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Publicado el 18 agosto, 2020

José Rodríguez Elizondo: Posibilidades de la democracia en la pospandemia

Abogado, académico, ex embajador José Rodríguez Elizondo
José Rodríguez Elizondo Abogado, académico, ex embajador
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El tema político más complicado de la pandemia, en América Latina, es el de cómo preservar los sistemas democráticos realmente existentes. Los gobernantes legítimos que logren pasar a la pospandemia ya no podrán administrar una abundancia desigual, tolerar o fomentar el consumismo ni tratar de mitigar la pobreza. En vez de esa normalidad deficiente, tendrán que equilibrarse en una cuerda floja que tiene un extremo en la anarquía y el otro en el vacío de poder.

Tironeados desde las derechas, las izquierdas y los temáticos, chocarán con violentistas irreductibles, nacionalistas beligerantes, separatistas étnicos y delincuentes organizados. Los sucesos chilenos de octubre serán vistos como una anticipación orwelliana.

Para efectos de cualquier prognosis, esto obliga a poner bajo la lupa el comportamiento de tres actores estratégicos de la democracia representativa: los políticos profesionales incumbentes, los jóvenes que los reemplazarán y los jefes de la fuerza institucional.

En este texto nos abocaremos sólo a los primeros.

Políticos bajo la lupa

En vez de las rutinas de la normalidad deficiente, los dirigentes políticos del próximo futuro tendrán que administrar la escasez, bajo presión social ecuménica. Los sectores de estatus superior rechazarán medidas que les parezcan restrictivas o expropiatorias. Los sectores medios rechazarán todo lo que, a su juicio, pueda devolverlos a niveles de pobreza. Los sectores de la pobreza, se percibirán entre el desempleo, el asistencialismo y la delincuencia.

Ante esa hoja de ruta, los gobernados de la región tendremos a la vista un espejo prepandémico con (entre otros) los siguientes antecedentes deplorables:

-Gobernantes con aversión a la alternancia en el poder; gobernantes que no pudieron completar el período de su mandato; gobernantes prófugos, procesados, condenados y encarcelados por corrupción.

-Partidos políticos que acentuaron su tendencia al clientelismo, abandonando o postergando los proyectos-país y, por añadidura, sus proyecciones positivas en la política exterior. Mención especial, aquí, para el Partido Republicano de los Estados Unidos, que si no es de la región, es del hemisferio.

-Personal político que, huérfano de liderazgos de calidad, se configuró como clase con intereses propios, adicta a privilegios exorbitantes y administrada por operadores.

-Administración pública progresivamente más frondosa e ineficiente, como efecto directo del clientelismo de los partidos y la resignación o ineficiencia de los gobiernos.

-Delincuencia nativa que, con base en la debilidad del poder político, comenzó a empalmar con la delincuencia organizada transnacional, desbordando a policías y jueces.

-Policías y jueces que, ante la impotencia del poder político, se dejaron atemorizar o corromper, contribuyendo al incremento de la inseguridad ciudadana.

-Inmigración en crecimiento exponencial, que liberó a gobernantes autocráticos de sus “excedentes políticos” y complicó la gestión de los gobernantes receptores, quienes no levantaron una política eficiente o una réplica conjunta.

-Fuerzas Armadas bajo presión endógena y exógena para su intervención directa, con síntomas de corrosión y tensionadas por una difícil relación histórica con la autoridad civil.

El desencanto medido

No son pocos quienes, visto lo anterior, están cuestionando aquel aforismo según el cual “sin partidos políticos no hay democracia”. La ciudadanía actual lo percibe como una identificación abusiva.

Es que, penosamente, los políticos profesionales no han sido representantes cabales de los distintos segmentos de la sociedad civil. Es un vacío que están llenando organizaciones sociales de carácter temático y políticos antipolíticos, promovidos desde los medios y las redes sociales.

El fenómeno ha sido advertido –y no sólo en nuestra región- por muchos analistas y medido por casi todos los encuestadores. Timothy Snyder, académico de la Universidad de Yale, ha escrito que “la democracia está fracasando no sólo en gran parte de Europa, sino en muchos otros lugares del mundo”.

Según reciente informe del Centro para el Futuro de la Democracia de la Universidad de Cambridge, desde Europa hasta África, así como en Asia, Australia, América y Oriente Medio, la proporción de personas insatisfechas con la democracia ha aumentado desde el 47,9% al 57,5%, a contar de mediados de los años 90. En los Estados Unidos la insatisfacción ha aumentado un tercio desde la década mencionada y está alcanzando de lleno a democracias de países gigantes, como Brasil o México, y a una democracia tan histórica como la del Reino Unido.

En América Latina la encuesta Latinobarómetro había llegado a similares resultados. En su informe de 2017, respecto a la pregunta de si es posible erradicar la corrupción de la política, dijo que el 50% de los encuestados responden que “sí” y el 43% que “no”. En relación con ello, las demandas de “mano dura” (autoritarismo político) estaban alcanzando cotas altas, incluso en los tres países con mayor tradición democrática: Costa Rica (78%), Chile (75%) y Uruguay (71%). En varios países de la región, más del 50% de la población creía que no era dable recuperar la credibilidad de la política. En cuanto a las ideologías políticas, afirmaba que “la izquierda y la derecha siguen existiendo, pero su incidencia en lo que sucede es cada día menor”.

