Columnas de opinión es presentado por:
Publicado el 18 de septiembre, 2019

José Joaquín Brunner: Donde comienza a crecer y desarrollarse el populismo

Académico UDP, ex ministro José Joaquín Brunner

A pocos meses de comenzar el próximo, nuevo, ciclo electoral, resulta necesario atender a los síntomas de un clima que, de no modificarse, continuará acercándonos al populismo.

José Joaquín Brunner Académico UDP, ex ministro
Recibe en tu correo Lo mejor de la prensa
Suscribirse

¿Podría Chile encaminarse hacia alguna forma de populismo? Más bien, la pregunta debería ser, ¿y por qué no? Desde ya hay un clima político-cultural favorable, en varios aspectos, a la aparición de dicho fenómeno, en su doble vertiente de derechas e izquierdas.

Primero, la percepción en aumento de que nuestro juego democrático se halla entrampado y no ofrece los resultados esperados. Mucho ruido, pocas decisiones. Un gobierno sin una clara agenda; un parlamento incapaz de generar acuerdos; dirigentes y partidos envueltos en una reyerta política que los lleva a desatender los asuntos comunes de la polis; unas élites preocupadas de sí mismas y desapegadas de la gente, cada día más distantes de las preocupaciones de la sociedad civil; una opinión pública confundida y crispada.

Segundo, una abrupta caída de la confianza social en instituciones centrales del Estado acompañada de una sensación de escasa efectividad de varios servicios públicos claves para la convivencia y el bienestar. Éste no es un asunto reciente pero solo últimamente ha alcanzado tal grado de difusión y ha llegado a abarcar tantas dimensiones de la institucionalidad. De hecho, hay creciente desconfianza en el gobierno, el parlamento, los tribunales de justicia, el Tribunal Constitucional, el ejército, carabineros, la prensa, los partidos políticos, la iglesia católica y los sacerdotes, la educación pública y sus liceos emblemáticos, las grandes empresas sobre todo si administran servicios de utilidad pública, los sindicatos, los comerciantes. La legitimidad del entramado institucional está declinando en paralelo con el aumento de la sensación de que su rendimiento es decreciente, alimentándose uno al otro.

Tercero, se extiende a lo ancho de la sociedad una visión pesimista sobre el futuro, la que atraviesa a todos los estratos, cubriendo los niveles local (mi barrio, vecindario, comuna), provincial-regional, nacional, latinoamericano y global. En efecto, las imágenes, noticias y discursos que llegan a nuestra pantalla e ingresan al interior del hogar son habitualmente alarmantes, atemorizan, nos presentan riesgos, amenazas y desastres. La contaminación del medio ambiente, la crisis hídrica, los océanos saturados, la violencia urbana, los brotes epidémicos, las nuevas enfermedades, la estadística de suicidios, la corrupción sorprendentemente extendida, la sequía y las tempestades, los abusos y el maltrato, los anuncios catastróficos (desempleo tecnológico masivo, ciudades anegadas, desplazamientos poblacionales descontrolados, etc.). Hay imágenes dramáticas que actúan como catalizadores de este pesimismo: los agitadores de mameluco blanco lanzando bombas de gasolina desde lo alto del Instituto Nacional, ex comandantes en jefe del Ejército desfilando ante los tribunales, empresas prestigiosas coludiéndose para burlar a sus clientes, narcotraficantes haciendo gala de presencia armada en lugares que se han vuelto inaccesibles para la policía.

Cuarto, se cultivan asimismo formas más o menos sutiles o groseras de anti-intelectualismo, que lanzan un  manto de sospecha sobre el juicio experto, los académicos públicos, las tecnocracias, la evidencia surgida del trabajo de investigación, las estadísticas económico sociales, las perspectivas  cosmopolitas, los teóricos particularmente si son críticos, y sobre quienes dudan del sentido común o cuestiona las opiniones políticamente correctas. Se desconoce la política basada en ideas, el lenguaje esotérico de los especialistas, el debate racional, la reflexión bien informada, la importación de conceptos desde más allá de las fronteras locales, todo lo cual es catalogado como expresión de dominación cultural. Por el contrario, se invocan los sentimientos, la emoción, el juicio instintivo, la reacción  inmediata, la exaltación de las identidades y a las personas y líderes que son sensibles a los problemas de la gente,  que empatizan con ella, desprecian la sofisticación y “tienen calle”.

