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Publicado el 29 diciembre, 2020

José Rodríguez Elizondo: Mao y Trump: una pareja incomparable

Abogado, académico, ex embajador José Rodríguez Elizondo

Comparar los diez tomos de las obras incompletas de Mao Zedong más sus poesías de juventud, con la colección de tuits de Donald Trump o los discursos escogidos de Juan Domingo Perón, es comparar un portaviones con dos botes a remos (…) Por lo dicho, prefiero concentrarme en las dos potencias mayores del mundo actual. Pero no buscando semejanzas eventuales, sino las diferencias reales entre Mao, padre fundador y unificador de la República Popular China y Trump, apernado presidente saliente de los Estados Unidos.

José Rodríguez Elizondo Abogado, académico, ex embajador
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El columnista venezolano Moisés Naím es un analista internacional competente y en castellano. Por eso me desconcertó la adivinanza que nos propinó, recientemente, desde el diario El País: “¿En que se parece el Trumpismo al Maoísmo y al Peronismo?”. Como a esa mescolanza extraña agregó el gaullismo, el castrismo y el chavismo, pensé en uno de esos acertijos escolares del tipo ¿en qué se parece un ciempiés a mi tío José Manuel?

Si con esos “ismos” quiso mostrar algún nivel de semejanzas entre la supuesta doctrina de Donald Trump y las de Mao Zedong y Juan Domingo Perón… yo no veo por dónde. Comparar los diez tomos de las obras incompletas de Mao Zedong más sus poesías de juventud, con la colección de tuits de Donald Trump o los discursos escogidos de Juan Domingo Perón, es comparar un portaviones con dos botes a remos. Tampoco encuentro vínculo posible entre la rica producción literaria del general Charles De Gaulle, el dogmatismo sin libros de Fidel Castro y el adoctrinamiento televisivo de Hugo Chávez. 

Para Naím, la comunidad de los mencionados radica en la rutinaria transgresión de las normas políticas establecidas, el oportunismo desbocado, la propensión autoritaria, el antiintelectualismo y la propensión a concentrar el poder en el Ejecutivo. Como explicación me parece insuficiente, por tres razones básicas. Una, porque esos fuertes adjetivos dejan los sustantivos en la penumbra. La otra, porque homologa a líderes de legitimidades diferentes, usando como parámetro (tácito) el Estado Democrático de Derecho. Tercera porque la ejemplaridad tampoco ha sido dirimente para evaluar el comportamiento de los gobernantes democráticos.

En efecto, casi todos los líderes democráticos han sido adjetivados, en algún momento, como autoritarios, oportunistas, burladores de normas o a disgusto con el pensamiento crítico. Además, en mi ya larga vida como presunto analista, apenas recuerdo dos presidentes de alta legitimidad que confiaron en la sabiduría de intelectuales con piso propio. En Francia, fue De Gaulle, en su relación con André Malraux y, en Chile, Patricio Aylwin, en su relación con Edgardo Boeninger.

El dramaturgo Vaclav Havel, último presidente de Checoslovaquia, explicó esas debilidades -llamémoslas así- diciendo que las organizaciones democráticas “parecen fundarse más en la desconfianza recíproca que en la confianza”. Pudo agregar que la razón de esa desconfianza es ese Maquiavelo de bolsillo, que advierte a los gobernantes sobre lo imposible de retirarse con cero faltas: “el que pretenda hacer en todo sentido, profesión de bondad fracasará, necesariamente, entre tanto bellaco”.

Legado de un fundador

Por lo dicho, prefiero concentrarme en las dos potencias mayores del mundo actual. Pero no buscando semejanzas eventuales, sino las diferencias reales entre Mao, padre fundador y unificador de la República Popular China y Trump, apernado presidente saliente de los Estados Unidos.

Al margen de cualquier aprecio o menosprecio doctrinario, el legado intelectual de Mao ya se completó, se forjó durante un sexenio y hoy lo asumen 1.400 millones de chinos. Surgió desde la asimilación, más crítica que dogmática, de la obra de Marx y pasó por grandes pruebas empíricas: la primera guerra mundial, tres guerras civiles, dos restauraciones imperiales, la segunda guerra mundial, la victoria sobre el nacionalismo de Chiang Kai Shek, los combates secretos contra la versión marxista de Stalin, la ruptura con el comunismo “revisionista” de Nikita Jruschov, un tratamiento de shock (la “revolución cultural”) al interior de su propio partido, la destitución y luego la rehabilitación de Deng Xiaoping y, finalmente, la luz verde a una reestructuración ideológico-económica liderada por el mismo Deng. Asumiendo este tramo, Mao evitó una implosión de tipo soviético y abrió paso a un “socialismo con características chinas “. Léase, a una convergencia de la estructura comunista con la economía de mercado.

Cuando ese legado estaba en proceso, Henry Kissiger saludó en Mao a “una de las figuras colosales de la historia contemporánea”. Richard Nixon, por su parte, emitió un pronóstico notabilísimo: “en el curso del siglo XXI China puede convertirse en la más fuerte potencia de la tierra”.

Legado de un apernado 

Como contrapunto, el legado en trámite de Trump comienza hace una década y no lo forja en el Partido Republicano, sino en la farándula televisiva y las bolsas de comercio. Su pensamiento (llamémoslo así) es un condensado de tuits y reacciones brutales, con base en su imagen mediática, un presupuesto negro para cómplices y el viejísimo aforismo romano divide et impera. Sobre esa base ganó la nominación de su partido y, luego, la presidencia del país, con menos votos que su adversaria demócrata Hillary Clinton y con el sospechado apoyo encubierto del líder ruso Vladimir Putin.

En lo internacional Trump produjo una caída en picada del liderazgo de los Estados Unidos, dinamitó la libertad de comercio y el multilateralismo, antagonizó a sus aliados de Europa, insultó a los ciudadanos de países en desarrollo (“esos países de mierda”), inauguró contra China una versión tecno-comercial de la guerra fría y desestibó la Alianza Atlántica con sus gestos de amistad al líder norcoreano Kim Jong-un y su audaz apoyo al líder israelí Biniamin Neyanyahu.

En lo interno, también fue un divisionista implacable. Estimuló el supremacismo blanco, levantó el racismo, reivindicó el machismo jactancioso, predicó el descuido ante el coronavirus, se burló de los ambientalistas, convirtió el binomio verdad-mentira en un acertijo insoluble, socavó la base dialogante del bipartidismo tradicional y terminó desconociendo su derrota en las recientes elecciones.

Lo pavoroso es que ese legado suyo, en proceso, hoy muestra una base de 70 millones de votantes. Casi la mitad del electorado de uno de los países militarmente más poderosos del planeta. Por ello, analistas norteamericanos top dicen que su derrota, sumada a su personalidad estrambótica, contiene la semilla de una segunda guerra civil.

Sintetizando, Trump se diferencia de todos los gobernantes democráticos vigentes y se parece demasiado a los dictadores más peligrosos que en el mundo han sido. Gestualmente es un clon perfecto de Benito Mussolini: políticamente, un émulo de Adolfo Hitler, y culturalmente, un personaje de historieta que nunca vio la película El Gran Dictador.

Si tuviéramos a mano un clon de Charles Chaplin, podríamos encargarle una sátira curativa contra este Gran Apernado, para así desactivar su legado explosivo.

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