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Publicado el 16 de octubre, 2019

José Joaquín Brunner: Derechas e izquierdas: usos de lo políticamente correcto

Académico UDP, ex ministro José Joaquín Brunner

¿Qué  pasa con el fenómeno de lo  p.c. en las universidades chilenas? El intento de acallar a una estudiante de derecha por quienes discrepan de su pensamiento y dichos, ¿representa una manifestación de lo p.c.?

José Joaquín Brunner Académico UDP, ex ministro
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La semana pasada, a propósito del intento de castigar por sus ideas a una estudiante de la carrera de Trabajo Social en el campus Gómez Millas de la Universidad de Chile (UCH), dirigenta de la rama juvenil del Partido Renovación Nacional, hubo un despliegue de reacciones, comentarios, entrevistas y análisis en los medios de comunicación. Yo mismo fui requerido en varias oportunidades para opinar sobre este hecho y otros conexos, respecto a si los actuales estudiantes se han vuelto especialmente sensibles, no toleran las diferencias, se hallan malcriados por padres permisivos o, por el contrario, si los hechos denunciados son manifestaciones de un clima de crispación política, de un fenómeno particular de politización de la UCH o una reacción del pensamiento políticamente correcto (p.c., para usar la abreviación empleada en Estados Unidos).

Me parece que se trata de una discusión interesante, sin duda compleja, pero que necesita hacerse, especialmente en los espacios académicos. Pero no solamente ahí. Pues tiene que ver con nuestra cultura política y con cómo queremos convivir en la polis. Aprovecho algunas de las entrevistas que concedí en estos últimos días, y las expando, empleando la cuestión de lo p.c. como mi hilo conductor.

¿De dónde proviene la noción de pensamiento político correcto (p.c.)?

Entiendo que proviene del lenguaje de los partidos comunistas de la primera mitad del siglo XX, cuando era común  exigir un completo alineamiento con la línea política correcta de la URSS y de los partidos comunistas prosoviéticos alrededor del mundo, incluido el chileno. Según algunos estudiosos, los primeros en usar esta terminología de lo p.c. fueron Mao Zedong y Trotsky. Recuerdo que en círculos de la izquierda chilena de los años 1960 y hasta el golpe militar, no era raro el uso de la palabra “correcto” o “correcta” para referirse a posiciones, doctrinas, pensamientos, análisis. Invocaba siempre a una autoridad superior que cautelaba la doctrina (verdadera), fijaba el  norte y determinaba la estrategia y la táctica.

Detrás de esta mentalidad había un respeto reverencial hacia a la palabra del partido, del comité central, del secretario general. De allí emanaba el pensamiento p.c.; aquel que se seguía con lealtad, sin cuestionar, incluso, se diría, con entusiasmo militante. Lo p.c. gozaba, pues, de un cierto aura;  era una conducta loable; creaba una comunidad moral entre quienes compartían una interpretación del libro (el marxismo) y sujetaban su pensamiento a una autoridad suprema que estaba del lado “correcto” de la historia.

Desde entonces, la noción de lo p.c. ha experimentado sucesivas transformaciones hasta coronar su viaje, paradojalmente, como una fórmula utilizada preferentemente por la derecha extrema de los Estados Unidos contra los “liberales” de ese país (y contra cualquiera otra manifestación de tipo progresista). Ahora son los seguidores de Trump y Steve Bannon los que con mayor frecuencia tildan de pensamiento p.c. (o “único”) a grupos (más o menos radicalizados) que proclaman la defensa de minorías, etnias, inmigrantes, personas con capacidades diferentes, movimientos LGBTI, la ecología profunda, los derechos de los animales y las plantas, etc.

Al acusar de p.c. al pensamiento liberal, sobre todo de promoción de la diversidad y el multiculturalismo, se busca retratarlo como una corriente política de la cultura elitista que pretendería subvertir el sentido común, los valores, las costumbre y los comportamientos “normales” de la gente corriente. En este sentido, lo p.c. es un concepto derogatorio, destinado a etiquetar a grupos progresistas como una corriente alienada, ajena al sentimiento de las masas, alejada de los problemas de la gente.