La encuesta de 2018 ratificó la mala imagen de los políticos, con la consiguiente desconfianza hacia los partidos y el alto nivel de inconformidad con la democracia. También incluyó una advertencia ominosa: “lo que cinco años atrás era tolerable, hoy no lo es”. La última encuesta, de este año, ubica a los partidos políticos en el último lugar del aprecio ciudadano, con 9 puntos. Como referencia, las Fuerzas Armadas están en el tercer lugar, con un 51% y el Cuerpo de Carabineros en el sexto, con un 37%.

En la desaprensión está el peligro

Ante análisis y mediciones como los anteriores, los operadores de los partidos solían expresar (o fingir) tranquilidad. Daban a entender que se podía surfear sobre los pesimismos y las malas cifras pues, incluso en el marco de una democracia poco representativa, la gente es libre para votar o no votar. Añadían que, a diferencia de los ciclos dictaduras/democracias, hoy sólo estamos hablando de democracias más o menos imperfectas. En cuanto a la corrupción, serían gajes del desarrollo. En todas partes existe y “otros países están peor”.

Ante tamaña desaprensión, cabe recordar que en los ciclos democracias/dictaduras, antes de y durante la Guerra Fría, se valoraba culturalmente la democracia, por su propio mérito y también como objetivo final. Para los dictadores, parafraseando a Oscar Wilde, era “el homenaje que el vicio rinde a la virtud”. Por otra parte, la tolerancia con las “imperfecciones” tiene límites y éstos ya fueron definidos precozmente por Guy Hermet: “a veces son preferibles regímenes autoritarios liberalizados a las seudodemocracias corrompidas”.

Hay que asumir, por tanto, que la pandemia cayó sobre Occidente en una etapa de desvalorización de la democracia. Cuando los hechos negaban, incluso, el aprecio minimalista de Karl Popper, para quien su mérito esencial es que permite zafar de los malos gobernantes “sin derramamiento de sangre, por medio de una votación”.

Como se sabe, hay gobernantes elegidos que, para mantenerse en el poder, se muestran más que dispuestos a asumir la ordalía de la sangre.

Precedentes e interrogantes

En cuanto catástrofe global, la pandemia acentuó el descrédito de los políticos. Algo similar sucedió en el marco de las dos Guerras Mundiales, cuando intelectuales de prestigio denunciaron que los partidos, débiles o renuentes para sostener la democracia, habrían catalizado las grandes conflagraciones.

Un ejemplo emblemático para América Latina fue un resonante discurso de 1914, del intelectual argentino Leopoldo Lugones. Arremetiendo contra la democracia representativa, planteó que “ha sonado otra vez, para bien del mundo, la hora de la espada (…) esta hará el orden necesario que la democracia ha malogrado hasta hoy”.

En Francia, durante la Segunda Guerra Mundial, la reconocida intelectual Simone Weil, produjo un texto condenatorio para la democracia de partidos: “el único fin de todo partido político es su propio crecimiento y ello sin el menor límite (…) el hecho de que existan no es en absoluto un motivo para conservarlos”. Actualmente, el historiador norteamericano Federico Finchelstein ha manifestado su temor a la ineficiencia de los partidos políticos democráticos. Observando el proceso italiano, alertó sobre la posibilidad de “pasar del populismo al fascismo, una formación política que pretende destruir la democracia mediante la violencia política y la dictadura”.

Hoy el fenómeno se está reproduciendo, quizás con más fuerza, dado que la desconfianza en los políticos profesionales está coexistiendo con la hiperfragmentación social, fruto principal del crecimiento demográfico, las inequidades sociales y las nuevas tecnologías de la información.

De esa complejización deriva la tendencia a imponer posiciones mediante las distintas variables de “la funa” y la normalización de lo que antes parecía rechazo simple o simple extravagancia, como la candidatura de la rinoceronte Cacareco a la alcaldía de Sao Paulo, en 1959.

Actualmente, es muy difícil el debate político culto en los medios, las universidades y hasta en las tertulias. Por otra parte, a los cargos de representación política, incluyendo jefaturas de Estado, están llegando figuras de la farándula, rostros de la televisión, blogueros de las redes y deportistas más o menos famosos.

Es un cuadro que induce las siguientes interrogantes específicas:

¿Son los partidos políticos los únicos proveedores posibles de personal para la gestión de las democracias?

¿Puede recuperarse el prestigio de la democracia representativa en los “países periféricos” sin el apoyo de las democracias de los “países centrales”?

¿Es válida como alternativa una “democracia autoritaria”?

¿Qué contenido tiene hoy la díada derechas/izquierdas?

¿Puede funcionar un sistema democrático sin un “centro-bisagra”?

¿Qué rol está jugando la información política de las redes sociales?

¿Qué rol está jugando el sistema educacional en todos sus niveles?

¿Es dable seguir soslayando que la crisis de los políticos potencia el rol político de los militares?

Todo lo cual podría sintetizarse en una sola interrogante: ¿Podrán los partidos y políticos realmente existentes sostener los sistemas democráticos, durante y después de la pandemia, sin antes efectuar una profunda reingeniería sobre sí mismos? Trataremos de abordarla en un próximo episodio

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