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Publicado el 09 de octubre, 2019

José Joaquín Brunner: Ideas de izquierda en gran confusión 

Académico UDP, ex ministro José Joaquín Brunner

El estatus de esta desmadejada alianza es de por sí fantasmagórico: no tiene existencia legal ni política, solo un pasado común; no se halla respaldada por un pacto; carece de un programa; incluso su nombre no es propio, sino que le ha sido impuesto por los medios de comunicación.

 

José Joaquín Brunner Académico UDP, ex ministro
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I

La ex Nueva Mayoría (NM) aún no logra salir del marasmo —esto es, suspensión, paralización, inmovilidad, en lo moral o en lo físico, según la definición de la RAE— en que quedó sumida tras la derrota de la elección presidencial de mediados de diciembre de 2017. Ha pasado casi dos años estupefacta, luego de experimentar cuatro años de euforia durante la segunda administración Bachelet.

A pesar del tiempo transcurrido, curiosamente nunca aceptó revisar en serio esa euforia que terminó en fracaso electoral y en una incierta herencia de reformas mal diseñadas. Tampoco ha podido explicarse a sí misma su actual estado de parálisis, salvo recurriendo al fácil recurso —pero insuficiente— de culpar a la falta de unidad entre las agrupaciones que la componen: PS-PDC-PPD-PRSD-PCCh y otros grupos menores de izquierda.

De hecho, el estatus de esta desmadejada alianza es de por sí fantasmagórico: no tiene existencia legal ni política, solo un pasado común; no se halla respaldada por un pacto; carece de un programa; incluso su nombre no es propio, sino que le ha sido impuesto por los medios de comunicación.

Su perfil ideológico es igualmente ambiguo: auto-definido como de izquierda, ante la opinión pública encuestada aparece sin embargo como el conglomerado de la “vieja izquierda o centroizquierda” frente a la “nueva izquierda” del Frente Amplio (FA), nominada a veces también como izquierda juvenil o alt-izquierda.

Tal profusión de nombres y siglas es demostrativa del desorden de sentidos y la dispersión ideológica que actualmente padece la parte izquierda del espectro político chileno, desde el centro hasta el extremo.

Efectivamente, a los siete partidos/movimientos (o un número aproximado a éste) de la ex NM, en cuyo seno existe además —desde octubre de 2018– la Convergencia Progresista que reúne al PS, el PPD y el PRSD, se suma una decena (o más) de grupos de neoizquierda que componen y continuamente recomponen el FA.

En el caso de este último, la contabilidad de grupos es caleidoscópica: Revolución Democrática, Partido Humanista, Poder Ciudadano, Igualdad, Partido Ecologista Verde de Chile, Partido Liberal, Izquierda Autónoma, Partido Pirata de Chile, Movimiento Democrático Progresista.

Mas no se trata de un elenco estable, ni mucho menos. Según informa la prensa, en agosto de 2017 se creó el Movimiento Democrático Popular (MDP) —que reúne a Izquierda Cristiana, Ukamau y Movimiento del Socialismo Allendista— el cual solicitó ingresar a la mesa directiva del FA. Posteriormente se unió al MDP el grupo Izquierda Anticapitalista Revolucionaria (IZAR). A poco andar, sin embargo, el Movimiento de Pobladores Ukamau se marginó del MDP y éste se fractura, suspendiéndose su participación en la mesa directiva del Frente. Más recientemente, a comienzos del presente año, Poder Ciudadano e Izquierda Autónoma se fusionaron, dando origen a una agrupación llamada Comunes. Y, en mayo pasado, el Movimiento Autonomista, Socialismo y Libertad, Izquierda Libertaria y Nueva Democracia se unen en una nueva agrupación: el partido Convergencia Social.

Dicho en breve, estamos ante una izquierda proliferante; o sea, una que se reproduce o multiplica en formas similares, reuniéndose y dividiéndose en un constante movimiento de pureza y polución ideológica, afinidad y repulsión sectaria, personalismos y atracciones colectivas, incorporaciones y expulsiones.

