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Publicado el 03 de julio, 2019

José Joaquín Brunner: Apuntes para una topografía de las ideologías de izquierda

Académico UDP, ex ministro José Joaquín Brunner

Contra toda previsión, el principal legado de las izquierdas del siglo XX al nuevo siglo fue la socialdemocracia (SD) y el Estado de bienestar y no las revoluciones —desde la rusa hasta el socialismo del siglo 21–, que fueron a dar todas al basurero de la historia. Hoy las ideologías de izquierda se debaten ante viejas y nuevas encrucijadas y los caminos para superarlas se vuelven cada más complicados.

José Joaquín Brunner Académico UDP, ex ministro
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Un panorama en ruinas

Frente al mapa de posiciones ideológicas de derecha mostrado la semana pasada en un ensayo paralelo a éste, la invitación es a cartografiar ahora el campo ideológico de las izquierdas. A primera vista, el terreno aparece grandemente confundido y lleno de sorpresas, casi irreconocible respecto de la segunda mitad del siglo XX.

El horizonte del comunismo como promesa ha desaparecido; la URSS se desplomó y lo mismo sucedió con los regímenes socialistas de Europa Central y del Este; las economías centralizadas de control y comando son asunto del pasado; China se levanta como la próxima potencia capitalista bajo un régimen burocrático-militar de partido único; Vietnam, luego de imponerse al imperio americano, emerge ahora a la cabeza de los nuevos tigres asiáticos con una economía de mercado integrada al mundo; Rusia vuelve a levantarse como una semipotencia autoritario-oligárquica (con un “Estado mafioso”, según una designación de sociología política); los gobiernos de izquierda son apenas dos  entre 29 en Europa (Grecia y Portugal), al lado de 6 que se cuentan como socialdemócratas y/o de centro izquierda ( Eslovenia, España, Finlandia, Malta, República Checa y Suecia); en América Latina—dirigida todavía ayer por tradicionales y nuevos partidos revolucionarios o de cambio progresista— las izquierdas se deshilachan entre la resaca de la corrupción, el populismo, dictaduras envejecidas y unos pocos ensayos de capitalismo de Estado bajo banderas tales como anti-neoliberalismo, desmercantilización de algunos servicios sociales o algún nuevo modelo de desarrollo.

En breve, estamos ante un panorama de ruinas y memorias ofuscadas. Cualquier persona perteneciente, como yo, a la generación nacida al término de la Segunda Guerra Mundial debe sentirse conmovido por la intensa  secuela de daños, fracasos y adversidades dejada tras de sí por las izquierdas revolucionarias en su paso por el mundo: gulags, planes decenales, informe secreto al XX Congreso del PCUS, Pol Pot y los Khmer Rouge, la gran hambruna China (llamada “tres años de desastres naturales”),  la gran revolución cultural proletaria enfilada contra las viejas costumbres, los viejos hábitos, la vieja cultura y los viejos modos de pensar, el malogrado intento del PC italiano por dar una proyección histórica al eurocomunismo, la revolución sandinista de la que el novelista Sergio Ramírez escribió: “Las fortunas cambiaron de manos y, tristemente, muchos de los que alentaron el sueño de la revolución fueron los que finalmente tomaron parte en la piñata”.

¿Cómo dar cuenta de tan abigarrados fenómenos de mutación en el campo de las izquierdas sin contar con una adecuada cartografía? ¿Cuáles son los ordenamientos emergentes y en torno a qué ejes evolucionan? ¿Qué perspectivas tiene el pensamiento de izquierda en el siglo XXI?

Agentes históricos, reformismo y revolución

Proponemos una matriz conceptual con la cual explorar los cambios en curso en el espacio ideológico de las izquierdas a partir de dos ejes que permiten ordenar nuestro esquema interpretativo.

Esquema conceptual del campo ideológico de las izquierdas

sobre la base de los ejes de agencia del cambio y estrategias para su implementación

A lo largo del eje horizontal, se sitúan frente a frente dos visiones de la agencia del cambio o sustitución del capitalismo, rol atribuido en la tradición de izquierda variablemente al partido o vanguardia revolucionaria, la clase obrera, las masas empobrecidas, el ejército de liberación, la guerra de guerrilla, un nuevo bloque de poder, el pueblo, etc. A comienzos del siglo XXI aparecen en este rol, en un extremo, el Estado como agente de cambio y, en el otro, un abigarrado conglomerado de agentes y dinámicas que movilizan incontables protestas, resentimientos, exclusiones, daños, abusos, explotaciones, sentimientos e ideas de resistencia y rechazo frente al capitalismo, la globalización y, más en general, el sistema como entramado de poder.

