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Publicado el 24 de noviembre, 2019

Juan Carlos Garcés: Compartir los beneficios

Director Unión Social de Empresarios Cristianos (USEC) Juan Carlos Garcés

Tengo una propuesta más radical, que consiste en que, en la medida de lo posible, la empresa comparta sus utilidades con sus trabajadores. Hay empresas que lo hacen y, en general, tienen mejor clima laboral, mayor cohesión y sentido de pertenencia, son competitivas, ofrecen buenos productos a menores costos y, como resultado, son empresas más humanas y altamente rentables.

Juan Carlos Garcés Director Unión Social de Empresarios Cristianos (USEC)

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Como empresarios tenemos que hacer algo concreto para generar inclusión y sentido de pertenencia. Y, como explicó bien el economista Sebastián Edwards, hay que hacerse cargo de la paradoja chilena sobre la desigualdad: a pesar de que las cifras muestran que cae, la percepción resulta intolerable.

Esta paradoja se explicaría, por tres motivos. El primero, porque mientras unos hablan de “desigualdad” de ingresos, otros piensan en desigualdad en términos de interacciones sociales, calidad de vida y acceso a servicios básicos. La misma palabra describe dos realidades distintas; la primera ha mejorado mucho y la segunda todavía no alcanza un nivel de implementación digno en toda la sociedad.

En segundo lugar, porque ha habido una captura ideológica y simplista del concepto de desigualdad que señala a los empresarios como el villano de la película a pesar del evidente aporte que hacemos cada día al bien común. Y, en tercer lugar, porque el desarrollo económico y social del país, aun cuando es evidente, no va tan rápido como queremos, como necesitamos ni como se venía logrando en los últimos años.

Una manera de disminuir la desigualdad desde la raíz es la capacitación de los que trabajamos, de todos nosotros, desde el gerente a un operario recién incorporado. Muchas empresas invierten en capacitación y formación humana, pero no es suficiente; tampoco se invierte de modo óptimo preparando en aquello que genera mayor impacto en las personas y tampoco se cuenta con el respaldo estatal suficiente. Esto toma demasiado tiempo y tiempo es lo que no tenemos ahora.

Propongo una mirada más radical. No requiere de leyes ni de reglamentos, sólo de la voluntad de los accionistas; no es un regalo ni tampoco es filantropía; no es una regla general de administración, pero la he visto aplicada con éxito en diversas empresas. Esta propuesta consiste en que, en la medida de lo posible, la empresa comparta sus utilidades con sus trabajadores. Hay empresas que lo hacen y, en general, tienen mejor clima laboral, mayor cohesión y sentido de pertenencia, son competitivas, ofrecen buenos productos a menores costos y, como resultado, son empresas más humanas y altamente rentables.

Por supuesto, no todos pueden. A las pymes les cuesta más porque con gran esfuerzo llegan a fin de mes. Pero hay muchas empresas que podrían hacerlo y no lo han intentado. Es una decisión que depende tanto de la convicción de los directivos como de la sustentabilidad de la empresa. Hay buenos argumentos para no hacerlo ni intentarlo, por ejemplo, que las utilidades le corresponden a los que pusieron el capital (accionistas) y que a los trabajadores les corresponde las remuneraciones y los beneficios que se obtienen de las negociaciones. ¡Que concepción más antigua del mundo empresarial actual!

¿Acaso no es mucho más sustentable y satisfactorio para los accionistas invertir en empresas que no se caracterizan por tener conflictos laborales ni ambientales, que cuentan con el reconocimiento de sus clientes, y que fomentan relaciones sociales solidarias? ¿Acaso no perdemos todos mucho más al terminar cuestionando la esencia misma del vínculo que nos mantenía unidos en primer lugar? Sin duda ha sido un pésimo negocio para todos. Ninguna junta de accionistas estaría satisfecha con esta situación. ¿No se ocuparán directamente los trabajadores en hacer más productiva su empresa, a cuidarla, a ser responsable con el medio ambiente si ellos reciben parte de las utilidades?

Es importante que en los directorios se les dedique tanto tiempo, esfuerzo y recursos como a otros indicadores de la empresa. Sería una excelente señal empezar a comparar la tabla de los directorios antes y después del pasado 18 de octubre y encontrar nuevos asuntos tales como, por ejemplo, el sobreendeudamiento de los trabajadores, cómo llegan a su trabajo cada mañana, cuánto tardan y a qué costo, o cómo les va a sus hijos en las escuelas en que se educan.

Tengo la convicción de que esta propuesta responde a la visión de que la empresa es una comunidad de personas, que en USEC, Unión Social de Empresarios Cristianos, hemos promovido por más de siete décadas.

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