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Publicado el 17 mayo, 2021

José Rodríguez Elizondo: Democracia en su mala hora

Director del Programa de Relaciones Internacionales, Facultad de Derecho, Universidad de Chile José Rodríguez Elizondo

La democracia representativa, que comenzó a configurarse con la revolución francesa y a relativizarse tras la revolución rusa, hoy está viviendo una mala hora garciamarquiana. En América Latina sólo el realismo mágico la sostiene. Los estallidos como método de presión, las dictaduras con elecciones, las dinastías y los nepotismos en la cúpula, demuestran que sus estructuras están crujiendo. Y no es culpa de la pandemia ni de las redes, aunque algo contribuyen.

José Rodríguez Elizondo Director del Programa de Relaciones Internacionales, Facultad de Derecho, Universidad de Chile
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“Yo no entiendo por democracia algo tan vago como ‘el gobierno del pueblo’”. -Karl Popper

Parafraseando a Lenin, sin teoría democrática no hay acción democrática. Algo teórico no funciona, entonces, pues la democracia está débil en todas partes y al borde de la cornisa, en América Latina

Pasó, ya, ese tiempo dorado de inicios de milenio, cuando ondeaba en casi todos los mástiles de la región, festejando el fin de la historia. Digo “casi” porque la excepción notoria fue, entonces, la Cuba de Fidel Castro. Y no se le dio mayor importancia, pues en las cancillerías de Occidente muchos creyeron que, tras la implosión de la Unión Soviética, su régimen se extinguiría solo. Pésima percepción. El embrujo del “líder máximo” no desapareció y la política cubana de los Estados Unidos siguió fracasando.

Ahora estamos en el tiempo de los estallidos. El último se está dando en Colombia y antes en Bolivia, Ecuador, Perú y Chile. A esto se suman la dictadura Maduro-castrense en Venezuela, la confusa dualidad del poder peronista en Argentina, el poder autoritario con apoyo militar en Brasil, la dictadura matrimonial en Nicaragua y el autogolpismo millenial en El Salvador. También es mencionable el caso de México, a medio filo entre las formas democráticas y el populismo folclórico.

Precursor inmediato de este cuadro fue el caudillo venezolano Hugo Chávez, padrino político de Nicolás Maduro y discípulo aventajado de Castro. Consiguió lo que éste no pudo: una internacional de Estados bajo logo “bolivariano”. También hay un catalizador foráneo en esta triste historia. Fue Donald Trump por habernos notificado, desde la presidencia de los Estados Unidos, que la gran potencia hemisférica no se cortaba las venas por la democracia ni por su doctrina histórica del destino manifiesto.

La nueva clase

En buenas o malas cuentas, aunque los políticos profesionales sigan identificando sus juegos de poder con la democracia o con el interés nacional, la realidad grita que eso es sólo inercia del pasado.

En el cuadro contemporáneo interactúan la decadencia de la bien llamada “clase política” y la pandemia en curso. La primera, por haber sustituido el sentido de misión nacional de los demócratas con liderazgo, por el sentido del poder para sí. El coronavirus porque, desde que apareciera en Wuhan, ratificó que las grandes catástrofes no unen, como suponen las almas piadosas. De hecho, catalizan el desorden, el miedo y el sálvese quien pueda.

En estas circunstancias, el Santo Grial de nuestro tiempo tiene forma de vacuna reconstituyente. Una que permita preservar y/o recuperar los sistemas y valores democráticos. Mientras no aparezca, seguirá desarrollándose el síndrome en curso, que conviene enumerar, pues por conocido se calla y por callado se puede olvidar:

  • Gobernantes con aversión profunda a la alternancia en el poder.
  • Gobernantes interruptus, prófugos, procesados, condenados y encarcelados.
  • Personal político huérfano de liderazgos de calidad, que se configura como una clase con intereses propios, administrada por operadores.
  • Partidos políticos que abandonan los proyectos-país y se acogen al clientelismo, Mención especial para el Partido Republicano de los Estados Unidos.
  • Administración pública progresivamente frondosa e ineficiente, como efecto directo del clientelismo.
  • Delincuencia nativa que empalma con la transnacional, con mención especial para los “narcos”.
  • Inmigración en crecimiento exponencial, que libera a dictadores de sus “excedentes” políticos y sociales, complicando la gestión de los gobernantes receptores.
  • Policías y jueces que se dejan atemorizar o corromper, contribuyendo al incremento de la inseguridad ciudadana ante la impavidez o impotencia del poder político.
  • Fuerzas Armadas tensionadas por una difícil relación histórica con la autoridad civil y bajo presión -endógena y exógena- para su intervención política.
  • Inequidades socioeconómicas sostenidas, como plataforma por acumulación de todos los síntomas anteriores.

Mala hora chilena

La ecuación dice que muchos comienzan a cuestionar ese axioma según el cual “sin partidos políticos no hay democracia”. Les parece una identificación abusiva, y así lo demostrarían los casos paradigmáticos de Chile y el Perú.

Como veterano del golpe de 1973, vivo el tema desde el asombro. Aunque con signo político inverso, veo que en Chile está en desarrollo una crisis estructuralmente homologable con la del gobierno de Salvador Allende.

En efecto, los objetivos de los partidos sistémicos de oposición -las izquierdas variopintas- son de negatividad variable: unos quieren evitar que vuelva a ganar la derecha -ese sería todo su programa- y otros quieren impedir que Sebastián Piñera termine su período. Los partidos oficialistas -las derechas diversas- se han distanciado del gobierno para salvar sus muebles y sus posibilidades electorales. Fuera del sistema, hay sectores que ejercen la violencia, el sabotaje e incluso el terrorismo. Son fuerzas insurreccionales, en el ejercicio del viejo lema anarquista “tanto peor, tanto mejor”. El presidente Piñera, gerencialmente correcto, no ha mostrado la sensibilidad política indispensable para enfrentar este cuadro embravecido.

