Sospecho que los conflictos internacionales más peligrosos son los que lucen aparcados en el tiempo. En la región está el caso “mar para Bolivia”, que viene del siglo 19 y hoy lo actualiza Evo Morales con su injerencia abierta en Chile y el Perú. En el mundo, está el conflicto israelo-palestino. Su historia se remonta al Antiguo Testamento y fue actualizado esta semana en Jerusalén, con una remake de la visita del líder judío Ariel Sharon, el 2000, a la Explanada de las Mezquitas, tercer lugar sagrado de los musulmanes.

Aquella visita desencadenó la segunda Intifada y ayudó a sepultar los Acuerdos de Oslo. La reciente corre por cuenta de Itamar Ben Gvir, ministro israelí del gobierno de Biniamin Netanyahu, un territorialista duro. Cabe preguntarse si tendrá un impacto similar o peor, dado el explosivo contexto global.

En todo caso, la perspectiva histórica es más complicada que nunca. Pero me atrevo a intentarla porque viví en Israel, conversé -entre otras personalidades- con Yasser Arafat y Shimon Peres y fui testigo del inicio de la Intifada II.

Independencia y catástrofe

Con la aprobación del plan de partición de Palestina de la ONU, de 1947, comenzó una nueva historia para judíos y árabes. Entre los 33 países que votaron a favor estaban ambas superpotencias. El más milagroso consenso de la Guerra Fría.

Asumida por los judíos, pero rechazada por los árabes, la partición dio inicio a un conflicto bélico de aspecto desequilibrado. Para aquellos fue la Guerra de la Independencia pues, tras su sorprendente victoria sobre siete países árabes, superaron la anomia de la diáspora y declararon el Estado judío de Israel.

Contra el dictamen de los rabinos ortodoxos, fue una profecía cumplida por el movimiento sionista, de ethos laico y socialista. Su fundamento estaba en el libro  El Estado Judío, del periodista austríaco Theodor  Herzl, publicado en 1896.

En cambio, para los árabes aquello fue la catástrofe palestina -la Nakba– que reinstaló en la subregión a los primos enemigos. Sin embargo, para los palestinos in situ fue el resultado de una anomia nacional que los mantuvo como provincia del Imperio Otomano y luego, bajo el mandato británico, como zona sur de la Gran Siria. Según la División para los Derechos de los Palestinos de la ONU, su sentimiento de identidad nacional recién comenzó a germinar tras la Declaración Balfour, de 1917, que reconoció el derecho de los judíos a “un hogar nacional en Palestina”. Ergo, no tenían líderes que pudieran aceptar la partición como base para un futuro Estado soberano. Su voluntad política estaba subordinada a los países de la Liga Árabe.

Añádase que los árabes del rechazo no midieron el impacto del Holocausto judío en la opinión mundial, la capacidad militar de los judíos en el terreno y el déficit de moral de combate que implicaba la carencia de un liderazgo palestino autóctono.

Así, cuando las tropas británicas abandonaron Palestina, comenzó a fraguar una realidad distinta a la que previeron los expertos de la ONU.

Guerra intermitente

Tras su victoria los israelíes asumieron concepciones geopolíticas y militares clásicas, para construirse como solvente potencia militar, asegurar el control de su territorio e, incluso, ocupar territorios palestinos.

Aquello potenciaría la autoidentificación nacional de los palestinos de Israel, su autonomización política bajo el liderazgo de Arafat y el inicio de una beligerancia híbrida, con atentados terroristas, incursiones guerrilleras y apoyo a nuevas guerras. En el ámbito global, las superpotencias de la Guerra Fría mantendrían el conflicto bajo las reglas congelatorias del juego de suma cero, con la Unión Soviética apoyando la causa árabe-palestina y los Estados Unidos la de Israel.

