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Publicado el 25 septiembre, 2020

José Rodríguez Elizondo: Postdata sobre Salvador Allende

Abogado, académico, ex embajador José Rodríguez Elizondo

A partir de los años 60, el fundamentalismo armado y regional que predicó Fidel Castro dificultó que Allende defendiera, en modo polémico, su tendencia socialdemócrata. De hacerlo habría chocado con la ortodoxia leninista del Partido Comunista -que era su apoyo más sólido- y de su propio Partido Socialista, que a esa altura se había inclinado por las tesis castristas.

José Rodríguez Elizondo Abogado, académico, ex embajador
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Mi ensayo sobre la filiación socialdemócrata de Salvador Allende provocó réplicas interesantes en algunos lectores. Con base en concepciones previas -técnicamente prejuicios-, unos dictaminaron que Allende no pudo ser socialdemócrata porque fue un revolucionario o porque su gobierno fue dictatorial y calamitoso. Otros dijeron que no tenía sentido rescatar polémicas del pasado. Rescato la opinión amable de un empresario a quien mi texto hizo pensar y una muy agresiva de quien me conminó a hacer una autocrítica previa para poder opinar. Obviamente, todos esos lectores ignoraban la historia de la socialdemocracia y -siguiendo un talante vernáculo- soslayaban lo central del tema o atacaban ad-hominem. El intercambio me ilustró sobre la ignorancia respecto a las variables históricas del marxismo y me confirmó la suprema debilidad del centro político en Chile. Como efecto inmediato, decidí adicionar a mi ensayo la siguiente sinopsis histórica.

La socialdemocracia nació en el siglo XIX como una de las variables europeas del marxismo revolucionario. Karl Kautsky, Eduard Bernstein y August Bebel, sus ideólogos aurorales, no temían ser descalificados como “revisionistas” -un grave insulto ideológico- cuando planteaban que la revolución debía hacerse en democracia. Negaban, así, la necesidad de la dictadura proletaria que, para marxistas como Lenin y Trotsky, era la esencia de la doctrina de Marx.

Luego surgieron variables de la socialdemocracia, incluso en América Latina. La de mayor impacto fue la del peruano Víctor Raúl Haya de la Torre, fundador de la Acción Popular Revolucionaria Americana (APRA) a fines de los años 20 del siglo pasado. Para el aprismo, la variable comunista de la Unión Soviética era “marxismo congelado”. Sus tesis tuvieron gran acogida en las izquierdas no comunistas de la región, especialmente en México, Venezuela y Costa Rica. En Chile, jóvenes líderes del Partido Socialista, como Salvador Allende y Clodomiro Almeyda, estuvieron entre los lectores e interlocutores de Haya de la Torre. 

Desde la variable soviética del marxismo, Lenin descalificó a la socialdemocracia como “revisionista” y literalmente la excomulgó. En su libelo “El renegado Kautsky”, la definió como una “herejía” y un “envilecimiento” de la enseñanza del fundador. Más tarde, Stalin perseguiría y hasta asesinaría a quienes consideraba “socialtraidores”. En el balance final -tras la denuncia por Nikita Jruschov de los crímenes de Stalin, en 1956-, la socialdemocracia fue sinónimo de “reformismo burgués”, una versión más suave que “traición”, pero siempre peyorativa. Cabe agregar que, al filo de los años 60, la revolución cubana llegó para reforzar la ortodoxia soviética, asumiendo el marxismo-leninismo y calificando a los apristas y socialdemócratas como meros “reformistas”.

En ese contexto histórico, Allende no era un teórico, sino un militante socialista destacado, en el marco de la Declaración de principios de la Internacional Socialista de 1951 (conocida como Declaración de Francfort). Según este documento, para “los pueblos de las regiones de menor desarrollo en el mundo” el socialismo democrático es “un arma espiritual” en su lucha por “la construcción de una democracia política y económica (…) mediante la reforma agraria y la industrialización, con reformas sociales y la ampliación de la propiedad colectiva”.[1]

A partir de los años 60, el fundamentalismo armado y regional que predicó Fidel Castro dificultó que Allende defendiera, en modo polémico, su tendencia socialdemócrata. De hacerlo habría chocado con la ortodoxia leninista del Partido Comunista -que era su apoyo más sólido- y de su propio Partido Socialista, que a esa altura se había inclinado por las tesis castristas (Congreso de Chillán). Es decir, no habría sido aceptable como candidato presidencial triunfante en 1970. Estoy entre los testigos de lo mucho que le costó imponer su carisma y su aceptación popular a los dirigentes y teóricos. Para mayor ilustración, sugiero revisitar el excelente reportaje “Chile al rojo” de Eduardo Labarca Goddard.

Por lo mismo, sus tres años de gobierno fueron de un enervante tira y afloja doctrinario, con los efectos desastrosos que conocemos. Contra su marxismo tolerante y democrático se alineaban el marxismo-leninismo-castrismo dominante en el Partido Socialista y el marxismo-castrista de la izquierda extrasistémica. Para su decepción, a dichas fuerzas vino a agregarse un sector del Partido Radical -cuya esencia ideológica era socialdemócrata- y los socialcristianos del Mapu y la Izquierda Cristiana, rápidamente “marxistizados”. Sorprenderá saber que sólo el Partido Comunista actuó con el mínimo de pragmatismo que exigía tan dramática coyuntura.

Hoy, la socialdemocracia realmente existente, con epicentro en Europa, se define como una democracia avanzada en lo político, social y económico y tiene como objetivo el socialismo sin adjetivos. Sus partidos se han alternado en el gobierno y entre sus líderes más conspicuos están François Mitterrand, Willy Brandt, Helmut Schmidt, Gerard Schroeder, Bruno Kreisky, Felipe González, Olof Palme y Tony Blair. En los Estados Unidos puede mencionarse a Bernie Sanders. Dicho sea de paso, sorprende que no haya incorporado a su cuadro de honor a un líder como Allende, quien diera testimonio de su filiación socialdemócrata desde el primero hasta el último día de su gobierno.

Para muestra bastarían sus últimas palabras, pero también pueden agregarse los siguientes cuatro botones. 1) Su discurso inaugural del Estadio Nacional, en el cual sostuvo la necesidad de perseverar en el “socialismo en democracia” y deslizó una ironía contra sus electores dogmáticos: “si acaso rompiéramos la virginidad de los ortodoxos pero hiciéramos las cosas, me quedo con lo segundo”. 2) El testimonio de Patricio Aylwin, quien solía recordar que, al filo del golpe, Allende le dijo que mientras viviera no habría dictadura del proletariado en Chile. 3) Las memorias de 1986 de Nathaniel Davis, embajador de los Estados Unidos en la época, donde escribe que “Salvador Allende ocupará el lugar que le corresponde en la Historia de Chile, venerado por su espíritu, su visión, y sus aspiraciones”. 4) El Informe Especial de Canal 7, de 1994, en el cual un dirigente mirista reprodujo un breve intercambio entre Miguel Enríquez, jefe del Movimiento de Izquierda Revolucionaria (MIR), y Allende. “Usted es un socialdemócrata”, lo acusó el primero. “Y a mucha honra”, respondió el Presidente.

[1] V. Karl-Luddwig Günsche y Klaus Lantermann, Historia de la Internacional Socialista, Editorial Nueva imagen, México, 1979, págs. 261-269.

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