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Publicado el 14 de agosto, 2019

José Joaquín Brunner: Conocimientos, política y políticas

Académico UDP, ex ministro José Joaquín Brunner

Lo que se observa en estos días, en el lado del oficialismo y de la oposición, son actuaciones improvisadas y propuestas infundadas (reducción de la jornada laboral) y, en general, la defensa de políticas públicas mal diseñadas e implementadas, originadas indistintamente por el anterior o el actual gobierno.

José Joaquín Brunner Académico UDP, ex ministro
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Últimamente vuelven a expresarse con fuerza —a nivel internacional y a veces también en Chile— ciertas confusiones en cuanto a las relaciones entre conocimiento, política (politics) y políticas (policies). Los ejemplos abundan: Trump, y otros autócratas, desprecian al establishment técnico de sus respectivos países en nombre de una política más auténtica y popular; Irán inspira en el libro sagrado sus acciones geopolíticas; Bolsonaro se rodea de oscuros filósofos integristas a quienes dice seguir fielmente; Maduro y otros líderes escuchan voces de los antepasados de la tribu; Boris Johnson cree firmemente que su cultura clásica oxfordiana es suficiente para salvar a Inglaterra de los males del Brexit. Y así por delante.

Tampoco en Chile faltan ejemplos: gobierno y oposición confiesan no conocer el impacto que produciría la reducción de la jornada de trabajo que ambos postulan por cuerdas separadas; la nueva izquierda alternativa, igual que la vieja derecha conservadora, manifiesta desconfianza en los diagnósticos académicos y prefieren apostar a las redes sociales; algunos empresarios se manifiestan escépticos respecto del calentamiento global pues desconfían de la ciencia que lo prueba. Y abundan creencias mágicas fundadas en la atribución mitológica de causalidades, como que las leyes o los mercados resolverían por sí solos los problemas de desigualdad.

I

Todos estos casos exhiben fallas del vínculo entre formas de conocimiento y actuaciones de política; entre saber y gobierno.

Por ejemplo, suele sostenerse que corresponde a la política inventar o imaginar un país, dar cuerpo a un sueño, recoger los latidos de la nación, atender a los deseos del pueblo, escuchar su voz, percibir y responder a sus sentimientos (malestares, rabia, indignación); en suma, los contenidos de la política deberían ser, ante todo, emocionales. La empatía ocupa el primer lugar. Y, en seguida, intuiciones situadas más allá de una estrecha racionalidad cognitiva que capten las vibraciones de las masas y se identifiquen con sus temores e inseguridades más profundos.

Los populismos suelen expresarse en estos términos, igual que los nacionalismos y las ideologías relativas a la supremacía de una raza, religión o clase social. La política se convierte en el reino de la conciencia colectiva interpretada por líderes carismáticos. El gobierno deviene un arte de la palabra; su mayor fuerza, la movilización de retóricas encendidas y grandes despliegues de muchedumbres y banderas. La sociedad se divide entre amigos y enemigos. Y entre los enemigos se hallan habitualmente las élites, la política tradicional, los intelectuales, las tecnocracias, los expertos en políticas públicas, la alta cultura y el conocimiento académico. Es la política entendida como conducción de masas a cuyas pulsiones acceden sólo quienes que se fusionan con ellas.

En el extremo opuesto hay quienes conciben la política y las políticas —el tablero y las piezas de ajedrez— en términos de conocimiento científico, estrategias computacionales y evidencia emanada de estudios publicados en revistas académicas. De preferencia, claro está, evidencia obtenido mediante técnicas estadísticas sofisticadas o, crecientemente, data mining.

Evidence-based-policies, como se denomina hoy a este nuevo juego de poder, aparecen como el desiderátum de la tecnopolítica, aquella dirigida por expertos que reclaman para sí unos saberes metódicamente producidos de acuerdo con la más alta racionalidad epistémica. Sus practicantes participan en redes internacionales, conocen la evidencia comparada disponible, han estudiado y /o trabajado en alguna de las cien universidades top del mundo (world class universities), dialogan con los think tanks más reputados del norte y han sido contratados como consultores por el FMI, la OCDE o el Banco Mundial.

Para ellos la política no es más que una suma de políticas públicas racionalmente desplegadas, previamente evaluadas en sus costos y beneficios, e implementadas por personal experto de alto nivel que actúa sine ira et studio. Sobe todo, personas alejadas de cualquiera pasión/contaminación/captura ideológico-partidista-burocrática. Situadas pues en las antípodas de los políticos populistas con sus emociones y sensibilidad demagógica a flor de piel. Que desprecian a los ignorantes y —cual platones actualizados— sueñan para sí una República de letrados STEM (science, technology, engineering and mathematics). Esta es, entonces, la política reducida a decisiones técnicas conforme al mejor conocimiento científico disponible que, próximamente, podría ser administrada por dispositivos de IA, algoritmos y máquinas de aprendizaje.

II

Entre tanto, la polis como espacio y la política como actividad, ordenadas una y otra a crear una “buena vida” para el común de la población y resolver los “problemas de la gente”, siempre han necesitado personas experimentadas en el arte de gobernar y personas expertas en los sectores atingentes a esa vida en común: defensa, justicia, obras públicas, salud, sistema escolar, administración del fisco, etc.