De hecho, en una entrevista durante la campaña que lo llevó a la presidencia, Trump —el mayor usuario de esta etiqueta— declaraba: “I think the big problem this country has is being politically correct”. Sus oponentes demócratas eran retratados así como grupos intelectualizados, de una cultura sofisticada, insensible hacia las mayorías menos educadas, precupados únicamente de minorías identitarias. Esta acusación no deja de llamar la atención, viniendo de una persona que trataba a mujeres de “fat pigs”, “dogs”, “slobs”, y “disgusting animals”. Y que había dicho de una concursante en su programa Celebrity Apprentice: sería un “hermoso cuadro verla de rodillas”. Con razón ha escrito Polly Toynbee, columnista del diario británico The Guardian, que la frase “political correctness” nació como una fórmula para encubrir el deseo de aquellos que todavía hoy quisieran fastidiar a cualquiera que no es igual a ellos; matones de jardín infantil que nunca crecieron. Desde este punto vista, dice Toynbee, una sociedad p.c. es una sociedad civilizada.

Por el contrario, la teoría de la derecha-alt (o alternativa, como suele denominarse en EE.UU. a la extrema derecha) es que la difusión del discurso p.c. representaría un intento del marxismo gramsciano para conquistar desde dentro la cultura occidental, imponiéndole una verdadera transmutación de valores. Según explican dos académicos de dicho país, muchos nacionalistas blancos perciben los cambios de la sociedad americana desde los años 1960 como resultado de un plan —denominado “marxismo cultural”— orquestado por intelectuales de izquierda para destruir el “American way of life” establecido por sus antepasados, protestantes anglosajones blancos (los WASP, Beirich y Hicks, 2009).

Como sea, desde esta perspectiva de derecha extrema, el discurso p.c. es percibido como intensamente negativo, destructivo incluso del acervo cultural cristiano-occidental-anglo-americano. Sería un fenómeno subversivo que primero se propone controlar el lenguaje y luego controlar el pensamiento. La principal responsabilidad de su producción y transmisión recaería en intelectuales, académicos, universidades y medios de comunicación dominados por el liberalismo y la izquierda.

Contrarianente a esta versión de lo p.c., en Chile, en cambio, su expresión más frecuente se encuentra en diversos grupos de izquierda y es usado por éstos para descalificar los pensamientos contrarios —de derecha o incluso de izquierdas no p.c.— haciéndolos aparecer como “fachos”, retrógrados, contrarios a la diversidad y el multiculturalismo, opresores, patriarcales, anti-científicos y, en general, agresivos e insensibles respecto de los “condenados de la tierra”.

Entonces, ¿qué  pasa con el fenómeno de lo  p.c. en las universidades chilenas? El intento de acallar a una estudiante de derecha por quienes discrepan de su pensamiento y dichos, ¿representa una manifestación de lo p.c.?

Lamentablemente, sí. Y sucede en un espacio universitario que, por definición, debería estar libre de esta clase de conductas.

La universidad es una institución de la razón o no es nada. Existe para conversar socráticamente, reflexionar metódicamente, cultivar los saberes, hacer avanzar el conocimiento y para exponer a sus miembros —profesores y estudiantes— a una convivencia basada en las ciencias y las humanidades como vocación. Cualquiera censura, intolerancia, funa, discriminación o uso de la fuerza —sobre todo si se ejerce en nombre de lo “políticamente correcto”— erosiona las bases de la universidad.

¿Ha reaccionado bien la UCH? El propio Rector Vivaldi encabezó hace algunas semanas —frente a hechos similares de violencia ejercidos sobre un estudiante— la reacción de la razón y de los valores académicos ante estos comportamientos de matonaje que se disfrazan de ideologías de izquierda. Ahora ha vuelto a condenar la agresión de la alumna de Trabajo Social que otros buscan justificar en nombre de lo p.c.

