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Publicado el 23 agosto, 2020

José Rodríguez Elizondo: Posibilidades de la democracia en la pospandemia (II)

Abogado, académico, ex embajador José Rodríguez Elizondo

En previa divagación sobre las posibilidades de mantener la democracia en América Latina, después de la pandemia, comencé analizando el rol de los políticos incumbentes. Ahora es el turno de un segundo actor estratégico: los jóvenes que los reemplazarán. Luego veremos qué pasará con los militares.

José Rodríguez Elizondo Abogado, académico, ex embajador

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Jóvenes bajo la lupa

Visto que la biología es inexorable, entre los estudiantes universitarios de hoy están los dirigentes políticos del futuro. Por tanto, también deben ser puestos bajo la lupa, para saber si son o no funcionales a la reafirmación de la democracia amenazada y a la recuperación de su capital cultural.

Lo primero observable es que ya no estamos ante la brecha generacional de ataño, que “se solucionaba” con la adultez. Para entenderlo, basta contrastar a los estudiantes de hoy con los de la Guerra Fría que, militantes o no, se autorreconocían como relevo natural de los políticos adultos y se entregaban con pasión a las grandes causas. En ese contexto leían la prensa afín, sabían que su mérito académico los calificaría como actores públicos, asumían el sistema democrático a su modo y manejaban tesis doctrinarias de manera coherente. Además, se insultaban poco, ignoraban el bullying, dialogaban con sus profesores y no se les ocurría maltratar los símbolos de la nación ni vandalizar sus campus y ciudades.

Aquello forjó una noble tradición de simbiosis entre la cultura universitaria y la política. En la Universidad de Chile esto se reflejaría en el “Edificio de los Presidentes” (exalumnos de la Facultad de Derecho) y en rectores tan eminentes como Juvenal Hernández, Juan Gómez Millas, Eugenio González y Edgardo Boeninger, cuya sensibilidad universitaria se superponía a sus distintas sensibilidades políticas.

En ese marco los jóvenes independientes veían a los políticos adultos como un referente (bueno o malo) y los militantes los miraban como sus jefes naturales. Respecto a una eventual resistencia contra “el sistema”, se reducía a los jóvenes ultrarradicalizados de izquierdas y derechas, que solían interpotenciarse.

Agréguese que muchos jóvenes de entonces -en especial los con militancia de izquierdas- fueron víctimas de las dictaduras o salieron al exilio. Esto hizo que la mayoría de los sobrevivientes y retornados revalorizara la democracia perdida y entendiera que no era simplemente formal.

Puede que la Historia recuerde esa época como la de mayor valoración de la democracia en toda la región.

La universidad también cambia

Cuatro décadas después, aquellos jóvenes ya no son lo que eran. Son jóvenes nuevos, que no dimensionan la amenaza que se cierne sobre la institucionalidad democrática, por cinco razones principales: carecen de memoria propia sobre las dictaduras, la Guerra Fría es un recuerdo de sus abuelos, en vez de “grandes causas” tienen causas temáticas, los sistemas educacionales les escamotearon contenidos cívico-humanistas y los partidos políticos dejaron de formar “cuadros”.

Sin esos anclajes, su aprendizaje político ha sido empírico y doméstico. Fue como si los grandes poderes hubieran decidido que, sin enemigo estratégico a la vista, la democracia era un valor evidente per se, que les llegaría sin necesidad de conocer la Historia. Esto es, sin pasar por los tamices del pensamiento crítico, el debate contradictorio ni la información prolija. Sin “relato”, como dicen los simplificadores.

Reciclada con la ideología del Estado subsidiario, esa negligencia fukuyamesca encarnó en los jóvenes universitarios llamados a asumir la conducción política del futuro. En lo académico, se reflejaría en la opción por acceder más rápido a los mercados laborales, mediante controles más leves, “carreras” más cortas, inclusión masiva y búsqueda afanosa de autofinanciamiento. En lo político, se reflejaría en la pasión transitoria por las causas temáticas y el alejamiento de los partidos tradicionales, vistos como bolsas de trabajo para gente no calificada.

Ha sido un proceso de renuncia a la excelencia profesional o científica y de resignación a un profesionismo simple, en detrimento del ethos propio de una “enseñanza superior”. Como resultado, la comunidad universitaria de antaño, con autoridades y maestros que privilegiaban el saber, jerarquías estamentales claras y respetos mutuos, hoy es una formulación retórica. Ha sido reemplazada por clivajes triestamentales de estudiantes, maestros y funcionarios, con intereses políticos más de facción que de progreso-país.

