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Publicado el 28 de agosto, 2019

José Joaquín Brunner: Vaivenes de la coyuntura y asuntos de fondo

Académico UDP, ex ministro José Joaquín Brunner

Sé también que en las cuestiones estructurales o de fondo, en los tres órdenes de asuntos mencionados recién, nuestro país mantiene ciertas ventajas y conserva algunas fortalezas comparativas. Pero me parece claro también que hemos ido perdiendo dinamismo, creatividad, capacidades políticas y tecnocráticas, voluntad de acuerdos y habilidad para proyectarnos hacia el futuro.

José Joaquín Brunner Académico UDP, ex ministro
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Es interesante observar cómo se acumulan, entrelazan y procesan, o no, los asuntos problemáticos que acceden a la agenda pública y se transforman en temas de gobernabilidad.

I

En primer lugar, están los “problemas que preocupan a la gente”, aquellos que obsesionan a los encuestadores; típicamente, se miden cada semana, mes o semestre y forman parte de los balances al final de cada año. Alimentan a, y son alimentados por, los medios de comunicación y las redes sociales.

Estos problemas aparecen en la agenda como cuestiones coyunturales que, si bien son variados, se agrupan sistemáticamente en temas tales como seguridad, salud, previsión, educación, laborales y del desempleo, de vivienda, transporte, medioambientales, etc.

En la práctica, se trata de cuestiones como la contaminación atmosférica, la tercera agenda de aceleración económica, las “zonas de sacrificio” Quintero y Puchuncaví, la duración de la jornada laboral, la violencia en el Instituto Nacional, la tala de bosques nativos en Chiloé, el affaire de los pasaportes falsos, un femicidio en La Florida, el ingreso al país de inmigrantes, la anunciada acusación constitucional contra la ministra de Educación, la querella entre la vocera del gobierno y el PS, el intento por aclarar la muerte del general Bonilla ocurrida en marzo de 1975, la retardada reforma tributaria, las tensiones en el seno de la ex Nueva Mayoría, la administración del pilar solidario por un nuevo ente, el precio del cobre, la crisis hídrica, etc.

En este plano, la acción táctica del gobierno, su capacidad de respuesta y reacción es un factor decisivo para el análisis coyuntural.

En una línea de tiempo, desde la inauguración de la actual administración, el gobierno sale mal parado de ese análisis, particularmente el Presidente Piñera, en su calidad de jefe político del gobierno, líder de la coalición oficialista y encargado de satisfacer las expectativas de tiempos mejores.

El manejo gubernamental de los problemas de la gente es, en efecto, deficitario. Hay una baja capacidad de comunicar respuestas; escasa anticipación de situaciones; poca priorización y un liderazgo presidencial que no ha logrado consolidar un estilo estratégico y dialogante.

Como resultado, los asuntos de esta agenda van aumentando en número y complejidad, en la misma medida que disminuye la percepción de popularidad del gobierno y el presidente, lo cual termina erosionando la confianza en la administración. Las encuestas reflejan, aunque sea de una manera superficial y fragmentada, esa percepción de una gobernabilidad (coyuntural) entrabada, poco eficaz y crecientemente impopular en términos de opinión pública encuestada.

II

En segundo lugar —y en un plano más fundamental— hay un conjunto de problemas mayores, que tienen que ver con el incremento de capacidades básicas de la sociedad para mantener su dinamismo y continuar desarrollándose.

En este plano hay tres órdenes de cuestiones principales, estrechamente interrelacionadas: (i) uno más estructural, que tiene que ver con la matriz económica, el modo de producción, la variedad de capitalismo que estamos en condiciones de construir; (ii) otro, relacionado con las capacidades humanas, particularmente el cuidado de los infantes, la salud, la educación y la previsión (el “capital humano” de los economistas) y (iii) el orden de los desafíos institucionales, sobre todo del Estado como aparato de gestión democrática de la sociedad.

Estos problemas suelen irrumpir en el plano coyuntural, pero poseen dinámicas de largo plazo, más pesadas si quiere, y más intrincadas también. Así, por ejemplo, el carácter creativo/destructivo del capitalismo schumpeteriano se manifiesta en la coyuntura como atmósfera contaminada, deforestación, desequilibrios climáticos, especies amenazadas de extinción y otros fenómenos pertenecientes a la categoría de riesgos manufacturados por nuestra propia civilización.