II

Simultáneamente con la tendencia a proliferar, surgen también, dialécticamente, esfuerzos supra-fracciones que buscan aglutinar a la izquierda en torno a nuevos ejes de convergencia. El más reciente es Plataforma Socialista, iniciativa de un grupo de dirigentes tradicionales y nuevos del PS que parte con un lapidario reconocimiento: “El socialismo chileno como corriente política hoy se encuentra en una grave crisis. Es una crisis de proyecto y de sentido histórico. Es también una crisis ética”.

El diagnóstico no se queda corto; sitúa correctamente la crisis de las ideas socialistas en perspectiva mundial: “El tema del debilitamiento y desdibujamiento de las ideas socialistas y de izquierda, sin duda, trasciende la crisis actual del Partido Socialista. Existe hoy una nueva realidad mundial, latinoamericana y nacional que es necesario analizar e interpretar. Se ha producido un rezago de la teoría crítica respecto a la rápida evolución y mutación de los nuevos escenarios del capitalismo en su actual fase neoliberal en el marco de una revolución tecnológica que modifica el trabajo, las formas de vida, y las maneras cognitivas y emocionales de estar y percibir el mundo”.

A partir de allí, sin embargo, reina la perplejidad y se impone el deseo de guardar las nuevas ideas, como vino nuevo, en viejos odres. Basta una rápida colección de citas provenientes del manifiesto de la Plataforma para percatarse de cómo el pensamiento de izquierda continúa girando en un mismo círculo vicioso de conceptos que no logran describir y explicar la realidad:

* El nuevo sujeto de la transformación es hoy más heterogéneo en su composición social y trae, a partir de sus prácticas de vida y de sus relaciones con las nuevas formas del trabajo, otras subjetividades que es necesario conocer y comprender.

* […] la política ha perdido poder y esta crisis de la política ha debilitado el compromiso de la ciudadanía con ésta. La ciudadanía percibe con escepticismo creciente la idea de que los proyectos de cambios se puedan realizar desde la política tradicional. […] Vivimos una época en que “repolitizar la política” y “democratizar la democracia” constituyen redundancias necesarias para reconstruir un nexo de confianza entre ciudadanía, política, democracia y transformación social.

* También se ha acentuado en esta etapa del desarrollo capitalista una crisis medioambiental sin precedentes. Debemos reflexionar y definir con apremio la relación entre socialismo y medioambiente.

* Con la irrupción de la emergencia climática y la escasez creciente de recursos básicos como el agua, la crisis ambiental tiene un sentido de urgencia inédito. Se trata de una realidad apremiante e impostergable, que implica para su superación cambios radicales en las formas de concebir la producción, el crecimiento económico y las formas de vida a las que induce el capitalismo, las que de no variar en un plazo breve amenazan la existencia misma del planeta y de la vida en él.

*  En esta nueva realidad mundial y social, el movimiento feminista, en su vertiente socialista y de impronta popular y de clase, ha renovado la crítica al capitalismo visibilizando el lugar del trabajo reproductivo no remunerado, también conocido como trabajo doméstico y de cuidado; aquella plusvalía invisible del trabajo de las mujeres presente en los orígenes y a lo largo de la historia del capitalismo, así como aquellos estereotipos que contribuyen, desde la cultura, a la reproducción simbólica y material de la violencia hacia las mujeres.

* Se vive igualmente un proceso de creciente reconocimiento de la diversidad de las formas de vida y de la autonomía moral de las personas para adoptar sus propias decisiones al respecto. En este camino han avanzado las demandas por el reconocimiento de la diversidad sexual o LGBTQI+, lo que también ha despertado posiciones fundamentalistas que es necesario enfrentar para evitar involuciones conservadoras.

*  En este nuevo mundo más diverso e interconectado, las contradicciones de clase, raza, etnia, género, orientaciones sexuales, ecológicas, de formas de habitar la ciudad, así como las desigualdades regionales, territoriales y locales se encuentran fuertemente imbricadas, y como tal deben entenderse y abordarse en la reflexión crítica y en la acción política.