Ambas destrezas —o sea, conocimientos y habilidades— no marchan siempre de la mano ni convergen espontáneamente. Mientras la política se rige por una racionalidad deliberativa y por la virtud de la prudencia, la gestión de los asuntos públicos requiere además un saber técnico; esto es, se halla sometida a una racionalidad instrumental.

Un teórico político danés contemporáneo (Bent Flyvbjerg) rastrea los orígenes de ambas formas de conocimiento en la antigua cultura griega. Techné, dice él -esto es, la administración de los asuntos del Estado según diríamos hoy- es un conocimiento concreto, variable, dependiente del contexto y cuyo fin son aplicaciones pragmáticas. Responde a esta pregunta axial: qué funciona en la práctica. Nace y se desarrolla con la experiencia, sin perjuicio de apoyarse, además, contemporáneamente, en las disciplinas académicas de las ciencias de la gestión, la ciencia política, la teoría de las organizaciones, las finanzas públicas, el análisis de las comunicaciones, etc. Sin embargo, no supone que la experiencia, o saber práctico, ha de reemplazarse por evidencia científica. Que bastaría con leer unos estudios para saber qué hacer y diseñar políticas (policies) adecuadas. What works no es una masa de información y un conjunto de valores y criterios que podrían resolver automáticamente cuáles políticas aplicar y así satisfacer las preferencias de la gente.

Por el contrario, la elaboración y aprobación de políticas es un componente esencial de la acción de gobernar. Y una condición del “buen gobierno”. Requieren de techné y personal especializado; una burocracia competente y una tecnocracia experimentada, al servicio de la política democrática. Con todo, suele acusarse a los gobiernos que reclaman para sí este tipo de conocimientos de ser (peyorativamente) tecnocráticos y a las tecnocracias de frenar la voluntad transformadora de las masas o la voluntad intuitiva del líder carismático. En efecto, la techné toma distancia de los sueños utópicos y no cree que aspirar a lo imposible sea un mandato de las políticas públicas, aunque éstas sirven para transformar gradualmente a la sociedad o bien para dañarla cuando son mal diseñadas e implementadas (Transantiago, gratuidad, etc.).

La phronesis, en tanto, es el conocimiento de la política como tal. Se refiere al análisis de los valores; es el conocimiento de las cosas que son buenas o malas para la vida humana en común. Se conduce de acuerdo a una racionalidad de valores, por tanto; es el saber práctico que debe inspirar a la política e iluminar la gobernanza de la polis. Supone discernimiento, evaluación, interacción entre lo general y lo concreto y, en última instancia, una elección. Sus preguntas claves son: hacia dónde vamos, qué es lo deseable, qué debemos hacer.

Este es el tipo de conocimiento que sirve para dirigir el timón del Estado; la misión de los gobernantes. No se confunde con ideales maximalistas ni se halla presidida por una lógica abstracta de pureza, felicidad o igualdad. Más bien responde a una ética de la responsabilidad, en el sentido señalado por Max Weber; donde los ideales que rigen la acción reconocen los límites de la realidad social, la falibilidad de los dispositivos estales, la pluralidad de creencias e intereses propios del juego democrático.

Es una racionalidad prudencial, por tanto; el conocimiento de una virtud que ha acompañado por siglos al gobierno de la polis. Hoy resulta difícil de encontrarlo pues vivimos una época sin estadistas (mírese a EE.UU., Europa, nuestra América Latina) y la prudencia se confunde con pragmatismo o con temor a las redes sociales o con el imperio de la opinión pública expresada a través de las encuestas.

III

También Chile vive hoy múltiples confusiones en el plano de las interacciones entre conocimiento, política y políticas públicas. En ocasiones asoma un craso populismo que, con argumentos de izquierda o derecha, hace valer la primacía de los sentimientos y reivindica el conocimiento desde abajo, negando cualquier papel al conocimiento formal de la techné y desconociendo los límites de la actividad política como tal, su dialéctica de valores y prudencia. En otros casos, también desde derechas e izquierdas, se proclaman ideales tecnocráticos, en base al conocimiento arcano de minorías o vanguardias poseedoras de los saberes técnicos (algunos economistas, por ejemplo) o bien de alguna concepción científica o revelada de la historia (materialismo histórico, evolucionismo, teología de la historia).

Observando el panorama a nuestro alrededor, lo que se observa es gobierno sin phronesis; esto es, política sin virtud ni virtuosa, términos que parecen pasados de moda ante una avalancha de comportamientos transaccionales. Tampoco prima una racionalidad del tipo techné, donde la experiencia se enriquece con el conocimiento técnico de los asuntos y viceversa.

Más bien, lo que se observa en estos días, en el lado del oficialismo y de la oposición, son actuaciones improvisadas y propuestas infundadas (reducción de la jornada laboral) y, en general, la defensa de políticas públicas mal diseñadas e implementadas, originadas indistintamente por el anterior o el actual gobierno. La burocracia estatal aparece inestable, la tecnocracia débil. Los debates políticos, a su turno, transcurren sin referencia a los ideales prácticos de la “buena vida”, limitándose a intercambios polémicos y usualmente a asuntos internos de la esfera política, como desavenencias dentro de los partidos y la competencia por posiciones de liderazgo.

El conocimiento propiamente de los asuntos públicos no parece avanzar y en vez de la experiencia que lleva a soluciones compartidas se prefieren los argumentos sonoros que conducen a las trincheras.

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