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Publicado el 5 septiembre, 2020

José Rodríguez Elizondo: Allende en la soledad de su poder

Abogado, académico, ex embajador José Rodríguez Elizondo

Lo digo de partida, a sabiendas de que su figura aún es controversial: Salvador Allende fue un líder socialdemócrata, con sensibilidad patriótica y lirismo revolucionario. En lo esencial, su proyecto político buscaba conciliar esas tres características. Consistía en conducir a socialistas democráticos, marxista-leninistas, castristas, y socialcristianos por una vía de transición al socialismo, sin romper con las instituciones. Fracasó, porque era un sueño poético en el marco tosco de la Guerra Fría, con sus escatologías doctrinarias y su equilibrio del terror. Pero, si aceptamos con Borges que es de caballero defender las causas perdidas, comprenderemos que fue un sueño noble y que respetar la memoria de Allende hoy es (debe ser) un factor de unidad para los atribulados demócratas chilenos.

José Rodríguez Elizondo Abogado, académico, ex embajador
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En este quincuagésimo aniversario de la victoria electoral de Salvador Allende, las pruebas de su importancia y complejidad histórica están a la vista. Biografías políticas y sentimentales, cintas magnetofónicas, documentales y filmes de no ficción, reportajes en todos los medios.

Son testimonios de lo inviable que fue la pretensión primera de enviarlo al olvido o al oprobio de la Historia. Por cierto, el fenómeno nació en el exterior, cuando en Chile no se podía. Esos monumentos y sitios con su nombre, que se levantaron en los más diversos lugares del mundo, emocionaron a sus adeptos y colaboradores, pues ratificaron lo que él mismo les decía, con humor, cuando se golpeaba un antebrazo: “Toque aquí, compañero, ésta es carne de estatua”. En paralelo, mortificaron a sus enemigos y convencieron a quienes creen que, para ser reconocido en Chile, primero hay que serlo en el exterior.

Fue un destape que culminó en Chile, con un monumento a pocos pasos de la que fuera su última residencia en la tierra. A partir de entonces, las nuevas generaciones pueden asomarse, en vivo y en directo, al duelo singular entre Allende, el soñador, y Augusto Pinochet, su némesis. Fueron los actores principales del último día y contrastarlos es un paradigma de las complejidades reales de la Historia.

Vidas poco paralelas

Todo ratifica el fracaso del gobierno de la Unidad Popular y de los políticos democráticos de la época. Pero, paradójicamente, muestra cómo el jefe de ese gobierno supo rescatarse como una figura de grandeza trágica a escala universal. “Sólo falta que canonicen a Allende”, dijo con ironía amarga la viuda de Pinochet, en una de esas avalanchas del recuerdo.

Hoy se sabe que Allende había acumulado premoniciones y decisiones, para ser liberadas ese 11 de septiembre, cuando aviones de guerra bombardearon palacio. Acorde con su cultura, supo expresarlas en tono poético y con serenidad apabullante. Mientras llovían las balas y entre el humo que lo acercaba a la muerte, advirtió contra cualquier resistencia armada posterior. Los chilenos de a pie no debían sacrificarse. “Otros hombres superarán este momento gris y amargo”, dijo. Es decir -dado que el lenguaje inclusivo no existía-, hombres y mujeres de otra generación y no quienes quisieron empujarlo hacia “el enfrentamiento inevitable”.

En el contexto de ese día, el lenguaje de Pinochet marcó el punto anticlimático. En sus diálogos con otros militares no hay huellas de caballerosidad hacia quien, el mes anterior, lo había designado Comandante en Jefe. Incluso pasó por su mente la posibilidad de subirlo a un avión “y después se cae”. Tras el desenlace, sondeó hasta la posibilidad de exiliar su cadáver: “Hasta para morir tuvo que joder, habría que enterrarlo en Cuba”. Sus interlocutores, más compuestos, no lo siguieron en esas chanzas cuarteleras. Paradójicamente, en esos mismos instantes Allende se preocupaba por la suerte de un Pinochet, a quien seguía suponiendo leal.

En cuanto a responsabilidades políticas, la diferencia también es profunda. Pinochet rechazó asumirlas, de manera tajante. Las más graves violaciones de los derechos humanos las endosó a subalternos suyos, por los cuales nunca respondió. El general Manuel Contreras sería su único error reconocido en privado. De ahí que, en sus respectivas situaciones límites, Allende asumiera sus responsabilidades con su propia vida y Pinochet optara por enfrentar a la justicia invocando, como eximente, una supuesta discapacidad mental.

Complicado abrazo de Castro

¿De dónde viene, entonces, esa imagen de “enemigo jurado de la democracia”, que Henry Kissinger adjudica a Allende en sus Memorias?

La verdad es que no puede fundarse en ningún texto, discurso o acción política realizada en Chile, en sus más de 40 años de actividad. Sólo una entrevista que le hiciera Regis Debray -entonces publicista de Fidel Castro- y su compleja relación con el mismo Castro pudieron servir de base a ese calificativo, que ni siquiera compartía el embajador de los Estados Unidos. Incluso habría que decir que aquella entrevista disgustó a Allende, por estimar que distorsionaba su pensamiento en aspectos importantes.

