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Publicado el 2 septiembre, 2020

José Joaquín Brunner: Las múltiples resonancias de la socialdemocracia del precandidato Lavín

Académico UDP, ex ministro José Joaquín Brunner

Cabe distinguir cinco diferentes niveles, cada uno de los cuales expresa una forma peculiar de aproximarse al fenómeno de la socialdemocracia. ¿Cuál se corresponde mejor con el significado que quiso imprimirle el precandidato?

José Joaquín Brunner Académico UDP, ex ministro

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I

Varias cosas llaman la atención sobre la mención a la socialdemocracia que en días pasados hizo Joaquín Lavín. Preguntado en medio de una entrevista si sería equivocado decir que él se definía hoy como “socialdemócrata” respondió: “No te equivocas… creo que Chile necesita un gobierno de centro, que incorpore muchos conceptos de la socialdemocracia europea”. Este escueto intercambio, apenas 20 segundos en pantalla, dio lugar durante la semana del domingo 23 al domingo 30 de agosto a 3.330 noticias registradas por el buscador de Google con los términos: Joaquín Lavín + socialdemocracia.

Sin duda, un hecho notable, sobre todo si se considera que el impacto de este intercambio más bien anodino despertó reacciones transversales en la derecha y la izquierda y fue comentado por la elite política y la elite medial; léase, dirigentes de partidos, parlamentarios y figuras-de-opinión en TV, Internet, radio y prensa escrita, incluyendo columnistas, académicos, panelistas y otras “cabezas parlantes” (talking heads). A este coro vengo a unirme, algo tardíamente.

En ese ciclo noticioso y caja de ecos, los análisis y comentarios del fin de semana fueron, por lejos, los más contundentes, con un rico despliegue de interpretaciones y proyecciones. Las voces se ordenaron por la derecha en torno a un eje de indignación, preocupación, confusión y denuncia de abandono de la recta doctrina, mientras que desde la izquierda se acusó fraude ideológico, oportunismo, frivolidad y travestismo ideológico. Además hubo quienes aprovecharon la ocasión para dar lecciones sobre qué condiciones debía reunir un auténtico socialdemócrata y a qué estatuto de adhesiones —intelectual, ética, programática, de trayectoria, etc.— debía cumplir quien postulase a ser reconocido como tal.

Resultado de esta tormenta en una pileta de agua: un mini-escándalo noticioso, un intenso intercambio de argumentos y, por un instante, una recuperación de la centralidad de la socialdemocracia y los socialdemócratas que, a decir verdad, se había perdido hace rato ya. Ahora volvió a brillar, dentro de la ciudad semiconfinada, justo cuando comienza la transición hacia un estadio más abierto de definiciones políticas. Tal vez esto último haya servido justamente como un aliciente para el intenso debate suscitado por las palabras del precandidato presidencial (todavía favorito) de la derecha. 

Como sea, la discusión se vio alimentada, adicionalmente, por una variedad de niveles semánticos —significados y sentidos— en que se sitúa el término “socialdemocracia” con que se inició la disputa desencadenada por el precandidato. De hecho, cabe distinguir cinco diferentes niveles, cada uno de los cuales expresa una forma peculiar de aproximarse al fenómeno de la socialdemocracia. ¿Cuál se corresponde mejor con el significado que quiso imprimirle el precandidato?

II

Nivel 1: La socialdemocracia entendida como cultura política; su trayectoria histórica, visiones contemporáneas y propuestas de sentido. Esta es la definición más general del término, en un mismo orden semántico donde se ubican  la cultura liberal, o una cultura socialista, o una cultura (neo)conservadora, nacionalista, populista o, antaño, una cultura comunista.  

Se llega a ser parte de una tal cultura por trayectoria biográfica, por compartir una cierta concepción de mundo, por ser parte de un campo de debates, de afinidades, de sensibilidad histórica. Es pues una participación orgánica, cognitiva y emocional, dentro de una común perspectiva ideológica-cultural. Es el resultado de procesos de socialización de larga duración. 

Nada más lejos, por consiguiente, de una cultura socialdemocrática que el marco de referencia, autocomprensión y afinidades culturales propio del precandidato, quien pertenece radicalmente (de raíz) al mundo de la derecha, con su trayectoria gremial-neoliberal, conservadora-religiosa, autoritario-democrática, típica de la UDI pero también de otros segmentos de la derecha chilena. Todo esto reflejado generacionalmente en una compleja confluencia de dinámicas de estudio, universidad, partido, religión y gestión ministerial y local, y cuatro décadas de activa participación en emprendimientos sociopolíticos y de continua reinvención de la propia identidad.