En seguida, a lo largo del eje vertical, se contraponen dos visiones estratégicas del cambio que desde la revolución francesa han enfrentado a girondinos y jacobinos, a mencheviques y bolcheviques en la revolución rusa, a socialdemócratas y comunistas durante el siglo XX, a los partidarios del cambio institucional y de la rebelión popular en tiempos de la UP y luego, al  final de la dictadura de Pinochet, a los partidarios de actuar desde dentro del marco institucional y a aquellos que favorecían la insurrección popular y el uso de todas las formas de lucha. Hoy esta dicotomía estratégica enfrenta a reformistas, partidarios de una estrategia de cambio gradual, dentro de instituciones que evolucionan, mediante el libre juego de mayorías y minorías en un contexto democrático, y revolucionarios, partidarios de una ruptura o quiebre y de una sustitución a fondo, relativamente rápida, del status quo institucional por un nuevo orden alternativo. Aquellos aspiran a un cambio incremental, negociado, basado en acuerdos por vías que se asemejan al muddling through de Lindblom, mientras estos otros buscan una transformación radical, impuesta a partir de los contrapoderes acumulados, no transaccionalmente, y por vías expeditas que se aproximan más  a la propuesta leninista (en sentido amplio) de movilizar—bajo la vanguardia de una élite dedicada profesionalmente a la revolución—a los sectores en condiciones de derrocar el sistema de poderes establecidos.

Los cuatro cuadrantes que resultan de esta representación gráfica —v.gr., C1, C2, C3 y C4– conforman los espacios fundamentales dentro de las cuales postulamos pueden analizarse las trayectorias ideológicas de izquierda en el primer cuarto del presente siglo.

Cómo puede verse, y a diferencia de un mapa del siglo XX, no aparece retratado aquí —nada menos que— el contenido finalista (la utopía, el sueño, la imagen) del proceso transformador; es decir, el nuevo tipo de sociedad que surgiría de la revolución y del fin del capitalismo, como puede ser una sociedad socialista o comunista o de radical igualitarismo o autorregulada solidariamente o sin intervención de un aparato estatal centralizado. Se trata ahora, por tanto, típicamente, de un pensamiento postutópico, desprovisto de un “gran relato” sobre la sociedad futura; en tal sentido, posmoderno. Esto representa para las izquierdas un golpe letal, al quedar sin “principio de esperanza”. Y, por ende, no poder prefigurar —en el imaginario social— un estadio superior de humanidad, una forma emancipada de vida, una comunidad ideal, pacificada, que imprima sentido al proyecto. De hecho, la falta de este elemento teleológico significa un cambio radical del terreno en que sólo hasta ayer venían desarrollándose las ideologías de izquierda desde la revolución francesa.

El legado principal

Contra toda previsión, el principal legado de las izquierdas del siglo XX al nuevo siglo fue la socialdemocracia (SD) y el Estado de bienestar y no las revoluciones —desde la rusa hasta el socialismo del siglo 21–, que fueron a dar todas al basurero de la historia. C1 es el espacio de esa imprevista herencia, demarcado por un Estado de derecho, una estrategia reformista desde dentro del capitalismo, activas políticas keynesianas, la ampliación de beneficios sociales al conjunto de la población y el libre juego de mayorías y minorías en un marco de instituciones democráticas.

Al final del siglo pasado pudo verse con claridad que, entre la izquierda revolucionaria marxista y el revisionismo socialdemócrata de Eduard Bernstein, este último se había impuesto en toda la línea. Retrospectivamente quedaba justificada así la transformación ideológica emprendida por el Partido SD alemán en el congreso de Bad Godesberg (1959), donde junto con abandonar la doctrina marxista, los socialdemócratas aceptan la economía de mercados y asumen los desafíos de cambiar el capitalismo desde dentro, ampliando progresivamente el rol social y redistributivo del Estado.

Con el tiempo se desarrollan diversos regímenes de bienestar, que obedecen también a diversas variedades de capitalismo. En la vanguardia, hasta el presente, aunque últimamente con mayores entrecruzamientos con políticas liberales, e incluso neoliberales, se sitúa el modelo nórdico. Combina una extensa intervención del Estado para asegurar crecimiento económico, pleno empleo y redistribución social. Los sindicatos juegan un papel fundamental. El pacto social en torno al Estado keynesiano de bienestar genera consensos y estabilidad política. Según suele señalarse, los arreglos de bienestar universal y seguridad social —basados en derechos y en el máximo posible de desmercantilización— florecen bajo este modelo y solo entran en tensión con la importación de políticas y la aplicación de instrumentos neoliberales. Su ideal, como dice Esping-Andersen, “no es maximizar la dependencia respecto de la familia, sino capacidad de independencia individual. El Estado opta por asumir responsabilidad directa por el cuidado de niños, viejos y discapacitados. Y se compromete a permitir que las mujeres elijan el trabajo antes que el hogar”.

Junto a este modelo surgen otros dos: uno que suele llamarse conservador o corporativo y otro liberal o anglosajón. El primero descansa sobre un cierto grado de alianza de clases, no avanza profundamente hacia la decomodificación, recurre más a la seguridad social que a la asistencia social y distribuye la mayor parte de los beneficios en función de los recursos de los demandantes. Estos beneficios se generan usualmente como contraparte de las contribuciones realizadas previamente a seguros, por ejemplo, de desempleo o enfermedad y varían de acuerdo con el ingreso de las personas. Este tipo de régimen de bienestar existe en Alemania, Austria, Italia y Francia. En el caso del modelo liberal o anglosajón —que suele identificarse con Australia, Canadá, Estados Unidos y el Reino Unido— hay un bajo grado de desmercantilización, una fuerte tradición de derechos sociales y un individualismo potente que descansa sobre los propios medios de cada uno. La ayuda se halla habitualmente focalizada en quienes más la necesitan. Una diferencia clave entre los diversos regímenes de bienestar es la cantidad de recursos que el Estado capta mediante impuestos y aporta al bienestar colectivo o individual. En el caso del modelo nórdico, los países captan en torno a 45% o más del PIB por la vía de impuestos; en el modelo corporativo en torno a un 35% y en el liberal o anglosajón en torno a 30% o menos.

