La encuesta Cadem de esta semana, que redujo las diferencias entre el Rechazo y el Apruebo, parece haber sembrado un prematuro pánico entre las huestes del primero. Sin embargo, en lugar de caer en la desesperación, los detractores de la propuesta constitucional deberían interpretar los resultados del sondeo como una campanada que los despierte de la absurda complacencia en que se habían sumido ante la errónea expectativa de un resultado favorable que creían amarrado. Tanto, que muchos de ellos concluyeron que la mejor estrategia era quedarse callados y no hacer olitas. 

Pero nadie gana una elección permaneciendo en silencio, pues ello deja el terreno libre al adversario y plantea dudas respecto de las convicciones propias. Es momento de sacudirse del desánimo y salir con fuerza a la cancha, pues quedan cinco semanas para el 4 de septiembre y eso es una eternidad en política. Un Rechazo anémico y confiado se dejó robar la iniciativa por un gobierno que está desplegado y ha encontrado la forma de hacer campaña sin declararla, a través del plan Chile Vota Informado, con el Presidente Gabriel Boric a la cabeza.

El Rechazo parece haber malentendido la voluntad del Mandatario de convocar a una nueva elección de constituyentes si el borrador constitucional es desestimado en el referéndum. Lo que hizo Boric con su declaración de hace un par de semanas no fue conceder la derrota del Apruebo –como complacientemente dedujeron muchos desde el Rechazo—, sino cambiar el tema de conversación. La hábil jugada presidencial sacó de circulación la principal debilidad de la campaña del Apruebo (la mala calidad del texto propuesto) y puso de relieve lo que aparece como el punto flaco del Rechazo: la variedad de miradas en torno a qué debe hacerse el día después del plebiscito. Con su intervención, el jefe de Estado cambió el tema de conversación de la campaña: antes se hablaba del 4 de septiembre; a partir de sus palabras, del 5. Se sabe que en una campaña electoral el que pone la música saca provecho.

Lo sorprendente es la candidez de los partidarios del Apruebo, que han caído en la celada tendida desde La Moneda. Se complican cada vez que les preguntan qué van a hacer si ganan, como si ellos fueran el Ejecutivo o estuvieran conformando una coalición de gobierno –y no solo un acuerdo instrumental— obligada a dar respuestas de ese estilo. Mientras el Rechazo continúa dudando y abriendo un vacío, el Apruebo pone segunda marcha y comienza a atribuirse un atributo clave: el control de la incertidumbre. Insiste en que debe “aprobarse para reformar” y que ello otorga mayores garantías de tranquilidad al país, aunque existe desacuerdo entre sus partidarios en cuanto a qué cambiar y cuándo proponer los cambios. Omiten, por supuesto, que, las mejoras serían muy difíciles de implementar, debido al estricto mecanismo de reforma y al “cerrojo indígena” que propone el proyecto aprobado por la Convención Constitucional.  

Poco se escucha desde el bando del Rechazo frente a esta hiperactividad oficialista. Es como si un bando se hubiera inyectado hormonas para jugar a la ofensiva y el otro, tranquilizantes para estar a la defensiva. No es el momento para perder el impulso.

Un problema obvio de la campaña del Rechazo, que se está dejando sentir con fuerza, es su fragmentación. Pero este es un caso en el que, como en el jujitsu, es posible usar la fuerza del argumento contrario para sacar ventaja, pues la fragmentación del Rechazo es consecuencia de un activo que no está siendo suficientemente aprovechado: la diversidad de quienes se oponen al borrador constitucional. Esta constituye una de las principales fortalezas de este sector, pues significa que sus posturas representan al espectro político en mayor proporción que el Apruebo. Pese a ello, ha permitido que el gobierno lo arrincone al ubicar el énfasis en el día después, evitando hablar de la propuesta constitucional y limitándose a entonar El breve espacio en que no estás, de Pablo Milanés: “No es perfecta, mas se acerca a lo que yo simplemente soñé” (no “siempre soñé”, como dijo Michelle Bachelet, que parece no conocer la letra de la canción que dice cantar).

La amplitud del espacio que ocupa el Rechazo en el espectro político, desde la derecha de Republicanos a la centroizquierda de Amarillos, hace que la campaña del Rechazo se parezca, aunque al revés, a la campaña del No en 1988, que abarcaba desde el socialismo democrático hasta la centroderecha del PAC de Germán Riesco. Esa virtud, parecida a la del arcoíris concertacionista, debe ser explotada por la campaña del Rechazo, que hoy parece avergonzarse de estar junta y tiende a resaltar más sus diferencias y personalismos que lo que une a sus partidarios.

Obviamente, lo que aglutina al Rechazo es el hecho palmario de que el borrador confeccionado por la Convención es deficiente, divisivo, peligroso para el desarrollo económico y amenazante para derechos clave, como la vida o la propiedad. En síntesis, como resume con simpleza y picardía un cartel desplegado por algunos puntos de Santiago y convertido en foto viral, el hecho muy concreto y claro de que “la weá es mala. Punto”. Para el Rechazo, es clave enfatizar ese consenso que les entrega un mínimo común unificador a sus partidarios y ofrece un argumento más que convincente para votar en contra en un plebiscito en el que se preguntará acerca de dicho texto y no de otra cosa.  

Resaltar los numerosos puntos débiles y cuestionables del proyecto constitucional es lo que le conviene al Rechazo que se discuta. Permitir que sus adversarios pongan la música lo obliga a bailar a un ritmo forzado en el que no está cómodo. El Rechazo todavía conserva una ventaja muy significativa en las encuestas y no debe caer en la complacencia ni en la desesperación por el estrechamiento de las cifras en un sondeo. Debe buscar la unidad, explotar adecuadamente sus fortalezas y centrar la mirada en lo que realmente importa: la mala calidad del proyecto, un dato reconocido por prácticamente todos, incluso por quienes cantan a Pablo Milanés.

*Juan Ignacio Brito es periodista.

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