Para enfrentar estas situaciones no basta, sin embargo, con mesas de trabajo y protocolos y talleres y sanciones puntuales. Hay que razonar públicamente sobre esta peligrosa deriva y reafirmar—profesores y estudiantes—una cultura de la disputa argumental, el pluralismo de los valores y la libertad de disentir y criticar. ¿Qué debería hacerse a largo plazo para que estas situaciones no vuelvan a repetirse? El largo plazo no va a existir si no se reacciona de inmediato, recuperando un ambiente universitario donde no se persiga al que disiente de aquello considerado p.c. y se evite así transformar las salas de clases en un campo de batalla para imponer determinadas ideologías. Hay que aprender del Instituto Nacional. No sirve ocultar los problemas para proteger la imagen institucional. Tampoco ayuda la complacencia que  —para explicar el fenómeno de lo p.c.— lo justifica por el contexto: una sociedad desigual, unos estudiantes agobiados, un neoliberalismo rampante, una cultura competitiva, etc. Las autoridades institucionales tienen que usar su legitimidad para conducir y orientar, para explicar y afirmar los valores democráticos.

¿Qué característica peculiar tiene el fenómeno de lo p.c. en Chile?

La creencia, compartida por ciertos grupos de izquierda, de que deben eliminarse los lenguajes, prácticas e ideas estimados ofensivos por la particular sensibilidad de sus miembros. Paradojalmente, lo p.c. que en Chile se promueve en defensa de la diversidad cultural, sin embargo niega la diversidad propia del pluralismo político y reacciona contra él. Pretende hablar en nombre del progresismo y el pensamiento de las izquierdas-alt, cuando en verdad es una ideología y una conducta profundamente reaccionaria.

Es esencial que la diversidad se defienda no solo en el plano socioeconómico, de género, origen étnico, religión, nacionalidad, capacidades distintas sino, universitariamente hablando, sobre todo en el terreno de las ideas, las escuelas teóricas, los enfoques metodológicos, las tradiciones disciplinarias, los principios éticos, los valores y las concepciones ideológico-políticas. Debería prevalecer entre docentes y estudiantes en primer lugar. Y extenderse enseguida a la sala de clase, los seminarios y talleres, el reclutamiento de los académicos, organización de los currículos, lecturas obligatorias, conferencistas invitados y a todo lo ancho de la cultura institucional.

Sin diversidad cultural la universidad deja de existir. Se convierte ya bien en una institución intervenida y vigilada desde fuera, como ya conocemos  en Chile, o bien en una institución censurada y atemorizada desde dentro, por minorías que movilizan lo p.c. como un arma para acallar a los demás. Aplasta el espíritu crítico. Ahoga la capacidad de disentir. Impone por la fuerza límites a la variedad del pensamiento y a sus expresiones.

Suele vincularse el fenómeno de lo p.c. a características de los jóvenes estudiantes que estarían en un estado de hipersensibilidad cuando no directamente amenazados o dañados por un entorno hostil, competitivo y neoliberal. ¿No podría ser que se trate de una generación que ha sido malcriada, como plantea Jonathan Haidt,  psicólogo social estadounidense, respecto a los universitarios de ese país?

No lo creo. Es una generalización que, al menos para Chile, pasa por alto la enorme diversidad de los jóvenes que hoy estudian en la educación superior. Hay diferencias de grupos de edad, tipos de estudiantes, instituciones en que se inscriben, áreas del saber donde cursan sus estudios, región del país, culturas de género, nivel de selectividad académica de las instituciones, origen socioeconómico, trayectorias escolares previas de los jóvenes, etc. No existe ninguna evidencia que muestre que las actuales generaciones de estudiantes de la educación superior chilena son malcriados  o han tenido una crianza de menor calidad que generaciones anteriores.