En el siglo XXI, el C1 ha experimentado una verdadera inflación de expectativas, al difundirse hacia otros países desarrollados de Europa Central y del Este y hacia países en vías de desarrollo, especialmente en Asia y América Latina. Se globaliza así la aspiración por un Estado de bienestar en forma, aunque en las partes menos desarrolladas del mundo resulta difícil reunir las bases de economía política propias de los modelos nórdico y conservador; en particular, una plataforma fiscal de sustentación generada por una importante carga tributaria. Debido a esto, y al avance de políticas neoliberales hasta 2008, también el modelo liberal o anglosajón, de un menor costo relativo, ha ido abriéndose paso en países de Asia y muestra cierta penetración igualmente en América Latina, especialmente en Chile, aunque aquí en disputa con elementos de universalidad y no-comodificación, propios del modelo nórdico (recuérdese la experiencia del gobierno de la presidenta Bachelet y la Nueva Mayoría dentro de este mismo cuadrante). De cualquier modo, América Latina, con una tasa promedio de captación de recurso por vía tributaria en relación con el PIB de alrededor de 23% (11 puntos porcentuales menos que el promedio de la OECD), encuentra serios obstáculos para impulsar políticas de beneficios universales íntegramente subsidiados por el Estado. Solo Brasil, Uruguay Argentina poseen un ingreso por impuestos de alrededor de 30%; Chile apenas supera un 20%; Colombia, 19%; México, 16% y Perú 15%.

Desde el punto de vista ideológico, tras un siglo de desarrollos y aplicaciones, la SD se encuentra hoy a la defensiva, sin un relato potente, sin motivaciones utópicas, con una caja de herramientas bien conocida pero cuyos instrumentos son cada vez más difíciles de emplear debido a la crisis fiscal y a la resistencia de las poblaciones a cualquier incremento de tributos, o bien, por su desconfianza hacia el Estado como proveedor legítimo y eficaz de bienes públicos. Por lo mismo, el proyecto SD se encuentra entregado crecientemente a una forma de management de las contradicciones del capitalismo y la globalización, en un marco de crisis institucional democrática y del avance de las derechas populistas o radicalizadas.

Podría estimarse que uno de los últimos signos de vitalidad y renovación de las corrientes SD han venido de la mano de las propuestas de “tercera vía” que, en el plano político-intelectual e ideológico, impulsaron una modernización del Estado, sus aparatos burocráticos y gestión de servicios, en la dirección del New Public Management (NPM). Éste representó, en última instancia, un esfuerzo por ampliar y diversificar la tradicional caja de herramientas de política pública de la SD con un agregado de políticas e instrumentos neoliberales. Es decir, propios de un Estado que coordina utilizando mercados y competencia, crea mecanismos de tipo mercado para financiar las operaciones del aparato público, impulsa contratos de desempeño, fija metas y monitorea continuamente resultados, poniendo énfasis en ganancias de productividad, mediciones de eficiencia e impacto, y evaluación de costos.

En Chile, la Concertación de Partidos por la Democracia, en especial, los Partidos Socialista, Por la Democracia, Radical y DC, conformaron en su momento una alianza de orientación SD que impulsó la transición a la democracia, la progresiva institucionalización de ésta y un vigoroso crecimiento económico con redistribución social. Que su caja de herramientas haya utilizado instrumentos tomados del taller neoliberal, en vez de representar una regresión ideológica, debe ser entendido como una flexibilización de los medios para alcanzar determinados fines, en la misma línea del revisionismo histórico que marcó el surgimiento y posterior evolución del proyecto SD a nivel internacional.

Las perspectivas de un desarrollo futuro y proyección del ideario SD no parecen halagüeñas al momento; en efecto, la crisis de este pensamiento no solo es local sino a nivel latinoamericano y alcanza incluso —como vimos— a los países europeos donde se originó hace más de un siglo. También la ideología de centro-izquierda chilena se halla puesta fuertemente a la defensiva, no tanto por la emergencia de fuerzas de derecha populista o radical, sino desde dentro de sí misma; primero, por el progresivo abandono de una visión SD renovada del tipo “tercera vía”; segundo, por la renuncia a proyectar la Concertación luego de liquidar su memoria y desconocer o negar su obra; y, tercero, por la falta de ideas que alimenten un nuevo ciclo de políticas públicas orientadas por los valores y compromisos del reformismo.