En ese contexto el líder egipcio Anwar el Sadat produjo una apertura sorpresiva. En 1977, con apoyo de Jimmy Carter, hizo una visita a Israel en son de paz, compareciendo ante la Knesett. Su gesto rompió la normalización de la beligerancia y abrió paso a la posibilidad de un Estado Palestino y a relaciones diplomáticas con Israel.

Cuatro años después, Sadat fue asesinado por un comando militar egipcio de inspiración fundamentalista.

Oslo al trasluz

El fin de la Guerra Fría fue un nuevo incentivo en la línea de Sadat, pues ya no había superpotencia que avalara la eliminación de Israel. La Conferencia de Paz para el Medio Oriente de 1991, en Madrid, inauguró un proceso de paz cualitativamente distinto. Bajo el lema “paz por territorios”, contenía un reconocimiento del Estado de Israel y de la aspiración estatal palestina.

Así se llegó, en 1993, a los Acuerdos de Oslo y al shake-hands de Washington, con Peres, Arafat, el Primer ministro israelí Itzhak Rabin y un complacido Bill Clinton. Era un triunfo de la visión política de Peres, que a la sazón reflejaba el sentir mayoritario. La razón decía a los palestinos que la sostenida beligerancia no les permitió recuperar un centímetro del territorio que les reconociera la ONU y les trajo represalias duras. En cuanto a los israelíes, les enseñaba que la superioridad militar no bastaba para poner fin al conflicto y los obligaba a vivir bajo amenaza permanente.

Parafraseando al excanciller israelí Abba Eban, parecía que ambas partes comenzaban a actuar razonablemente, después de haber cometido todos los errores posibles.

Sin masa crítica

Pero quedaban errores por cometer. Los negociadores de Oslo fueron visionarios para reconocer la necesidad de reconocerse y asumir concesiones mutuas. Sin embargo, no fueron sagaces para dimensionar el potencial de sus minorías disidentes.

El impacto comunicacional de Oslo soslayaba que los dialogantes representaban a mayorías débiles, carentes de la masa social necesaria para imponerse de manera categórica. El liderazgo autoritario de Arafat, acusado de corrupción, era tóxico para muchos palestinos, moderados y radicales. La democracia israelí contenía demasiados partidos y pocos consensos fuertes. En ese clima Rabin fue asesinado por un extremista religioso judío y Peres perdería las elecciones.

Así, Oslo fue perdiendo su conmutatividad intrínseca. El trueque territorios por paz se mantuvo como fórmula, pero su dificultosa ejecución anuló el objetivo de crear confianza negociadora. Políticos israelíes territorialistas lo mantendrían con rienda corta. Políticos palestinos fundamentalistas lo considerarían, a lo más, como una forma táctica de lucha. En definitiva, mutó en un instrumento de desgaste “del otro” y ha hecho inviables nuevas negociaciones con apoyo internacional.

Esperanza humilde

Por lo señalado, pienso que la débil esperanza hoy depende de un factor antes ignorado: la sensatez que pueden aportar las relaciones diplomáticas en un mundo convulsionado. Israel ya superó el veto de la Liga árabe, mediante un amplio arco de relaciones, parciales o plenas, con Egipto, Jordania, Marruecos, Sudán, Bahréin, Emiratos Árabes y Mauritania. La Autoridad Palestina, por su lado, ha obtenido el reconocimiento de un “Estado Palestino”, por parte de países que soslayan el “principio de efectividad” -el pleno control sobre el territorio que se reclama- que exigen la doctrina y el Derecho Internacional. Entre esos países están Argentina, Brasil y Chile.

Puede que tales relaciones dificulten la imprescindible negociación directa entre los judíos y palestinos de Israel. Sin embargo, también es posible que creen un espacio de intereses compartidos que los obligue, algún día, a formalizar la paz. En cualquier caso, es lo que hay.

*José Rodríguez Elizondo, periodista, escritor y Premio Nacional de Humanidades 2021.

José Rodríguez Elizondo

Periodista, escritor y Premio Nacional de Humanidades 2021

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