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Publicado el 25 de julio, 2020

Juan Francisco Gutiérrez: El otro zapato

¿Tiene la violencia del 18-O explicación en demandas sociales insatisfechas, o en la naturaleza humana? Como sea, ella no será detenida por negociaciones, acuerdos grandilocuentes o un “entendimiento de sus causas”. La violencia se detiene con cero tolerancia, con la fuerza pública en la calle desplegando todo el poderío que nuestras leyes le otorga y con la persecución judicial implacable de quienes incurren en conductas violentas.

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¿Le pasa a usted como a mí? Que siento que mis compatriotas (al menos los que me rodean) están esperando la caída del otro zapato, el del chiste, ese del tipo que todos los días sentía que su vecino de arriba arrojaba un zapato al suelo y para cuando lograba conciliar el sueño, recién tiraba el segundo zapato, despertándolo bruscamente. Indignado, el tipo reclama al vecino de arriba, y esa noche, después que éste arroja el primer zapato como le es habitual, recuerda el reclamo y se saca cuidadosamente su segundo zapato. Al rato aparece el tipo de abajo preguntándole: «¿Y cuándo va a arrojar el segundo zapato? No puedo conciliar el sueño hasta que complete el ciclo».

El 18 de octubre el país fue asaltado en una asonada concertada de cientos de anarquistas produciendo quemas del metro de Santiago y sus estaciones, principal representante de la modernidad y los beneficios para todos de tener un país próspero que cosechó los beneficios de una sociedad de mercado moderna. El metro es el gran igualador, ricos y pobres se mezclan y benefician de un transporte moderno, puntual, limpio a un universo de distancia del sistema de transporte que conocimos quienes crecimos al amparo de décadas de gobiernos estatistas, que decían tener al pobre en sus corazones. De repente, en este oasis latinoamericano que en las últimas cuatro décadas había multiplicado el ingreso per cápita de todos sus habitantes muy por encima del de todos sus vecinos del continente sudamericano, e incluso reducido el índice Gini que mide niveles de desigualdad, se despliega una ola de violencia sin contrapeso. Tras décadas de redactar leyes y generar instituciones que buscaban impedir que se cometieran los excesos de uso de la fuerza pública del pasado, de dotar los tribunales y fiscalías de funcionarios insensibles al clamor de la ciudadanía por protección de la delincuencia y que sólo hacían carrera si demostraban su celo en castigar a uniformados por delitos, ya fueran ciertos o falsos, el Ejecutivo se encontró impedido de ejercer el monopolio de la fuerza pública que la Constitución le entrega. Los escasos asaltantes y pirómanos detenidos eran liberados a la mañana siguiente, mientras el ciudadano de a pie se quedaba atónito viendo cómo medios de noticias relataban en detalle los supuestos excesos cometidos por una fuerza de carabineros que apenas se sostenía en pie frente al embate de una delincuencia empoderada por la falta de reacción de sus víctimas.

¿Cómo explicar esta violencia? Ahí viene el desfile de opinólogos y expertos siempre dispuestos a proporcionar una explicación a un público confundido y hambriento de obtener una. Cualquiera, por peregrina que fuera, para readquirir la tranquilidad desaparecida que produce el no entender que está pasando alrededor. Esto es la consecuencia de la desigualdad increíble, histórica, única en el planeta, son las AFP, es el neoliberalismo, son los TAG, las Isapres, el Fonasa, el voto voluntario, la sociedad machista, la educación subvencionada, la educación municipalizada, las universidades cota mil, la ausencia de matrimonio igualitario, la globalización, el calentamiento global, la sequía persistente… ¿Realmente? ¿Usted cree algo de todas estas explicaciones? No olvidemos que estas explicaciones vienen de los mismos filántropos que dicen que si ellos ahorran para sí la mitad de los generosos ingresos que los contribuyentes les pagamos, para financiar mejor sus campañas políticas, están efectuando una “donación” de esos ingresos; que Cuba es un paraíso porque todos saben leer y escribir y tienen acceso gratuita a una pésima salud pública; que Venezuela es una democracia; que no hay terrorismo en la Araucanía; que las pensiones van a mejorar en un sistema de reparto…

La violencia es inherente a nuestra calidad de homo sapiens, así como lo es la solidaridad y el amor. Siempre hay opciones y no importa lo que los “expertos” le digan: el hombre es libre, puede escoger un camino o el otro. Siempre.

¿Ha pensado que a lo mejor esto no tiene una explicación racional? Racional, en el sentido de causa-efecto legítimo. Porque al fin y al cabo, cualquiera puede racionalizar la conducta más abyecta, lo hicieron los nazis, la China comunista de Mao, y lo hace hoy en día Maduro, la elite comunista de Cuba y Kim Jong-un, por señalar los casos más emblemáticos. Si el día de mañana usted mata a su mamá, ¿debiera yo concentrarme en buscar una explicación de porqué lo hizo? ¿A ver si su conducta estaba legitimada? Sí señor juez, la maté porque… Ahh, en ese caso, libre, que pase el siguiente. Como no sea que su mamá irrumpió en su casa blandiendo un cuchillo mientras daba gritos de “te mataré”, a la hora que usted estaba tomando el té junto a su mujer e hijos, lo cierto es que no va a haber mucho más análisis de su caso, antes de sentenciarlo de por vida.