El regreso del Leviatán con sus varias cabezas

En C2, las ideologías de izquierda combinan el uso del aparato de Estado con estrategias de ruptura respecto del sistema capitalista, dando lugar a una serie de variadas dinámicas de transformación. Por lo pronto, en este espacio se prolonga la experiencia de los “socialismos reales”, bajo la forma de dictaduras tradicionales de inspiración marxista-leninista, como en el caso del castrismo en Cuba, cuyo gobierno, partido y FFAA captan el equivalente al 46% del PIB por vía de impuestos, asegurando también de esta manera una serie de servicios sociales gratuitos.

En seguida, surgen en este cuadrante nuevas luchas revolucionarias, despegadas de los ideales y las limitaciones del comunismo del siglo XX y las experiencias de los “socialismos reales”. Como dice un teórico político, refiriéndose a América Latina: “En este continente tenemos luchas ofensivas, que no son necesariamente luchas socialistas, pueden tener una vocación socialista, pero son una lucha de un cambio radical transformador de la sociedad; y en estas luchas el Estado es la solución. Y eso lo vemos en Ecuador, lo vemos en Bolivia, lo vemos en Venezuela, vemos varias instancias de luchas ofensivas por otros modelos de sociedad. La revolución bolivariana, la revolución ciudadana; estamos con el Estado comunitario social y plurinacional de Bolivia. O sea, tenemos diferentes luchas donde podemos decir que hay un cambio estructural que está en curso” (Boaventura de Sousa Santos, enero 2009).

Aquí no interesan tanto las referencias localizadas a países o gobiernos, movimientos y caudillos, sino el planteamiento ideológico de fondo; el de un conjunto de luchas por la conquista del Estado (actualmente existente) para usarlo luego en función del cambio estructural de la sociedad en dirección a una propuesta de vocación socialista o de transformación del capitalismo.

Tras la ambigüedad de este tipo de planteamientos —que son propios, por ejemplo, del denominado socialismo latinoamericano del siglo XXI— apenas se oculta la ausencia de una racionalidad de fines. Como dice por ahí Marta Harnecker, consagrada teórica de ese socialismo, recientemente fallecida: “Sabíamos más lo que no queríamos del socialismo, que lo que queríamos”. Lo que se rechazaba, dice, era evidente: “la falta de democracia, el totalitarismo, el capitalismo de Estado, la planificación central burocrática, el colectivismo que pretendía homogeneizar sin respetar las diferencias, el productivismo que ponía el acento en el avance de las fuerzas productivas sin tener en cuenta la necesidad de preservar la naturaleza, el dogmatismo, el pretender imponer el ateísmo persiguiendo a los creyentes, la necesidad de un solo partido para conducir el proceso de transición”. Por el contrario, lo que se quiere no es tan claro ni evidente, hallándose  envuelto en una bruma de ideas desde triviales hasta reiterativas: buen vivir, desarrollo sustentable, democracia radical, nación de autonomías, socialismo como valores siempre vigentes del “amor, la solidaridad, la igualdad entre los hombres las mujeres, entre todos” (Comandante Chávez), pleno desarrollo humano a través de la práctica revolucionaria, emancipación plena, plena liberación, comunitarismo, socialismo comunitario, sociedad de la plenitud.

Lo más novedoso de estas formulaciones, sin duda, es que postulan la conquista del Estado, y no solo del gobierno, para avanzar en la transformación de la economía y la sociedad, a condición de hacerse con el monopolio de la fuerza. Es decir, se abandona el jacobinismo-bolchevique que busca destruir al Estado de la clase dominante, para adoptar una solución más expedita; cuál es, poner a las FFAA al lado del proceso de cambio. Según señala un comentario respecto de este punto, “De ahí que Chávez insista en que hay una diferencia fundamental entre el proceso impulsado por Allende en Chile y el proceso revolucionario bolivariano: el primero era un tránsito pacífico desarmado, y el venezolano es un tránsito pacífico pero armado, no porque el pueblo esté armado sino porque la gran mayoría de las fuerzas armadas apoya el proceso”.

Cabe todavía una tercera visión del uso de la ideología de izquierda para una apropiación del Estado capitalista, con el objeto no tanto de sustituirlo, como de administrarlo en beneficio de una visión alternativa de desarrollo o de un proyecto orientado por valores, tradiciones, ideas y aspiraciones ajenas a la matriz capitalista democrática de la civilización occidental moderna.

Ejemplos del primer caso, visión alternativa de desarrollo, pueden encontrarse en las propuestas del ex líder de la revolución ecuatoriana, Rafael Correa, o del presidente Evo Morales en Bolivia. En la práctica postulan crear un capitalismo de Estado (de base extractiva) encaminado hacia un nuevo modelo de vivir bien/buen vivir. Originado, según se sostiene, de ideas, concepciones de mundo y conocimiento de las poblaciones indígenas, esta utopía igualitaria ofrecería una alternativa civilizacional y cultural al capitalismo y la modernidad occidentales, basada en valores de solidaridad colectiva, bienestar, sentido comunitario, políticas de identidad y conocimiento y sustentabilidad ecológica, en oposición al individualismo, mercantilismo y la explotación irracional de la humanidad y la naturaleza. Hasta dónde esta combinación entre desarrollo capitalista de la economía y una propuesta ideológica de civilización y cultura anticapitalistas logra efectivamente transformar al Estado, o simplemente lo hace preso de una nueva élite de izquierdas, como tiendo a pensar yo, es un asunto que no discutiremos aquí. Como tampoco si acaso esta (curiosa) fórmula permitió, o no, un relativo progreso material y social de las respectivas poblaciones nacionales, como creo que efectivamente ocurrió.

