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Publicado el 25 de abril, 2020

José Rodríguez Elizondo: El orden mundial del coronavirus

Abogado, académico, ex embajador José Rodríguez Elizondo

Un nuevo orden mundial sólo podría estructurase sobre una base política ultraflexible. Una que, con reminiscencias de Nicanor Parra, muestre un planeta con liberales, comunistas asiáticos, socialdemócratas, socialcristianos e independientes mejor dispuestos a facilitarse la sobrevivencia.

José Rodríguez Elizondo Abogado, académico, ex embajador

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«¿China? Es un gigante dormido. Dejémosle dormir porque cuando despierte estremecerá al mundo». –Napoleón

Los analistas políticos de izquierdas, centros y derechas ya están asumiendo que Covid-19 generó un parteaguas planetario. Para casi todos (alguna excepción habrá) el mundo que viene no será el que era.

¿Significa esto que estamos ad portas de un nuevo orden mundial (OM)?

Expliquemos, primero, que un OM, por beligerante que sea, vale más que un desorden, pues aporta a los terrícolas un mínimo de seguridad. Fue lo que sucedió con el orden áspero y bicéfalo de la Guerra Fría, desde el fin de la II Guerra Mundial hasta la emergencia de Mijail Gorbachov y su perestroika. Ese OM impidió una tercera guerra termonuclear, aunque al costo de muchísimas guerras periféricas y de derechos humanos violados en Oriente y Occidente.

Demasiados ignoraron ese concepto cuando festejaron la victoria de los EE.UU., tras la implosión de la Unión Soviética (URSS). En especial, quienes creyeron, con Francis Fukuyama a la cabeza, que habíamos llegado a un OM relativamente plácido. El del fin de la historia. Hoy está claro que aquello dejó a los EE.UU. bailando solos, pero no trajo un OM sustituto.

Samuel Huntington llegó incluso más lejos, profetizando un terrorífico desorden mundial: el de la “guerra de civilizaciones”.

La percepción de Kissinger

Henry Kissinger, arquitecto de un tramo decisivo de la Guerra Fría, captó el peligro al vuelo. La crisis del concepto de OM “es el problema internacional más candente de nuestros días”, dijo. Pero, contra quienes decían que China ocuparía el vacío de beligerancia dejado por la URSS pre-Gorbachov, planteó la esperanza de “un nuevo tipo de relación entre las grandes potencias”.

Gracias a su conocimiento de la historia y cultura de ese país gigante –fruto de 50 visitas, negociaciones diplomáticas y mucho estudio-, Kissinger verificó que el fracaso de la revolución cultural de Mao Zedong –un “estallido social” a lo bestia- fue una cura de caballo para su extremismo ideológico. En su libro China, consigna que ese espanto de los años 60-70 no sólo mostró a estudiantes y profesores revolucionarios quemando libros y vandalizando las tumbas de Confucio y sus descendientes. En paralelo, produjo una catástrofe económica y “una carnicería humana e institucional”, que incluyó la purga de altos dirigentes del partido, entre los cuales estaba el pragmático Deng Xiaoping.

La crónica dice que, superada la revolución cultural, en China volvió a honrarse el pensamiento de Confucio, el pensamiento del incombustible Deng desplazó al “pensamiento Mao” y –tras el fracaso soviético- dejó de pensarse en la transición del socialismo al comunismo. En lugar de “hundir al imperio burgués”, como canta la Internacional, el objetivo chino mutó hacia la transición pacífica del socialismo al capitalismo desarrollado. En esa vía inédita, el liderazgo post Mao actuó con tal eficiencia, que Richard Nixon admitió como posible que China se convirtiera “en la nación más poderosa del mundo”.

En ese nuevo contexto, Washington ya no necesitaría la amenaza del terror nuclear compartido para disuadir a un eventual enemigo de reemplazo. El desafío se reducía a enfrentar una competencia económica con China, en todos los mercados, para mantener la hegemonía política, diplomática y militar, con vista a un nuevo OM.

Fue lo que Kissinger expresó, en su estilo, en una entrevista de 2014: «No tenemos el poder para imponer nuestras preferencias, pero sin nosotros y sin un liderazgo de parte nuestra, no se puede crear el nuevo orden».

Trump, el león sordo

Revirtiendo la metáfora de Mao, China había producido un fenómeno surrealista: Marx, Engels, Lenin, Trotsky, Baskunin y el propio Mao se habían convertido en “tigres de papel”, para sorpresa de las izquierdas doctrinarias.

Desde la realpolitik, esto sugería un OM homogéneamente capitalista, gerenciado por los EE.UU., con China como accionista principal. Para el primer país, la hipótesis implicaba potenciar el carácter autosustentable de su democracia y la fuerza de ese imperialismo republicano que sus próceres bautizaron como “destino manifiesto”. Los dos factores que le permitieron forjar un sistema de alianzas poderoso, quebrar el espinazo soviético pre-Gorbachov y superar la arremetida de cualquier otro poder antagónico.