Sin embargo, esa constante transformación de la figura política del precandidato se ha dado siempre dentro de los parámetros de la derecha. Tras las máscaras y modas ha habido una constante de pertenencia e identidad, desde el golpe militar hasta el presente.  Por lo mismo, no hace sentido imaginar que el precandidato empleó el término “socialdemocracia” en este primer Nivel; que quiso cambiar en 20 segundos una historia personal de casi medio siglo. Nada de lo dicho por él en esa entrevista apunta en tal dirección, como sugieren quienes hablan de traición, de haber saltado el cerco y pasado al lado del adversario. 

Nivel 2: La socialdemocracia puede entenderse, en seguida, como un paradigma político, un modelo de organización y desarrollo de la polis, fundado en una tradición de cultura política que, como tal, fue uno de los ejes de la gobernanza europea durante la segunda mitad del siglo 20. Hoy tiene una presencia menor en la Unión Europea, bajo la forma de gobiernos de centro izquierda, en seis países: Dinamarca, Finlandia, Malta, Portugal, República Checa y Suecia. Entre los demás países de esa región solo participa en los gobiernos de Albania y Montenegro. 

Se trata pues de un paradigma —Estado de bienestar, política de bienes públicos financiados por la renta nacional, amplios derechos sociales, aparato público fuerte y moderno, etc.— que por el momento se halla debilitado en su continente de origen y proyección internacional. Tampoco es un modelo único; al contrario,  ofrece diversas versiones: nórdica, de base corporativa o consociativa, de carácter mixto o liberal-competitivo, versiones a partir de las cuales se han elaborado diversas variedades social democráticas, desde más ortodoxas hasta más abiertas o de “tercera vía”, como Chile conoció durante los gobiernos de la Concertación.  

Tampoco a este mundo con sus variados modelos y estilos políticos pudo referirse el precandidato, cuya pertenencia a un paradigma neoliberal es inconfundible, aunque esté evolucionado hacia una version de “integración social”. No parece razonable suponer que su mención a la socialdemocracia pudo referirse al Nivel 2, pues no está al alcance de su trayectoria ni él busca cambiar de paradigma. Seguramente hay barreras de todo tipo —de economía política, comprensión del capitalismo, sensibilidad frente al Estado y el bienestar, de perspectivas de clase social y doctrina ética— que separan al paradigma democrático-(neo)liberal o al socialneoliberalismo del precandidato, de aquellos otros de raíz socialdemócrata.

Nivel 3: La socialdemocracia como programa o plataforma electoral es un tercer Nivel semántico, más próximo al proceso de gobernanza de un país, que tampoco parece haber sido invocado por el precandidato cuando se refirió a su idea de un gobierno de convivencia nacional, presumiblemente encabezado por él. Efectivamente, las propuestas socialdemócratas —en este Nivel semántico— se hallan encarnadas en gobiernos y partidos muy ajenos a aquellos con los que podría identificarse el precandidato de la derecha, como el PSOE español, o la socialdemocracia representada en la ex Nueva Mayoría, o en el Frente Amplio del Uruguay. O bien en liderazgos como los de Lagos, Fernado Henrique Cardoso, Tony Blair (en su mejor momento), Clinton y Obama, cada uno, a su manera, portador de una perspectiva programática por completo ajena a la que puede levantar un candidato de la derecha de integración social.  

La pregunta es si una propuesta de RN-UDI-Evopoli para el año 2021 podría efectivamente encaminarse en esa dirección. No parece fácil que eso ocurra, sobre todo porque ese espacio de ofertas socialdemócratas está desde ya ocupado —con legitimidad histórica— por grupos de la ex Nueva Mayoría que seguramente volverán a concursar para quedarse con él o bien sumarlo a fuerzas más a la izquierda. Dicho de otra manera: nadie inventaría una plataforma  socialdemócrata en 20 segundos para enseguida imponerla a un electorado que acostumbra votar por la derecha, de manera que tampoco es éste el sentido que el precandidato pudo querer atribuirle. Su posición en el mercado de propuestas políticas ha estado, y está, anclado al lado opuesto, en el espacio propositivo propio de la derecha.

