La idea de que el octubrismo fue derrotado el 4-S, o bien lo contrario, que al cumplir ayer su tercer aniversario se mantiene plenamente vigente, revelan una equivocada comprensión del fenómeno octubrista. ¿En qué consiste este fenómeno? Diría algo así: representa el espíritu de la revuelta del 18-O. Y esto, ¿qué significa?

Básicamente, que el octubrismo expresa el ethos, o sea, la visión de mundo, orientaciones, creencias, actitudes, valores, sentimientos y hábitos que definen la naturaleza de la revuelta. Dicho de otra manera: es la autocomprensión y los relatos que de ella emanan. Y, por ende, la saga, narrativa o leyenda que se teje en torno a la revuelta del 18-O.

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Por tanto, el octubrismo no es una ideología, ni un partido, ni siquiera un movimiento. Es, repito, el espíritu de la revuelta; esto es, del ‘estallido social’ que tuvo lugar el 18-O; una verdadera explosión de violencia en las calles dirigida contra el sistema, el orden establecido, sus signos y símbolos, su organización bajo la forma de Estado, la legalidad y la policía que lo expresan; contra la esfera política—partidos, elites, medios de comunicación, tecnócratas e intelectuales—y contra la sociedad civil en su equipamiento público comunitario y comercial, bancario, eclesiástico, escolar, patrimonial y de memoria histórica.

Un modo de entender la revuelta es a través de los relatos con que el octubrismo cubrió los muros de la ciudad, las consignas registradas en pancartas, la estética que reflejó su potencia anárquica y, en general, la actividad intelectual e imaginativa que la rodeó. Su espíritu quedó registrado así, en primer lugar, en las cientos de frases escritas en los más distintos soportes: “grafitis o rayados con pintura, xilografías, esténcil, fotocopias blanco y negro y color, imágenes y textos ploteados, impresión offset, pendones, pegatinas, hojas manuscritas, escrituras con lápices y plumones, pancartas y carteles, lienzos, dibujos, y pinturas horizontales en las calles y veredas. […] Pareciera que era urgente expresar los numerosos temas del descontento, tanto que una mujer llevaba un cartón alzado en sus manos que decía: Son tantas cosas, que no sé qué poner”. 

Una amplia muestra de los lemas que en aquellos días llenaron la ciudad con las voces y ecos del espíritu octubrista se halla en el volumen Hablan los Muros de Raúl Molina (2020), del cual tomamos en préstamo, asimismo, la cita transcrita más arriba. El autor coleccionó estas frases (más de quinientas) porque “representan el sentir de la gente y entregan las claves para comprender la rebelión social que ha eclosionado. Una certeza me invade: lo que está ocurriendo es único y trascendente; cambiará la historia de mi país”. Tal era el entusiasmo de esas horas.

Recordar algunas de esas frases permite traer al presente muchos de los motivos y sentimientos que alimentan el relato octubrista y facilitan acceder a la conciencia de sí misma de la revuelta y del imaginario que lo movilizaba. Ordenamos nuestra selección en tres estrofas: afirmación, lucha y violencia.

Los muros dicen lo que la prensa calla

Destruir en nuestro corazón la lógica del sistema

Si soltamos las calles ellos habrán ganado

Esto no para hasta que Chile cambie o arda 

La verdad está en las paredes

El neoliberalismo nace y muere en Chile

Huelga general para toda la vida

No era depresión, era capitalismo 

No aceptamos más tu normalidad represiva

Asamblea Constituyente plurinacional, feminista, ecologista, clasista

Cria pacos y te sacarán los ojos

Violentos son los que provocan la desigualdad social. No los que luchan

El sueldo mínimo es violento

Las desigualdades sociales son más violentas que cualquiera protesta

¡¡¡Queremos cambios excitantes!!!

