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Publicado el 05 de agosto, 2020

José Rodríguez Elizondo: Cancillería: Un caso de profesionalización pendiente

Abogado, académico, ex embajador José Rodríguez Elizondo

Desde hace muchos textos he expresado inquietud por tres comportamientos anómalos: que la clase política siga considerando al Ministerio de Relaciones Exteriores tan clientelizable como cualquier otro, que cada cambio de gobierno signifique un cambio de todos los altos cargos del servicio exterior y que se reduzca la problemática de la expertisse al porcentaje de embajadores “políticos” y “de carrera”.

José Rodríguez Elizondo Abogado, académico, ex embajador
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La motivación de este texto es coyunturalísima: el Presidente Sebastián Piñera acaba de nombrar un tercer canciller para su período de cuatro años y en su cuenta pública no mencionó ningún tema ni problema de la política exterior.

Al margen de la calidad personal de los ministros concernidos, esto supone una de dos falsas opciones: Chile no tiene problemas internacionales pendientes o nuestra Cancillería ha llegado a tal nivel de eficiencia, que puede navegar con piloto automático.

El tema no me resulta novedoso. Desde hace muchos textos he expresado inquietud por tres comportamientos anómalos: que la clase política siga considerando al Ministerio de Relaciones Exteriores tan clientelizable como cualquier otro, que cada cambio de gobierno signifique un cambio de todos los altos cargos del servicio exterior y que se reduzca la problemática de la expertisse al porcentaje de embajadores “políticos” y “de carrera”.

Agrego que, gracias a algunas vivencias, aprendí lo complicado que es abordar con hard facts lo que aquello significa. Si uno no pertenece a Cancillería, es complicadísimo. Y si pertenece, es imposible. Con los años pude entender que esa tendencia al ensimismamiento era un claro síntoma de inseguridad corporativa.

Es lo que explica, entre otras cosas, la reactividad sistemática de nuestros gobiernos ante los temas conflictivos de la política exterior. La misma que se refleja en la santificación de los tratados, la opción por los abogados litigantes y la subordinación de la diplomacia de negociación. Algo que alguna vez describí –quizás agresivamente- como la opción por el “fetichismo del derecho”.

Por cierto, es un síndrome disfuncional al interés de Chile, pues encierra a una institución estratégica en un círculo endogámico-burocrático y limita las posibilidades de la imaginación prospectiva. Además, porque contradice la necesidad de que los objetivos de la política exterior sean públicos y notorios. En efecto, una política exterior de Estado democrático exige que los ciudadanos estén no sólo informados de “los principios”, sino sobre su aplicación a los problemas externos reales. Por cierto, sin que esto contradiga la obligación de guardar reserva en materia de estrategia de conflictos o de negociaciones en desarrollo.

Chile en desventaja

Ese síntoma de inseguridad era y sigue siendo reflejo de un déficit estructural. El de una profesionalización precaria (en la medida de lo posible) que ha colocado a Chile en posición desventajosa ante cualquier interlocutor nacional que cuente con un servicio exterior sofisticado.

Además -típico de nuestro subdesarrollo exitoso- es un déficit reconocido y asumido por los que saben. Pude abordarlo, entre otros, con cancilleres históricos, entre los cuales están Carlos Martínez Sotomayor, Gabriel Valdés y Enrique Silva. Desde un realismo escéptico, ellos sabían que una Cancillería desarrollada no era un proyecto prioritario para la clase política chilena.

Los gobiernos, por su parte, han excluído como prioritarios los temas de la Cancillería. Asumen que deben actuar con “lo que hay”, pues sin un consenso político amplio no es posible una reingeniería. Como alternativa suelen optar por reformas entre parciales y cosméticas que, como efecto colateral, fortalecen el ethos corporativo y el conservadurismo del personal.

Para entender estas complejidades, basta pensar en las sensibilidades internas en el servicio exterior. Por una parte, están quienes, por estudios, títulos y méritos, son o pueden convertirse en excelentes diplomáticos. Para éstos, una Gran Cancillería, que cree “escuela”, sería el escenario ideal para su vocación. Pero, por otra parte, están quienes quieren creer que basta estar en “la carrera” para ser diplomáticos profesionales. En este sector no habría demasiado interés en la conquista de la excelencia.

Cita pertinente

Aunque no soy adepto a las citas de autoridad -en materias polémicas, prefiero cargar con mis propias culpas-, en este tema suelo remitirme a una muy certera, de 1984, de un historiador eminente.

Me refiero a Mario Góngora quien, entrevistado para El Mercurio por esa gran periodista que fue Raquel Correa, dijo que en el siglo XX Chile “alcanza límites que siente naturales, haciéndose indiferente a problemas de política exterior, delegando su solución en funcionarios o en las Fuerzas Armadas”. Agregó un colofón de coyuntura: “De allí la sorprendente indiferencia frente a la solución del problema limítrofe con Argentina”.

Fue una respuesta dura y compleja, fruto de muchos años de investigación calificada. Con ella sumergía al servicio exterior en el funcionariado, reconocía la incidencia de los militares y recusaba la indiferencia culpable de la clase política. En lo personal, me ayudó a entender el porqué de una larga serie de errores no forzados y a concordar con el brillante embajador José Miguel Barros, máximo adalid de una “profesionalidad integral para la Cancillería”.

Lo triste es que hoy, 36 años después, Góngora podría repetir su aserto sin cambiarle una coma.

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