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Publicado el 06 de octubre, 2018

Juan Carlos Said: La duda es nuestro negocio: la industria del tabaco y los alimentos

Médico Internista, investigador asociado de Horizontal Juan Carlos Said

Si bien el tabaco va en retirada, las estrategias de las tabacaleras fueron aprendidas por otras industrias: sembrar la duda respecto al daño que producen sus productos, a qué podemos hacer para prevenir ese daño o cómo podemos  ayudar a quienes  ya fueron dañados, a pesar de que esas respuestas, ya sean conocidas hace tiempo por la comunidad científica.

Juan Carlos Said Médico Internista, investigador asociado de Horizontal
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En el siglo XVIII, el escorbuto, una enfermedad producida por el déficit de vitamina C que afectaba a los marinos que llevaban navegando largo tiempo sin comer frutas ni otros alimentos con este nutriente, cobraba más vidas a la Armada que las batallas con españoles y franceses. Se proponían diferentes curas, aunque ninguna había sido probada.

 

James Lind, médico de la marina inglesa, desarrolló entonces un  simple pero útil experimento: probar los cinco “medicamentos” más usados en grupos compuestos por dos marinos. Así recibieron cidra, o una sustancia llamada vitriol, o seis  cucharadas de vinagre, o una dosis de agua de mar, o  dos naranjas y un limón. El último grupo, que ingirió alimentos ricos en vitamina C, fue naturalmente, el que rápidamente se recuperó.

 

Si bien Lind desconocía la existencia de las vitaminas en sí, su experimento demostró en forma simple qué servía para curar esta enfermedad y qué era placebo. Lo llamativo, sin embargo, fue que a pesar de pertenecer a la marina y haber publicado sus resultados, ésta demoró 50 años en adoptar una medida que salvaba vidas. En aquel entonces, se pudo haber atribuido esto a desconfianza respecto al método científico y a la poca popularidad de la medicina.

 

Recién el 2011 se aprobó en Chile una ley más restrictiva en materia de tabaco que, salvaguardando el derecho a fumar en privado, permitiera no exponer a niños y a no fumadores al humo de quienes lo hacen.

 

Hoy, desgraciadamente, gozando el método científico de mayor aceptación, la situación no es distinta. A modo de ejemplo, la asociación entre cáncer  pulmonar y tabaco estaba bien demostrada en los años 60. En los años 80 ya no había dudas de que era el principal factor de riesgo para infarto y enfermedades coronarias. En los 90 ya se sabía que quienes no fumaban, pero estaba expuestos al humo en forma pasiva, corrían los mismos riesgos que los fumadores. ¿Las formas de disminuir el tabaquismo? También las conocemos y están demostradas hace años: a grandes rasgos, subir los impuestos y prohibir fumar en espacios públicos. A pesar de esto, recién en el año 2011 se aprobó en Chile una ley más restrictiva en materia de tabaco que, salvaguardando el derecho a fumar en privado, permitiera no exponer a niños y a no fumadores al humo de quienes lo hacen.

 

¿Qué sucedió entre que la evidencia de todo estuvo disponible y que ésta se transformó en un proyecto de ley? Nos enfrentamos, y seguimos enfrentando, a una industria que no solo vendía tabaco, sino que también vendía la duda. Escuchamos de todo: desde que no estaba claro que el tabaco era malo, dado que en forma anecdótica algunas enfermedades como la colitis ulcerosa parecían mejorar con el cigarrillo; o que subir los impuestos o prohibir fumar en lugares públicos iba a generar cesantía. Nada de eso era cierto o eran simples anécdotas sin valor científico.

 

Hoy mueren 16.000 chilenos al año a causa directa del tabaco.

 

¿Cuál era el negocio entonces de las tabacaleres? Sembrar la duda, hacer pensar que efectivamente no todo era tan claro y demorar la implementación de las políticas públicas en salud requeridas. Esa duda significó a la larga que continúen muriendo hasta el día de hoy 16.000 chilenos al año a causa directa del tabaco.

 

La duda era su negocio. Prestemos entonces atención a patrones similares que observamos en otras industrias, solo que a veces nos cuesta reconocerlos. La industria de los alimentos nos dice que no es necesario, ni útil,  poner avisos respecto a las calorías de los alimentos en cada producto, o que, si los ponemos, sea de la forma que a ellos más les conviene, mostrando las calorías por porción (que es asignada por ellos) y no por gramo (que permite a todos comparar objetivamente la concentración de calorías, grasa o sal entre distintos productos).

 

La industria del alcohol, en tanto,  nos quiere convencer de que los impuestos al alcohol no sirven o que ya pagan suficiente -cuando está demostrado que ellos disminuyen la posibilidad de que alguien empiece a tomar antes de los 18 años- y que cubren menos de un tercio de los costos directos en que incurre el estado en tratar enfermedades asociadas al alcohol.

 

Reconozcamos, entonces, que si bien el tabaco va en retirada, las estrategias de las tabacaleras fueron aprendidas por otras industrias: sembrar la duda respecto al daño que producen sus productos, a qué podemos hacer para prevenir ese daño o cómo podemos  ayudar a quienes  ya fueron dañados, a pesar de que esas respuestas, ya sean conocidas hace tiempo por la comunidad científica. La duda es su negocio. Que el nuestro sea, entonces, dudar de ellos.

 

 

 

FOTO: FRANCISCO CASTILLO/AGENCIAUNO

 

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