Es una especie de empate catastrófico, conceptualizable como desgobernabilidad, donde interactúan políticos ensimismados, abogados truculentos, periodistas predicadores, insurrectos anónimos, policías desbordados y militares entre signos de interrogación. En este reparto, el jefe de Estado luce tan solitario como antes lo estuvo Allende. Para el presidente socialista la salida inmediata era un plebiscito; para el presidente liberal, un proceso constituyente.

Y también en el Perú

En el Perú, donde viví una notable transición a la democracia, el cuadro es más complicado. En lo principal porque, tras la “dictablanda” del general Francisco Morales Bermúdez, la alternancia que protagonizaron Acción Popular (centroderecha) y el Apra (socialdemócrata), con el Partido Popular Cristiano a la expectativa, apenas duró dos períodos. Fue interrumpida por el autogolpe de Alberto Fujimori, en 1992 y, después ya no pudo recomponerse un sistema regular de partidos.

Con la relativa excepción del segundo gobierno de Alan García, acaudillando un Apra debilitado, lo que vino fue una competencia de outsiders o aficionados, con plataforma en organizaciones familísticas, de poder sectorial, regional o temático, marginales a la disciplina y tradiciones de los partidos políticos de verdad.

Agréguese que, aunque todos los presidentes “regulares” del posfujimorismo terminaron de manera irregular, la experiencia no fue disuasiva ni tuvo efectos docentes. Baste acotar que a las recientes elecciones se presentaron 18 candidatos, sin arraigo nacional, ninguno de los cuales superó el 20% de la votación en la primera vuelta.

La elección definitiva enfrentará, así, a dos personas que tratan de aliarse con otras personas, para obtener una victoria que reflejará sólo una conjunción de minorías y que, para la mayoría, oscila entre un mal menor y una pesadilla.

Tan surrealista circunstancia ha hecho que emerjan grandes electores, también individuales, que pretenden orientar la votación nacional con el mérito de sus currícula.

Crisis de la teoría

Si se asume, según definición minimalista, que la democracia consiste en el derecho a gobernar de las mayorías, con respeto a las minorías, nuestros países no estarían calificando.

Una de las explicaciones, que comparto, es que sus intermediarios orgánicos ya no son lo que eran. En su hora feliz, fueron estructuras plurales, jerarquizadas, más o menos poderosas, con líderes competentes, doctrinas estructuradas y proyectos de incidencia nacional. A tenor del modelo francés, se les reconocía como partidos de derechas, centros e izquierdas y eran aceptados -de iure o de facto- como intermediarios legítimos de fuerzas sociales diversas y eventualmente antagónicas. Así nació la ecuación axiomática democracia = partidos.

La mala noticia es que, hace rato, esa ecuación entró en fase de eclipse, no se sabe si parcial o total. En la mayor parte de los países que se consideran democráticos, los partidos realmente existentes poco o nada tienen que ver con los tradicionales. En algunos, sólo por inercia o abuso siguen usando esa denominación y autoencasillándose en la tripartición clásica.

Una gravitante encuesta reciente cuantificó la evidencia en Chile: los partidos políticos están en el último peldaño de la aceptación ciudadana, con un 2%, precedidos por el Congreso (8%) y el gobierno (9%). Es decir, los actores políticos están a gran distancia de la Policía de Investigaciones (53%), las Fuerzas Armadas (37%) y los vapuleados carabineros (30%)

Partidos al recauchaje

De lo señalado se desprende que está bien repetir, con Churchill, que la democracia es el menos malo de todos los sistemas políticos, pero está mal resignarse a que sea una pésima caricatura de la mitología griega.

Lo que aparece de manifiesto es la necesidad de recauchar la teoría democrática para recuperar la esencia de su plataforma orgánica. Y esto no lo dice un simple columnista contemporáneo, al calor de la ominosa coyuntura. En 1967, un politólogo tan reconocido como el francés Maurice Duverger ya había acuñado el gráfico concepto de “la democracia sin el pueblo”. A su juicio, los partidos políticos estaban mutando en “aparatos”, expertos en combinaciones para conservar la dirección de los asuntos públicos, “sin que los ciudadanos puedan pesar realmente en las opciones y en las decisiones”.

En Italia, al filo del fin de la guerra fría, el importante democratólogo Giovanni Sartori arrimó un punto importante a ese debate: “perder al enemigo cambia todos los puntos de referencia”. Sobre tal base y en las antípodas de la tesis del fin de la historia, puso el énfasis en “el decaimiento de la democracia y la pobreza de sus líderes”. Su escueta conclusión fue que “la teoría de la democracia debe ser repensada completamente”.

Para el ciudadano de a pie, esto supone resistir la manipulación de los políticos adocenados, de los antipolíticos y de otros enemigos de la democracia. Para los ciudadanos ilustrados la tarea es más exigente. Los intelectuales, artistas, profesores, juristas, comunicadores y periodistas no predicadores, junto con criticar lo criticable debieran contribuir a recuperar las bases de la cultura democrática.

Para ese efecto, es urgente actualizar la teoría considerando, entre otros factores, la hipermasificación de las sociedades contemporáneas, la revolución femenina, la obligación de prolongar la vida del planeta, las posibilidades inexploradas de la economía mixta, la internalización de las nuevas tecnologías de la información y la necesidad de una educación idónea para enfrentar el complejo mundo de las redes sociales.

El objetivo mínimo y a la vez decisivo, será recuperar la cultura democrática y humanista, para que los ciudadanos podamos volver a las instituciones y ejercer nuestras opciones desde la libertad con equidad.

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