El espíritu octubrista refleja allí varios de sus rasgos característicos: (i) la aparición de la calle y los muros/paredes como un nuevo espacio público ajeno al espacio público burgués (la prensa, la TV) y opuesto al poder, lo establecido, las elites y los vectores dominantes de la sociedad; (ii) el rechazo del sistema, capitalismo, neoliberalismo y sus (falsas) normalidades represivas y deprimentes ; (iii) la invocación exaltada del cambio: ardiente, excitante, montada sobre un poder popular soberano (asamblea constituyente) con perspectiva plurinacional, feminista, ecologista, clasista como más adelante proclamará la Convención Constitucional; (iv) un claro deslinde de dónde reside y de dónde proviene la violencia a la que cabe repudiar y se debe enfrentar: ella es hija del sistema, el Estado, las estructuras dominantes generadoras de desigualdad y abusos y, sobre todo, de las fuerzas represivas encargadas del orden y la seguridad. Así piensa el octubrismo. En aquellos días, las inscripciones más repetidas eran, por eso, contra la policía, los soldados, los pacos: A.C.A.B. (all cops are bastards,). Sin duda, ese sentimiento fue alimentado también por los comportamientos represivos ineficaces, crueles y en muchos casos violatorios de la integridad física y los derechos de los manifestantes civiles, contribuyendo a erosionar la legitimidad de la acción policial

Desde el comienzo, el relato del octubrismo invocó a la ira como la principal pasión y el movil de la revuelta que impulsaba a las personas y grupos a ejercer la violencia. 

Así, por ejemplo, una de las primeras crónicas del ‘estallido’, publicada a pocos días de ocurrido, explicaba que aquel era resultado de la rabia: “En esta línea”, afirma, “tiene pleno sentido una consigna que se repite insistentemente en todas las manifestaciones, en los rayados y en los saqueos desde el mismo viernes 18: que arda todo. Que ardan los pacos, que arda el capital, que arda Piñera. Puede que no sea un texto político viable”, concluyen los cronistas, “pero es la manifestación patente de la profundidad, energía, ramificación y extensión de la rabia y frustración de la población” (Stange et al., 2019, p.88) En otra parte añade: “La manifestación es un aullido de rabia y frustración generalizada contra la miseria de los salarios y las pensiones, y el alto costo de los servicios básicos” (p.10).

Esta santa ira servía para justificar las múltiples formas de violencia que acarreó consigo la revuelta. “Desde este prisma”, decía la misma crónica, “incluso el exabrupto delictivo (sic) parece ser una respuesta a las formas de ‘violencia estructural’ que los manifestantes denuncian, además de expresiones residuales de agentes provocadores que buscan redireccionar hacia el caos y el lumpenaje las manifestaciones” (p.88).

Otro rasgo notable de los días de furia fue la destrucción de monumentos civiles y militares y de símbolos sagrados, verdaderos actos de iconoclasia destinados a borrar o ultrajar imágenes que se cree representan un orden odiado o represivo, acto que los romanos llamaron damnatio memoriae, el intento de eliminar incluso la memoria del pasado removiendo sus símbolos. 

Efectivamente, la radicalidad del momento cultural de la revuelta apuntó no solo a reconfigurar la ‘memoria corta’ de los últimos 30 años de vigencia de la democracia sino que, además, a una deconstrucción de los monumentos que expresaban la ‘historia larga’ de la ciudad y hundían sus raíces en el suelo de las clases dominantes del poder y la tradición. Como dice uno de los numerosos estudios escritos a este respecto: “Las esculturas son desmembradas, saqueadas, reducidas a fragmentos para así perder su pedagogía original. Las que antes eran los símbolos fundacionales del Estado chileno pasan a ser un escenario de los gestos de la revuelta.[…] Sucede en ellos una violenta ‘desfechitización’ iconoclasta que permite mostrar este desplazamiento o descabezamiento del sistema de reglas que fijan las normas de uso de un objeto. Tras el ‘estallido social’, el fetiche monumental ya no tendrá una sola lectura posible debido al campo de intereses en pugna en el que habita” (Márquez, Guiñez y Hoppe, 2021, pp. 207-208).