En cuanto al segundo caso —el de un capitalismo con una superestructura ideológica y una cultura antagónicas— plantea una contradicción aún más difícil de resolver; entre una economía política capitalista de Estado y su proyección ideológica que se proclama a sí misma, en el caso de la República Popular China (RPCH), como un “socialismo con características chinas”, según la fórmula de Xi Jinping empleada ante el Congreso del PC Chino de 2017, al declarar que este socialismo había cruzado el umbral hacia una nueva era. Adam Smith con traje de Marx, según observó alguna vez un comentarista. En aquel discurso, el término más empleado fue “socialismo”, 73 veces, de las cuales 59 “con características chinas”. ¿Y qué significa este socialismo sui generis, que se desenvuelve sobre relaciones de producción capitalistas, impulsado por los mercados, con empresas estatales y privadas y un férreo control político-militar del Estado por parte del PC chino?

Responde Xi Jingping en la misma ocasión anteriormente citada: “significa que el sendero, la teoría, el sistema y la cultura del socialismo con características chinas ha seguido desarrollándose, abriendo nuevos horizontes para otros países en desarrollo para alcanzar su modernización”. Sobre el específico rol de los mercados, pieza importante del actual pensamiento marxista-científico de la conducción de la RPCH, el Comité Central del partido sostuvo en 2013 que un aspecto clave de la reforma económica consistía en lograr un adecuado balance entre gobierno y mercado, “de manera que el mercado pueda jugar su rol decisivo en la asignación de recursos y el gobierno pueda ejercer sus funciones más efectivamente”. Nada nueva hay bajo el sol.

En Chile, por último, C2 adquiere un mayor dinamismo últimamente, aunque todavía de manera confusa. Por una parte, el desgaste del pensamiento SD en el C1 local empuja a algunos grupos, anteriormente identificados con esa propuesta, a moverse hacia un polo de radicalización socialista, posiblemente combinado con una visión de capitalismo de Estado expresada en su superestructura por un discurso e imaginario de “nuevo modelo” de desarrollo. Esta misma variante estratégica nunca está fuera, por completo, del horizonte del PC; al menos, de algunos de sus componentes menos dóciles al juego parlamentario y la competencia política democrática. Por otro lado, la declinación de la ideología SD en C1 hace posible la emergencia en C2 de fuerzas alternativas que—dentro o fuera del Frente Amplio—buscan posicionarse como opciones de izquierda con pretensión estatal frente a los restos de una Nueva Mayoría hoy en crisis. Como veremos de inmediato, es probable que estos gérmenes ocupen por el momento, preferentement, un lugar en C3, hallándose involucrados por ahora en la construcción de un sujeto histórico popular que pueda impulsar un proyecto de democracia radical y ruptura anticapitalista.

Populismo de izquierda y ruptura democrática

C3 es un cuadrante dominado por la cuestión del sujeto histórico como agente de ruptura o cambio político radical; cuestión que anteriormente tuvo un catálogo de respuestas convencionales en el pensamiento revolucionario, desde la clase obrera a la masa marginal, desde los desterrados de la tierra al partido como vanguardia, desde  grupos dotados de una ética de convicción en sentido weberiano hasta movimientos populistas de izquierda.

Sujeto menciona aquí a colectivos con capacidad de acción política en la confrontación y transformación del capitalismo que, como vimos, en un extremo adopta la forma de sujeto estatal y, en el otro, una realidad más movible, dinámica y diversa que Ernesto Laclau, teórico del populismo de izquierda, nombra de diversas formas como sujeto, agente político populista, actores sociales, agente histórico, grupo dominado, subjetividad popular, sujeto democrático, sujeto popular, entre otras. En este cuadrante, por tanto, lo que está en juego es la conformación de ese sujeto agente del cambio a partir de múltiples y variadas demandas; sujeto que crea una nueva dicotomía —digamos, pueblo/oligarquía o establishment; gente(abusada) /elites (abusadoras)— en reemplazo de las viejas dicotomías que han perdido su potencial político, como burguesía/proletariado, o capital/trabajo, o campo/ciudad, etc.

La constitución de este sujeto desde múltiples vertientes políticas, ideológicas, culturales, étnicas, ocupacionales, reclamos, daños, malestares, ideas y demandas —cuestión que acompaña el debate de las izquierdas, especialmente revolucionarías, durante el siglo pasado— es clave durante la última fase de la lucha por el poder y la transformación del Estado. No resulta fácil entender, sin embargo, cómo y por qué en el proceso que lleva a esa meta —“asaltar el cielo”, como gráficamente decía Podemos en España— se produce esa fusión de lo múltiple en un sujeto popular único, capaz de acción decisiva.  A menos que se acepte que el factor unificador por cuya intermediación se constituye ese sujeto es un partido, una nueva élite u oligarquía. Pero si el poder se disputa en una arena política democrática, electoralmente, ¿qué sentido podría tener ahí el postulado de un sujeto histórico que no es más que una mayoría oscilante, una masa electoral, un estado de opinión pública o una coalición de votantes? Esta pregunta ha sido clave, en algún momento, durante la conformación del sujeto revolucionario del chavismo-madurismo, del Movimiento al Socialismo – Instrumento Político por la Soberanía de los Pueblos (MAS-IPSP) de Bolivia y de la revolución ciudadana de Correa en Ecuador.