Pero, ¿acaso no es  cierto que hay una hipersensibilidad imperante entre los jóvenes chilenos de hoy?

Otra vez, no se puede generalizar. Es probable que en círculos de jóvenes socialmente acomodados, de familias burguesas y mesocráticas consolidadas, exista la tendencia a concebir su propio bienestar como la cosa más digna e importante del mundo; una cierta cultura del narcisismo como la llamó Christopher Lash, historiador norteamericano en los años 1980. Hablaba de unos grupos generacionales fascinados con la fama y la celebridad, temerosos de la competencia, desconfiados, con relaciones interpersonales fugaces, horrorizados de su propia transitoriedad.

Pudiera ser que en esos círculos acomodados o semi-acomodados se cultive hoy en Chile una nueva suerte de hipersensibilidad narcisista, ligada a la extrema individuación, la subjetivación de las diferencias, los reclamos de identidad y derechos, y el deseo de “visibilizar” los propios deseos como máxima expresión de libertad y autonomía personales. Por otra parte, es razonable pensar también que la sociedad actual, con sus tendencias a la vez creativas y destructivas, genere estados de hipersensibilidad frente a los riesgos medioambientales, las amenazas tecnológicas, la incertidumbre de las especies, el desorden de las ideas y la falta de solidez de la vida en general.

En otro frente, ¿pudiera ser que en el segmento juvenil exista una una minusvaloración  del debate, al punto de ni siquiera desear escuchar a quienes piensan distinto?

En efecto, en ciertos grupos, al interior de esos círculos de hipersensibilidad narcisista, suelen presentarse rasgos de desinterés por los otros y de intensa intolerancia frente a quienes son percibidos como distintos, ajenos, políticamente incorrectos. Esto lleva a veces a desechar el debate de ideas; otras veces a acallar al que está al frente; en el extremo, a funarlo o agredirlo físicamente. La pasión por la diversidad y lo “multi” cede asi, rápidamente, frente al imperativo de la identidad y el cierre respecto al pensamiento de los otros que despreciamos. Las redes sociales multiplican este efecto restringiendo aún más la comunicación a personas que piensan como yo y, sobre todo, que odian igual que yo a los mismos grupos, por ejemplo, a los fachos, especistas, homófobos, burgueses, militaristas, neoliberales, etc.

¿No confirmaría esto lo que dice Haidt, el autor citado más arriba, que «en nombre del bienestar emocional, los estudiantes están demandando protección de palabras e ideas que no les gustan”? ¿Sucede lo mismo en Chile?

Puede ser que haya grupos de estudiantes que—en nombre de su propio bienestar emocional—demandan protección frente a  palabras e ideas que no les gustan; o sea, que esgrimen lo p.c. como un medio para limitar la expresión de lenguajes y creencias y conocimientos distintos de los propios. Pero no hay que exagerar; esos grupos son por ahora una minoría, aunque activos y altamente visibles. Buscan, precisamente, proyectarse a sí mismos como un fenómeno general. Aún así nos deben preocupar, sobre todo en el medio universitario.

Allí suelen aparecer y manifestarse estas minorías activas que quisieran no tener que convivir con “otros diferentes”, sea porque no comulgan con sus ideas o sentimientos, o porque no comparten sus creencias, o porque pertenecen a otras tribus políticas, o porque usan lenguajes “in-correctos”. A veces no aceptan siquiera ver o escuchar a esos otros, cuya sola presencia los embarga de rabia o bien les provoca un hondo malestar que experimentan como daño psico-moral.

Sin duda, es un  comportamiento de una gran intolerancia, de cierto matonaje ético, demostrativos de una alta dosis de autoritarismo, de bullying ideológico, de un narcisismo que se siente amenazado y reacciona.

Ambigüedades que conlleva lo p.c., ¿acaso no hay nada que pueda rescatarse de este fenómeno?

