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Publicado el 19 abril, 2021

José Rodríguez Elizondo: Recuerdos limeños desclasificados

Director del Programa de Relaciones Internacionales, Facultad de Derecho, Universidad de Chile José Rodríguez Elizondo

Gracias a esas vivencias querendonas, hasta podría responder la famosa interrogante de Zavalita sobre el enigmático momento en que “se jodió el Perú”. Según mi versión no autorizada, tal calamidad se produjo en 1990, cuando Alan García le birló la Presidencia a Mario Vargas Llosa, promoviendo como Jefe de Estado a un desconocido ingeniero, descendiente de japoneses.

José Rodríguez Elizondo Director del Programa de Relaciones Internacionales, Facultad de Derecho, Universidad de Chile
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Llegué al Perú tras una fuga “de terciopelo” de la RDA, tema que cuento en mi libro El día que me mataron. Yo no tenía “el orgullo de ser peruano y ser feliz”, como dice una canción tradicional, pero pude superar ese grave déficit gracias a una estupenda red de amigos y parientes políticos.

Durante una década con mucho más de dulce que de agraz, pude reinventarme como periodista profesional, con base en la gravitante revista Caretas y el afecto de mis lectores. Así fue como viví de cerca la transición democrática conducida por el general Francisco Morales Bermúdez, el completo gobierno de Fernando Belaunde e inicios del primer gobierno de Alan García. Luego, desde España, seguí la información peruana como informador de la ONU, bajo el liderazgo del peruano Javier Pérez de Cuéllar. Retornado a Chile, mantuve el contacto como director de Cultura e Informaciones de la Cancillería y, después (hasta hoy), como académico y escribidor impenitente.

Gracias a esas vivencias querendonas, hasta podría responder la famosa interrogante de Zavalita sobre el enigmático momento en que “se jodió el Perú”. Según mi versión no autorizada, tal calamidad se produjo en 1990, cuando Alan García le birló la Presidencia a Mario Vargas Llosa, promoviendo como Jefe de Estado a un desconocido ingeniero, descendiente de japoneses. Pensó, quizás, que un agradecido Alberto Fujimori le cuidaría el sillón hasta el próximo período.

Beneficiario ingrato

Fue el mayor error político de Alan (así le decíamos todos). Cuando Fujimori dio su autogolpe de Estado, debió esconderse para luego exiliarse. Como única manera de dar cuenta de su feroz traspié, escribió El mundo de Maquiavelo, una digna novela autobiográfica que leí al toque. Allí se autodescribe escabulléndose por los techos, como en las películas de acción, con dos pistolas en sus bolsillos y la siguiente reflexión en su mente: “El fin último de toda persecución política es el suicidio material del perseguido”.

Cariño erróneo

En Chile sólo recuerdo un canciller procedente de la Cancillería. En el Perú es al revés: prácticamente todos los gobernantes peruanos han designado cancilleres de Torre Tagle. Durante su “dictablanda”, Morales Bermúdez reclutó a tres de nivel estelar: Carlos García Bedoya, José de la Puente y mi entrañable amigo Arturo García, quien fuera embajador en Chile.

Fujimori fue la gran excepción. Para demostrar que privilegiaba las relaciones económicas y subestimaba el peso institucional de la cancillería peruana, designó canciller al ingeniero Augusto Blacker Miller, riguroso Chicago boy, a quien conocí como “Black and Decker” en los cenáculos del economista Felipe Ortiz de Zevallos. Entre las prioridades que le asignó, estuvo la de iniciar conversaciones con su homólogo chileno para terminar con los temas pendientes del tratado de 1929.

Yo ya estaba en la Cancillería y mi respetado amigo Enrique Silva Cimma, el homólogo de Blacker, había sido mi maestro universitario. Me consta, por tanto, que hubo empatía mutua y cariño rápido. Así se desprende del siguiente párrafo (reconstruido) de una charla con él:

-Estará contento, Pepe. Con Augusto acordamos limpiar la agenda con Perú.

-Sorprendente y grato, maestro.

-Incluso acordamos convertir El Chinchorro en el Parque de la Paz y la Amistad Javier Pérez de Cuéllar.

Ahí le puse cara de emoticón dudoso. Me sorprendió que Blacker hubiera actuado sin previa consulta a Torre Tagle. Y no solo porque ese terreno peruano, enclavado en Arica, tenía un expediente polémico de carácter histórico. Además, porque si bien Pérez de Cuéllar era “el más ilustre de los peruanos”, al decir del expertísimo columnista Manuel “Manu” D’Ornellas… no podía serlo para Fujimori. Este, que no confesaba admiración por ningún peruano vivo, ya percibía al entonces jefe de la ONU como el otro gigante que debía abatir, después de Vargas Llosa.

Opté por comentarle a don Enrique que ojalá ese cariñoso proyecto bicancilleril se realizara, pero no me parecía muy grato para el jefe de Blacker.

Y así nomás fue.

Bofetón diplomático

El 5 de abril de 1992, Fujimori produjo su autogolpe y Patricio Aylwin suspendió las negociaciones iniciadas por Blacker, consecuente con la cláusula democrática regional. Solo se reanudaron en 1993, tras la aprobación de una nueva Constitución peruana que “reconstitucionalizó” al autogolpista. Bautizadas como Convenciones de Lima, fueron firmadas ese mismo año, en ceremonia solemne en Palacio Pizarro, con asistencia del Cuerpo Diplomático e himnos nacionales. Luego fueron enviadas al Congreso, para su aprobación.