En Chile, el Frente Amplio y los partidos, grupos y movimientos que concurren a formarlo experimentan actualmente las tensiones y contradicciones propias de este proceso. En un nivel, hacia dentro, está la cuestión de la constitución de esa élite o nueva oligarquía que busca levantarse como tal conducción y encabezar el proceso de constitución del sujeto popular en el paramento, la calle, los territorios, las asambleas estudiantiles, los medios de comunicación, sindicatos, ONG, etc. En otro plano, hacia fuera, está la cuestión de cómo han de desarrollarse las relaciones de sentido, coordinación y acción entre ese nuevo grupo de poder y el sujeto popular en proceso de unificación. A su vez, esta última cuestión obliga a resolver el espinudo asunto de las alianzas con los partidos de izquierda de la Nueva Mayoría, así como con los movimientos sociales de protesta y, en general, a zanjar la antigua controversia de los revolucionarios entre elecciones y otras formas de lucha.

El populismo de izquierda toma distancia, en tanto, de aquellos movimientos marxistas, autonomistas e insurreccionalistas que en común muestran un fuerte rechazo al Estado.  Tal como explica Chantal Mouffe, una de las principales teóricas de este populismo, el reformismo radical puede expresar —dentro de las instituciones republicanas— distintas formas hegemónicas. Más aún, podría llegar a transformar el sentido común —en el plano de la hegemonía— sin poner en tela de juicio la base de las instituciones liberal-democráticas. A esto ella denomina “reformismo radical”; algo, dice, que cierta izquierda tradicional no acepta, pensando que la única alternativa posible es: o bien se mantiene el Estado y no cambia nada —crítica dirigida a los socialdemócratas— o bien se establece la necesidad de derribarlo por completo, lo que podría calificarse de infantilismo revolucionario.

Poco se sabe respecto de cómo el Frente Amplio, y otras agrupaciones o corrientes de ruptura radical nacidas en el terreno del populismo de izquierda en Chile o que gravitan hacia allá, enfrentan intelectual y políticamente éstas cuestiones: su conversión en una élite (leninista) de conducción, con los típicos problemas de burocratización que durante el siglo 20 aquejaron a socialdemócratas y bolcheviques por igual; su estrategia para sumar demandas y dinámicas de protesta y resistencia; su  capacidad para conducir un sujeto popular en proceso de formación y unificación; su visión de cómo actuar desde dentro del Estado en función de introducir nuevos sentidos comunes y mover la frontera de lo posible en términos de modelos de desarrollo económico y superestructuras discursivas. Por ahora, suele decirse, el Frente Amplio permanece como una “promesa”; la verdad, más bien, es que su capacidad de elaboración de propuestas, de conciencia reflexiva de sí mismo y de recoger la rica tradición de debates de las izquierdas apenas alcanza a emerger a la superficie.

El nuevo terreno de las utopías de izquierda

Siguiendo el orden rescrito por nuestro gráfico inicial, arribamos al C4 que—con un sentido más social y cultural que puramente político—delimita un espacio organizado desde los polos de los nuevos sujetos sociales y las acciones de cambio incremental dentro de un marco institucional democrático.

Así encuadrado, este territorio obedece a las lógicas de transformación por piezas y partes de la sociedad civil, donde se constituyen sujetos que, pudiendo llegar a tener impacto micro o mesopolitico, más bien crean nuevas formas de comunicación y actividad, zonas de resistencia, expresiones culturales, de arte y pensamiento contrarias a los sentidos hegemónicos del orden establecido, abren nuevas sendas de experiencia y lenguaje, crean redes a contracorriente y formas culturales alternativas y dibujan imaginarios emancipados de las rutinas y clausuras que imponen los grupos dominantes.

Es un terreno prepolítico y parapolítico de la mayor importancia para las concepciones ideológicas de izquierda pero que, en medio de la burocratización de los agentes colectivos y de la racionalización instrumental que difunde el capitalismo, permanece subteorizado y es subvalorado estratégicamente al comenzar el siglo XXI, tanto por los actores que solo miran hacia el Estado como por aquellos que piensan solo en la politización de los sujetos. Tengo un colega que cada mañana me saluda con un mensaje por WhatsApp referido a algún hallazgo de un nuevo sujeto emergente y su potencial para convertirse en agente de ruptura.

En efecto, ¿dónde reside el interés de C4 para las ideologías de izquierda?