Lo más llamativo de esta “confesión” es la oscilación del confesante entre su rechazo al bullying al que fue sometida su compañera, con quien se identifica por haber sido él también víctima de una agresión similar en el colegio y, a pesar de eso, su intento por explicarse a sí mismo la agresión experimentada por la “niña facha”. De un lado, entonces, el sentimiento de identificación con la persona maltratada: “la vi llorando un buen rato en la sala con todo el curso en su contra pidiendo que se fuera y me sentí mal, siento que a veces nos cuesta reconocer la humanidad del resto”. Del otro lado, sin embargo, la justificación de la agresión contra la víctima: “varixs compas pidieron su salida de la sala porque igual es fuerte estar en clases con alguien así, es normal que alguien se sienta violentadx por lo que ella representa”…Las tensiones y vacilaciones que provocan el pensamiento y las prácticas p.c. entre los estudiantes se hallan bien retratadas en la siguiente “confesión” aparecida días atrás en Twitter, escrita por un compañero de la alumna de Trabajo Social agredida por sus ideas de derecha. Copio el texto sin suprimir nada, a pesar de la descortesía y rusticidad del lenguaje.

La “niña facha” representaría pues en sí, por sus ideas y expresiones, un acto de violencia simbólica ejercida sobre sus compañeros. Por lo mismo sería normal que ella provoque en sus compa el deseo de excluirla. Entramos aquí en el corazón de la torcida lógica de lo p.c. Quien disiente, discrepa o, en general sostiene una concepción de mundo distinta de aquella que se halla consagrada y protegida por lo p.c., automáticamente se excluye a sí misma de la comunidad y atrae sobre sí la furia de los guardianes de la ortodoxia. Se hace culpable por ende del mal que le sobreviene.

Pero la cosa va más lejos aun; en efecto, “lo mismo […] pasa con este sistema que nos oprime quitándonos la humanidad al ponerle precio a todo, que nos impide ver a las personas tras tanta mierda”. ¿Qué se deduce de esto? Pues que el propio sistema que mercantiliza la vida y, cómo no, el neoliberalismo que lo genera y reproduce, serían, en definitiva, el origen y responsables (“culpables”) de las violencias que se suscitan en la sociedad: del bullying y los mamelucos blancos, de los crímenes y asaltos a mano armada, de las microagresiones cotidianas y la destrucción de los espacios públicos, de las tormentas de excremento (shitstorms o “linchamientos digitales”) en las redes sociales y el cyberbullying entre estudiantes, de la violencia rural y los enfrentamientos contra carabineros en las calles de las ciudades.

En suma, la violencia que amenaza a las sociedades contemporáneas es, según sostiene este pensamiento p.c., “estructural”, en el sentido que “a pesar de su invisibilidad, [ella] está moldeada por instituciones, relaciones y campos de fuerza identificables, tales como el racismo, la inequidad de género, los sistemas de prisiones y los términos desiguales de intercambio en el mercado global entre las naciones industrializadas y las no industrializadas”, para citar una típica definición de este fenómeno que explica su naturaleza difusa y ominpresente.

Esa violencia es la que aparece por todos lados de “este sistema que nos oprime quitándonos la humanidad”. Por lo mismo, justificaría reaccionar—incluso con formas soft de violencia, como experimentó en su propio cuerpo la “niña facha”—contra cualquiera que no comparte esta visión “estructural”. Los grupos de la izquierda p.c. terminan así agrediendo—casi sin pensar—a sus adverarios de pensar in-correcto, condenándolos, excluyéndolos, funándolos o castigándolos físicamente.

Vale aquí por tanto recordar la recomendación hecha en alguna ocasión por Slavoj Žižek, el más famoso pensador adjudicado a la alt-izquierda: “La única alternativa a la derecha no es la corrección política (…) Si eres un izquierdista no te sientas obligado a ser políticamente correcto. (…) No tengas miedo de pensar”.

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