* Políticas de reconocimiento y una creciente individuación tensionan los proyectos ideológicos globalizantes como el socialismo y el proyecto de izquierda se atomiza en una gran sumatoria de causas particulares.

* En este contexto, pensamos que debe abrirse paso a un amplio y profundo proceso de reflexión en todas las fuerzas y militancias del socialismo chileno

* Hoy existe un claro agotamiento de las ideas y perspectivas políticas socialistas y se requiere abrir un proceso de reflexión de la envergadura histórica como los señalados anteriormente.

* Creemos en la convergencia y unidad del socialismo chileno con todas aquellas fuerzas que están por una crítica y un programa de transformación del capitalismo neoliberal actual. De manera especial queremos acrecentar el diálogo y la unidad con el Frente Amplio, el PC y Unidad para el Cambio, y el PPD, como base para enfrentar el próximo ciclo electoral que comprende comicios municipales, de gobernadores regionales en 2020, y parlamentarios y presidenciales en 2021.

Hasta aquí las citas de este manifiesto, pálida sombra, como puede apreciarse de su lectura, de aquel otro Manifiesto de 1848 que famosamente proclamó: “Un fantasma recorre Europa: el fantasma del comunismo”.

El manifiesto de nuestra Plataforma Socialista, en cambio, nada nuevo promete bajo el sol. Cambian las palabras, se identifican de manera políticamente correcta los malestares y daños del orden capitalista neoliberal y se llama a superarlos en dirección hacia un vago “futuro de la izquierda, del socialismo chileno y de un proyecto democrático posneoliberal” basado en la unidad de las fuerzas progresistas.

Por el contrario, no aparece siquiera un atisbo de análisis en profundidad de la sociedad chilena y sus transformaciones de los últimos 30 años; ninguna reflexión seria sobre el fracaso de las izquierdas del siglo XX y del progresismo del presente siglo; ninguna mención a la fallida experiencia reformista de la propia ex Nueva Mayoría, ni a su lamentable estado actual; ni una idea renovada sobre cómo abordar los problemas del orden global ni su reflejo en Chile, en perspectiva del siglo XXI que se despliega ante nosotros poblado de inciertos fantasmas.

III

Sobre todo, el multivariado y variopinto panorama de nuestras izquierdas —con sus subculturas herederas del izquierdismo del siglo XX, en toda su extensión de corrientes y sectas— no parece haber superado aún la crisis que le impuso el fin de los socialismos reales y de la utopía comunista.

Viejas y nuevas expresiones de ese izquierdismo son tributarias, por igual, de aquel pensamiento que se hundió junto con el muro de Berlín hace treinta años. Tampoco asumen el hecho de que los verdaderos socialismos del siglo XXI son economías de mercados dirigidos y encarnan dictaduras autoritarias con un modo de producción más o menos artesanal o con economías tecnológicamente avanzadas organizadas bajo la forma de alguna variedad de capitalismo de Estado.

Por lo mismo resulta sorprendente que las izquierdas continúen proclamando —a pesar de todo— alguna suerte de socialismo sin hacerse cargo de la real economía política “socialista” contemporánea:  República Popular China y pensamiento Xi Jinping; República Socialista de Vietnam y su propuesta de Doi moi (“renovación”) que se concreta en “una economía de mercado orientada al socialismo”; Socialismo del siglo XXI enarbolado por Chávez y otros caudillos de la izquierda latinoamericana; Modelo Económico y Social Cubano de Desarrollo Socialista, aprobado en el 7º Congreso que proclamó “el papel dirigente del Partido Comunista de Cuba, único y vanguardia organizada de la nación, martiano, marxista, leninista y fidelista, fuerza dirigente superior de la sociedad y del Estado”; el proyecto de Revolución Ciudadana del ex presidente Correa del Ecuador enfilado hacia el socialismo del Sumak kausay (buen vivir). Y así por delante.

