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Publicado el 28 junio, 2021

José Rodríguez Elizondo: Los límites del “malmenorismo”

Director del Programa de Relaciones Internacionales, Facultad de Derecho, Universidad de Chile José Rodríguez Elizondo

De traspasarse el límite tácito, nuestro “Estado en forma” será una utopía del pasado y ambas caras del espejo nos mostrarán, a peruanos y chilenos, viviendo entre el miedo y la resignación.

José Rodríguez Elizondo Director del Programa de Relaciones Internacionales, Facultad de Derecho, Universidad de Chile
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Percibo que los chilenos estamos viendo la política peruana como un espejo sorpresivo. Uno que refleja crisis paralelas de la representación democrática, desbordes de la institucionalidad, inseguridad ciudadana y dosis crecientes de temor. Antes parecíamos verla desde el orgullo de nuestro precoz “Estado en forma”.

Según mi recuerdo y mis archivos, el actual lado peruano del espejo se hizo evidente con el autogolpe de Alberto Fujimori, en 1992. Pero, ya había señales previas, a fines de la dictablanda del general Francisco Morales Bermúdez. Entonces, mientras sesionaba la Asamblea Constituyente -democráticamente elegida-, los limeños más conservadores miraban la transición democrática con sustos de guerra fría. Visto que los militares en el poder se definían como revolucionarios, se autovisualizaban literalmente inermes ante la amenaza de una hegemonía aprista-marxista. Así, en la primera elección votaron por el centroderechista Fernando Belaunde, como una especie de bien menor ante Armando Villanueva, un histórico del Apra.

Esa percepción conservadora, de estirpe virreinal, se complicó muchísimo en la elección siguiente. Confirmando que el Perú profundo buscaba cambios profundos, los dos finalistas fueron el aprista treintañero y doctrinario Alan García y el socialista Alfonso “Frejolito” Barrantes, quien lucía como un marxista duro (entrevistado para Caretas, me había dicho que admiraba a Stalin). En tal coyuntura, el bien menor mutó en mal menor y favoreció ampliamente a García. Pero Barrantes, quien de estaliniano real no tenía nada, reconoció su derrota y renunció a competir en la segunda vuelta. Era un buen perdedor y un genuino socialdemócrata.

García terminó acosado por el terrorismo, una hiperinflación de miedo y una crítica ecuménica. Quizás por asumir, entonces, que un sucesor de su partido quedaba fuera de juego, hizo una opción audaz y lamentablemente exitosa… por un mal menor. Apostó por Fujimori, a la sazón un desconocido profesor universitario, contra Mario Vargas Llosa, el peruano más conocido en el mundo. Al novelista lo apoyaban los antiapristas de derecha y centroderecha.

Desgraciadamente para el Perú, esa opción fue un fiasco que trajo autogolpe, agonía de los partidos, corrupción total, fuga y renuncia por fax. Sin embargo, el outsider Fujimori legó una notable paradoja  antidemocrática. Dado que contuvo la inflación y que un buen equipo policial detuvo a Abimael Guzmán, el líder de Sendero Luminoso, normalizó la opción por el mal menor. Tras su dictadura, los electores se sintieron más libres que nunca para apoyar a postulantes sin carnet de partido o con simple carnet de familia. El malmenorismo se consolidó como engranaje del sistema.

Lección para los demócratas

Lo sucedido en las elecciones peruanas está demostrando que esa opción escapista se agotó. Colocó a la democracia representativa ante un límite existencial y teórico: quien sea proclamado ganador representará sólo a una minoría política, gobernando a otras minorías y a toda la sociedad. Esto no sólo garantiza una difícil gobernabilidad. También contiene los gérmenes de la violencia o de una calamidad mayor.

Visto así, lo que está sucediendo en el vecino país nos concierne a los chilenos y a los demócratas todos (y todas, para ser inclusivamente correcto). Incluso me hace recordar que, durante los últimos años del fujimorato, muchos peruanos se miraban en el espejo de la Concertación chilena. Les parecía una sólida estructura para el buen funcionamiento de un sistema democrático avanzado. Además, era una mirada con tradición de izquierda. El patriarca aprista Víctor Raúl Haya de las Torre solía elogiar la ejemplar institucionalidad política de Chile, sin excluir el comportamiento de los partidos de derechas.

Hoy ese modelo ya no existe. La Concertación murió por aplicación a los políticos de uno de los principios de Peter. Ese según el cual, pasado un tiempo suficiente, cualquier empleado asciende a su nivel de incompetencia. Los políticos profesionales de izquierdas y derechas se burocratizaron y autoprivilegiaron hasta convertirse en “clase”. Los operadores desplazaron a los líderes y los intelectuales conspicuos abandonaron las militancias. La polarización se enquistó en el sistema y un estallido social violento condujo, in extremis, al inicio de un proceso constituyente.

Por lo mismo, puede que, para exorcizar la violencia -que desde entonces es visible y palpable- también comencemos a despachar la política, sus opciones y elecciones en función del mal menor. Y no está excluido que suceda incluso en los debates y votaciones de la Convención Constituyente.

Soslayaríamos, por tanto, que ese mal menor no es normalizable y suele estar preñado de males mayores. De traspasarse el límite tácito, nuestro “Estado en forma” será una utopía del pasado y ambas caras del espejo nos mostrarán, a peruanos y chilenos, viviendo entre el miedo y la resignación.

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