Sin embargo, las astucias de la Historia atornillaron al revés. En 2017 llegó Donald Trump a la Casa Blanca –se sospecha que con ayuda del jefe ruso Vladimir Putin-, llamó a “devolver su grandeza a los EE.UU.” y, casi de inmediato, la superpotencia comenzó a perder sus dos ventajas estratégicas. Ejerciendo el matonaje político y mintiendo por sistema, el extravagante nuevo líder fue encerrando a su país en el aislacionismo del pasado, rigidizando sus opciones políticas domésticas y haciendo caso omiso de la diplomacia y los buenos modales.

Resultado interno: la polarización sustituyó al juego democrático de suma variable y el flamante Presidente comenzó a parecerse a dictadores con décadas de experiencia en el ramo. Resultado externo: alejamiento de los amigos europeos y aliados de la OTAN, abandono de la política moderadora respecto al Medio Oriente, bravatas nucleares con Kim Jong-un, parálisis ante la anexión de Ucrania por parte de Rusia, despilfarro del capital de simpatía conquistado por Barack Obama en América Latina y… ¡guerra comercial con China!

En vísperas de su eventual reelección, Trump alejaba, así, la posibilidad de un OM capitalista con hegemonía norteamericana y abría paso a un conflicto duro entre las dos economías capitalistas más desarrolladas del planeta. Una dirigida por un autócrata y la otra por un partido comunista.

Indigesto pangolín

El coronavirus cortó, abruptamente, la proyección de ese largometraje de miedo. De repente, en el verano y por tiempo indefinido, todos quedamos a oscuras en nuestras salas.

A falta de transparencia china, la leyenda dirá que en la ciudad de Wuhan un pangolín se comió un murciélago, una familia se comió al pangolín, un médico descubrió la multiplicación de los contaminados, la autoridad sanitaria acalló a ese médico mientras pudo y la Organización Mundial de la Salud (OMS) se tragó ese silencio. En síntesis, el partido gobernante habría sucumbido al síndrome soviético de Chernobyl, tratando de ocultar lo inocultable. Cuando el gobierno de Xi Jinping decidió informar, el mundo ya estaba contaminado.

La historia documentada de Occidente dirá, a su vez, que en los EE.UU. tampoco hubo transparencia. Por presuntos motivos electorales, Trump archivó un prolijo informe del Departamento de Salud Pública de diciembre pasado que alertaba sobre el Covid-19. Sólo lo desclasificó cuando el número de víctimas norteamericanas se acercaba a los seis dígitos. Entonces, muy en su estilo, habló del “virus chino” y castigó a la OMS como presunta encubridora del régimen de Beijing.

Aplanando diferencias

Fue como si una retroexcavadora hubiera pasado sobre los dogmas económicos de la escuela de Chicago. Ningún economista norteamericano de fuste (que se sepa) está defendiendo un Estado subsidiario, acotando a jueces, militares y policías, ni reivindicando la libertad absoluta para elegir, invertir y consumir.

Por reversa, la “economía mixta” de Paul Samuelson se anotó otra victoria, esta vez in extremis. Como decía ese gran rival de Milton Friedman, un Estado democrático debe asumir que siempre habrá interferencias sociales en los mercados. En vez de Estado subsidiario, debe ser un eventual Estado subsidiante y sus gobiernos deben prever recursos y formular políticas públicas para necesidades imprevisibles.

En cuanto a los economistas chinos, no tienen –no pueden tener- esos problemas teológicos. Si nadie con poder político reivindica la tesis marxista de la demolición del Estado burgués, ni la tesis leninista del Estado de transición al comunismo, menos van a objetar la función social de un Estado capitalista desarrollado. De hecho, el gobierno de Xi Jinping pudo destinar recursos públicos cuantiosos para controlar la pandemia interna, auxiliar a una población supernumeraria y enviar ayuda a otros países. Esto, con el fin de contrarrestar la insidiosa imagen trumpista del “virus chino”.

El problema en China es netamente político. Al margen de su éxito económico, el régimen mostró el mismo talón de Aquiles del fracasado socialismo real soviético: ese hermetismo dirigencial, con bajada directa a las burocracias, que afecta a los sistemas de partido único y a las democracias falsificadas o en estado de regresión.

