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Publicado el 12 mayo, 2021

José Joaquín Brunner: Las elites: ¿Deben circular o pueden suprimirse?

Académico UDP, ex ministro José Joaquín Brunner

La prédica de que la sociedad chilena debe sacudirse de la elite (en singular, como si hubiese una sola), prédica impulsada por el PC y fragmentos del Frente Amplio, por sectores de la cátedra y las redes sociales, no pasa de ser una propuesta de ‘mala fe’.

José Joaquín Brunner Académico UDP, ex ministro
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Los discursos de la esfera política abundan en ‘mala fe’ o autoengaño. Se afirma, por ejemplo: debe terminarse con las elites. ¿Por qué? Porque se sitúan por encima del pueblo, al que desprecian y no reconocen en su dignidad. Abusan de aquellos que consideran sus inferiores, concentran poder y riqueza, acumulan beneficios y privilegios y se ocupan exclusivamente de su interés egoísta. Así construido el espantapájaros, se echan a volar los argumentos.

Mas al decir todo aquello se calla —con perfecta conciencia del silencioso ocultamiento (‘mala fe’, autoengaño)— que las sociedades humanas, así como poseen diversos grupos sociales, tienen también elites; es decir, personal que ocupa posiciones rectoras en el gobierno y las Iglesias, la economía y los militares, la academia y la cultura, los medios de comunicación y las ciencias, las organizaciones de la sociedad civil y de la política. Y que esas elites, como cualquier otro grupo humano —clases, estratos, estamentos, agrupaciones, gremios, partidos, sindicatos— no poseen una ‘naturaleza social’ perversa ni virtuosa sino cambiante y diversa según las circunstancias históricas de cada país y época.

Lo que es evidente, en cambio, es que las elites son un hecho fundamental de las sociedades y de cualquier organización relativamente permanente, en todos los campos de la actividad humana. La sociología clásica (Mosca, Pareto, Michels, Weber) partía de esa base. Y la sociología contemporánea, a pesar de su justificada desconfianza hacia diferentes expresiones de elite (pero no respecto de otras), no ha podido tampoco desembarazarse de su permanente sombra (Best & Higley, 2018). Anualmente se publican centenares de estudios académicos sobre este fenómeno en todas partes del mundo. Y los medios de comunicación se hallan plagados de referencias (usualmente negativas) a las elites, en conexión con desigualdades sociales, poderes fácticos, acumulaciones de riqueza, abusos de autoridad y estilos de vida.

La realidad, sin embargo, es que los fenómenos elitarios cambian a lo largo del tiempo y se expresan de variadas maneras en cada sociedad. Las elites pueden ser de naturaleza más abierta o cerrada y tendrán distintos grados de diferenciación y diversidad, así como variables tasas de rotación de quienes ocupan posiciones de elite. Igualmente, varían sus bases de sustentación —status familiar, capital económico, conocimiento experto, partidos políticos, pertenencia a una religión, acceso a los medios de comunicación, etc.— y la pluralidad de ellas o su concentración. Y además existe una continua pugna, en todas las sociedades, respecto de cuáles son los medios considerados legítimos para formar parte, mantener o cambiar  la composición de las elites.

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Aquí entra la democracia, quizá el único régimen político que actúa como un estímulo para la circulación y renovación de las elites. Al punto que un famoso economista alguna vez definió la democracia como competencia entre elites (políticas) por el favor del electorado y la autorización para gobernar. Pero es mucho más que eso.

La democracia, aunque a veces al costo de la ‘mala fe’, permite que las elites se diversifiquen, sus miembros se hallen sujetos a escrutinio público, puedan ser contestadas y sometidas a crítica, estén forzadas a luchar y empeñarse contra sus tendencias al cierre social y deban aceptar un mayor dinamismo, propio de los sistemas democráticos donde diferentes fuerzas políticas, ideológicas y culturales compiten por participar en las decisiones públicas.

Algo diametralmente opuesto a lo que ocurre cuando se imponen aquellas fuerzas que —auto engañándose y por ende de ‘mala fe’—, en vez de promover la circulación de las elites, prometen su superación (eliminación) para reemplazarlas, se dice, por el gobierno directo de las masas (el pueblo) a través de asambleas perfectamente horizontales, sin jerarquías de autoridad ni mediaciones representativas de cualquiera especie.

El siglo XX está plagado de revoluciones de ese tipo, partiendo por la Revolución Mexicana que, a través del PRI, gobernó 70 años mediante una porosa y poderosa elite que se recreaba continuamente en el poder, cada sexenio.

La revolución bolchevique, origen de la URSS, encabezada por Lenin y continuada luego por Stalin (el ‘zar rojo’, como lo llama un famoso historiador británico), no solo se instituyó a sí misma como elite sino que se apoderó, por medio del partido (y el Ejército), del monopolio absoluto de las posiciones de mando, desde los barrios y fábricas hasta los ministerios y los tribunales, pasando por las universidades, los hospitales, la industria, las artes (‘ingenieros del alma’ llamó Stalin ominosamente  a los escritores soviéticos) y la policía secreta con sus extensas redes de control panóptico y el Gulag.