Sin embargo, con nuevas elecciones generales en el corto plazo, destacados diplomáticos en retiro lideraron una dura crítica a la “errática conducción de la política exterior” de Fujimori, con mención especial a las negociaciones iniciadas por Blacker. En paralelo estalló la guerra del Cenepa con Ecuador, se intensificó la guerra interna contra Sendero Luminoso y emergió la candidatura presidencial de Pérez de Cuéllar, torretagliano neto y ya liberado de su responsabilidad global.

En ese contexto y con un nuevo canciller ajeno a Torre Tagle, Fujimori optó por retirar del Congreso las Convenciones. Lo hizo de manera abrupta, sin previo aviso a Aylwin ni a su embajador Carlos Martínez Sotomayor, eminente internacionalista. Según éste, fue el equivalente a un bofetón diplomático.

Entonces hice una apuesta, precisamente con mi talentoso colega D’Ornellas. Por señorío, cultura y afecto, mi candidato ganador en segunda vuelta era Pérez de Cuéllar. Manu, quien hasta lo había insinuado como deseable presidente -pero conocía mucho mejor el mapa electoral-, pronosticaba mayoría absoluta para Fujimori, en primera vuelta. Agregó, para mi consuelo, una coletilla tipo caramelo: tras su nítido triunfo repondría a tramitación las Convenciones de Lima.

Resultado: Fujimori ganó en primera vuelta con sobre el 64% de los votos y nunca repuso las convenciones. Pero, gracias a la coletilla mencionada, Manu, caballeroso, me reconoció un empate.

Misterioso intermediario

Por lo dicho, Fujimori se me convirtió en un tremendo sujeto para entrevistar, para un libro en desarrollo. Pero, yo no tenía ningún contacto con el fujimorismo y no podía contar con el patrocinio de políticos amigos, casi todos hostilizados o perseguidos por Vladimiro Montesinos, la eminencia oscura del régimen. Los apristas, en especial, me cobraban cuentas por haber Chile negociado con un dictador. Recurrí, entonces, a periodistas influyentes, quienes me dieron sus contactos con la burocracia presidencial. Secretarias y jefes de prensa me respondieron con amabilidad limeña, pero con cero señales de aceptación.

De improviso surgió una posibilidad impensada. Almorzando con Pedro Gjurinovich -un intelectual interesante, a cargo del Instituto Nacional de la Cultura-, me presentó a Renzo Francescutti, arqueólogo, lector de Caretas, exempleador de Fujimori y secretamente encargado de su imagen. Imprevistamente, éste me ofreció una entrevista exclusiva con su exempleado y, días después, me invitó a un almuerzo bilateral.

Nos juntamos en un viejo edificio barranquino, con escenografía de filme de misterio. Evidentemente deshabitado, en sus ambientes desangelados se veían televisores enormes, equipos de sonido y grandes pantallas. Un comedor improvisado, en una especie de penthouse, era atendido por un mozo de librea. Ahí, desde una cocina invisible, surgió lo mejor de la comida peruana, amenizada con el mejor vino chileno.

Mientras comíamos y bebíamos sin austeridad, fue quedando en claro que la entrevista estaba en suspenso. Fujimori se había convertido en un jefe desconfiado y su antiguo empleador debía definirle las ventajas y peligros de una entrevista conmigo. Obviamente, aquel quería un buen publirreportaje y éste sabía que yo no era un periodista “mermelero” (sobornable, en la jerga peruana).

Pasaron los días, hice varias otras entrevistas para mi libro y de Francescutti nunca más supe.

Su última frase

Muchos años después, como invitado a la recepción limeña del día nacional de Chile, hice contacto visual con Alan, ahora doble expresidente. Estaba con su excanciller Joselo García Belaunde, rodeado de gente y, desde su altura, me hizo un gesto admonitorio. Algo así como “tenemos que ajustar cuentas”. Fue una invitación a acercarme y lo hice, adivinando de qué se trataba. La noche anterior, entrevistado en televisión por Cecilia “Chichi” Valenzuela, yo había aludido a sus destrezas “maquiavelianas”.

-Usted me ha acusado de maquiavélico. (Me lo dijo con tono grave, pero con la cara llena de risa).

-No, presidente. Dije que Alan García era el mejor intérprete de Maquiavelo en América Latina y usted lo sabe.

Rió satisfecho y aproveché para recordarle que siempre quise hacerle una entrevista, pero que nunca me respondió. No quise agregar que lo mismo me había sucedido con Fujimori. Alan se fingió sorprendido, nadie se lo había dicho y quiso agendar un encuentro de inmediato. Como otros invitados comenzaban a irrumpir e interrumpir, alcancé a responderle que volvía a Chile al día siguiente, de mañana. Mientras me alejaba entre la muchedumbre, Alan lanzó la última frase absoluta que yo le escuché:

– Tenemos que conversar, Elizondo.

Me hizo gracia, porque era una salida demasiado chilena.

*En las fotos, el autor junto a distintos actores de la política peruana de las últimas décadas: con Mario Vargas Llosa; con el chileno Anselmo Sule y Alan García; con Augusto Blacker Miller; y con Francisco Morales Bermúdez.

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