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Para avanzar con nuestro análisis, detengámonos ahora por un momento en la naturaleza del fenómeno de la revuelta propiamente, concebida como una figura del pensamiento social, político y cultural. De acuerdo con la filósofa italiana Donatella Di Cesare en su reciente obra El Tiempo de la Revuelta (2021), que proporciona una perspectiva internacional para aproximarnos a nuestro asunto, el término ‘revuelta’ habría evolucionado históricamente en una incómoda relación con el término ‘revolución’. Recuerda, en particular, la noche del 14 de julio de 1789 cuando Luis XVI conoce por el duque de La Rochefoucauld-Liancourt que la Bastilla ha sido tomada y que las tropas reales han desertado ante el asalto popular. “¿Es una revuelta?”, pregunta el rey. “No, señor, es una revolución”, responde el duque. 

Desde ese momento se crea una brecha de significado entre ambos términos. La revuelta es una explosión, una asonada, un estallido; como sea, algo que el poder establecido puede resistir y administrar. Por el contrario, la revolución es un cambio que no se puede detener; un desmoronamiento del poder existente y el surgimiento de un nuevo poder, que llega para quedarse. Aquella es fulgurante; esta otra planificada. Aquella desborda de ira, estalla de rabia; la otra, calcula, es estratégica. En el lenguaje de Di Cesare, “por lo que respecta al poder, la revuelta se considera nómada. Puede atravesar vertiginosamente la ciudad con su carga eléctrica, su llama ardiente, su potencial destructivo, su fuerza errante […] Sin embargo, a pesar de todo esto sigue siendo una nómada, acampada en tiendas de campaña en las afueras, entre migrantes, apátridas, personas sin hogar, bandidos y vagabundos. No es sedentaria como la revolución, que intenta en cambio asaltar el edificio en el que se instala el mando y establecerse en él. En resumen: mientras la revuelta se limita a destituir al poder, la revolución busca institucionalizarse”.

Nos interesa esta diferencia pues sirve para precisar mejor el carácter de la revuelta, su exaltación romántica y sus límites en el campo del poder. Pensando en el 18-O, típica revuelta por estallido, el volumen de Di Cesare ofrece un estupendo cuadro de la autocomprensión de este tipo de fenómeno que puede iluminar también nuestro análisis del espíritu octubrista.

Ante todo, ¿cómo debe entenderse la revuelta en sus significados y dinámicas? Responde Di Cesare (cito verbatim):

  • El evento de la revuelta interrumpe el tiempo, echa por tierra la agenda del poder, detiene la rutina del despojo, trastoca la Historia. La revuelta estalla, inesperada e impredecible, sin un porqué, sin una razón, pero siguiendo su lógica: la de romper el marco establecido en el que se hacen valer las razones del orden.
  • Los que se han echado a la calle tienen la embriagadora sensación de convertirse repentinamente en protagonistas de su propia existencia y de estar finalmente en presencia de la Historia, en esa encrucijada en la que se decide su rumbo.
  • La revuelta [es] más bien una transición anárquica hacia un espacio de tiempo en el que no se evoca el pasado mañana, sino que se experimenta ya este en la liberación del lugar, de la identidad, de la pertenencia, en la violación de las fronteras nacionales y las fronteras estatales, en la desconexión de la arquitectura política.

Como se ve, la revuelta—en este relato—es una irrupción embriagadora que se proyecta hacia un futuro liberado. Todavía de la mano de Di Cesare, extrayendo entre las páginas de su obra aquí y allá frases (citadas verbatim otra vez) podemos completar una rápida fenomenología del fenómeno que nos interesa:

