Una antigua discusión periodística gira en torno a la posibilidad de que los profesionales de la información manipulen a sus audiencias. Después de la Segunda Guerra Mundial se habló de la capacidad de los medios para actuar como una “aguja hipodérmica” que inyecta temas ya procesados y determina la forma en que la sociedad comprende la realidad. Luego, en los 70, cobró fuerza la teoría del agenda setting. Según esta, los medios no le dicen a la gente cómo pensar, pero sí fijan la agenda pública al presentar temas para discusión. Actuando como “guardianes en la puerta” del debate en el espacio público, los periodistas filtran los contenidos sobre los cuales la comunidad conversa, estableciendo los contornos y el contenido de la pauta temática de la sociedad.

Aunque la irrupción de las tecnologías digitales ha puesto en severo entredicho este modelo, la forma en que se configuran los debates presidenciales entrega de nuevo ese poder –aunque sea por un par de horas— a los periodistas que conducen el encuentro: son ellos quienes, al decidir las preguntas y los aspectos que se abordarán, controlan los temas que tocarán los candidatos. Pocas veces ha quedado esto más claro que en el debate del lunes por la noche.

Poner a periodistas a cargo de hacer las preguntas (preparadas en conjunto con un editor) presupone que se consultará a los candidatos sobre temas noticiosos. Porque, ¿de qué se trata el periodismo sino de buscar noticias? Sin embargo, pese a esa definición básica, por largo rato el debate del lunes pareció más bien reñir con la noticia y buscar, más bien, reponer en agenda temas que, si bien son importantes, ya han sido discutidos hasta el cansancio e interesan a una élite progresista cada vez más desenchufada de las pulsiones sociales actuales. Por ejemplo, ¿cómo es posible que el tema de la violencia en La Araucanía no haya figurado entre los temas abordados el lunes? ¿O que la delincuencia, primera preocupación de los chilenos según la última encuesta CEP, no haya estado presente? ¿Qué no se haya consultado a los candidatos por la inflación y sus consecuencias concretas, sin duda el tema económico del momento? ¿Qué no haya aparecido una interrogante sobre el narcotráfico, que ha crecido a niveles alarmantes de acuerdo con datos recientes de la Fiscalía? ¿Acerca del inminente término del IFE? ¿Y las pensiones? Al revés, ¿se entiende que se haya prestado atención al libro “Nicolás tiene dos papás”, que fue noticia en 2014? ¿O que se dedicaran largos minutos a cuestiones valóricas que no figuran en las prioridades del público?

El tiempo siempre es escaso en televisión, incluso cuando un debate se prolonga por más de dos horas. A la vez, los temas son numerosísimos. Estas dos restricciones obligan a priorizar. Esto es precisamente lo que hacen los periodistas todo el tiempo: a raíz de constantes limitaciones de tiempo y espacio, deben escoger qué preguntar y qué dejar afuera. Para evitar que esta responsabilidad se torne angustiante, la profesión provee de un arma infalible para no equivocarse: los criterios de noticiabilidad. O sea, a la hora de decidir qué incluir y qué excluir, un periodista bien entrenado siempre opta por aquello que es más noticioso, porque cumple correctamente su rol cuando es atinado al “cazar noticias”.

Entre los criterios de noticiabilidad figuran dos de manera prominente: interés público y actualidad. El primero apunta a que aquello que sea cubierto por los medios (preguntado, en el caso del debate) tiene que revestir importancia para la sociedad, lo cual significa que debe reunir ciertos requisitos, como ser atractivo, necesario, generar consecuencias, involucrar a personajes y temas relevantes, etc. El segundo supone un factor de novedad y temporalidad: lo cubierto (o preguntado) tiene que aludir a cuestiones recientes y urgentes, porque lo que ha sido publicado o contestado antes ya no es noticia. Todo periodista sabe que actualidad e interés público no son requisitos que se den por separado, sino que son copulativos.

Desde la perspectiva descrita, los periodistas del debate del lunes (que, por lo demás, se repiten el plato de una campaña a otra, lo cual debería ser revisado) no parecen haber hecho un buen trabajo. Dedicaron buena parte del escaso tiempo disponible a temas vinculados a una agenda progresista poco novedosa que, aunque importante, hoy no figura entre las preocupaciones centrales de la sociedad (aunque sí de una élite que se resiste a aceptar dicha realidad). El costo alternativo lo pagaron los telespectadores: quedaron fuera de la discusión asuntos relevantes que la opinión pública considera hoy mucho más urgentes que varios de los que sí fueron incluidos.

El debate es, sin duda, una oportunidad para medir a los candidatos. Sin embargo, también es necesario evaluar la manera en que se comportan los periodistas. Entre otras cosas, al elaborar las preguntas y definir qué temas serán abordados y cuáles no.

Dada la importancia que pueden llegar a tener los debates en una campaña, en otros países se ha creado una institucionalidad para definir las reglas del juego y evitar que las decisiones queden al arbitrio de los organizadores e interrogadores de turno. Sería recomendable analizar una opción similar en Chile, pues ello entregaría más transparencia y “accountability” a un acto que puede resultar determinante.

En Estados Unidos, por ejemplo, la Comisión para los Debates Presidenciales (CPD) es un organismo independiente encargado de la organización de los mismos desde la década de los 80. Posee un directorio amplio que incluye a personalidades respetadas de la política, los medios, la academia, etc. Luego de ensayar con varios formatos, desde 1996 ha decidido contar con un solo moderador (hubo una excepción en 2016), con el propósito de que el foco esté puesto primordialmente en los candidatos y sus propuestas, tratando de alejar del protagonismo a quien formula las preguntas. Y si bien el moderador es quien decide qué y cómo preguntar, la CPD ha definido reglas sobre tres aspectos básicos: que los moderadores tengan familiaridad con los temas principales de la campaña y los candidatos, posean experiencia televisiva y entiendan que el debate debe permitir que la atención y el tiempo se centren siempre en los candidatos y sus visiones. Ello ayuda a evitar justo lo que parece haber ocurrido el lunes en Chile: que el debate se enfoque más en los gustos e inclinaciones de los moderadores que en el interés público y la actualidad.

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1 comentario

  1. Extraordinaria columna de Juan Ignacio Brito, particularmente viniendo de un destacado periodista. Lo que pasó el lunes en el debate fue vergonzoso. Me pregunto como fue posible que el tema de la educación quedara reducido a si se debe o no entregar el famoso libro de Nicolás tiene dos papás. Mi opinión es que el debate estaba enfocado a atacar a JAK y no a informar. Y la forma en que se trató el tema del acoso de Boric fue vergonzoso. Hay dos candidatas a diputada del FA que dijeron que los hechos son reales y nadie los ha desmentido, y no se lo dijeron, contentándose en la explicación aprendida de memoria por Boric, idéntica a lo que expresó por escrito. En resumen, ojalá existiera la organización que hay en EEUU para los debates. Gracias por representarnos tan bien Juan Ignacio.

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