De modo tal que las revoluciones, que frente a las masas se erigen como una fuerza de emancipación de las sociedades y prometen el fin de todas las elites (burguesas, del antiguo régimen), luego de triunfar crean aceleradamente su propia elite: absoluta (única, impenetrable), dotada de un poder irrefutable, privilegios de todo tipo (vivienda, colegios, alimentación, medicina, viajes, ingreso, comodidades, reputación, etc.) y con derecho a designar “a dedo” (‘dedazo’) a los nuevos miembros herederos de sus posiciones y a sus sucesores. Basta mirar la historia de los ‘príncipes’ al interior del Partido Comunista chino o el larguísimo dominio de la generación histórica de la revolución cubana.

Incluso, la nueva elite que toda revolución funda —el partido de la revolución, como sea que se llame en cada caso— cuenta con un justificativo teórico pues, en la concepción leninista responde a la necesidad de un nuevo mando (una vanguardia revolucionaria) para las masas, que las dote de conciencia revolucionaria, dirección estratégica y una capacidad intelectual de la cual carecen, precisamente por su posición subalterna en la sociedad preexistente.

Entonces, tras la revolución no desaparecen las elites sino, por el contrario, una nueva y más cerrada elite se hace cargo de todos los poderes, se eleva a sí misma a un status mítico, crea diversas formas de culto de la personalidad de los líderes y permanece largo tiempo, renovándose a penas a cuentagotas, como testimonia el fenómeno de las gerontocracias revolucionarias (soviética, china, norcoreana, castrista, chavista y sandinista). Son élites que no respiran aire fresco ni dejan respirar. Que se aferran al poder volviéndose paranoides, al punto que terminan rodeadas de policías y guardianes, y sus pueblos regimentados y sin derecho a expresarse ni a moverse libremente.

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No hay que dejarse engañar, entonces, por la verdadera onda de ‘mala fe’ desatada el 18-O, ahora reivindicada en nombre del ‘estallido’. La prédica de que la sociedad chilena debe sacudirse de la elite (en singular, como si hubiese una sola, como si no estuviese continuamente renovándose de diferentes formas), prédica impulsada por el PC y fragmentos del Frente Amplio, por sectores de la cátedra y las redes sociales, no pasa de ser una propuesta de ‘mala fe’. Pues quienes la proclaman saben que las posiciones de elite serán rápidamente reconstruidas por ellos mismos, sólo que ahora bajo el imperativo revolucionario o mediante los caóticos procesos que acompañan a las  rupturas democráticas (aquí el modelo es la formación de la elite del chavismo-madurismo).

La idea de echar abajo las élites del establishment se reduce, por lo mismo, nada más que a la aspiración de reemplazarlas por una nueva elite política-burocrática, con su propia ideología y voluntad de permanecer en el poder el mayor tiempo que se pueda.

La alternativa es la circulación y la renovación de los ocupantes de las posiciones de elite, tal como está ocurriendo en Chile, con especial intensidad durante los últimos años. Hay visiblemente, en todos los campos —político, gremial, académico, empresarial, de las profesiones, etc.— un recambio generacional de las elites y sus estilos de pensamiento, sensibilidades, balances de género y orientaciones de valor.

La democracia, estimulada por las crisis que enfrenta, tiende a acelerar esos procesos de circulación. Basta observar la mayor diversidad de las y los candidatos a la Convención Constituyente y la manera cómo se ha ensanchado la base de reclutamiento de las candidaturas en términos territoriales, de profesiones y oficios, de preferencias sexuales, de trayectorias vitales, de modos de conocimiento, de experiencias educacionales (colegios e instituciones de educación superior), de edades, etnias, partidos, movimientos y filiaciones culturales.

Esos fenómeno pueden apreciarse en todos los ámbitos de la sociedad y no solo en la esfera político electoral y constitucional. Hacia donde se mire hay una intensa competencia por posiciones, disputas entre incumbentes y contendientes, aparición de nuevos estilos y lenguajes, intentos de renovar contenidos ideológicos y propuestas programáticas, choque entre sensibilidades conservadoras y  de cambio. Como resultado, nada parece sólido y reina una generalizada incertidumbre. A ratos, señalan algunos, esto se asemeja a una lucha de individualidades, un espectáculo narcisista, una feria de vanidades.

Todo esto contribuye a la confusión del momento pero contiene, igualmente, la posibilidad de nuevas convergencias y acuerdos, así como provoca también el temor de renovados desencuentros o una profundización de las brechas ideológicas. Los recambios de elites traen aparejados, necesariamente, un grado de inestabilidad democrática, sobre todo cuando ocurren en medio de agudas crisis, como sucede en Chile. Pero la alternativa de suprimir las elites de raíz, como promete de ‘mala fe’ el fervor revolucionario o la ruptura democrática, es aún peor. Sólo llevaría a instaurar una elite más recalcitrante, inamovible, incuestionable, que solo admite una estrecha circulación controlada desde dentro del propio aparato del poder.

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