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Publicado el 13 de diciembre, 2018

Juan Carlos Said: ¿Cuál será la próxima epidemia?

Médico Internista, investigador asociado de Horizontal Juan Carlos Said

Las enfermedades mentales son la gran epidemia del siglo XXI y, sigilosamente, se han convertido en una de las mayores causas de discapacidad y muerte en Chile. Se estima que 15.8% de los chilenos padece depresión, según datos de la Encuesta Nacional de Salud.

Juan Carlos Said Médico Internista, investigador asociado de Horizontal
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¿Cuál será la próxima epidemia, la enfermedad que afectará a miles de chilenos sin distinción causando muerte y discapacidad? Si bien es preocupante el actual brote de sarampión, la respuesta no va por ahí. Cuando pensamos en las cosas que causan la mayor cantidad de muertes prematuras en Chile, las sorpresas no son muchas: infarto, accidente vascular cerebral, enfermedad al hígado, accidentes de tránsito, cáncer de estómago y pulmón. (Recomiendo mucho revisar datos en www.healthdata.org/chile).

 

La respuesta es otra cuando nos preguntamos: ¿Qué causa la mayor muerte o discapacidad? Ahí, la foto cambia un poco. Se mantienen los cuatro primeros, pero salen cáncer de pulmón y esófago, y entran depresión y trastornos de ansiedad. Las enfermedades mentales son la gran epidemia del siglo XXI y, sigilosamente, se han convertido en una de las mayores causas de discapacidad y muerte en Chile. Según el estudio de Carga de Enfermedad de la Universidad Católica, las enfermedades neuropsiquiátricas serían en su conjunto la primera causa a nivel nacional de años perdidos por discapacidad o muerte.

 

Las enfermedades mentales aparecen una vez que la gente vive más años y no muere de las cosas más obvias y prevenibles como enfermedades infecciosas y del corazón.

 

Esto no se debe a que los chilenos seamos más “amargados” o “pesimistas”, sino en primer lugar a una “transición epidemiológica”: las enfermedades mentales son las enfermedades que aparecen una vez que la gente vive más años y no muere de las cosas más obvias y prevenibles como enfermedades infecciosas y del corazón. Eso pasa en todos los países que se desarrollan, y Chile no ha sido la excepción.

 

El problema es serio: se estima que 15.8% de los chilenos padece depresión, según datos de la encuesta nacional de salud. Más grave aún, los más golpeados son los que menos tienen, en el mundo y también en Chile: según la OMS, en los países de menos recursos “entre el 76% y el 85% de las personas con trastornos mentales graves no reciben tratamiento”. En Chile, en tanto, la depresión es más frecuente en las regiones más pobres, como La Araucanía, y los datos del Ministerio de Salud muestran que las personas con seguro de salud privado (en su mayoría de ingresos medios y altos y comparativamente más saludables) tienen ocho veces más probabilidades de ser tratadas por enfermedades mentales que las personas que reciben servicios en el sistema de salud pública. Es decir, el acceso a tratamiento, favorece a quienes más tienen.

 

Por otra parte, las solicitudes de licencia por enfermedad debido a una enfermedad mental tienen tres veces más probabilidades de ser rechazadas por las compañías de seguros (privadas o públicas) que las solicitudes de licencia por otras enfermedades (dato de la Subsecretaría de Seguridad Social, 2016), lo cual perjudica también en forma desproporcionada a las personas de menos ingresos (en general en el seguro público) para quienes el impacto de una licencia sin sueldo puede ser devastador.

 

Es muy difícil que un gobierno logre mejorar la salud mental de la población si no incorpora los llamados determinantes sociales a todas las políticas, buscando generar entornos que promuevan la salud mental, como comunidades donde sea agradable caminar, donde haya espacio para hacer deporte y donde se viva sin contaminación visual o acústica y con temor constante a ser agredido en la calle o en la casa.

 

Así, los pacientes con enfermedades mentales sufren por tres. Uno es el sufrimiento por la enfermedad misma, otro por la falta de acceso a tratamiento y finalmente el estigma y discriminación: más pacientes recibirían tratamiento oportuno, si la empatía que recibieran fuera la misma que reciben los enfermos de cáncer, a los cuales nadie les cuestiona una licencia, o la necesidad de recibir un tratamiento y atención médica oportuna, o si no persistieran mitos como: “las enfermedades mentales no tienen tratamiento” o “los tratamientos no sirven”.

 

¿Cómo enfrentar esta nueva epidemia? Es verdad que faltan recursos, pero tan importante como eso es el cómo se gasta. Es importante aumentar el número de especialistas, mejorar la interacción entre la atención primaria y los hospitales, pero, sobre todo, focalizar los recursos en quienes menos tienen. Más médicos y medicamentos es importante, pero no va a ser suficiente: la salud mental no es sólo algo que uno tiene, si no en parte algo que uno hace y que se realiza en un entorno. Ese entorno, que afecta nuestra salud mental son los llamados determinantes sociales de la salud. Es muy difícil que un gobierno logre mejorar la salud mental de la población si no incorpora este concepto a todas las políticas, buscando generar entornos que promuevan la salud mental, como comunidades donde sea agradable caminar, donde haya espacio para hacer deporte y donde se viva sin contaminación visual o acústica y con temor constante a ser agredido en la calle o en la casa.

 

Las enfermedades mentales, son una epidemia que llegó para quedarse. Falta entonces, que las autoridades se hagan cargo de este problema, de la única forma posible: incorporándolo en todas las políticas públicas.

 

 

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