En esta nueva realidad, los campus ya no son el espacio natural para que los estudiantes protagonicen debates políticos con respeto a la libre expresión. Hoy suele imponerse la violencia del verbo, “tomas” y “funas”, con su derivado ineludible de autocensura. Esto explica por qué demasiados jóvenes “no están ni ahí” con la institucionalidad política. También explica el predominio de quienes combaten “el sistema”, en supuesta representación de “el pueblo”, ante la pasividad de una mayoría que (se supone) privilegia la opción de estudiar.

Es la clásica hegemonía de las minorías coherentes sobre las mayorías inorgánicas. Una reposición de lo que, hace un siglo, el sabio alemán Max Weber definiera como la incompatibilidad entre el científico y el político. El uno con vocación incondicional por la verdad y el otro… con la verdad sólo en la medida de lo posible.

Fuente dell poder juvenil

El ágora de los nuevos jóvenes políticamente activos es “la calle” y su panoplia está en los teléfonos inteligentes. Celular en mano, algunos actúan liderando manifestaciones ciudadanas de protesta, junto a diversos actores sociales. Otros actúan de consuno con políticos antisistémicos y social-marginales, levantando barricadas, aplicando el fuego purificador, destruyendo mobiliario ciudadano y derribando las estatuas que se les pongan por delante.

Antes y durante la pandemia y con motivaciones diversas, lucieron una gran capacidad de convocatoria y liderazgo en América Latina, los Estados Unidos, Europa e incluso en ciudades asiáticas como Hong Kong. La clave de esa capacidad -mayor que la de los políticos incumbentes-, está en las RR.SS. y su batería instrumental de emails, blogs, facebook, twitter, instagram, youtube y whatsapps. Tecnologías sintomáticamente creadas por jóvenes universitarios, como Bill Gates y Mark Zuckerberg, que sólo han sido asumidas -parcialmente y con retardo- por los adultos menos ancianos.

Son espacios de libre navegación, sin editores con voluntad de discernir entre la verdad y el error, lo bueno y lo malo. De ahí que, navegando por ellos, los nuevos jóvenes terminaron inventando un paralenguaje oral, escrito e icónico que hoy es su lengua materna. Iniciaron, así, la fase de la comunicación online (COL), la cuarta en la historia de la comunicación social, tras las de la oralidad, escritura y audiovisualidad. Para calibrar su impacto, baste consignar que, según encuestas especializadas, sólo en los Estados Unidos, dos tercios de las personas se informan en las RR.SS. y un 50% lo hace como su primera fuente de información.

En la base del fenómeno está una característica imponente: su inédita rapidez. COL mediante, la información se procesa ipsofácticamente, sintetizando los clásicos tres tiempos de la prensa-papel: el del acontecimiento, el del procesamiento y el de la distribución. Esto tiene un colofón que puede ser un prefacio si aceptamos, con Marshall McLuhan, que los medios no son sólo rutas de información. Simultáneamente, modelan y modulan el pensamiento.

En efecto, hoy es evidente que los mensajes vía COL facilitan o inducen una manera de pensar diferente, idónea para crear culturas propias y nuevos posicionamientos. Ahí estaría la clave de ciertas opciones gruesas de los nuevos jóvenes, entre las cuales las siguientes tres: Primera, el mejor político es el que menos político parece. Segunda, en vez de sistemas políticos obsoletos, hay que crear una politicidad propia. Tercera, las formas de esa politicidad están lejos de las que emplean los políticos de izquierdas y derechas tradicionales.

Desde este análisis, la politicidad de los nuevos jóvenes es un enigma en desarrollo, muy lejano al viejo aforismo sobre el corazón rebelde juvenil y la sensata cabeza de los adultos. Equivale, más bien, a una ruptura generacional que nos interpela a todos.

Lo único que puede estar claro es que esa politicidad en fragua viaja por senderos que se bifurcan. Uno puede conducir a la reinvención de las democracias debilitadas y el otro, a una confrontación ruda con resultados variables. Si la primera opción puede mantener lo esencial de los sistemas democráticos, nada garantiza que la segunda abra paso a una democracia mejor.

Por cierto, nada indica que los políticos de nuestra primera entrega estén preocupándose de estos detalles.

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