  • la revuelta trasciende la lógica de la política institucional
  • la explosión de ira [que moviliza a la revuelta] no es un rayo caído del cielo como de la nada, sino un síntoma, un recordatorio
  • [de la revuelta se dice que] es incapaz, ya sea por inmadurez, ya sea por una especie de estadio todavía infantil de la palabra, de formular afirmaciones auténticas y articularse en un proyecto
  • la revuelta se sitúa más allá de la soberanía, en el espacio abierto al que siempre ha estado relegada la anarquía.
  • la revuelta muestra el Estado desde la ventana de los suburbios, lo muestra a través de los ojos de los que quedan fuera o los que son llamados afuera
  • la revuelta viene a poner en cuestión el Estado, ya sea democrático o despótico, laico o religioso –saca a la luz su violencia, le quita la soberanía–
  • son los ingobernados los que irrumpen en escena, que se presentan para denunciar que no están representados por las instituciones políticas
  • no hay revuelta que se pueda reducir a una sola causa. Todas surgen de la combinación y el entrelazamiento de diferentes razones, no solo económicas, sino también políticas y existenciales
  • la revuelta expresa un desasosiego impreciso, manifiesta un malestar vago pero persistente, revela todas las expectativas frustradas
  • la revuelta es sobre todo una práctica de irrupción, de asalto, que, desde los márgenes, avergüenza a la política del gobierno, poniendo al descubierto su función policial
  • la revuelta no tiene una doctrina, un proyecto, un programa
  • de las imágenes [de la revuelta] lo que más trasluce es el desorden.

Es pues dentro de esta forma de aparecer y de manifestarse de la revuelta—un suceso sui generis, una irrupción, una interrupción del orden dominante y sus normalidades—que fragua el espíritu octubrista.

3

Por su lado, también la intelectualidad local ha aportado con varios hilos narrativos a dar voz a la revuelta y su espíritu. Podemos pues recurrir a ellos para efectuar un ejercicio similar al anterior. En concreto, usaremos breves textos de Rodrigo Karmy, académico de la UCH, quien durante los últimos tres años ha contribuido significativamente —desde el punto de vista de la propia revuelta— a la reflexión sobre la revuelta. Veamos qué dice, partiendo por cuatro pasajes  donde nuestro autor comenta capítulos de una obra que él introduce. 

Rabia, un tópico que en este contexto ya conocemos. Se pregunta Karmy, “¿qué pasión es la de la revuelta? Ante todo, la de la ‘rabia’ […]: ‘Esta rabia, esta ira se transformó entonces en el sustento de nuestra resistencia, y por tanto de nuestra rebeldía’, dicen algunos participantes de la Brigada de Cascos Rojos. ¿Qué es la rabia? Ante todo, digamos que es la pasión de la injusticia. A diferencia del ‘odio’ que es la pasión de la guerra –en cuanto apunta a un enemigo- la ‘rabia’ testimonia una injusticia, un desbalance en los equilibrios éticos de los pueblos”. 

Respuesta a una violencia estructural. “Rabia es la pasión que visibiliza la ‘violencia estructural’ sobre la que escriben varios autores del libro. Rabia contra una violencia estructural articulada verticalmente por la clase y su soberanía y horizontalmente por los dispositivos neoliberales y sus múltiples formas de administración”, dice Karmy.  Sabemos ya que el relato de la revuelta explica/justifica la violencia como respuesta a una ‘violencia estructural’. Propiamente, una contraviolencia, como afirma el próximo pasaje.

Violencia = contraviolencia. “[La revuelta] trae consigo un tipo de violencia o, si se quiere, una ‘contraviolencia’. […] Se trata de una forma de resistir a las formas estructurales y, por tanto, cotidianas, de violencia. Es un tipo de violencia que actúa en ‘acción directa’, pero contra las formas de violencia institucionalizadas”.

Violencia popular. “La violencia popular no es una ‘violencia hobbesiana’, según Karmy, “sino una violencia que interrumpe la simbología capitalista. No se trata de vándalos que simplemente arrasan con todo lo que tocan, sino de movimientos moleculares que, la mayoría de las veces, dirigen su furia contra los signos del poder”. Efectivamente, Hobbes atribuía al ‘estado natural’, pre-estatal, la tendencia de los humanos a destrozarse mutuamente. El Estado, en cambio, concentra la violencia para usarla legítimamente y preservar un orden pacífico de convivencia (aunque lleno de conflictos). Es contra este orden estatal —bajo el modo capitalista de dominación— que irrumpe la violencia popular del estallido, según la tesis del octubrismo destituyente. Los tres siguientes textos de Karmy exponen este hilo argumental.

