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Publicado el 23 de mayo, 2019

Juan Ignacio Brito: China, tarea pendiente para la diplomacia chilena

Periodista Juan Ignacio Brito

Mientras la Cancillería duda, son los empresarios y los activistas pro derechos humanos los que monopolizan en Chile la discusión en torno a China. Ambos abogan desde perspectivas valiosas, pero parciales, que resultan insuficientes para representar de lleno el interés nacional. China sigue siendo, hasta ahora, una asignatura pendiente para la diplomacia chilena.

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La revelación diplomática del año se llama Xu Bu, el embajador chino en Santiago. Ya sea respondiendo con dureza al discurso pronunciado por el secretario de Estado norteamericano o enfrascándose en una controversia con diputados DC, el representante de Beijing constituye una novedad en la forma y en el fondo. En lo accidental, porque no es común que un embajador cobre protagonismo ni diga públicamente lo que él ha dicho; y en lo sustantivo, porque sus intervenciones muestran la importancia que ha adquirido China para nuestro país y dejan de manifiesto el nuevo rol que aspira a ocupar el gigante asiático en la escena mundial y también en Chile.

Sin embargo, lo que resulta evidente para Xu Bu y la cancillería china no lo es tanto para la diplomacia chilena. El diseño de una estrategia clara para relacionarnos con Beijing es una materia pendiente para nuestra política exterior, tan acostumbrada a reaccionar y tan poco habituada a planificar y prevenir. Esta dificultad para proyectar a mediano plazo se hace aún más evidente cuando se trata de China, un país que sigue con mano firme el plan que se ha trazado y que exhibe una cada vez mayor asertividad en su deseo de ser reconocido como una superpotencia.

En ausencia de una política definida y consensuada respecto de China, en Chile existen dos aproximaciones típicas para abordar la relación bilateral. Por un lado, están aquellos que prestan atención casi exclusiva al intercambio comercial y las inversiones chinas en Chile. Gracias al TLC que entró en vigencia en 2006, el comercio bilateral se ha quintuplicado y el año pasado llegó casi a los US$43 mil millones, con un superávit favorable a Chile de US$11 mil millones. La presencia china en nuestro país se deja sentir con inversiones cuantiosas en los más diversos rubros, desde la minería a las telecomunicaciones. Las cifras sugieren que China se sitúa en una posición muy relevante para la estrategia de desarrollo de Chile, un país volcado hacia el exterior.

Por otra parte, están quienes ponen énfasis en el hecho de que China sea un régimen totalitario que coarta las libertades civiles de sus habitantes. Las noticias conocidas hace unos días de que la minoría uighur es sistemáticamente perseguida en la provincia de Xinjiang son solo la última confirmación de los atropellos que deben soportar los ciudadanos de un país cuyo régimen de partido único no acepta la disidencia. Los activistas por los derechos humanos buscan condicionar los vínculos bilaterales al cumplimiento por parte de Beijing de estándares mínimos en el respeto a las garantías básicas, un reclamo que los dirigentes chinos desechan, amparándose en su soberanía nacional y su noción de que ellos valoran los DDHH de manera distinta que Occidente.

Parece obvio, sin embargo, que resulta insuficiente reducir las relaciones con una potencia como China a lo económico o lo humanitario. La forma en que Chile se vincula con Beijing debe dar cuenta de complejidades que escapan por mucho al alcance de nuestra diplomacia y nuestra capacidad económica. El hecho ineludible que debe considerarse es que China se ha convertido en una superpotencia que compite en diversos aspectos por el liderazgo global con Estados Unidos. Esto significa que China no puede ser analizado desde una sola perspectiva, sino que todo contacto directo o indirecto con ella requiere tomar en cuenta la multidimensionalidad de los intereses chinos y la manera en que estos interactúan con los de otras superpotencias con las cuales China coopera y compite a la vez.

En los hechos, esto implica que no existe una relación solo bilateral con China. Chile debe comprender que cualquier vinculación con un gigante que ocupa un lugar cada vez más relevante en la arquitectura global necesariamente tocará distintos intereses que tienen que ser considerados.

Un aspecto del reciente viaje del Presidente Sebastián Piñera a China ofrece un ejemplo en esta materia. Lo que aparecía como una inocente visita a Huawei se transformó en un asunto delicado luego de que Estados Unidos y varias potencias europeas acusaran a la empresa de telecomunicaciones china de ser un vehículo para el espionaje. Finalmente, Piñera no fue a Huawei. Por desgracia, la asistencia de los hijos del Presidente a una reunión de negocios durante la gira distrajo la atención de lo verdaderamente sustantivo, provocando que la visita fuera en buena medida una ocasión desperdiciada para generar un debate constructivo acerca de la manera más conveniente para relacionarse con China.

El episodio de la frustrada visita a Huawei demuestra que con China ya nada es sencillo. La agitada agenda de intervenciones públicas del embajador Xu Bu confirma que los chinos se han dado cuenta de ello. Sin embargo, nuestro aparato diplomático no parece tener una estrategia clara para adaptarse a las nuevas realidades geopolíticas y para aproximarse de una manera creativa a China, cuyo surgimiento como superpotencia es la noticia más significativa en el tablero estratégico internacional de los últimos 30 años.

Mientras la Cancillería duda, son los empresarios y los activistas pro derechos humanos los que monopolizan en Chile la discusión en torno a China. Ambos abogan desde perspectivas valiosas, pero parciales, que resultan insuficientes para representar de lleno el interés nacional, que es el que debería primar a la hora de definir la forma de relacionarnos con el emergente gigante asiático. China sigue siendo, hasta ahora, una asignatura pendiente para la diplomacia chilena.

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