Visto así, el tema polémico sería la transparencia y agilidad en la comunicación política, respecto a problemas que comprometen el prestigio internacional. En algún nivel del Partido Comunista Chino se habrá recordado el rol que jugó el secretismo en la implosión soviética. Y algún jefe habrá comentado que, según Gorbachov, el accidente nuclear de Chernobyl “marcó una era anterior y otra posterior al desastre”

Las condiciones están

Llegamos así, en cuarentena, a un fenómeno de vasos comunicantes, con la emergencia de China y el retroceso de los EE.UU. Mientras todos los gobernantes analizan con cuidado la diplomacia de Xi Jinping, pocos se muestran cómodos con la antidiplomacia de Trump. En paralelo, tras el ataque a las Torres Gemelas, el poder militar norteamericano ya no tiene la importancia dirimente que tuvo. Esto se ve en sus involucramientos sin objetivos claros, su impotencia ante la anexión rusa de Ucrania y su bajo perfil en el aparatoso duelo de Trump con Kim. Nada que ver con el dramático enfrentamiento de John F. Kennedy y Nikita Jruschov durante la crisis de los misiles de 1962, donde la disuasión militar fue un tema muy serio.

Si se añade que aquello hace más notoria la debilidad de la actual ONU -con su tecnicidad amagada por la politicidad de sus mandos superiores y el burocratismo de sus mandos medios-, crecen las posibilidades de una cúpula política ampliada. Los estrategas y geopolíticos de Europa occidental deben estar procesando el fenómeno, pese (o gracias) al Brexit. También deben estar atentas las potencias que nunca se resignaron al bicefalismo de la Guerra Fría ni a su exclusión del Consejo de Seguridad. Aquí están las que se aliaron con China y Rusia en el BRICS (Brasil, India y Sudáfrica).

Si asumimos que la economía está yéndose a negro en países decisivos, no sería insólito un retroceso del capitalismo depredador o su mutación en uno de rostro humano. Así como los EE.UU. produjeron el plan Marshall para reconstruir las economías europeas tras la Segunda Guerra Mundial, bien pueden las grandes potencias revisitar el Informe sobre los Límites del Crecimiento del Club de Roma (1969). El mismo que fuera prologado por U Thant, entonces secretario general de la ONU, bajo la advertencia de que, si en los próximos diez años no se atendían los requerimientos del planeta, “los problemas habrán alcanzado proporciones tan escalofriantes que seremos incapaces de controlarlos”.

Bases del nuevo orden mundial

En las circunstancias anotadas, el coronavirus puede ser el agente de un nuevo OM. Sería el equivalente a esos alienígenas de la ciencia ficción que logran unir a los terrícolas en defensa propia. Y con mayor razón porque, salvo prueba en contrario, es un virus ajeno a la política y a las religiones.

Desde esa mirada, ya catalizó un consenso macro sobre la inevitable intervención económica de los Estados y lo necesario de su concertación internacional. Es un proceso suprapolítico en desarrollo, que supera las posibilidades del multilateralismo ONU y puede convertirse en plataforma de un orden económico casi racional.

Pero, para avanzar en esa línea, los líderes occidentales tendrán que mejorar la calidad de su democracia y, al mismo tiempo, renunciar a la pretensión de imponerla a otros países. A ese efecto, tendrán que someter a revisión ese cómodo aforismo según el cual no hay democracia sin partidos políticos. La insatisfacción ciudadana con los políticos y sus organizaciones realmente existentes amerita que, por lo menos, comiencen a instalar el concepto de “partidos políticos renovados”.

Es lo que viene demostrando, a nivel regional, la encuesta Latinobarómetro. Respecto a Chile el fenómeno se confirmó, empíricamente, con la subestimación del peligro para la democracia implícito en el llamado “estallido social” del 18-O. A nivel global, la lenidad para defender la democracia también se está midiendo. Según reciente informe del Centro para el Futuro de la Democracia de la Universidad de Cambridge, desde Europa hasta África, así como en Asia, Australia, América y Oriente Medio, la proporción de personas insatisfechas con la democracia ha aumentado desde el 47,9% al 57,5%, a contar de mediados de los años 90. En los EE.UU., la insatisfacción ha aumentado un tercio desde la década mencionada y está alcanzando de lleno a democracias de países gigantes, como Brasil o México, y a una democracia tan histórica como la del Reino Unido.

Por lo dicho, sería factible llegar a un nuevo OM con base en un sistema capitalista común, pero renovado, pero muy difícil sería establecer un estatuto democrático como requisito de ingreso. Piénsese que los EE.UU. del destino manifiesto no pudieron imponer la democracia a muchos países de su órbita geopolítica y que la propia ONU está integrada, mayoritariamente, por países que distan de calificar como democráticos.

En resumidas cuentas, un nuevo OM sólo podría estructurase sobre una base política ultraflexible. Una que, con reminiscencias de Nicanor Parra, muestre un planeta con liberales, comunistas asiáticos, socialdemócratas, socialcristianos e independientes mejor dispuestos a facilitarse la sobrevivencia.

Más que un OM post virus, sería el OM que necesitamos, para poder enfrentar los problemas comunes de la humanidad.

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