Momento destituyente (1). “El asalto al capital, que comenzó con una revuelta popular desde los subterráneos de la ciudad catalizada por estudiantes secundarios, ha devenido un ‘momento destituyente’. En él, la imaginación popular inunda las calles, rebalsa los cuerpos, lazos inéditos nutren de erotismo y se inventan nuevas prácticas que abren otros e improvisados caminos”. Tal poética de la acción colectiva disruptiva es típica de la revuelta y del imaginario de liberación que, por un instante instala el deseo reflejado en los muros de octubre: ¡¡¡Queremos cambios excitantes!!!

Detengámosnos aquí un momento. El pasaje previo de Karmy y los próximos dos se refieren a uno de los núcleos más caros de su pensamiento, crucial para entender la filosofía octubrista de la revuelta: el ‘momento destituyente’ que apunta exactamente en sentido contrario al ‘momento constituyente’. Como dicen Agamben, el filósofo italiano que preside esta línea de reflexión, se trata de encontrar “una potencia puramente destituyente, es decir, que no se resuelva nunca en un poder constituido”. Mientras el primero de estos momentos da existencia a un derecho y al Estado, el segundo en cambio es anárquico; “sólo en este contexto”, concluye Agamben, “sería posible pensar una potencia puramente destituyente, es decir, que no se resuelva nunca en un poder constituido”. Por eso, precisamente, existe una brecha inconmensurable entre la revuelta y la revolución, entre la espontaneidad del estallido y la organización de un nuevo Estado, entre la ‘primera línea’ en la reyerta callejera que des-ordena y el partido de vanguardia que aspira a imponer un nuevo orden. 

Momento destituyente (2). En efecto, sostiene Karmy, “el momento destituyente no se cristaliza en un poder, sino que se mantiene irreductible en el registro de la potencia, creando los contornos de un pueblo que no existe de suyo, sino que sólo adviene en el instante de su irrupción. El momento destituyente tampoco tiene una estrategia política clara que le permita interlocutar con los representantes del ancien règime para instaurar uno nuevo (pues no se define por instaurar o conservar un orden), pero sí goza de la potencia imaginal que ha sido legada por la ráfaga de revueltas que ha terminado por horadar la maquinaria estatal”. 

Momento destituyente  (3). En suma, “el ‘momento  destituyente’ no es más que el estallido de imaginación popular que ocupa las diferentes calles, pero que no calza jamás con su espacio ni con su tiempo: no tiene lugar en los mapas vigentes (el pueblo como potencia no aparece consignado por la Constitución), ni tampoco habita la época en la que acontece, porque promete una enteramente nueva. En este sentido, no puede más que arremeter enteramente intempestivo”. A estas alturas de la narrativa estamos, en efecto, en el reino pleno de la imaginación. Estamos en la mansión imaginaria de Nicanor Parra: “Sombras imaginarias / vienen por el camino imaginario / entonando canciones imaginarias / a la muerte del sol imaginario”. Los próximos dos pasajes lo confirman.

Imaginación. “Las revueltas han ofrecido imaginación como aquella fuerza que posibilita devenir otros de sí. Frecuentemente son incomprendidas por el orden que las acusa de nihilismo y sin sentido. Pero eso es porque la fiesta de la imaginación popular irrumpe irreductible al régimen cibernético que las había apresado: si en su aceleración, este último nos priva de toda posible temporalidad; en su violencia, la revuelta abraza un momento destituyente que, al suspender la aceleración, regala a la multitud un tiempo ‘ahora’ no medible por las agujas del reloj ofreciendo así, la an-arquía de un comienzo”.

Ráfaga imaginal. Según Karmy se trata pues de una “ráfaga imaginal que desata los cuerpos del miedo que les había sido incrustado y posibilita una danza insospechada de nuevos ritmos que comienzan a colmar las plazas. Destitución del miedo, de los militares, de los policías, de las AFPs, de los toques de queda: todo el régimen ha saltado por los aires”. Lo cual, podemos ver ahora, lleva directamente a una epifanía de la imagen, como explica nuestro autor.

