"Vamos, bajemos y confundamos allí su lengua, para que ninguno entienda el lenguaje del otro." Génesis 11:7

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Una falla de fondo, estratégica, del gobierno Boric es que se impone a sí mismo, y proclama ante el país, tareas y objetivos que sabe no puede cumplir. Es un error elemental. Sin embargo, pasa desapercibido. Efectivamente, se desliza debajo del radar de los medios y del público en general al quedar situado fuera del círculo noticioso de la coyuntura diaria o semanal. 

A su turno, los yerros cotidianos procesados dentro de ese círculo son suficientemente abundantes como para alimentar de manera fluida el ciclo de noticias. Léase: las disensiones dentro de los partidos y coaliciones del gobierno, los traspiés de la comunicación gubernamental, los continuos ajustes discursivos, el rito de errores y excusas, la activa labor opositora que tensiona a las autoridades, la presión ejercida por las encuestas. Al final, se crea la imagen de un gobierno cercado y sin capacidad para determinar la agenda pública. Los sondeos de opinión ratifican esta percepción.

Tanto así que, a partir del 4-S y del serio revés experimentado por el Presidente Boric, su gabinete ministerial y la principal alianza oficialista, varios analistas declaran el fin del gobierno para cualquier efecto práctico. Me parece una exageración. 

Al contrario, el país necesita un gobierno efectivo pues, como sabemos, nos aproximamos a una zona de turbulencias socioeconómicas y la gobernabilidad se halla debilitada. ¿Cómo así? Veamos.

El respaldo de la población es reducido. Las instituciones públicas no disponen de confianza. El entorno de orden y seguridad es altamente hostil. Las bases constitucionales del Estado están aún en vilo. Los equipos gubernamentales son poco experimentados. El clima de opinión es de generalizada disconformidad. Y existe un desacople entre una esfera política que gira sobre sí misma y una sociedad civil que reclama atención para sus problemas

En medio de esto, el gobierno navega sin rumbo claro: no logra marcar una dirección, señalar un punto de llegada, fijar sus prioridades y levantar un relato que dé sentido a sus actuaciones. Y, cada vez que lo intenta, se arma una verdadera cacofonía dentro de sus filas que profundiza la sensación de desconcierto.

2

Como sea, el gobierno y sus portavoces insisten en mantener frente a sí un horizonte de superación del neoliberalismo, consigna que—como se recordará—está inscrita en el frontis de su proyecto político-cultural. ¿Pero qué significa esto? 

Resulta casi imposible saberlo, pues el término neoliberalismo es usado con tal latitud e imprecisión que ha ido perdiendo cualquiera utilidad analítica, lo mismo que su antónimo, el antineoliberalismo proclamado por las izquierdas. La contraseña más común en ese mundo dice: “Chile fue la cuna del neoliberalismo y Chile será su tumba”. 

El Presidente Boric solía hablar de una ‘lógica neoliberal’ para denunciar el egoísmo posesivo, el individualismo competitivo y la lucha darwiniana por la subsistencia. Prometía deshacerse de ella: “vamos a tener un giro de timón respecto a la lógica neoliberal del sálvese quien pueda en la sociedad, que es algo con lo que tenemos que terminar”.

En términos estructurales, neoliberalismo podría equivaler a capitalismo, con el agregado del adjetivo ‘salvaje’. O bien significar la mística de los mercados o el pecado de los ‘mercados desregulados’. Otras veces se emplea como equivalente de privatización, o sirve para acusar la explotación de los trabajadores. 

En Chile aparece en un campo semántico rodeado y conectado con términos tan variados como dictadura, pinochetismo, Chicago boys, el ‘ladrillo’, Estado subsidiario, concentración económica, oligopolios, estafa, extractivismo, consumismo, abuso, lucro, focalización de las políticas sociales y así por delante. 

También suele usarse, por ejemplo en la perspectiva de la intelligentsia frente amplista, para referirse a las políticas de la Concertación, la ‘tercera vía’, el CAE, la renovación socialista, la profundización de las desigualdades, las concesiones, la globalización, etc. 

Incluso desde la derecha, que se supone es depositaria y garante de este concepto, suele criticarselo como la doctrina del free for all, de la subversión de los valores, la disolución de los lazos comunitarios, el cosmopolitanismo, la alienación de lo nacional, la ingeniería social.

Incluso, algunos intelectuales del FA—conglomerado que nació a horcajadas de este término, usado casi como un mantra—se preguntan “¿qué es este “neoliberalismo” que dio sus primeros pasos en Chile y que ahora se busca superar?” La respuesta coincide con lo dicho aquí: “Por cierto, el problema no es la escasez de intentos por definirlo. Tanto en el debate político como en el académico, ha habido decenas, sino cientos, de intentos por darle contornos a este concepto y, a continuación, aclarar quiénes serían sus adalides en la política nacional. Si la definición de neoliberalismo ha sido difícil de consensuar, lo mismo puede decirse del ‘antineoliberalismo’”. 

