Columnas de opinión es presentado por:
Publicado el 02 de mayo, 2019

Juan Carlos Said: Una prueba ética para el periodismo

Médico Internista, investigador asociado de Horizontal Juan Carlos Said

El periodismo debería ejercer mucho más fuerte su rol de entregar contenido verificado para darle valor a la información, usando sus medios disponibles y legítimos para demostrar que no todo lo que circula es cierto. Colaborar en la difusión de grupos anti vacunas es tan grave como promover dictaduras asesinas.

Juan Carlos Said Médico Internista, investigador asociado de Horizontal
Recibe en tu correo Lo mejor de la prensa
Suscribirse

El holocausto judío no existió. La dictadura de Pinochet no mató a nadie. La tierra es plana. Las vacunas no previenen enfermedades, sino que las causan. Semejantes afirmaciones son completamente falsas y, peor aún, carecen de la mínima plausibilidad, además de no formar parte del debate en las comunidades de historiadores o científicos. Más grave es que, en el caso de las vacunas, dichas mentiras pueden matar personas.

A pesar de estas consideraciones, recientemente una importante radio nacional entrevistó largamente a una representante de un grupo anti vacunas, la que sostuvo, sin aportar ninguna evidencia científica (y sin la presencia de ningún especialista para rebatir estos argumentos), que las vacunas no sirven. ¿Deberían dar los medios de prensa espacio a estos grupos?

Las redes sociales e Internet han liberado al periodismo de la necesidad de dar espacio a todas las opiniones que de otra forma no podrían ser escuchadas.

Probablemente no. Hipotéticamente, en un mundo imaginario donde la prensa escrita, radio y televisión fuesen las únicas formas de compartir una opinión pública, podría justificarse que todo tenga un espacio justo de difusión, más allá de que esto sea plausible o no. Sin embargo, así como la fotografía libera al arte de la necesidad de representar exactamente la realidad, las redes sociales e Internet han liberado al periodismo de la necesidad de dar espacio a todas las opiniones que de otra forma no podrían ser escuchadas.

Esto adquiere relevancia en la era de la post verdad. El periodismo debería ejercer mucho más fuerte su rol de entregar contenido verificado para darle valor a la información, usando sus medios disponibles y legítimos para demostrar que no todo lo que circula es cierto. No hacerlo implica reconocer que el fin de la profesión ya no es tal, y que Facebook llegó simplemente para reemplazar a la prensa.

La mencionada entrevista no cumplió con requisitos que para quienes participamos de la comunidad científica debiesen ser los mínimos. Ella difundió la idea de que un grupo puede con argumentos racionales sostener que todas las vacunas son malas, generando una falsa dicotomía entre quienes “justamente” podrían estar a favor y quienes no. Dicha dicotomía no existe. El debate generado en esos términos no es real. No hay un debate en el mundo científico acerca de si éstas en general sirven o no. Uno podrá argumentar acerca de riesgos y beneficios de una determinada vacuna, lo que ciertamente no da espacio a rechazarlas todas de plano. Menos aún por razones ideológicas. Rechazarlas todas a priori es como sostener que se está en contra del derecho o contra la ingeniería o de la cirugía en general.

Por el contrario, el consenso científico manifestado en la Organización Mundial de la Salud y en diversas sociedades científicas chilenas e internacionales es que las vacunas son útiles y salvan vidas. En 1979, por ejemplo, permitieron que se erradicara la viruela, una enfermedad mortal que había acompañado a la humanidad por miles de años. Según datos de la misma OMS, se estima que las vacunas evitan la muerte de 2 a 3 millones de niños al año y son una de las intervenciones más rentables en salud: por cada dólar invertido en vacunas se estima un retorno de aproximadamente 44 dólares en beneficios para la sociedad.

No es legítimo que un comunicador dé cabida a cualquier irracionalidad que se diga, sobre todo en contra de la salud pública. Para eso está Twitter, Facebook, YouTube, pero no la prensa.

Luego de erradicada la viruela, el mundo se llenó de optimismo pensando que el paso siguiente sería la erradicación del sarampión y la polio, virus que no sólo pueden causar la muerte, sino también dejar severas secuelas neurológicas. Lo grave es que esto no ha podido lograrse, en gran parte por el descenso en el número de vacunados, motivados por la aparición de grupos anti vacunas.

Los grupos anti vacunas ya tiene sitios web y grupos en Facebook con miles de seguidores. Sin embargo, la aparición en prensa hace que esto parezca creíble. Ya no se trata de una locura como sostener que la tierra es plana. Se trata de “algo plausible”. Si está en la radio, tan mentira no puede ser. Más aún, el entrevistado corre sólo: nadie está ahí para contra argumentarle. En forma indirecta, esta entrevista valida a estos grupos, y puede ser la causa de que en el futuro mueran niños por enfermedades prevenibles. Es por esto que un periodismo ético no puede ser neutro a esta realidad. No es legítimo que un comunicador dé cabida a cualquier irracionalidad que se diga, sobre todo en contra de la salud pública. Para eso está Twitter, Facebook, YouTube, pero no la prensa.

Los grupos anti vacunas son, en el fondo, una prueba ética para el periodismo. Colaborar en su difusión es tan grave como promover dictaduras asesinas. Si el periodismo no se hace cargo de la necesidad de pensar las noticias, no sólo arriesga la salud de los chilenos, sino también ser condenado a la irrelevancia, para ser reemplazado sin dificultad por la red social de turno.

FOTO: HANS SCOTT/AGENCIAUNO

Las columnas de Opinión son presentadas por:
Ver más

También te puede interesar: