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Publicado el 10 febrero, 2021

José Joaquín Brunner: Las encuestas políticas en perspectiva

Académico UDP, ex ministro José Joaquín Brunner

El cuadro que se desprende de los estudios de opinión debe ser motivo de preocupación. Se favorece la democracia en general, pero ni su desempeño, ni sus instituciones ni su actividad central, la política, gozan de una sólida base de apoyo.

José Joaquín Brunner Académico UDP, ex ministro
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Los movimientos de la opinión pública encuestada son difíciles de desentrañar, sobre todo si, como ocurre con nuestro periodismo político, se atiende más al cortísimo plazo que a los tiempos de mediana y más larga duración. El análisis al minuto de una opinión pública que apenas parece dejar un leve rastro, se transforma así en una continua estampida reiniciada cada día al ritmo de los flujos noticiosos. Desaparecen las trayectorias y el mundo político alrededor de uno, de suyo líquido, se evapora y desaparece sin dejar rastro. No creemos más que en el momento fugaz de la política; la veloz circulación de personas y sucesos. Como dice el Fausto de Goethe, el hombre no puede actuar si se detiene.

Y, sin embargo, contrariando esa noción, las encuestas constatan que hay ondas de opinión pública relativamente extensas y sostenidas, que no cambian de un día para el siguiente, ni siquiera con el paso de varios años. El Informe Chile del Latinbarómetro 2020, que da cuenta de una encuesta aplicada entre el 28 de octubre y el 26 de noviembre de ese año a una muestra representativa de la población nacional, y que se acompaña con series de datos desde 1995 hasta hoy, proporciona una excelente oportunidad para mirar más allá del momento fugaz de la opinión pública.

I

Muestra, por ejemplo, que dos tercios de la población encuestada manifiesta regularmente, desde el año 2001 al año 2020, encontrarse, en general, muy o bastante satisfecha con su vida. Esto, independientemente de los sucesivos gobiernos desde el de Lagos hasta el de Piñera 2, de los altos y bajos en los estados de ánimo de la gente, de las graves crisis como la de 2008, del 18-O de 2019 o, actualmente, de la pandemia. Desde hace tres años ese positivo grado de satisfacción se mantiene en un mismo nivel: 64%.

Alguien dirá que esa satisfacción se debe al continuo progreso experimentado por el país desde hace ya varias décadas, el cual no habría sido interrumpido, ni siquiera, por esas complejas crisis de las cuales el país estaría habituado a recuperarse prontamente.

Mas tan panglosiano optimismo choca con otras percepciones que revela esa misma encuesta. En efecto, ante la pregunta de si el país está progresando, estancado, o en retroceso, la percepción de que estaría progresando oscila variablemente, entre un 66% (en 2009, junto con la recuperación de la crisis del año anterior) y un 15% o menos en la siguiente década, durante la cual se observa una tendencia a la baja, cuyo punto inferior se alcanza el pasado mes de enero (13%).

Entonces, como ocurre también a nivel individual, puede haber sentimientos encontrados no solo en coyunturas puntuales sino a lo largo del tiempo, donde probablemente adquieren mayor significado político. De hecho, vivimos entre percepciones cambiantes e incluso contradictorias y eso parece ser parte, también, de aquel hombre de Goethe que no  se detiene.

Pudiera ser, por ejemplo, que el grado de satisfacción con la vida en general registrado por los sondeos se halle más relacionado con la esfera privada —familia, hijos, amistades, y necesidades básicas— mientras la percepción de progreso se vincula con fenómenos de sociedad, como expectativas económicas respecto al país que, se sabe, se encuentran actualmente en su punto más bajo.

II

Algo similar puede estar sucediendo con el apoyo a la democracia. Desde el 2008 al 2020, más de la mitad de los encuestados declara estar de acuerdo con la frase “la democracia es preferible a cualquier otra forma de gobierno”; en el año 2020, esa cifra se encumbra a 61%, la más alta desde 2016.  En  cambio, las demás alternativas obtienen una menor puntuación en 2020: “en algunas circunstancias, un gobierno autoritario puede ser preferible a uno democrático” (12%) y “a la gente como uno, nos da lo mismo un régimen democrático que uno no democrático” (21%). Estas cifras son consistentes con las reportadas por una encuesta reciente de la UDP, completada en enero de 2021, donde la alternativa pro democracia obtiene un 66%, la autoritaria un 9% y la indiferente un 19%.