Por su parte, en Chile, el neosocialismo tipo FA —con su explosiva agrupación de emprendimientos políticos, líderes, sectas y corrientes— se proclama no solamente contra la experiencia fallida de los “socialismos reales”, sino también contra la única alternativa exitosa de democracia social cultivada durante el siglo XX. En efecto, según proclamó en días pasados uno de los influyentes intelectuales del FA, “la historia oficial cifra en la caída del Muro de Berlín el hito que sella la muerte de los socialismos reales. Pero su desplome trae consigo otro cadáver no reconocido: la socialdemocracia”.

¿Qué proyecto ofrece, entonces, el FA?

Si se atiene uno a su declaración de principios, los objetivos resultan sorprendentemente moderados, casi tímidamente reformistas en su exposición (que cito verbatim):

  1. Creemos en un Chile para todos y todas, respetuoso del medio ambiente y donde los derechos sociales sean la base de una democracia plena.
  2. Creemos que una sociedad de derechos sólo es posible superando el actual modelo económico neoliberal.
  3. Para cumplir estos objetivos, creemos en la necesidad de generar una fuerza política y social transformadora que sea una alternativa al duopolio conformado por la derecha y la Nueva Mayoría.
  4. Creemos en la unidad en la diversidad de las fuerzas de cambio, con vocación participativa, democrática y plural capaz de actuar con total independencia del poder empresarial.
  5. Creemos en la democracia participativa, por ello construiremos nuestro programa de forma abierta y vinculante.

Tales son los principios enunciados. Con ellos no podría resucitarse siquiera el cadáver de la socialdemocracia. De hecho, ellos no se corresponden —si no en la confusión de estos días— con la retórica del ala izquierda del FA. Por ejemplo, Convergencia Social, uno de sus grupos internos, se presenta como una corriente “por un socialismo feminista y libertario”. Según explica su principal dirigenta, “Desde la Convergencia creemos en un país desde un socialismo del siglo XXI, en el que realmente se pueda avanzar en derechos plenos para las mujeres, los trabajadores y trabajadoras, los pueblos indígenas y la diversidad sexual. Ese es el camino que proponemos para profundizar nuestra democracia”.

De modo tal que una parte de la alt-izquierda mantiene al menos un ideal de socialismo para el siglo XXI, al igual que la Plataforma Socialista cuyos enunciados mencionamos más arriba. ¿Qué significa, sin embargo, tal invocación a un socialismo 2.0 para el nuevo siglo y la 4ª revolución industrial, para el antropoceno y el post-neoliberalismo?

Sabemos, a esta altura, que tal invocación significa casi cualquier cosa. Si dejamos de lado las expresiones autoritarias de capitalismo de Estado que se proclaman socialistas a sí mismas (o incluso encaminadas hacia el comunismo) y las dictaduras austeras de tipo Corea del Norte o Cuba, los socialismos imaginados representan usualmente una mezcla de democracia radical (horizontal) encabezada por una vanguardia o líder carismáticos, alguna forma de populismo anti-elitario, anti-capitalista, anti-tecnocrático y post-neoliberal, y una integración programática de variadas demandas provenientes de los movimientos feministas, ecologistas, étnicos, de diversidad sexual, de acción comunitaria, anti-mercantilistas y anti-burocráticos y de reivindicación de los más variados derechos que nacen del seno de las democracias capitalistas.

He aquí la paradoja final: viejas y nuevas izquierdas nacen precisamente en el terreno de Tocqueville y J.S. Mill, de T.H. Marshall y Keynes, del capitalismo liberal schumpeteriano y el Estado de bienestar socialdemócrata. Es decir, en ese espacio de ideas y anhelos cuyas múltiples tensiones y contradicciones las izquierdas (viejas y nuevas) se proponen suprimir para dar paso ya bien a algún remedo de socialismo-siglo-XX, con base en alguna variedad de capitalismo-de-Estado-no-democrático, o bien, a un socialismo-tipo-siglo-XXI, con su difusa base ideológica iliberal y no-democrática y su borrosos apelación a modelos económicos que hasta aquí han desembocado en  crisis fiscales, anarquía productiva, rampante inflación y clientelismo de Estado.

Es una paradoja tragicómica; como para pensar que la historia se repite, pero nada enseña.

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