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Publicado el 12 de junio, 2019

José Joaquín Brunner: La sociología clásica y los tiempos difíciles del Presidente Piñera

Académico UDP, ex ministro José Joaquín Brunner

Los de hoy son tiempos de cambio alimentados por problemas globales que se manifiestan también a nivel regional latinoamericano, nacional y local en nuestras ciudades y territorios. Algunos de ellos son la irrupción de nuevas tecnologías, las pugnas entre un Estado obsoleto y unos mercados desbocados, los fenómenos de desintegración social, la sensación de falta de comunidad, el nihilismo en sus varias manifestaciones y las amenazas del cesarismo flanqueado a su izquierda y derecha por una variedad de populismos.

José Joaquín Brunner Académico UDP, ex ministro
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I

Suele decirse que la sociología nació como una reacción del pensamiento social frente a la disolución de la organización feudal y estamental de las sociedades tradicionales y monárquicas y al surgimiento del capitalismo y la modernidad. De hecho, los fundadores de esta disciplina tematizaron los principales efectos de esta transición. Marx reveló la potencia transformadora de la primera revolución industrial y el poder expansivo de la mercantilización de las relaciones humanas. Max Weber estudió las bases religiosas del capitalismo, su espíritu; la formación del moderno Estado burocrático, y las dinámicas de las economías de mercado. Por último, Durkheim avizoró las amenazas que la división del trabajo industrial representaba para las antiguas formas de integración social (solidaridad moral); el debilitamiento de la conciencia colectiva y los riesgos de la anomia para el orden emergente de la sociedad industriosa.

La obra de estos tres clásicos —que cubre de 1850 a 1920– mantiene vigencia hasta hoy; los temas que incorporaron a la agenda intelectual continúan presentes.

Incluso, puede decirse que el clima cultural en que nació la sociología —propio de un cambio de época o “civilizatorio”, como se llama a veces— vuelve a aparecer en el horizonte, bajo variadas denominaciones: cuarta revolución industrial, posmodernidad, fin del capitalismo, crisis del orden internacional liberal, muerte de la democracia representativa, anulación de los Estados nacionales, superación del patriarcado, cambio climático y, nuevamente, decadencia de occidente. Es decir, el fin de todo…menos de la historia.

En cuanto a los temas abordados por la sociología en sus inicios, la mayoría conserva su importancia. Veamos algunos ejemplos, nada más que escuchando el debate público a nuestro alrededor.

II

Sin duda, se ha difundido ampliamente un sentimiento de inseguridad ante la inminencia de un cambio tecnológico de gran magnitud, que la prensa grafica con el arribo de la robótica, la automatización y la inteligencia artificial. Su impacto combinado, se dice, provocará una pérdida masiva de empleos y modificará la propia noción del trabajo humano. Éste dejará de pertenecer al reino de la necesidad y escapará del mandato bíblico.

Todo esto mientras la productividad de la economía chilena vuelve a caer en 2019 según señala un reciente informe de CLAPES-PUC, junto con situarse en el nivel más bajo —al lado de México— entre los países de la OCDE.

En breve, nuestro país actúa como un mero consumidor rezagado de tecnologías 4.0, al mismo tiempo que enfrenta los riesgos (reales e imaginarios) que éstas conllevan para nuestra productividad, competitividad (que también acaba de descender, 7 lugares, en el ranking del IMD), mercado laboral, distribución del ingreso y sistema educacional.

Asimismo, en el plano de las subjetividades manifestadas mediante encuestas, se observa un resurgimiento de anhelos comunitarios, como una reacción ante el individualismo, la gélida frialdad de los mercados, la desconfianza en las instituciones, la crisis de las iglesias, la falta de solidaridad y la creciente artificialidad y abstracción que traen consigo la racionalización y burocratización de la vida.  A nivel global se escribe ahora más frecuentemente sobre la falta de un tercer término —las comunidades— junto los mercados (competencia) y los Estados (jerarquías burocráticas). En el foro local discutimos sobre el imperativo de un pilar solidario frente a la individualización de la previsión y la privatización de la salud. Y nos preguntamos si acaso podrán subsistir las comunidades vecinales, religiosas y escolares frente a la presión, respectivamente, de la segmentación urbana, el secularismo positivista y la burocratización del sistema escolar.

III

La dialéctica entre mercantilización y desmercantilización, que en Chile acompaña la deliberación pública desde 1990 en adelante, y que se intensificó durante el gobierno de Bachelet 2 con la propuesta de extender el control burocrático y el financiamiento fiscal del sistema educativo, continúa siendo una pieza fundamental de la disputa ideológica que mueve al campo político a nivel mundial. ¿Qué bienes públicos pueden ser producidos e intercambiados en los mercados? ¿Cuáles deben excluirse de ese juego? ¿Cómo pueden fijarse los precios de la educación superior, de ciertas enfermedades, del agua y los cielos, de las asesorías parlamentarias y de los bienes de salvación? Estos tópicos forman parte del debate sobre el capitalismo latinoamericano, donde los ingresos de los Estados oscilan entre 12% y 33% del PIB, con un promedio de 22,8%, en contraste con los países de la OCDE donde el promedio es 34%, empinándose por sobre 40% en países con Estados de Bienestar en forma, como son los países nórdicos, Francia y Bélgica. En Chile estos asuntos —carga tributaria, bienestar social, privatización de servicios, concesiones y subsidios, regulaciones públicas y virtudes privadas— están a la orden del día y entusiasman grandemente a partidos políticos, medios de comunicación y tecnopols.