No, creo que hace más sentido que la violencia corre por carro separado. Tiene su propia dinámica y lógica. ¿Por qué la mayoría, supuestamente víctima de las mismas terribles condiciones en su infancia, lleva adelante una vida honesta trabajando y formando un círculo íntimo de seres queridos, mientras un grupo más reducido roba, mata y quema? La violencia es inherente a nuestra calidad de homo sapiens, así como lo es la solidaridad y el amor. Siempre hay opciones y no importa lo que los “expertos” le digan: el hombre es libre, puede escoger un camino o el otro. Siempre.

Al enfrentar este fenómeno que estamos padeciendo, entran a jugar dos ensayos recientes que nos pueden ayudar a entender mejor el torbellino dentro del cual estamos. Uno de Niall Ferguson, el historiador inglés, y otro de Martin Gurri, menos conocido, pero para quienes quieran investigarlo, autor de The Revolt of the Public and the Crisis of Authority in the New Milenium. El primero sostiene que para buscar un antecedente que nos sirva de orientación para navegar el momento actual, tenemos que mirar a 1450, el año de la aparición de la imprenta. Al igual que cuando apareció internet, la intelectualidad europea de la época estaba encantada inicialmente. Obviamente con una herramienta tan poderosa para divulgar el conocimiento, en particular su piedra fundamental, la Biblia, ¿cómo no iba a esto acercarnos y lograr una comunidad cristiana donde reinara la armonía, el entendimiento y el diálogo entre gente educada? Pues parece que no, porque el resultado más inmediato y palpable de la imprenta fue la división de la Iglesia Católica y las guerras religiosas que terminaron en la Paz de Westfalia en 1648 con 8 millones de muertos. Cuando apareció la internet también se hicieron pronósticos similares. Aquí estaba una herramienta que ponía el conocimiento humano acumulado al alcance de nuestros dedos. Pero parece que, junto con eso, quedó en evidencia que los mediadores, los medios de comunicación, no eran completamente honestos con nosotros, al tiempo que unido al acceso inmediato al cúmulo del conocimiento humano vino el cúmulo de la mentira humana. Resultado, crisis monumental de confianza, no hay verdad alguna y se produce una división radical entre “ellos” y “nosotros” en el que uno y otro bando se refuerza en su posición, sin escuchar al contrario y en efecto, según se ha medido, con muy poco tráfico de comunicaciones entre ambos grupos. En otras palabras, la comunicación que prevalece dentro de nuestra especie una vez que alcanza mayores niveles de comunicación e interconectividad, es que nadie busca convencer o argumentar, sino que imponer “sus” hechos y aniquilar al contrario. Un proceso más cercano al proceso intelectual de una guerra santa que al pensamiento crítico que se suponía caracterizaba a Occidente.

A este caldo de cultivo se incorporan los violentos, esos que piensan que ellos están autorizados a actuar por vías de hecho porque están muy enojados. La internet es una herramienta preciosa para la comunidad de gente en permanente estado de indignación, que beatifica la indignación por sí misma, como la de Greta Thunberg: “estoy indignada porque ustedes los mayores lo han hecho pésimo”, ergo me erijo en una santa del calentamiento global, cuyo gran único mérito es la pureza de mi indignación que me consume. Pero más interesante aún, la internet permite organizarse y coordinarse. De repente gente que es violenta y por su mismo carácter no muy inclinados a la organización, pueden coordinarse con el toque de un celular, herramienta universal en manos de todos.

La violencia desatada no es culpa suya, de los políticos, de Piñera, de la izquierda radical (aunque a ellos les gustaría atribuirse el manejo de la misma). Es culpa de la violencia del ser humano.