Epifanía. “Hay que entender que en una revuelta lo que se pone en juego es sobre todo una epifanía ¿Qué es una epifanía? Una epifanía es una imagen singular que tiene fuerza, es decir, un fuerza transformadora, una imagen singular como fuerza transformadora, que de alguna manera hace referencia a la historia de quienes se sublevan”. 

En fin, como muestran los pasajes anteriores, el octubrismo destituyente pone en circulación, ante todo, un conjunto de metáforas sobre la violencia guiada por una imaginación que se niega a sí misma convertirse en fuerza revolucionaria, poder sedentario y proyecto de nuevo orden constituido.

Para completar nuestra indagación sobre el octubrismo, que nos llevó a un recorrido por  las narrativas de la revuelta, debemos volver ahora al plano donde, después de la exaltación y el embriagamiento del ‘estallido destituyente’, la propia revuelta, ya no en sus relatos e imaginarios sino en su lugar y fecha de ocurrencia —Santiago 18-O de 2019, a menos de transcurrido un mes de la epifanía— experimenta su primera derrota político-ideológica, el 15-N, con ocasión de la firma del Acuerdo Nacional por la Paz y una Nueva Constitución. 

En rápida succesión, la sociedad chilena transita desde el momento destituyente a su opuesto, el momento constituyente. El proceso político, interrumpido y suspendido por la revuelta y la violencia, regresa al cauce de la institucionalidad y vuelve a guiarse por los mapas conocidos del poder constituido. 

Entre tanto, el espíritu propio de la revuelta, el octubrismo, levanta vuelo y abandona su cuerpo político, el de la calle y las formas de lucha violenta. En adelante seguirá presente como relato académico y periodístico, sentimiento, memoria, imaginario de lo que no fue prro debería ser. En la práctica, la instalación y puesta en marcha del proceso constituyente, que el octubrismo había calificado como una ‘trampa’, representó una segunda derrota política para el espíritu de la revuelta.

Paradojalmente, sin embargo, la Convención Constitucional —que se pensó desde el 15-N como una instancia de conciliación de ideas, intereses y posibilidades— se convirtió en una caja de resonancia para el octubrismo; pasó a ser un foro para la pugna entre fuerzas constituyentes y destituyentes. Derrotada y disuelta la revuelta, su espíritu sin embargo —ethos, lenguaje, objetivos— reaparece ahora en sede normativa. La Convención se reveló así, desde el primer momento, como una continuación del octubrismo por otros medios; el rechazo del orden instituido (el ‘antiguo régimen’, el ‘partido del orden’) pero, esta vez, desde dentro de la propia institucionalidad constituyente. 

De hecho, tal contradicción adoptó la forma de una ‘guerra cultural’ librada por la mayoría de la Convención contra lo que se llamó el pasado colonial de la República, su carácter elitista oligárquico, la democracia limitada y patriarcal, el capitalismo extractivista y depredador de la naturaleza, la modernidad destructiva, el orden neoliberal e individualista, la provisión mixta—estatal y no-estatal (privada)—de bienes públicos, el concepto de nación única y contra todas forma de dominación. 

En la práctica, la redacción del texto constitucional se desplegó así bajo la forma de un Manifiesto refundacional, de metas y contenidos máximos determinados por un imaginario octubrista ahora trasmutado en horizonte normativo. Incluso el principal paladín de la posición destituyente, muestra entusiasmo con el potencial discursivo de la revuelta y su capacidad de incidir en una asamblea constituyente: “no es cierto que esta revuelta carezca de discurso”, escribe Karmy, “pero ellos son múltiples o moleculares: feminismos, mapuches, ecologistas, comunistas, anarquistas, toda la indiada converge en la misma intensidad: el momento destituyente que ha dado a luz a un pueblo. “Chile despertó” de una larga pesadilla que comenzó en 1973”. 