Por lo pronto, pone en jaque el estadolatrismo propio de la vieja izquierda latinoamericana tipo siglo XX. Ésta no entiende, según escribe recientemente un político y académico brasileño de izquierda, que “el Estado gigante defendido por la izquierda soviética y socialdemócrata se volvió ineficiente en la gestión e insensible ante las necesidades del pueblo, creó una clase privilegiada entre sus dirigentes y tiene adicionalmente el costo de los recursos que roba de la sociedad, obligada a pagar impuestos elevados, incluso incentivando la corrupción”.

Hace 20 años escuché a este mismo político brasileño —un dirigente con vasta experiencia de partido, parlamento y gobierno— exponer ante jóvenes líderes latinoamericanos que había llegado la hora de enfocar la acción transformadora  en las una, diez, cien y miles de microrevoluciones que, como las flores de Mao, podían y debían florecer en el seno de la sociedad civil, impulsando toda suerte de iniciativas de ruptura o separación respecto de las lógicas cotidianas de la dominación.

Nuevos estilos,  formas de vida, cultivo de valores y espacios alternativos, quiebre con las lógicas del poder en el hogar y el sexo, interrupción de los circuitos de reproducción de las ideologías hegemónicas, otras estéticas, otra alimentación, slow food, slow academy, recusación de los privilegios y los abusos que los acompañan, comunidades cerradas y abiertas, sectas con su propia identidad, nuevos carismas y profecías, modos radicalmente distintos de habitar el espacio (tiny houses, por ejemplo, de preferencia off-grid, o sea, no conectadas a los dispositivos convencionales de la vida urbana) y una infinita cantidad de puentes, senderos, lazos, comunicaciones y flujos de información extendiéndose como las dendritas en todas las direcciones; en suma, un movimiento de cientos y miles de iniciativas small & slow que, dirigidas contra el productivismo, la competencia, la velocidad, la acumulación y monetarización del  capitalismo podrían traer consigo efectos revolucionarios, liberadores, transformadores y hacer crecer exponencialmente los puntos de quiebre y resistencia frente al orden establecido.

Una diferencia decisiva, por tanto, entre C3 y C4 es que mientras en el primero de ambos cuadrantes hay una preocupación central por el Estado y la constitución de un sujeto popular que unifique las demandas equivalentes de una diversidad de actores, en el caso de C4, en cambio, se busca ampliar las zonas de innovación social y cambio, sin postular su equivalencia ni pretender su progresiva integración en un sujeto de cambio de alcance estatal. Por cierto, la visión de una sociedad de redes basada en el desarrollo de las tecnologías digitales ha contribuido a popularizar el atractivo de esta estrategia, contraponiendo a la sociedad de redes dominante —capitalista financiera— una sociedad civil (crecientemente mundial) de redes surgidas desde abajo, donde coexisten e interactúan grandes números de asociaciones, organismos y grupos que se manifiestan a contracorriente de los motivos y la racionalidad del capitalismo y la modernidad.

Una pregunta importante que surge en C4, y que también se plantea en C3 y, en general, en los cuadrantes ideológicos de izquierda representados en nuestro gráfico, es la pregunta de si acaso la democracia sirve a los propósitos del cambio. Ya vimos que en el polo revolucionario esta respuesta ha sido habitualmente negativa, aunque en algunas vertientes latinoamericanas del socialismo del siglo 21 existe la idea de que la democracia puede ser radicalizada hasta el punto de permitir a las fuerzas del cambio adquirir el control del Estado, incluyendo la cooptación de las FFAA.

En el caso de C4, puede estimarse que la democracia, así como contemporáneamente tiende a estimular una relativa despolitización medida convencionalmente, así también estimula redes de innovación social de contenido anticapitalista y de reacción frente a los avances de la moderna racionalidad instrumental. Crea, en efecto, un medio ambiente propicio para la aparición y multiplicación de actores y espacios que aspiran a crear un nuevo cielo de ideas, creencias, valores, y una nueva tierra de intereses, intercambios y condiciones materiales.

De hecho, en un cuadro de izquierdas postutópicas como el actual, donde ha desaparecido la imagen de una sociedad ideal, algunos conjeturan que la única utopía posible germina en el terreno de C4. En efecto, si en C1 visitamos la alternativa de humanizar y domesticar el capitalismo y darle un rostro humano a los procesos de destrucción creadora que mueven a este sistema, en C2 nos confrontamos a la alternativa de destruir y sustituir el orden estatal capitalista, tal como intentó la revolución bolchevique, o bien de mantenerlo, levantando sobre su base una superestructura que proclama el “socialismo” al estilo del pensamiento Xi Jinping o de las varias ideologías de izquierda latinoamericana. C3, en tanto, es una forma de tomar por asalto al Estado capitalista (asaltar el cielo desde una perspectiva populista de izquierda), pero sin la garantía de su sustitución si no, más bien, con la probabilidad de que surja una nueva élite de izquierda que proclama alguna forma de capitalismo de Estado o capitalismo nacional-popular, dando lugar eventualmente a fenómenos de clientelismo y corrupción, como durante el último tiempo muestran las experiencias “progresistas” de Argentina, Brasil, Nicaragua y Venezuela.