III 

Nivel 4: La socialdemocracia puede entenderse, adicionalmente, como una caja de herramientas cuyos instrumentos de política pública pueden ser empleados —y de hecho así ocurre— por variados gobiernos y tecnoburocracias. Nos movemos aquí en un espacio más reducido y, a la vez, fluido —el de la política práctica— donde ciertas herramientas se usan para dar solución a problemas concretos; los “problemas de la gente” según gusta decir el precandidato. Es el terreno de las prioridades, de lo posible, de las preferencias y combinaciones, de las negociaciones y acuerdos, del incrementalismo y la real politik

Hay instrumentos que tienen una afinidad selectiva con los programas socialdemócratas; por ejemplo, el incremento de impuestos, los subsidios a la oferta, la regulación de los mercados, la producción de bienes públicos por agencias y empresas estatales, el acceso gratuito a servicios básicos, la protección de industrias tecnológicas nacientes, un Estado docente y el foco en derechos sociales. Del mismo modo hay instrumentos de política respecto de los cuales un gobernante socialdemócrata, se supone, debería sentir una suerte de desconfianza programática instintiva: vouchers, subsidios focalizados, provisión privada de bienes públicos, asignación competitiva de recursos fiscales, creación de mercados para bienes culturales, etc. 

Bien podría ser que en su imaginario, lo que el precandidato llamó “socialdemocracia europea” en la famosa entrevista, se reduzca justamente a este plano, el de las herramientas (instrumentos, medios, dispositivos, procedimientos, medidas) que aparecen como afines a los gobiernos de esa inspiración. Particularmente, en este caso, a aquellas políticas que ocupan una combinación instrumental de elementos socialdemócratas y neoliberales, tales como el new public management, las concesiones, los cuasi mercados y mecanismos de tipo mercado, la distribución de oportunidades por medio de algoritmos, las agencias públicas autónomas, etc. En este terreno, invocar una instrumentación socialdemócrata para fines liberales es un gesto, ante todo, de habilidad ideológica que puede justificarse por el deseo de recurrir a las “mejores prácticas”.  

Nivel 5: Por último, la socialdemocracia aparece también como un objeto (simbólico) de señalización en el mercado medial de imágenes identitarias. En efecto, sirve para comunicar una instantánea de sí mismo; o sea, para dar a conocer el lugar que uno aspira a ocupar en el espacio de la polis medial de la manera más económica posible: en 20 segundos o en 140 caracteres, que hoy son suficientes para convertirse en un hashtag o palabra clave clickable. 

Este tipo de términos transmite no sólo una imagen-de-marca sino, además, una emoción; es una manera de hacer un guiño ideológico, sin entrar en el denso terreno de las culturas políticas, o en el plano algo abstracto de los paradigmas de política pública, o en el ámbito de las plataformas programáticas siempre sujetas a disputa entre intelectuales, políticos, tecnopols y tecno-burócratas. 

Es probable, casi seguro, que el precandidato —experto como el que más en señales de imágenes identitarias— pensaba en esta dimensión cuando declaró que la entrevistadora no se equivocaba al pensar que él hoy se definía (también) como socialdemócrata, acotando al pasar que aspiraba a un gobierno “de centro, que incorpore muchos conceptos de la socialdemocracia europea”. Esto es pura y bien lograda señalización, si se considera que con esta breve “idea a tuitear”, el precandidato mantuvo en vilo a la elite medial durante una semana completa, atrajo su atención, se volvió hashtag, recibió más de 3 mil menciones en las noticias, y se habló de él a cascadas, sin parar. Incluso la opinión pública encuestada parece haber respondido positivamente. 

Es cierto que en los círculos de la política mediática este “golpe de efecto” creó  confusión. La mayoría dentro de esa elite reaccionó como si el precandidato hubiese proclamado su membrecía a una cultura socialdemócrata (Nivel 1), que en verdad le resulta completamente ajena. O bien, como si hubiese declarado su preferencia por un paradigma socialdemócrata y un modelo afín de desarrollo (Nivel 2), cosa igualmente absurda de considerar. O, por el contrario, se creyó que anunciaba una plataforma programática socialdemócrata (Nivel 3) para la próxima temporada de elecciones, lo cual por cierto no fue lo que hizo, rodeado como está de ideología, técnicos y operadores de derecha. 

Más bien, pienso yo, lo que quiso hacer fue echar mano a la caja de herramientas de la socialdemocracia (Nivel 4) —muy en boga por lo demás entre las tecnocracias de la OECD y de la Unión Europea— dando por sabido, con astucia, que allí hay disponibles actualmente instrumentos, medios y dispositivos que mezclan piezas y partes socialdemócratas y neoliberales, lo cual bien podría ser útil para un gobierno de convivencia nacional. Sobre todo, el precandidato procuró, y consiguió, suscitar la atención de la opinión pública, de su elite medial y del personal directivo de la esfera política, mediante el simple expediente de transmitir una bien lograda señal identitaria (Nivel 5).

Con esto sorprendió a todos. Y quizá se sorprendió, además, a sí mismo.

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