En suma, el gobierno Boric llama a asumir un proyecto, programa, estrategia y visión de futuro que, precisamente, arranca de, y se sostiene sobre, esta gran confusión: el mayor mal contemporáneo sería el ‘neoliberalismo’ y, por ende, el objetivo y la tarea más crucial consistiría en empujar la causa ‘antineoliberal’. 

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¿Equivale dicho objetivo lisa y llanamente a dejar atrás el capitalismo y a sustituirlo, por medio de una acumulación de antineoliberalismos, por algún tipo de sociedad no-capitalista o, quizá, socialista bajo alguna modalidad? ¿Y cómo podría llevarse a efecto esa transformación? 

¿O bien debemos entender la superación del neoliberalismo como algo más acotado, por ejemplo, el cambio de un modelo de crecimiento basado en el libre comercio y tratados como el TPP11 por un modelo de industrialización nacional? De hecho, el Subsecretario de Relaciones Económicas de Chile avanzaba hace un par de semanas una interesante tesis a este respecto, identificando dicho acuerdo con neoliberalismo global y con los intereses empresarial-egoístas que promuven dicho orden. Intrigado de por qué este acuerdo generaba tantas pasiones cuando sus beneficios comerciales eran tan mínimos, se responde a sí mismo: “Yo creo que es un tema evidentemente político e ideológico, y es porque el TPP11 […] condensa gran parte de lo que tradicionalmente se ha entendido como globalización neoliberal, se ha condesado como una especie de representante del modelo en cuanto tal”.

Estrechamente ligado a esta visión del neoliberalismo como un significante polisémico, omni-abarcante en realidad, aparece en el idioma del gobierno Boric y de su coalición la frase relativa al ‘cambio de paradigma’, entendido justamente como una modificación estructural (de fundamentos) desde el actual estado de cosas (paradigma neoliberal) a uno nuevo (naturalmente, antineoliberal). 

Por ejemplo, el programa gubernamental de Boric habla de llevar a cabo políticas preescolares en “el marco de un nuevo paradigma educativo”. O bien, señala que “la ciudad tendrá que estar a la altura de este nuevo paradigma en los cuidados”. Y, quizá en uno de los pasajes programáticos más representativos de la propuesta frente amplista, se lee que el “desarrollo de un Estado de Bienestar basado en derechos sociales garantizados implica un cambio de paradigma en la forma en que se concibe el régimen de bienestar y el sistema de protección social…”.

De hecho, el ministro de Educación es un frecuente consumidor del ‘cambio de paradigma ’. Como indicaba yo mismo hace unos días, “proclama a cada rato su propósito de avanzar decididamente hacia el cambio de paradigma educativo”. Sin embargo, agregaba por mi lado, “en el campo de la investigación y las políticas educacionales, el cambio de paradigma ha sido usado hasta la saciedad, pero de manera desordenada. Describe una gran variedad de cambios —mayores o menores, rápidos o pausados, estructurales o de superficie, del sistema o las políticas— en las más diversas áreas de la educación: currículum, gestión escolar, financiamiento de universidades, evaluación del aprendizaje, carrera docente, ideales formativos, métodos pedagógicos, tecnologías de comunicación, gestión de las organizaciones, etc.”

En breve, decía, el cambio de paradigma se ha convertido en un cliché que el ministro de Educación parece interesado en utilizar al máximo, al punto que un documento clave de su gestión se titula: “Hacia el cambio de paradigma educativo – Nuevos sentidos comunes en educación”. 

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En fin, ¿qué efectos produce esta continua disonancia entre lo prometido y lo efectivamente logrado, entre lo proclamado y lo posible, entre el programa de gobierno y su implementación?

Seguramente, el principal efecto es que mantiene en suspenso la propia autocomprensión del gobierno y de su proyecto, inhibiendo la posibilidad de crear y comunicar un relato eficaz sobre sus objetivos y tareas. Al contrario, el gobierno, partiendo por el Presidente y sus ministros, pero también su coalición principal—Frente Amplio y PC—, aparecen constantemente desenfocados, con un discurso grandilocuente que se aleja de las duras circunstancias por las que atraviesa la sociedad. Y, por esa razón, se vuelve incapaz de dotarla de orientaciones y motivaciones para la acción colectiva. 

La lucha misma contra el neoliberalismo como un fenómeno inasible, y todo el entramado retórico del cambio de paradigma, resuenan, por lo dicho, como un ejercicio académico, opiniones de cátedra, ideología para uso de technopols. En cambio, no interpelan a las fuerzas reales de la sociedad ni impactan tampoco sobre las prácticas de los grupos que movilizan ideas, valores e intereses. 

Más bien, aislan al gobierno y lo muestran envuelto en luchas abstractas —¿contra molinos de viento?— sin poder asentar una gobernabilidad efectiva ni encauzar las energías de la sociedad hacia las difíciles encrucijadas en que nos encontramos.

*José Joaquín Brunner es académico UDP y ex ministro.

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