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Publicado el 31 de enero, 2019

Juan Ignacio Brito: Corrosión Democrática

Periodista Juan Ignacio Brito

La amenaza real que enfrenta hoy la democracia no proviene de un adversario externo como el populismo (que, en todo caso, parece ser más una consecuencia que una causa), sino, curiosamente, del fuego amigo de quienes se declaran defensores y promotores de ella, pero que con sus actitudes y acciones la están carcomiendo desde adentro.

Juan Ignacio Brito Periodista
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Después de soportar por largo tiempo esa mesiánica superioridad moral que chorrea por los poros de Revolución Democrática, el resto del espectro político vio en la escuálida votación de las elecciones de RD una oportunidad para cobrarse revancha. Los otros partidos salieron a criticar la pobre convocatoria de una formación que se ha autoproclamado como aire fresco para la política nacional, pero que al renovar su directiva apenas consiguió entusiasmar al equivalente de un centro de alumnos universitario.

Sin embargo, hay poco de qué reírse. Porque es cierto que la convocatoria de RD fue mínima, pero también lo es que la de los demás partidos no es buena tampoco: la abstención en sus últimos comicios internos oscila entre el 86% y el 34% de una militancia exigua. Si se suma el número de participantes en las elecciones de RD, PS, PPD, DC, PR, RN, Evópoli y UDI, la cifra roza las 80 mil personas. O sea, el equivalente a un día promedio del festival Lollapalooza, que el año pasado llevó a 240 mil amantes de la música en tres jornadas al Parque O’Higgins. Si se considera que, por ejemplo, la festividad de San Sebastián en Yumbel convocó a 200 mil fieles hace unos días o que la muy olvidable película “El legado del diablo” (¿alguien se acuerda de ella?) tuvo el año pasado un taquillaje de 95 mil espectadores, la verdad es que todos nuestros partidos políticos –no solo Revolución Democrática— tienen casi nada que celebrar y mucho para cuestionarse. Lo de RD no es más que el síntoma extremo de una epidemia que afecta a todo el espectro político nacional.

De acuerdo al sondeo CEP de fines del año pasado, 60% de la población no conversa nunca de política con sus amigos o familiares y 57% jamás lee noticias sobre ese tema.

La baja convocatoria de las elecciones de los partidos demuestra asimismo que sus registros de militantes son escasamente creíbles. Así que no son solo pocos, sino que también son menos que los que dicen ser. Según las encuestas de opinión, los partidos políticos consistentemente son las instituciones que menos confianza despiertan en la ciudadanía.

Hubo un tiempo lejano en que los partidos políticos eran llamados “de masas”. Hoy esas masas, fragmentadas por la modernidad en individuos escasamente vinculados entre sí, les dan la espalda: cada vez menos gente los apoya (solo 23% de los consultados en la última encuesta CEP dijo sentirse identificado con algún partido político) y cada vez menos personas militan en ellos, como quedó en evidencia con las dificultades que enfrentaron para el “refichaje” realizado en 2017.

 En ausencia de un desastre natural devastador o una guerra catastrófica, los sistemas políticos se desmoronan lentamente debido a problemas internos.

Al parecer observamos el “abandono recíproco” que profetizaba hace un tiempo el cientista político irlandés Peter Mair. Un ambiente caracterizado por el surgimiento de un tipo de democracia enferma donde “los ciudadanos permanecen en casa mientras los partidos se ocupan del gobierno”. Cada cual vive en su espacio: los ciudadanos, en su esfera privada; los políticos, en el mundo cerrado de las instituciones del Estado. “El alejamiento es mutuo y general” afirmaba Mair. Las encuestas confirman la existencia de una brecha cada vez más insalvable. De acuerdo al sondeo CEP de fines del año pasado, 60% de la población no conversa nunca de política con sus amigos o familiares y 57% jamás lee noticias sobre ese tema.

La perjudicada, una vez más, es la democracia liberal, un sistema que presupone un interés colectivo de la ciudadanía y un afán de servicio y de búsqueda del bien común de las autoridades, con los partidos políticos funcionando como correa de transmisión entre ambos. Sin embargo, cada una de esas partes se ha vuelto disfuncional, y con ello también un modelo que hace agua y parece incapaz de cumplir con la promesa de representación, respeto a los derechos individuales, pluralismo, bienestar e integración que lo distingue.

Al analizar los peligros que enfrenta la democracia liberal a menudo se hace hincapié en las amenazas externas. Hoy, por ejemplo, escuchamos por doquier advertencias sobre el advenimiento del populismo, para algunos el equivalente moderno de la llegada de los bárbaros durante el Imperio Romano. Pero lo cierto es que, en ausencia de un desastre natural devastador o una guerra catastrófica, los sistemas políticos se desmoronan lentamente debido a problemas internos como los descritos más arriba. La amenaza real que enfrenta hoy la democracia no proviene de un adversario externo como el populismo (que, en todo caso, parece ser más una consecuencia que una causa), sino, curiosamente, del fuego amigo de quienes se declaran defensores y promotores de ella, pero que con sus actitudes y acciones la están carcomiendo desde adentro.

FOTO: SEBASTIAN BELTRAN GAETE/AGENCIAUNO

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