Hasta hace muy poco, los políticos adultos miraban la incontinencia política de nuestros jóvenes con cierta sorna. O la descartaban a golpe de aforismos, pues era una enfermedad que se curaba con el tiempo. Nunca soñaron que hoy estarían subordinados a ellos o buscando su beneplácito. 

En efecto, los políticos canosos con poder real o ejecutivo ahora son testimoniales.  Y no solo eso. Una de las más altas autoridades treintañeras acaba de ufanarse de su superioridad moral, ahora y siempre. Según propia confesión, su escala de valores y principios supera no solo la del gobierno anterior, sino la de “la generación que nos antecedió”, lo cual comprende los cinco gobiernos que sucedieron al régimen de Pinochet. Naturalmente, el desplante ha gustado poco a los políticos veteranos y, en especial, a los exconcertacionistas que integran la alianza oficialista. 

Decodificando, esto significaría que atrás quedaron la lucha de clases, la lucha de mercados y hasta la lucha de etnias. Nuestros ancianos de la tribu tendrían que acumular fuerzas y hacer alianzas con jóvenes menos pretenciosos, si quieren asumir la lucha de las generaciones en curso. La vieja sabiduría del “si no puedes ganarles, únete a ellos”

Alma Mater

Para entender parte del fenómeno, debo recordar esa época sesentera en que, como dice un poema de Benedetti, “un charco era un océano / y los viejos eran gente de cuarenta”. 

Como estudiante de Derecho, yo podía correr los cien metros en menos de un minuto, veía el examen de licenciatura como un monstruo grande que pisaba fuerte y mi vocación política era más bien tenue. Por ello, veía con cierta admiración a mis compañeros con militancia variopinta. Se garabateaban de manera razonable, asumían los protocolos del sistema democrático, se autorreconocían como relevo natural de los políticos grandes, sabían que su mérito académico los calificaría en sus partidos y manejaban tesis doctrinarias con bastante solvencia. Por cierto, creían que las compañeras estaban felices de estar solo en tareas logísticas y respetaban de manera natural los símbolos de la nación (no imaginaban, claro, que ésta podía ser desglosable). 

Muchos de esos jóvenes -en especial los con ideología y militancia de izquierdas- fueron víctimas de la dictadura o salieron al exilio. Esto hizo que la mayoría de los sobrevivientes, retornados y afines revalorizara la democracia y la patria recuperadas. Algunos llegaron a ser presidentes, ministros y parlamentarios. 

Lo complicado es que no primó el ánimo de reconciliación. Aunque las razones no caben en este texto, puede destacarse que el sistema educacional no ayudó y que, en el tramo superior, las universidades comenzaron a bifurcarse entre las de élites rigurosas y las francamente militantes. 

Todo cambia 

Cuatro décadas después, los jóvenes nuevos (millennials) no dimensionan hasta qué punto es frágil la democracia recuperada y cuán amenazante es un futuro sin ella. 

Las razones sobran: la Guerra Fría es un recuerdo de sus abuelos, carecen de memoria propia sobre las dictaduras, no imaginan lo que es una inflación de más del 50%, los sistemas educacionales les escamotearon contenidos humanistas, la iglesia principal está de estolas caídas, las redes sociales los desinforman, los partidos políticos se convirtieron en oficinas clientelares, en vez de grandes causas nacionales tienen causas identitarias… y seguro me quedo corto.

Sin esos anclajes histórico-culturales, el bagaje político de nuestros líderes jóvenes, sobre todo en el espacio de las izquierdas, ha sido reduccionistamente estudiantil. De la universidad al Congreso y de éste al gobierno, sin pasar por el tamiz de las realidades nacionales duras ni por las experiencias del trabajo ordinario. Desde tan delgada plataforma, es casi natural que crean en su superioridad intrínseca y se guíen por las redes sociales.

Lo más inquietante es que aquello los induce a creer que siempre hay soluciones simples para los problemas complejos. Quizás, sin conocerla, adhieren a esa tesis de Lenin, en El Estado y la revolución, sobre el fácil manejo de las funciones públicas: “totalmente asequibles a todos los que saben leer y escribir”. De ahí que subestimen (o ignoren) las enseñanzas de la historia, las constantes de la geopolítica y, sobre todo, la capacidad manipuladora de los intelectuales que los inspiran. 

Es lo que explica la inadvertencia con que están transitando desde la utopía marxiana sobre “el futuro radiante para la humanidad”, con base en el proletariado y los avances del capitalismo industrial, hacia  la utopía del “buen vivir” de los pueblos ancestrales, con base en el respeto a la Pachamama y el cuidado de los ecosistemas. 

En ese cambio de utopías futuristas por distopías ancestrales, ignoran que el máximo teórico del indigenismo latinoamericano, José Carlos Mariátegui, nunca quiso parcelar su país.  En su libro Peruanicemos el Perú llama a integrarlos a la actividad política, reformadora o revolucionaria. Nuestros indigenistas, menos informados, hoy están tratando de deschilenizar a Chile.

 Naciones por mayoría de votos

En julio pasado, los convencionales constituyentes nos entregaron una propuesta que refleja, de manera contundente, las certezas iconoclastas de la idealpolitik juvenil. Su eje ideológico es el “principio de plurinacionalidad”, en cuya virtud nuestra nación se multiplicaría por 11, con la advertencia de que se podrían crear otras por simple ley. 

A la fecha, ninguno de los constituyentes ha logrado explicar ese “principio”, que implicaría el fin de nuestro bicentenario Estado nación. El tema pasó por la Convención como por un tubo y recién los más informados comienzan a sopesarlo. Nada que ver -dicho sea de paso- con el ipsofáctico rechazo de los diplomáticos peruanos a Evo Morales, en diciembre pasado, cuando éste quiso continentalizar la plurinacionalidad desde el Cusco. 

En resumen

La politicidad juvenil parece viajar por senderos que se bifurcan. Uno puede conducir a la reinvención de nuestro país y el otro, a una confrontación ruda con resultados imprevisibles. Si la primera opción puede, eventualmente, mantener un mínimo de pluralismo democrático, nada garantiza que la segunda abra paso a un sistema mejor. 

La lógica dice que, en tal escenario, los líderes adultos que conservan influencia debieran actuar en conciencia y reconocer  al menos dos cosas: que la soberbia de los jóvenes es, en parte, fruto del fracaso de sus partidos y que aprobar una Constitución a sabiendas de sus peligros estratégicos, más que un acto de consecuencia puede ser un harakiri nacional. 

Por añadidura, eso ayudaría a reconocer que no se puede gobernar con tesis ideológicas, lo cual fortalecería la autoridad y la arista pragmática de nuestro joven presidente. 

Por cierto, dichas opciones y posibilidades configuran un delgado hilo cultural, que afirmaremos o cortaremos en el plebiscito del próximo 4 de septiembre.

*José Rodríguez Elizondo es periodista, escritor y Premio Nacional de Humanidades 2021.

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