O bien, como vemos en estos días, una combinación de factores externos —como la guerra comercial de Trump— y factores internos —como el lento crecimiento, el estancamiento de la productividad, etc.— exige igualmentecombinar medidas de coyuntura (tercera aceleración, por ejemplo) con políticas de más largo aliento para incorporar mayor valor agregado a la producción de bienes manufacturados y servicios con un mayor componente de conocimiento.

De hecho, se multiplican, a derecha e izquierda del espectro tecnocrático, ideológico y político, los discursos sobre la necesidad de un cambio de matriz productiva, la necesidad de invertir más en I+D+i y de pasar a una nueva generación de economía exportadora. Pero, en la práctica, seguimos anclados a una economía extractivista, de primera generación exportadora, intensa en recursos naturales y commodities y relativamente pobre en sofisticación tecnológica.

El gobierno Piñera, que se suponía sensible a los temas del crecimiento, la productividad, las reformas micro para liberar las energías emprendedoras y los espíritus animales del capitalismo, no ha resultado particularmente exitoso en este plano. Es cierto que ha debido enfrentar restricciones externas importantes y una intensificación de las incertidumbres que se refleja en los mercados y las inversiones. Pero aún así, dada la familiaridad del presidente y su equipo ministerial con la esfera económica de la sociedad, se esperaba de ellos una conducción más firme e imaginativa. Esto es, una mejor gestión de la coyuntura económica, siempre cíclica y, a la vez, de los problemas estructurales en el orden de la gestión económica. Al contrario, el presidente termina enredado en un duelo de palabras a propósito de la jornada laboral de 40 o 41 horas mientras que en los asuntos de fondo —como la flexibilización del mercado de trabajo y la capacitación de los trabajadores— no muestra logros relevantes.

Algo similar le ocurre al gobierno en el orden de las capacidades humanas, donde la coyuntura del sector educacional —temprano cambio de ministro, aula segura, admisión justa, ley corta de aseguramiento de la calidad, violencia en colegios emblemáticos, etc.— ha terminado desplazando los desafíos  de fondo: un reforzamiento extraordinario de la calidad de los jardines infantiles, una transformación pedagógica de la sala de clases, una reorientación de la enseñanza media en sus últimos dos años, una estrategia seria y sustentable para  financiar la educación superior, etc. El gobierno prometió reactivar el sistema educacional desde dentro, pero, en vez, ha mantenido la confusión y oscilado entre una voluntad de acuerdos y una voluntad de confrontación.

Por último, en el orden de los arreglos institucionales, por todas partes surgen problemas que se manifiestan como tensiones entre poderes estatales, fallas administrativas, casos de corrupción, incumplimiento de obligaciones, faltas de supervisión y control, atraso en los nombramientos y los pagos, anacronismo de procedimientos, etc. La razón de esta proliferación de problemas coyunturales es un Estado obsoleto, mal adaptado a las circunstancias actuales de la sociedad, y débilmente modernizado a pesar de los esfuerzos de sucesivos gobiernos.

Se suponía que el gobierno Piñera —cuyos directivos se precian de estar al día en cuestiones de management privado y que venían de tener una experiencia de aprendizaje de administración pública entre 2010 y 2014— abordaría con decisión la reforma y modernización del Estado. Lo ha hecho solo muy parcialmente hasta aquí y, en el tiempo que resta de su mandato, no es mucho más tampoco lo que podrá hacer.

III

A pesar de todo lo dicho, soy consciente de que tenemos un grado razonable de gobernabilidad de la coyuntura y que la sociedad no está a punto de explotar, ni la economía de colapsar ni el gobierno de verse desbordado. Sin duda, en este plano enfrentamos menos problemas tóxicos que la mayoría de los demás países de América Latina.

Sé también que en las cuestiones estructurales o de fondo, en los tres órdenes de asuntos mencionados recién, nuestro país mantiene ciertas ventajas y conserva algunas fortalezas comparativas. Pero me parece claro también que hemos ido perdiendo dinamismo, creatividad, capacidades políticas y tecnocráticas, voluntad de acuerdos y habilidad para proyectarnos hacia el futuro.

Es hora, por tanto, de ponerse a conversar sobre estos temas. Y no quedar atrapados en los vaivenes de la coyuntura.

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