Al mismo tiempo, Karmy es consciente del riesgo que implica para el octubrismo ingresar al canal institucional: “la revuelta no ha sido cooptada, canalizada o perimida”, escribe, “porque ella es justamente la suspensión misma del tiempo histórico bajo el cual dicho orden ha terminado por saltar en pedazos. Lo que se viene ahora será el ingreso a la ‘trampa’ de la ‘Convención Constitucional’ (el Partido Neoliberal negó el nombre Asamblea Constituyente). Pero no hay otra alternativa que entrar en ella e intentar profanarla lo más posible para impedir el momento de ‘Restauración’ que se anuncia. Y para ello, será muy necesario que las fuerzas destituyentes persistan e impongan condiciones a la Convención”. 

En cambio, la vanguardia propiamente política (no académico-intelectual) del octubrismo, esto es el PC y los grupos de las izquierdas del pueblo en la Convención, diseñaron una estrategia práctica para ‘profanar’ al organismo, controlándolo desde fuera y desde dentro. Buscó así rodear la Convención desde fuera con la amenaza de la calle y desbordarla desde dentro con el argumento de que su legitimidad se originaba en la revuelta del 18-O y no el Acuerdo político del 15-N. Buscaba por esta vía instaurar un doble poder: frente al poder constituido y constituyente del 15-N, el poder nacido de la revuelta, celebrado por el octubrismo, germen de una asamblea soberana por su origen y no por delegación. 

A la postre, el PC, mediante un ensamblaje móvil de alianzas según temas y tópicos, a veces con el FA y el PS, más frecuentemente con los colectivos de izquierda radical y los escaños reservados de los pueblos originarios, a veces también con la colaboración de independientes, logró se aprobara un texto constitucional que reflejaba bien la visión de mundo, los valores y el ethos del octubrismo, expresados en una carta maximalista y refundacional

Sin embargo, esta propuesta constitucional —sometida al plebiscito del 4-S de 2022, que el PC bautizó como la batalla de las batallas— fue amplia y contundentemente rechazada. En efecto, se trataba de un documento a todas luces desproporcionado, con más de 400 artículos, escrito en el lenguaje neo constitucional de las izquierdas identitarias latinoamericanas, abultado e inorgánico, con partes esenciales débiles —como la organización del Estado y la relación entre sus poderes—, sin el necesario balance, lleno de ambigüedades y disposiciones vagas, y que confunde Estado social y democrático de derecho con un catálogo de casi 100 derechos de todo tipo cuya inviabilidad práctica terminó generando más rechazo que aprobación. 

El desahucio de la carta constitucional aprobada por la Convención bajo inspiración octubrista —tras ésta haber superado su imaginario destituyente— representó un serio fracaso para el proyecto ambicionado por la coalición del gobierno Boric (PC + FA y grupos satélites) de introducir una suerte de cambio de paradigma en la evolución de la sociedad chilena, al momento de contar con una nueva Constitución refundacional y con el programa maximalista del propio gobierno. Esta anhelada  conunjunción no se produjo e hizo naufragar el proyecto de un octubrismo-constituyente-rupturista, que tiene su principal fuerza en el PC. 

Entonces, para cerrar este artículo, ¿dónde anda hoy el espíritu octubrista, tras su más reciente revés del 4-S? 

Seguramente ayer martes 18 de octubre las falanges más combativas del octubrismo estaban en las calles, para revivir la revuelta con ocasión de su tercer aniversario. Que su ‘éxito’ solo pueda medirse por la intensidad de la violencia que logra movilizar (lo que desconozco pues escribo el día anterior al aniversario), muestra el callejón sin salida en que está atrapado el sector insurreccional del octubrismo; solo puede validarse sobre los escombros que su acción deja como huella, al tiempo que refuerza la demanda por seguridad, orden y represión en el resto de la sociedad. Por el contrario, si la ‘celebración’ octubrista en las calles no hubiese sido suficientemente destructiva, en tal caso será vista, casi inevitablemente, nada más que como una mala repetición del 18-O original y confirmará que el único camino posible es seguir avanzando por la vía institucional hacia un nuevo pacto constitucional.

*José Joaquín Brunner es académico UDP y ex ministro.

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