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Publicado el 01 de agosto, 2019

Juan Ignacio Brito: Dogmatismo y tabúes laborales

Periodista Juan Ignacio Brito

Es una pena que tan pocos estén dispuestos a discutir con generosidad los argumentos de la moción presentada por la parlamentaria Camila Vallejo, porque en este debate ella ha puesto sobre la mesa cuestiones muy interesantes e importantes.

Juan Ignacio Brito Periodista
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Flexibilización o reducción: en el debate sobre la jornada laboral parece no haber matices. El gallito hace caso omiso de la zona gris donde habitan los chilenos. Aleonados por parlamentarios, expertos, empresarios y recetas preconcebidas, oficialismo y oposición solo ven virtudes en sus propuestas y defectos en las del bando contrario. Presenciamos una discusión maqueteada donde abunda la descalificación de los argumentos contrarios y se echa en falta la voluntad de llegar a acuerdos.

La controversia se ha centrado en la duración y forma de la jornada laboral. La oposición acusa que el proyecto del gobierno, que busca fórmulas para flexibilizarla, contribuye a “precarizar” el trabajo, y que la asimetría de poder entre empleador y trabajador haría difícil negociar la adaptabilidad que promueve el Ejecutivo. La solución que propone es imponer por ley la rebaja indiscriminada en la carga laboral semanal, pasando de las 45 horas actuales a 40 horas, como postula el proyecto de ley impulsado por la diputada comunista Camila Vallejo y aprobado en la Comisión de Trabajo de la Cámara la semana pasada.

La iniciativa está recibiendo una andanada de críticas desde el oficialismo, expertos y empresarios. La acusan de carecer de sustento técnico, señalan que es inconstitucional y advierten que no toma debida cuenta de la irrupción de cambios tecnológicos, desincentiva el crecimiento, la inversión y el empleo, afecta la empleabilidad de los trabajadores menos especializados y aumenta el costo de las empresas, lo cual constituiría un aliciente para que estas busquen reemplazar mano de obra por sistemas de inteligencia artificial.

Es una pena que tan pocos estén dispuestos a discutir con generosidad los argumentos de la moción presentada por la parlamentaria, porque en este debate ella ha puesto sobre la mesa cuestiones muy interesantes e importantes. La descalificación inmediata de los argumentos rivales es una estrategia política que frecuentemente utilizan las partes en disputa, pero eso no significa que los observadores neutrales debamos también caer en ella.

Lo que nadie debe perder de vista es la dimensión humana del trabajo. Queda la sensación de que personeros oficialistas, analistas y expertos olvidan esta consideración y abordan el tema desde una perspectiva material que solo parece tomar en cuenta cifras macroeconómicas.

Un observador imparcial debería reconocer que la propuesta de la diputada Vallejo toca puntos sensibles para cualquier persona que trabaje o busque trabajo en Chile. Es una realidad repetida hasta el agotamiento que en Chile se trabaja en exceso. Pese a que las cifras del Banco Central muestran que el promedio anual de horas trabajadas ha venido cayendo en los últimos años, la OCDE sostiene que en Chile cada trabajador labora 200 horas más al año que el promedio de los países del organismo. Si a eso se añade que en muchas ciudades los tiempos de traslado son largos (en Santiago, según la Encuesta CASEN 2015, alcanzan a 50 minutos promedio, con tiempos más altos para los sectores de menores ingresos) y que el viaje a menudo se da en condiciones incómodas, queda de manifiesto una realidad muy concreta que experimentan cotidianamente millones de personas: el poco tiempo para compartir con la familia y el cansancio. Esto afecta directamente la calidad de vida y puede estar vinculado (aunque no como causa única, ni mucho menos) a dos crisis de las cuales poco se habla: la desintegración familiar y los altos niveles de estrés que sufren los chilenos de toda condición. Un estudio realizado por Page Personnel en 2017 reveló que el 61% de los chilenos declaró haber tenido estrés laboral en más de una ocasión, mientras que en 2016 la Fundación Chile sostenía que el 42% de la población se manifestaba “altamente estresada”.

La asimetría de poder a la que han hecho mención Vallejo y otros también es una situación que no resulta extraña para numerosos trabajadores y que necesita ser abordada si se quiere contar con ambientes laborales que fomenten el buen entendimiento y contribuyan a la realización de todos quienes trabajan.

Los anteriores son puntos válidos que merecen ser analizados en sus méritos, porque tocan realidades muy concretas que enfrentan muchísimos chilenos. Lo que nadie debe perder de vista es la dimensión humana del trabajo. Queda la sensación de que personeros oficialistas, analistas y expertos olvidan esta consideración y abordan el tema desde una perspectiva material que solo parece tomar en cuenta cifras macroeconómicas. La deshumanización del debate laboral conduce a equívocos que impiden poner los énfasis donde se debería y otorgan a la eficiencia y la maximización de resultados la categoría de imperativos morales y objetivos absolutos.

Es innegable que las fórmulas propuestas por Camila Vallejo son discutibles y que una apropiada discusión técnica es imprescindible para que las soluciones que se vayan a aplicar resulten viables. Pero también es verdad que la parlamentaria da en el clavo al apuntar a situaciones muy concretas que afectan a los trabajadores de manera cotidiana. Negarse a ver el elefante en medio de la habitación e insistir en tratar de dirigir el debate hacia el ámbito puramente económico constituye una respuesta insatisfactoria. No da cuenta de la complejidad del problema laboral, que necesariamente debe considerar las dimensiones humana y espiritual.

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