado lo eran para el 42%. El alza que ha venido registrando la candidatura de José Antonio Kast en las últimas semanas parece ser otra señal de que los temas de orden y seguridad cobran renovada importancia.

El eventual resurgimiento del “partido del orden” debería ser interpretado como lo que es y no extrapolado hacia otros ámbitos. Los síntomas descritos sugieren que la población está harta de la violencia y pide que la autoridad se haga cargo de un problema que afecta la vida cotidiana de formas muy nocivas y tangibles. Sin embargo, no deben ser interpretados como un paso atrás en las aspiraciones de cambio que abriga la sociedad, las cuales se han hecho muy visibles desde 2019. Lo que se reclama, al parecer, es un cambio de carácter reformista y dentro de las instituciones, no impulsado por la violencia desde las calles o por grupos radicales inspirados por agendas extremas. No hay aquí un llamado a detener los cambios, sino a hacerlos de manera ordenada y gradual, privilegiando acuerdos transversales que se orienten al bienestar general.

El colapso del 18 de octubre de 2019 se debió en buena medida a que las élites políticas y empresariales no supieron leer adecuadamente las señales de descontento que provenían de la ciudadanía. En un esfuerzo a ratos más centrado en su propia sobrevivencia que en buscar soluciones correctas que pongan fin a algunos problemas nuevos y otros largamente postergados, la élite ha tendido desde entonces a anularse, cediendo sin cuestionamiento a casi todos los deseos de un “pueblo” empoderado. Esto la ha llevado, entre otras cosas, a apoyar políticas públicas dañinas en el largo plazo (los retiros desde los fondos de capitalización individual de las AFP son emblemáticos en este sentido) y a claudicar en la defensa del orden público (lo sucedido en la Plaza Baquedano es el símbolo más potente de esa renuncia). Resulta ahora necesario que esa élite escuche atentamente las señales que parecen emerger desde una ciudadanía agotada con la violencia, que reprueba por igual el nihilismo violento y el inmovilismo, y que entiende que el orden es un requisito ineludible para mejorar su calidad de vida.

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