Por el contrario, las utopías asociadas al C4 son del tipo que Erik Olin Wright denomina alternativas micro de escapar del capitalismo o bien de erosionarlo, aprovechando en uno y otro caso las contradicciones que experimenta este sistema, las oportunidades que genera el juego democrático y la gran variedad —ya mencionada— de sendas de escape o erosión del ordenamiento capitalista de la sociedad. Ambas estrategias pueden ejercerse individual o colectivamente. Pueden tener efectos limitados —una persona que opta por “salir del sistema” y refugiarse en un lugar apartado para cultivar una forma radicalmente distinta de vida— o efectos generalizados en una perspectiva de más larga duración. Tal como ocurrió, por ejemplo, con los jóvenes europeos de 1968, cuyo retiro desde la cultura dominante dio origen a un movimiento contracultural de emancipación del viejo capitalismo industrial-burocrático que más adelante, sin embargo, daría paso a Le nouvel esprit du capitalisme, que Boltanski y Chiapello analizan en su famoso libro. Efecto paradojal e inverso al buscado, entonces; una revolución micro que termina teniendo efectos macro y abriendo paso a un capitalismo más innovador e inestable.

Por esto, solo con reservas puede uno convertir a C4 en el último bastión de la utopía del “fin del capitalismo”, provocado por sus propias contradicciones y las sinergias entre estrategias y experiencias de escape y erosión que son la materia cotidiana de este cuadrante. Con todo, tampoco puede descartarse de plano esa utopía que es, por lo demás, una de las formas actuales de imaginar, a largo plazo, si no el desplome del capitalismo, al menos su gradual transformación y desaparición, tal como ocurrió con el largo tránsito desde el feudalismo al capitalismo.

Conclusión: las encrucijadas ideológicas

El mapa levantado con la ayuda de nuestro esquema muestra que existe una intensa actividad dentro y entre los cuatro cuadrantes que organizan el espacio ideológico de las izquierdas. Teniendo desde el siglo XIX como trasfondo la reivindicación y el ideal histórico de cambiar el capitalismo y, finalmente, sustituirlo —mismo ideal sostenido durante el siglo pasado con aplicaciones más bien catastróficas, salvo en el caso de la SD— hoy las ideologías de izquierda se debaten ante viejas y nuevas encrucijadas y los caminos para superarlas se vuelven cada más complicados. ¿Cuáles son las alternativas? Aquí hemos revisado varias:

(i) Mejorar y hacer más humano (si cabe) el capitalismo, compensando sus déficits de equidad, reduciendo sus múltiples daños colaterales y controlando la agresividad de sus tendencias creativo-destructivas. Es decir, recurrir al amplio espectro de políticas SD para impulsar alguna variedad de capitalismo, caracterizada cada una por una diferente forma de combinar Estado, mercado y sociedad civil.

(ii) Postular su destrucción y actuar para desmontar y reemplazar su sostén, esto es, el aparato estatal que lo sostiene, coordina y protege, e impulsar así una revolución “desde arriba” que desemboque en una nueva organización de la economía, la política y la cultura, perspectiva bolchevique que parece cada vez más lejana y/o inconducente tras las fallidas experiencias de las “dictaduras proletarias” y las economías centralmente planificadas.

(iii) Sobreponer a un Estado constructor del capitalismo, en las condiciones actuales de mercados globales, una gobernanza fuertemente centralizada, idealmente de partido único o hegemónico, que proclame una ideología con legitimidad histórica de izquierda, como ocurre en la RPCH, en Vietnam y más tímidamente en Cuba. Se trata, por tanto, de los modelos que suelen llamarse de “socialismo de mercado” y que usualmente emprenden un tránsito desde una economía centralmente planificada a una economía capitalista, sin interrumpir la continuidad del partido en el poder. El caso de Vietnam es ejemplar. Transita hacia una “economía de mercado de orientación socialista”. Socialismo se define ahí gruesamente por un sistema de partido único que proclama seguir la ideología marxista-leninista con remanentes de valores confucianos. Treinta y dos años después de comenzar la transformación económica, el objetivo del Partido Comunista de Vietnam es mantener y fortalecer la conducción, preservando la lealtad a los valores marxista-leninistas  y previniendo manifestaciones internas de evolución autónoma y auto-transformación en beneficio de la estabilidad del sistema de control (Vinh-Hoa Ngo, 2018).

(iv) Avanzar en una estrategia de conquista del Estado capitalista a partir de la constitución de un único pero internamente variopinto sujeto popular que, recogiendo y entrelazando las más diversas reacciones y reivindicaciones anticapitalistas, radicalice las luchas democráticas y ponga a este Estado transformado, idealmente con el apoyo político de las FFAA, al servicio de un proyecto de algún tipo de socialismo siglo XXI, cualquiera sea el contenido que a éste le imprima aquel sujeto popular.

(v) Generar—desde la propia sociedad civil—actores, experiencias, ideas, situaciones y relaciones que, nacidas desde la resistencia a los modos y valores capitalistas tardío-modernos de vida, multipliquen dinámicas de huida y erosión de dichos modos, generando redes contraculturales que “desde dentro” debiliten al capitalismo, aceleren sus tendencias autodestructivas y exploten sus contradicciones, creando un horizonte (utópico) de transición hacia, y emergencia de, nuevas formas de sociedad.

 

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