José Antonio Kast irrumpe como un presidenciable impensado en la ruta hacia La Moneda. Una improbable mezcla de virtudes propias y debilidades ajenas hace que hoy luzca como un postulante con posibilidades, algo que hasta hace pocos meses era solo una quimera. Ahora las encuestas lo muestran como el candidato ascendente, frente al estancamiento de Gabriel Boric y el derrumbe de Sebastián Sichel. La atención que le prestaron sus adversarios de izquierda en el debate del lunes confirma que lo suyo no es un accidente, sino más bien una tendencia: Kast dejó de ser un actor de reparto y ahora es un protagonista de primera línea en la disputa.

La última encuesta Cadem entrega antecedentes para entender el fenómeno Kast. Aunque sigue despertando rechazo en una porción relevante del electorado, este valora su coherencia y consecuencia. Kast repite una y otra vez que es un político sin dobleces: con él, lo que ves es lo que es. Habla con la verdad y no tiene complejos en decir lo que cree, toda una rareza en los tiempos que corren. Ese solo rasgo marca una diferencia con la política ambiente: mientras Boric reescribe su programa, Provoste duda y Sichel posterga su confesión sobre su decisión de retirar fondos de la AFP, Kast mantiene, impertérrito, la línea y el tranco.

Lo hace sin aspavientos ni dramatismo. Se nota que para él los años de circo no han sido en vano. Kast inició su carrera política en la universidad en la década de 1980. En esa época, “Anton” (así lo llamaban los gremialistas entonces) ganó un par de veces la representación estudiantil ante el Consejo Superior de la UC, una votación que involucraba a todos los alumnos del plantel. Esa larga trayectoria se nota para bien: ha aprendido a controlarse (aunque el lunes tuvo algunos arranques), cuesta dejarlo sin respuesta y es capaz de lanzar los ataques más feroces con una sonrisa y un tono suave, casi melifluo. Con voz tranquila, anuncia mano dura contra los narcotraficantes, pide una zanja en el norte para detener la inmigración ilegal, dice que refundará el INDH, asegura que respaldará a Carabineros en la lucha contra la violencia, dispara contra Piñera y Bachelet y proclama la restauración de valores conservadores. La suya es una mano de hierro envuelta en un guante de terciopelo.

Kast ya tiene una carrera presidencial en el cuerpo y eso le da un aplomo que no exhiben sus principales contendores. Estos se equivocan al sostener que Kast no reconoce la realidad, pues, en buena medida, lo que ha abierto la puerta para que el republicano sea un candidato con aspiraciones son precisamente los hechos. El fenómeno Kast es un producto directo de la historia presente. Sin la ola inmigratoria, el caos en La Araucanía, los excesos de los convencionales de ultraizquierda, la reaparición del Partido Comunista, la violencia urbana y el auge del narcotráfico, Kast sería un candidato en el margen. Y sin los desaciertos y la cobardía moral de la administración Piñera, la candidatura plástica de Sichel, el desprestigio de RN y la UDI, y el extravío doctrinario de la derecha, Kast 2021 sería apenas un segundo violinista en el concierto político chileno.

Hay dos modelos de políticos: el pragmático y el doctrinario. El primero navega de un lado a otro con la intención de seguir e interpretar siempre los humores y emociones del electorado; el segundo, mientras tanto, prefiere quedarse quieto, esperando que el humor de la opinión pública llegue a coincidir con las convicciones que él ha abrazado por largo tiempo.

Kast es un doctrinario al cual puede haberle llegado la hora. Su mérito es haber sido valiente y consecuente, desafiando la soledad y el ostracismo, con la expectativa de que el tiempo le diera la razón. Y puede que eso esté ocurriendo, al menos en alguna medida, gracias a las flaquezas de sus rivales. Ya decía hace dos siglos Joseph De Maistre que el mayor peligro que enfrenta la revolución no es la resistencia de los reaccionarios, sino la desmesura de los jacobinos, cuyos excesos y errores provocan más perjuicios a la causa que todos sus enemigos reunidos.

Ahora la ventana de oportunidad está abierta para Kast. La encuesta CEP mostró hace unas semanas que hay una proporción importante de nuestra sociedad que mira con sospecha el proceso iniciado el 18 de octubre de 2019. Esos chilenos desencantados –incluso espantados— con el desmadre iniciado hace dos años podrían llegar a constituir una mayoría silenciosa que termine inclinándose por el candidato republicano si este juega bien sus cartas.

Sin embargo, la paradoja es que este mismo éxito puede comenzar a desnudar el flanco débil de la propuesta de Kast. Porque es muy difícil hacer campaña y gobernar solo en contra de algo. Kast no debe jugar únicamente a la defensiva, sino que también debe salir a proponer una visión de país que responda a los desafíos actuales y no parezca anclada en los 80 o los 90. En muchas ocasiones, parece todavía ser “Anton”, sin respuestas claras para enfrentar problemas actuales complejos que reclaman soluciones originales y mucha creatividad.

La campaña de Kast parece diseñada para que su candidato actúe como si fuera el desafiante. Pero ahora las cosas han cambiado y hoy está situado en una posición que quizás ni siquiera él mismo contemplaba inicialmente como posible. No puede esperar seguir subiendo por la inercia que le entrega la debilidad de un Sichel cada vez más frágil, porque esa vía tiene rendimientos decrecientes. Si quiere jugar a ganador en las grandes ligas, necesita un relato, una narrativa propia acerca de cómo ve al país y hacia dónde querría conducirlo si llega a La Moneda: un sueño y los medios para hacerlos realidad. Kast ya no es parte del decorado, y eso supone para él y su equipo nuevas exigencias que deben estar en condiciones de asumir.

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