Sin embargo, el apoyo a la democracia, relativamente sólido como parece, se acompaña de un grado importante de insatisfacción con su funcionamiento. Según el Latinbarómetro, el grado de insatisfacción (‘nada satisfecho’ y ‘no muy satisfecho’) se mantuvo en torno a un 60% en promedio entre 1995 y 2008, para luego oscilar más fuertemente entre un 42% y un 76%, donde se sitúa actualmente. El propio análisis de la agencia encuestadora concluye respecto de esta diferencia entre apoyo y satisfacción que en Chile hay una mayoría de demócratas insatisfechos.

Si a esto se suma, para efectos del análisis meramente, los no-demócratas o demócratas indiferentes, más bien parece ser que al momento tenemos en el país una mayoría relativamente desafecta de la democracia. A su vez, esta noción se refuerza si se considera el escaso interés por la política —que es un aspecto esencial de las democracias— compartido por un promedio de tres de cada cuatro chilenos mayores de 18 años desde 1995 hasta ahora.

A esto debe agregarse la bajísima confianza en las instituciones de la esfera política democrática, como son los partidos, el Congreso, el Poder Judicial, el presidente de la República, el gobierno, las FFAA y la policía/Carabineros que, en estos días, experimenta un nuevo bajón en su percepción como autoridad legítima a cargo de la seguridad de los ciudadanos. La vulnerabilidad del Estado de derecho y del orden democrático suele así verse aumentada por las fallas de las propias instituciones encargadas de protegerlo. En Chile nos acercamos peligrosamente a este punto, cuando en todas las cabezas resuena la frase de Juvenal: “¿quien vigilará a los vigilantes?”

El anterior argumento sobre una disfuncionalidad democrática puede profundizarse todavía más a partir de la encuesta UDP antes citada. Según los resultados reportados por ésta, un 27% de la población se halla dispuesto a aceptar—‘de acuerdo’ o ‘muy de acuerdo’—que el Presidente cierre el Congreso a cambio de altas tasas de crecimiento,   junto con un 24% que se manifiesta ‘ni de acuerdo ni en desacuerdo’. Reunidos ambos grupos de opinión forman mayoría.

Lo mismo sucede con la pregunta acaso las personas están dispuestas a aceptar una fuerte interferencia del gobierno sobre los tribunales de justicia a cambio de (más) derechos sociales, frente a la cual un 25% expresa su acuerdo y un 25% su indiferencia, frente a un 34% que rechaza esta alternativa; 6% no sabe o no contesta. De manera que la desafección fácilmente puede transformarse en abandono de principios democráticos, a cambio de promesas tangibles de beneficios económicos o reconocimiento de derechos.

III

En suma, si bien existe una tendencia larga de satisfacción con la vida en general (y de felicidad personal declarada, también), que probablemente tiene que ver con los aspectos privados —afectivos y de necesidades básicas— del hogar, sin embargo no hay una percepción duradera de progreso en la población, quizá porque los elementos económicos, políticos y culturales externos al hogar no responden a las expectativas domésticas. Se ha creado así una brecha entre satisfacciones domésticas y expectativas de contar con un entorno que las sostenga y haga sostenibles en el tiempo.

Algo parecido ocurre con la esfera política. Se apoya a la democracia como régimen político, y se la prefiere frente a otras alternativas, al mismo tiempo que hay una duradera insatisfacción con su funcionamiento y resultados, la que últimamente alcanza amplia difusión.

En tal sentido, el cuadro que se desprende de los estudios de opinión debe ser motivo de preocupación. Se favorece la democracia en general, pero ni su desempeño, ni sus instituciones ni su actividad central, la política, gozan de una sólida base de apoyo. Al contrario, existe una disposición mayoritaria—activa o pasiva—a favor de soluciones no-democráticas, a cambio de mayor crecimiento económico o mayores derechos sociales. Ambos sentimientos son claramente dominantes entre los grupos de menores recursos, siendo rechazados rotundamente, en cambio, sólo por la clase de más altos ingresos, redes de poder y capital cultural socialmente consagrado. Hay pues una brecha, en aumento también, entre unas sensibilidades que separan, cada vez más, a las élites y la gente.

En estas circunstancias, podemos concluir, continúan presentes, y probablemente se han incrementado últimamente,  los riesgos de inestabilidad del orden político-institucional.

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