Como hace notar Martin Gurri en su ensayo Looking Glass Politics, con la internet el ser humano logra romper ese círculo tribal cercano que lo rodea, el cual el antropólogo inglés Robin Dunbar fija en aproximadamente 150 personas. Cada uno de nosotros lleva a cuestas en su actividad diaria una banda de unas 150 personas que podemos identificar con razonable precisión. Dentro de ese reducido círculo se desarrolla la mayor parte de nuestras vidas y es la principal fuente de nuestras auténticas emociones humanas. Pero ahora no, cada uno de nosotros tiene acceso a millones, a miles de millones. No me relaciono con ellos como con el círculo Dunbar, nombre y posición social (padre, jefe, empleado, cura, etc.), sino porque nos sentimos unidos por nuestra emoción compartida, siendo la rabia una muy importante. Mientras que en mi círculo Dunbar debo justificar mi rol cuidando mis dichos y conducta, salvo que mi círculo sea exclusivamente una familia de delincuentes, dentro de la internet la única condición que justifica mi presencia y mi razón de ser es la indignación. Ahora bien, esa indignación no va acompañada de un plan de 10 puntos para solucionar problemas No, eso requeriría aplicar racionalidad, algo que no une a esta comunidad violenta. ¿Cómo ventilamos esa rabia? Como se ha hecho siempre, atacando la causa de nuestra rabia. ¿Cómo ataco al neoliberalismo, a la globalización, al calentamiento global, al sistema? Destruyo el metro, quemo, saqueo y destrozo todo a mi paso y después me siento a mirar satisfecho el resultado de mi conducta “heroica” en la internet mientras recibo los elogios de mi comunidad de indignados. Es que los indignados somos los protagonistas de nuestra propia leyenda. Obviamente no vamos a rebajarnos a algo tan prosaico como medir nuestras acciones por empatía por las víctimas de nuestra conducta violenta, cuando somos los actores principales de nuestra propia epopeya.

Reconozco que en esta parte me siento como tantos opinólogos del momento que escriben una columna tras otra para revelarnos que el gobierno está en una posición muy difícil, de hecho “al borde del abismo”. Pero luego son curiosamente silenciosos respecto de cuál es la receta para salir del atolladero. Que sirva esta columna de notificación, por favor no se tomen la molestia de señalar lo obvio, ya entendimos el punto.

Esa violencia continuará desplegándose omnívora, intensa, destrozando, quemando como lo ha hecho siempre a través de la historia cuando la sociedad civil no tiene la decisión y coraje de defenderse de quienes quieren quemarla y destruirla.

¿Qué hace entonces el lector con estas reflexiones? Quizás no mucho, pero que le sirva para poner las cosas en perspectiva. Uno, la violencia desatada no es culpa suya, de los políticos, de Piñera, de la izquierda radical (aunque a ellos les gustaría atribuirse el manejo de la misma). Es culpa de la violencia del ser humano. Algo que debe condenarse incondicionalmente si queremos que la delgada “capita” de racionalidad que apareció junto con el homo sapiens hace 150.000 años prevalezca sobre el animal que llevamos dentro y que es el resultado de millones de años de evolución. Condena incondicional que ya incluso ni siquiera los líderes religiosos son capaces de condenar. Como le dije al cura tras la prédica en que nos invitaba a hacer un examen de conciencia de cómo habríamos contribuido a que se hubieran desatado los eventos de octubre pasado. ¿Está usted en su sano juicio? Me siento como si los delincuentes hubieran entrado a mi casa, golpeado a mis hijos, violado a mi mujer, me hubieran dejado por muerto tras propinarme una golpiza y quemar mi casa, y lo primero que me dice el cura que me va a ver a mi lecho en Urgencia es que me haga un examen de conciencia para reflexionar si no habré sido yo, con mi conducta, el que gatilló este drama. Segundo: esa violencia continuará desplegándose omnívora, intensa, destrozando, quemando como lo ha hecho siempre a través de la historia cuando la sociedad civil no tiene la decisión y coraje de defenderse de quienes quieren quemarla y destruirla. Por lo tanto, en relación con este “compás de espera” en que todos aguantan la respiración de si irá a caer o no el otro zapato de la violencia tras el término de la cuarentena, ahórrense el suspenso. La comunidad violenta sigue intacta y ganosa por retomar su iniciativa. ¿Ira a ser capaz de llevar las cosas al extremo post 18 de octubre? Probablemente no, o al menos se va a demorar en rearmarse con ese grado de eficacia. Pero al final del día, la violencia estará siempre con nosotros, está dentro de nuestra especie. Como decía la caricatura de Pogo, “hemos identificado al enemigo, y el enemigo somos nosotros”.

Por lo tanto, la violencia no será detenida por negociaciones, acuerdos grandilocuentes o un “entendimiento de sus causas”. De la misma manera que los delincuentes que ingresaron a mi casa no quieren una sesión de psicoanálisis, ni firmar un acuerdo, quieren mi pellejo en el suelo y mis bienes en el bolsillo. La violencia se detiene con cero tolerancia, con la fuerza pública en la calle desplegando todo el poderío que nuestras leyes le otorga y con la persecución judicial implacable de quienes incurren en conductas violentas. Es cierto que estamos lejos de cumplir con esos objetivos, somos una sociedad debilitada, pero al menos no perdamos el foco. El problema no es la falta de acuerdos o la falta de voluntad de nuestros líderes para destrozar aún más el país para satisfacer las demandas de la clase media que dicen haber identificado. Tras más de 5.000 años de evolución histórica, generamos una herramienta eficaz para controlar el instinto destructivo de nuestra especie, se llama el Estado de Derecho. No lo olvidemos. Está a nuestra disposición. Sólo requiere la voluntad política de imponerlo.

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