Hoy está claro que la tentación de la dictadura fue ajena a Allende y que la razón de fondo de su fracaso estuvo, simplemente, en la inviabilidad de su proyecto. Era utópico, en plena Guerra Fría, amarrar a las izquierdas variopintas en un mismo proyecto y tratar de ejecutarlo desde las instituciones…con base en un tercio del electorado.

Por lo demás, Castro, con quien mantuvo una amistad mal correspondida, jamás apoyó ese proyecto. De hecho, el cubano temía que el éxito eventual de Allende liquidara su propio modelo guerrillerista y, por ende, su prestigio como “verdadero revolucionario”. Por eso, tras la victoria del 4 de septiembre, vino a Chile, en visita insólita, para darle el abrazo del oso. Durante un mes recorrió nuestro país, alentando a sus fans, potenciando el antagonismo de un sector militar y exasperando a la oposición dura, que aprovechó la coyuntura para hacer una demostración de fuerzas en las calles de Santiago.

Más insólito aún, en octubre de 1973, en un discurso “de homenaje” al líder caído, Castro falsificó la muerte de Allende. Inventó que había muerto acribillado por los militares, tras destruirles dos tanques con certeros bazucazos y enfrentarlos a pecho descubierto con una metralleta que él le había regalado. Era una mala película de aventuras, destinada a acreditar que fue él y no Allende quien siempre tuvo la razón: “Los chilenos saben ya que no hay ninguna otra alternativa que la lucha armada revolucionaria”, dijo en ese discurso tan sorprendentemente soslayado.

Desunida Unidad Popular

Pero Allende no sólo chocó con la oposición de derechas, el recelo de Castro y la desestabilización inducida por Richard Nixon. También sufrió, desde el inicio, el ideologismo y/o la indisciplina de los dirigentes principales de la Unidad Popular. Los comunistas, que fueron su apoyo más firme, no se resignaban a revisar la disfuncional dogmática leninista. Los socialistas, algunos cristianos radicalizados y parte del histórico Partido Radical, no querían renunciar a la aventura guevarista. Entremedio, muchos preferían cubrirse con la ambigüedad o formar partido aparte.

Fue el coste en diferido del previo proceso electoral. Allende no era el candidato de los partidos principales y su mandato nació enredado en compromisos que atentarían contra su gobernabilidad. Durante tres años, debió consensuar hasta los cargos menores. Desde su frustración, muchas veces optaba -me consta- por dar instrucciones directas a algunos mandos medios. De ahí, también, su aprecio por la pulcritud del establishment militar, expresada en su alta consideración hacia el Comandante en Jefe del Ejército, general Carlos Prats. Todo eso solía expresarlo, sarcástico, diciendo que, como Presidente, él era un simple coordinador de la Unidad Popular.

Ese marco estrechísimo de acción facilitó la labor de Nixon, la unidad de los opositores e indujo una polarización casi perfecta. En julio de 1972, percibiéndose al borde del abismo, Allende, envió una “Carta a los jefes de los partidos de la Unidad Popular”, denunciando como inconcebible la pretensión de desconocer “el sistema institucional que nos rige”. Pese a ser dirigido a un colectivo, el documento no pudo ser respondido colectivamente. Cada jefe respondió por su cuenta, demostrando que tampoco había acuerdo ante una invocación tan sensata.

Soledad sin mando

Si alguna vez un gobernante conoció verdaderamente la soledad política, ése fue Allende. Todo Chile pudo asomarse a su drama, en mayo de 1973, cuando se quebró y saltaron sus lágrimas en pleno discurso. Eran lágrimas que desbordaban impotencia, amargura,  frustración… pero, sobre todo, soledad.

Al filo del último día, el cuadro se le había cerrado de tal modo que sólo disponía de un manojo de “antiopciones”: conducir el proyecto original con la Unidad Popular era ya imposible; ceder a la oposición de izquierdas para dirigir la insurrección desde palacio sólo aceleraría la reacción militar; gobernar con los militares siguiendo el “modelo uruguayo” de Bordaberry era romper una coherencia política vital; resistir el golpe anunciado con las fuerzas de que disponía era inducir una masacre popular; declarar rota la Unidad Popular era una redundancia; forjar una alianza alternativa era extemporáneo.

Tras largas décadas de protagonismo democrático, él veía cómo el sistema político comenzaba a derrumbarse. Por eso, mientras jugaba con la idea de un plebiscito, en cuya eficacia tal vez no creía, se iban ordenando en su mente las que serían conocidas como sus “últimas palabras”. En ellas no habría mención alguna a los partidos de gobierno y él se presentaría, simplemente, como “un hombre digno que fue leal con su patria”.

Para la historia

Así fue como Allende llegó a su cita final, con una decisión tomada desde la raíz de su individualidad, sin consultas con los jefes de partido e ignorando la inducción de Castro de ir al enfrentamiento armado con “el apoyo de la clase obrera”. Estaba en su puesto, con un puñado de leales, para defender la dignidad de su cargo e impedir una guerra civil que, para él, sería una masacre de civiles.

En esos instantes de pólvora, humo y espanto, el presidente chileno explicó esa decisión con serenidad escalofriante y la afirmó con su inmolación. Confirmaba, así, su currículo de político institucional, patriótico y valiente. Su condición de humanista incapaz de disponer de la sangre de los otros. Y, por sobre todo, su calidad de líder liberado, para dar la vida por su país.

Todo ello de manera irreversible, porque ese día estaba a solas con la Historia.

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