Quinto, según muestra un estudioso del populismo, éste florece allí donde la esfera política aparece dominada por dos fuerzas antagónicas en el plano moral: una que encarna la pureza del conjunto de los valores positivos—como los derechos humanos, la fraternidad, la generosidad, la honestidad, la verdad—y la otra que representa los antivalores, como la maldad, la explotación, la mentira, el egoísmo, el abuso. Este antagonismo de base moral descalifica al oponente tachándolo como moralmente inferior y, por ende, excluyéndolo como interlocutor válido. Torna difícil la cooperación política, los compromisos ideológicos y la convivencia democrática. Llegado el momento del populismo, emerge como una dicotomía de pueblo abusado contra élites abusadoras, nacionalistas contra vendepatrias, clase contra clase. El lenguaje de la crispación moral, de los fines absolutos y el dogmatismo político anticipan el avance de los populismos autoritarios.

Sexto, por último, contribuye también a desarrollar un clima pro-populismo el hecho que la arena política se desplaza hacia los medios de comunicación, las redes sociales y la esfera del espectáculo. Ese medio ambiente es corrosivo para las instituciones políticas pues éstas comienzan a operar en función de la opinión pública encuestada y bajo un escrutinio que estimula el cinismo de la gente frente a aquellas. Al mismo tiempo es un medio ambiente propicio para el surgimiento de líderes cesaristas; figuras autoritarias carismáticas que se erigen como expresión del pueblo en contra de las élites establecidas, pasando por encima de los partidos y subordinando las instituciones a su voluntad.

Muchos de los síntomas anotados pueden observarse en germen o ya en pleno desarrollo a nuestro alrededor. Alimentan un entorno propicio para el populismo. Y éste, a medida que va desenvolviéndose, a su vez alimenta ese clima. Es un círculo virtuoso que puede conducir al desastre.

Por ejemplo, un gobierno impopular, sin agenda clara, en extremo sensible a los cambios de la opinión pública encuestada, que no controla las expectativas de la población y no ofrece una visión de mediano plazo del país, es probable que no pueda operar como un efectivo dique de contención de las pulsiones populistas que anidan n toda sociedad. Al contrario, sin quererlo, las promueve.

Oposiciones débiles y confundidas, carentes de ideas pero que son mayoría en el congreso nacional —como hoy sucede en Chile— tienden a bloquear el juego político y apuestan al fracaso del gobierno, propinándole derrotas tácticas (pírricas) que luego favorecen los  gérmenes populistas. La gobernabilidad se debilita al precio de fortalecer a quienes ofrecen alternativas más radicales, de derecha e izquierda.

El pesimismo ambiente, cultivado desde distintos lados, difunde el resentimiento y el cinismo frente a la política y abre un espacio para la re-moralización populista que llama a echar abajo a las elites sin percatarse que en ese vacío pueden surgir liderazgos carismáticos en la tradición de los caudillos. La política transformada en espectáculo de los media enajena a la gente y la torna aún más hostil y desconfiada frente a su clase dirigente.

El anti-intelectualismo que empieza a manifestarse por todos lados en nuestra  política de los tiempos recientes —normas mal hechas, acusaciones infundadas, legislación sin base técnica, políticas públicas  sin apoyo en la evidencia disponible, resistencia a contar con estudios independientes, chambonadas numéricas, iniciativas mal diseñadas, mociones pensadas para la galeria, etc.— abona el camino hacia soluciones mágicas, demagógicas, falsas, no financiadas, de efectos imprevistos y daños colaterales. Es un caldo de cultivo, por tanto, para políticas populistas con las cuales, tanto nuestro  gobierno como nuestra oposición, no temen experimentar. Ambos están convencidos de los réditos que dichos experimentos podrían producir para su capital valorado en las encuestas. De esta manera contribuyen, sin darse cuenta, a sembrar expectativas de fácil solución para problemas que luego no pueden resolver, cosechando así cuotas crecientes de frustración.

A pocos meses de comenzar el próximo, nuevo, ciclo electoral, resulta necesario atender a los síntomas de un clima que, de no modificarse, continuará acercándonos al populismo.

Las columnas de Opinión son presentadas por:
Ver más

También te puede interesar: