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Publicado el 20 de diciembre, 2018

Juan Ignacio Brito: Cuándo hablar y qué decir

Periodista Juan Ignacio Brito

El contralor Jorge Bermúdez habló mucho y mal, autoinflingiéndose un daño que puede resultar irreparable para él y muy perjudicial para la institución que encabeza. Una de las virtudes del comunicador efectivo es que sabe administrar sus palabras y sus silencios, pues conoce los peligros de la imprudencia y la saturación.

Juan Ignacio Brito Periodista
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La entrevista que dio el fin de semana el contralor Jorge Bermúdez es material de estudio. Podría servir de advertencia para toda autoridad, porque constituye una clase magistral de lo que hay que tratar de evitar cuando se participa en el foro público. El contralor habló mucho y mal, autoinflingiéndose un daño que puede resultar irreparable para él y muy perjudicial para la institución que encabeza.

La intervención puso en cuestionamiento el criterio del contralor, que es, precisamente, junto a la pericia técnica, lo que resulta exigible a quienes ocupan posiciones como la que él desempeña. Al exponerse de la manera en que lo hizo abrió flancos legales, laborales, emocionales, políticos y prudenciales que lo dejan mal parado y debilitan su posición. Un ejemplo de mal manejo comunicacional.

La comunicación no es un arte de magos, sino de profesionales que saben que resulta imposible construir mensajes efectivos si no existen bases firmes que los sustenten.

La excesiva confianza, la arrogancia, la falta de asesoramiento o la irritación hacen creer a las figuras públicas que deben salir a hablar. En el caso del contralor, una serie de derrotas legales y acusaciones en su contra pueden haber generado en él la idea de que era necesario y oportuno conceder una entrevista. Los dos requisitos fundamentales para comunicar con efectividad son, aunque suene obvio, tener algo que decir y saber decirlo. Muchas veces, sin embargo, las figuras de influencia pública estiman que ellas son más grandes que el mensaje y no hacen las tareas: intentan comunicar solo en virtud de su cargo, sin haber elaborado previamente un mensaje coherente.

No se trata de “inventar” un mensaje. La comunicación no es un arte de magos, sino de profesionales que saben que resulta imposible construir mensajes efectivos si no existen bases firmes que los sustenten. Ello exige autoconocimiento, reflexión y estudio, así como una adecuada ponderación de las condiciones del entorno, las que pueden debilitar, desafiar o potenciar lo que se pretende declarar. O sea, requiere de un análisis estratégico y de oportunismo táctico. En definitiva, demanda que quien comunica sepa lo que quiere, por qué lo quiere y que trace una ruta que le permita obtenerlo. No es cuestión de advenedizos ni de improvisadores.

Muchos consultores comunicacionales se ganan la vida convenciendo a sus clientes de que necesitan mayor exposición pública.

Aunque hay líderes que tienen la capacidad innata de comunicar con eficiencia, a la mayoría le resulta muy difícil hacerlo y termina cometiendo errores. Uno de los más frecuentes es estimar que más es mejor. Por el contrario, una de las virtudes del comunicador efectivo es que sabe administrar sus palabras y sus silencios, pues conoce los peligros de la imprudencia y la saturación. Entiende que es más conveniente y útil hablar poco y bien que mucho y mal.

Muchos consultores comunicacionales se ganan la vida convenciendo a sus clientes de que necesitan mayor exposición pública. Les encanta contabilizar las “apariciones” en los medios de las figuras a quienes asesoran, confundiendo cantidad con calidad y actuando bajo las falsas premisas de que no importa lo que se diga de ciertos personajes mientras se hable de ellos y de que lo relevante es estar en los medios, no necesariamente aportar con mensajes relevantes. Así, el foro público se llena de un zumbido ensordecedor de palabras huecas, de escaso interés o poco felices que significan poco, pero ocupan tiempo y espacio en la cobertura mediática.

Ignoro si Jorge Bermúdez fue asesorado o si decidió por su cuenta conceder la infausta entrevista a la revista Sábado. De lo que no caben dudas es que fue una decisión desafortunada que abrió más interrogantes que las que cerró y dejó pendiendo de un hilo al lenguaraz contralor que creyó que terminó recibiendo una lección de sabiduría popular ojalá inolvidable: en boca cerrada no entran moscas.

 

FOTO: SEBASTIAN BELTRAN GAETE/AGENCIAUNO

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