Respecto del Estado, cuyas planificaciones (Góngora), acciones (Estado de fomento) y omisiones (Estado subsidiario) dieron lugar en Chile a los espacios donde operan los mercados y las comunidades, nos encontramos también frente a una encrucijada. Por un lado, múltiples demandas de intervención estatal para asegurar derechos (universales) y extender el bienestar y la igualdad; por otro lado, un aparato burocrático y unos poderes del Estado que actúan con rigidez, pesadamente, con enorme heterogeneidad tecnológica, dispares bases de conocimiento y sin un servicio civil tecnificado. Súmense a esto los viejos vicios del clientelismo y la corrupción.

Todo esto desemboca en la necesidad de una profunda renovación neo-weberiana del Estado. Esta visión reafirma el rol del Estado como facilitador de los cambios y preserva la idea de una cultura distintiva del servicio público, a la vez que propone una burocracia volcada hacia la ciudadanía, regida por valores de efectividad y eficiencia y evaluada en función de su desempeño y resultados. Chile muestra atrasos importantes en estos aspectos. Del actual gobierno se esperaba un énfasis más fuerte en esta dirección, pero su impulso ha sido débil.

IV

Por último, ha subsistido y, en realidad, se ha agravado, el argumento durkheimiano sobre fallas de integración social, que ahora incluye además fenómenos de crisis de autoridad, desvanecimiento de la figura simbólica del padre, diseminación de formas de violencia sectaria y anárquica, irrespeto por la legalidad formal y reducción de las relaciones sociales a frágiles contratos entre individuos.

Contemporáneamente la anomia adopta la forma del nihilismo, en sus tres vertientes más usuales. La del antifundacionalismo a la Rorty: “Nada funda nuestras prácticas, nada las legitima, nada muestra que se hallan en contacto con las cosas como son”. Es el preludio al reino de la posverdad y de la absoluta contingencia. Enseguida, la vertiente existencial-dramática, bajo cuya luz sombría la vida aparece, como recita Macbeth: “…un cuento contado por un idiota, todo estruendo y furia, y sin ningún sentido”. Por último, el nihilismo banal del todo va y nada importa, “nihilismo alegre” lo llama Karen Carr, que se expresa en la fácil o cómoda aceptación del sinsentido de la existencia y la levedad del ser.

Según muestra la experiencia actual, el nihilismo existencial puede desembocar en un conformismo que se deja llenar por el consumo y la cultura de masas o bien se manifiesta por medio de estallidos de resentimiento y violencia; piénsese, por ejemplo, en los mamelucos blancos del Instituto Nacional.

De modo que vivimos sobre una falla de integración moral, causada por un sentimiento que, en un mundo anómico, confunde fácilmente virtud con victimización. Es una expresión del ressentiment, término francés que Nietzsche utilizó para representar una forma destructiva de rebelión (la de los “destructores de mundo”): “este hombre fracasa en algo, finalmente exclama con rabia: ‘entonces que perezca el mundo entero’”. Y luego agrega: “este sentimiento de revuelta es la culminación de la envidia, la cual dice: ‘porque hay algo que no puedo tener, el mundo entero no lo tendrá. El mundo entero será nada”.

Transformado en sentimiento masivo el ressentiment es incompatible con la democracia que reposa, a fin de cuentas, en un tejido de normas e instituciones, de reglas y compromisos, de formas y reformas.  Los movimientos indignados, cuando vehiculizan el ressentiment colectivo —y éste, ciertamente, no es su único motor— erosionan la legitimidad democrática y abren las puertas hacia el cesarismo, como lo designó Weber y que su coetáneo Oswald Spengler anticipó (¿proféticamente?) marcaría al siglo XXI. Su definición de este fenómeno incluía un “primitivismo creciente de las formas políticas”. ¿Acaso no es este un rasgo sobresaliente de varios caudillos actuales?

Según Weber, en tanto, el cesarismo —y él pensaba, ante todo, en Bismarck— incluía seis características: (i) elecciones plebiscitarias, (ii) desdén por el parlamento,  (iii) recurrir a la legitimidad de la monarquía  (o la presidencia) para cubrir las propias decisiones,  (iv) preferencia por un gobierno basado en leyes de emergencia, (v) intolerancia hacia cualquier poder autónomo dentro del gobierno, y (vi) incapacidad para atraer o aceptar figuras políticas e intelectuales independientes. No puede uno dejar de pensar en Trump y en la larga lista de autócratas latinoamericanos desde Castro a Maduro/Ortega pasando por Fujimori y Pinochet.

V

Este cuadro debería ofrecer, espera el autor de estas notas, un rápido bosquejo de los tiempos que vivimos, observados bajo los parámetros de la sociología clásica. Son tiempos de cambio alimentados por problemas globales que se manifiestan también a nivel regional latinoamericano, nacional y local en nuestras ciudades y territorios.

Aquí hemos mostrado algunos de esos problemas que crean turbulencias para la navegación, como la irrupción de nuevas tecnologías (la “creación destructiva” propia del capitalismo schumpeteriano), las pugnas entre un Estado obsoleto y unos mercados desbocados, los fenómenos de desintegración social, la sensación de falta de comunidad, el nihilismo en sus varias manifestaciones y las amenazas del cesarismo flanqueado a su izquierda y derecha por una variedad de populismos.

Puede ser que el Presidente Piñera haya pensado en estos problemas y sus efectos perturbadores cuando anticipó “tiempos difíciles” en su largo discurso del 1 de junio e invitó a fortalecer el estado de ánimo nacional. O bien esta invocación pudo ser nada más que un recurso retórico. Da igual.

Pues resulta evidente que hemos ingresado a una zona de efervescencias y desarreglos que, aunque la política no los registre aún o prefiera asumir frente a ellos una suerte de nihilismo alegre como a veces hace la oposición, están aquí para quedarse hasta el final del actual período presidencial y, seguramente, prolongarse más allá.

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