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Publicado el 19 de noviembre, 2019

José Agustín Muñiz: #RompePaga: La fiesta de los idiotas

Mi apuesta es que la perspectiva de ser miembro de la comisión mixta o constituyente no va a despertar muchas nuevas vocaciones políticas, sino que van a manifestarse las que ya están desigualmente distribuidas en la elite chilena.

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Escribe lindo Daniel Matamala; escribe muy bien. Pero este domingo se le pasó el entusiasmo con “Ocaso del idiota”. Un exceso de entusiasmo, por lo demás, que nos afectó a todos… sólo que Daniel Matamala lo explica mejor. Por eso lo uso como ejemplo.

En un primer momento, todos nos entusiasmamos con la posibilidad de dar una salida pacífica y democrática a nuestras diferencias. Pero de ahí a postular el ocaso del idiota hay un pequeño abismo. Para los griegos, idiotes es el opuesto al polites, aquel varón libre y dotado de elocuencia capaz de intervenir con su voz en la asamblea donde se decidía el destino de la polis. El “idiota en el sentido griego”, como bien dijo el senador Navarro alguna vez, es aquel al que no le interesa la política.

Digo que nos entusiasmamos mucho y rápido porque la oportunidad de escribir una Constitución desde cero y en democracia en ningún caso va a significar el ocaso de los idiotas. Si disminuyen, va a ser de modo marginal, y sólo va a disminuir una clase de idiota. Como yo lo veo, hay al menos dos maneras de ser idiota.

Podemos hablar con libertad aquí de la primera clase de idiotas, porque es el que no lee ni en defensa propia –ni a Daniel Matamala ni esta columna–. Es aquel cuyas opiniones personales son un refrito de las opiniones que le escuchó a otro y que, obligado a expresarla, las ofrece con aplomo para salir del paso. Y esto último es clave para distinguir al polites del idiotes: llegado el momento, el polites aspira a y está capacitado para ejercer una responsabilidad pública en la ciudad. Ese es el político. Mi apuesta es que la perspectiva de ser miembro de la comisión mixta o constituyente no va a despertar muchas nuevas vocaciones políticas, sino que van a manifestarse las que ya están desigualmente distribuidas en la elite chilena (incluyo aquí a los que rellenamos columnas de opinión).

Tenemos una segunda clase de idiotas en Chile que está lejos del ocaso, pues se han multiplicado como termitas: me refiero a los violentos. A esos tampoco les interesa la vida política. No les interesa nada, sólo la fiesta. Les juro que en estas cuatro semanas desde mi última columna he leído todo lo que se ha publicado en Chile para tratar de entender a ese grupo de idiotas y la única explicación que me hace sentido la dio una persona que se pasó varios días entre los violentos observándoles. Su conclusión fue esta: para ellos, quemar, apedrear y destruir es un carrete, una fiesta. Es inútil buscar respuestas más sofisticadas donde no las hay. Hay que cortarles la música y listo.

Sería precioso que hubiera un rebrote de la virtud cívica, que nos paseáramos envueltos en sábanas blancas filosofando por la acrópolis santiaguina, pero eso no va a ocurrir. Un grupo de idiotas está dedicado a destruirla y otro grupo no quiere participar porque nunca lo ha hecho, no lo han invitado, no sabe cómo y, aquí está mi otra apuesta, tampoco se espera que lo hagan.

En la esencia de la democracia representativa lo que hay no es participación, movilización e involucramiento directo de los ciudadanos, sino que apelaciones a su aquiescencia, esto es, que suspenda momentáneamente su juicio crítico en favor del líder político y que consienta en que él se haga cargo de los asuntos públicos que nos conciernen a todos con un mínimo de cordura, mientras uno se dedica a ganarse y vivir su propia vida.

Yo sé que esto suena mal a los polites que me leen, que lo bonito y bien portado es la participación y el involucramiento. Pero eso no es verdad; ni siquiera es bueno o deseable. Una sociedad movilizada todo el tiempo al nivel como nos gustaría que estuvieran nuestros modelos de virtud cívica sería una sociedad invivible. La verdadera política es buena porque nos permite al resto dedicarnos a hacer bien lo que nos gusta y no tener que escribirles constituciones a nuestros representantes.

El problema es que la gente puede ser idiota en el sentido griego, pero no es idiota en el sentido corriente del término. En los últimos años la oferta de personas e ideas compitiendo por nuestra aquiescencia se ha ido degradando tanto que vamos a tener que envolvernos en sábanas blancas y comportarnos como adultos libres y responsables de nuestra polis… ¡por un rato!

José Agustín Muñiz Viu

@jose_muniz

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