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Publicado el 10 marzo, 2021

José Joaquín Brunner: La competencia por expandir expectativas

Académico UDP, ex ministro José Joaquín Brunner

Hemos vivido en medio de una inflación de expectativas, rodeados de ofertas políticas cada vez más encumbradas, solucionando grandes problemas en el discurso y experimentando como sociedad —en la práctica— una creciente desconfianza hacia esas promesas que luego se devalúan.

José Joaquín Brunner Académico UDP, ex ministro
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Una característica de la política chilena de los últimos diez años —dos periodos presidenciales de Piñera y uno intermedio de Bachelet— ha sido el predominio de los discursos de altas expectativas. Puede haber, y sin duda hay, importantes diferencias entre las propuestas de los respectivos gobiernos, sus coaliciones de apoyo, partidos oficialistas y de oposición, y corrientes de opinión. Pero todas son tributarias de una narrativa de grandes promesas.

Piñera 1: Crecimiento, seguridad, gestión, eficiencia. Ofreció cambio, un presidente todo terreno 24/7, desplazar los límites de lo posible, una sociedad de oportunidades, innovación y tanto más. Bachelet 2: Otros cambios, 100 días que transformarían Chile, gratuidad universal, mayor igualdad, nueva Constitución, educación pública de calidad para todas y todos. Piñera 2: Tiempos mejores, levantar vuelo, segunda transición esta vez hacia el desarrollo integral (idea retomada del 2010), un Estado moderno, cercano e inteligente, transformación educacional desde la sala de clase y mucho más.

Hemos vivido en medio de una inflación de expectativas, rodeados de ofertas políticas cada vez más encumbradas, solucionando grandes problemas en el discurso y experimentando como sociedad —en la práctica— una creciente desconfianza hacia esas promesas que luego se devalúan.

Hoy más que nunca reina ese clima inflacionario. La generación nacida al final de la dictadura y crecida durante las dos primeras décadas democráticas vivió una transformación radical del país en términos de condiciones materiales, acceso al consumo y libertades personales, todo lo que alimentó un apetito de progreso y bienestar constante.

El 18-O, en vez de enterrar esa disposición optimista, operó como un cortocircuito entre expectativas y su (in)satisfacció que, tras pocos días, se reactivó con la promesa de una nueva Constitución que traería consigo cumplimiento de deseos, necesidades, demandas, reclamaciones y derechos. De modo que ahora nos preparamos para dibujar el país que soñamos, proyectándolo sobre una hoja en blanco que se transformará por primera vez, se dice, en una carta fundamental a la altura de nuestros anhelos.

¿A qué obedece entonces, en concreto, esta facilidad para imaginar futuros distintos a los que emergen de la exasperante cotidianidad, sin sujetarnos a las limitaciones de la historia, creyendo que basta con declarar lo idealmente imaginado desatendiendo a lo que es posible?

Quizá un primer elemento sea la dificultad que enfrentan las democracias liberales para autorregular sus expectativas. Al contrario, éstas son alimentadas diariamente desde la esfera política y los medios de comunicación. En ausencia de liderazgos con una visión madura de sus responsabilidades, esa democracia inflacionaria lleva inevitablemente a una espiral de expectativas, que solo reconoce límites cuando sobrevienen crisis o catástrofes. El sistema vive así en tensión entre esa espiral y el incumplimiento que el propio sistema genera.

Un segundo elemento que juega a favor de ese desequilibrio es la manera en que concebimos las elecciones presidenciales y parlamentarias; como una competencia entre visiones o sueños de país, relatos que cada cuatro años construyen imágenes de la sociedad deseada. Esta forma de concebir la política electoral supone que cada clase social o coalición de partidos o movimiento de izquierda o derecha posee una Weltanschaung propia y excluyente; una propuesta de economía-sociedad y cultura que proclama la transformación integral que el país necesita. Es como invocar, cada cuatrienio, un nuevo cielo y una nueva tierra. Hay ahí un rasgo  inconfundiblemente religioso. En términos seculares, lo que nuestro historiador Góngora llamó ‘planificaciones globales’; o sea, maneras en que las elites, habitualmente estatales en su mirada, conciben la transformación del país. Suponen que éste es perfectamente maleable y puede reinventarse continuamente, alimentando así su expectativa de que basta modificar su ‘modelo’ para alterar el rumbo de la historia.

Puede ser que la influencia de los technopols —académicos involucrados directamente en la política y, ante todo, productores de public policies— sea un tercer elemento que explica esa tendencia tecnocrática a imaginar que la política depende de las ‘buenas’ ideas, la evidencia científica, la decisión de expertos y los discursos normativos que indican lo que puede y debe ser. Los technopols, entre los cuales debo inscribirme con debida modestia, contribuyen fuertemente a elevar las expectativas en su iluminado afán de correr los límites de lo posible y hacer lo que aparece como ideológicamente necesario.

En estos días los technopols están agitados pues comienza la temporada de elaboración de los programas presidenciales y los precandidatos convocan expertos en toda clase de políticas públicas que luego ellos comunicarán a los mass media y a los electores: seguridad ciudadana, salud pública, planes educacionales, ciudades inteligentes, matriz productiva, economía verde y así por delante. Con más de una docena de precandidatos y no menos de unos treinta técnicos por candidato para cubrir y coordinar los diversos sectores y materias de política pública, hay un enorme espacio para la creatividad tecnocrática. Más adelante, el número de candidatos irá reduciéndose pero sus equipos irán engrosándose, hasta sumar varios cientos de profesionales y técnicos cada uno, compitiendo por bosquejar el país de mañana y programar su construcción.

Un cuarto elemento que empuja a expandir las expectativas y a racionalizar técnica y comunicacionalmente los proyectos-de-país en competencia es el hecho que vivimos en una sociedad de consumo masivo de información e imágenes constantemente monitoreado por encuestas y estimulado por los media y las redes sociales.  La fabricación de la opinión pública se confunde con la movilización de expectativas y demandas, la circulación de  imaginarios y la creación de ‘hechos’; desde escándalos hasta fake news, desde mayorías hasta minorías, desde líderes hasta ciudadanos tele-coordinados.

La manipulación de expectativas se convierte así en un arte donde, como muestra la experiencia reciente de varios países, concurren sutiles tecnologías para el condicionamiento de comportamientos y emociones. La atención pública ya no logra fijarse en un punto ni retener memorias ni discriminar entre opciones. El medio ambiente se vuelve ideal para la confusión, la personalización carismática de los liderazgos, el direccionamiento de temores y esperanzas. Nuestra sociedad cree estar ajena a esos fenómenos, mas la verdad es que se encuentra en medio de ellos. Es un factor más que debe tenerse en cuenta a la hora de analizar nuestro momento político.

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