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Publicado el 26 de junio, 2019

José Joaquín Brunner: Apuntes para una topografía de las ideologías de derecha

Académico UDP, ex ministro José Joaquín Brunner

Tras el fin de la hegemonía neoliberal que proclamaba un ensamblaje perfecto entre economía de mercados libres y Estado mínimo subsidiario, el debate ideológico de las derechas se ha trasladado.

José Joaquín Brunner Académico UDP, ex ministro
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La lectura reciente de un libro de Bruno Latour, sociólogo francés, sobre cómo orientarse en política entre derechas e izquierdas en tiempos de cambio de régimen climático —Dónde Aterrizar es su título (2019)—, me motiva a retomar este tópico dentro de los parámetros más modestos de nuestra sociología política local. Lo haré en dos partes sucesivas. Un primer ensayo está dedicado a las ideologías de derecha —¿qué dinámicas las mueven, en qué direcciones?—, mientras el siguiente abordará los movimientos en el campo ideológico de las izquierdas.

Para el presente análisis usaremos un sencillo gráfico que busca capturar esquemáticamente los dos ejes principales en torno a los cuales se estructura actualmente el campo ideológico de la derecha. En sentido horizontal, el eje convencional de organización de las sociedades entre dos polos opuestos: comunidades fundadas en solidaridad y mercados competitivos; aquel con énfasis en la integración social y la cohesión moral, éste otro con énfasis en contratos individuales sostenidos sobre la división cada vez más diferenciada del trabajo y las preferencias individuales. En sentido vertical, un eje más propiamente político en torno al rol del Estado que contrasta en un extremo el rol de la seguridad social bismarckiana y/o de la seguridad policial hobbesiana —frente a la fuerza y el vandalismo— y, en el otro extremo, el ideal de Estado mínimo concebido por el neoliberalismo desde los años 1980.

Esquema conceptual del campo ideológico de la derecha sobre la base de los ejes de organización social y de poder político

 

 

Del cruce de ambos ejes surgen cuatro cuadrantes que —a la manera de tipos ideales— representan posturas ideológicas puras, que usaremos como referentes para el análisis de los tipos reales de ideologías de derecha, sus evoluciones y transformación.

Movimientos ideológicos después de la hegemonía neoliberal

El C1 (del neoliberalismo puro) expresa el proyecto de la modernidad tardía (a veces llamada posmodernidad), cuyo horizonte es la autorganización de la sociedad en torno a mercados autorregulados, con proyección global, plena apertura comercial, máxima desregulación posible dentro de un Estado mínimo, predominio mundial del capitalismo financiero de alta velocidad, intensa competencia internacional, fuerte concentración de los poderes empresariales y gerenciales, difundida idea de que la complejidad social solo puede ser administrada por personal experto y unas élites técnicas crecientemente protegidas tras muros materiales y simbólicos. Incluso, ha llegado a insinuarse un discurso según el cual ahora correspondería —o se ha vuelto inevitable— el gobierno de las grandes empresas transnacionales que se harían cargo organizar los mercados en el espacio dejado vacío por el Estado mínimo, dentro y fuera de las fronteras nacionales. La filosofía de los mercados, agentes empresariales y sujetos consumidores pasa a ocupar el centro de esta nueva ideología de derechas.

Esta visión completa, con su particular teleología histórica y su propia interpretación del “espíritu del capitalismo”—entendido como un proceso continúo, irreversible, de destrucción creadora—comienza a ser cuestionada a fines del siglo pasado, experimenta un encuentro violento con la realidad durante la crisis de 2008 y se ve debilitada por las reacciones en cadena que suscita a nivel mundial. Reacciones respecto de las desigualdades que genera, las negativas secuelas medioambientales cada vez menos controlables que deja tras de sí y las tensiones y contradicciones a que da lugar en la esfera de las culturas nacionales y, cada vez más visiblemente, además, en el plano del choque de civilizaciones que luchan por el dominio tecnológico del futuro o bien por su propia subsistencia en los márgenes de la historia.

Como reacción se producen una serie de movimientos que buscan redefinirse en el campo ideológico de la derecha tras la ruptura de la hegemonía neoliberal: pérdida de fe en el Estado mínimo y nuevas aproximaciones hacia formas de Estado de control social, ya sea en dirección hobbesiana o bismarckiana, es decir, hacia el C2 de nuestro gráfico. La democracia plural de partidos es puesta en duda y surgen respuestas no-liberales, de tipo populistas, nacionalistas, autocráticas, proteccionistas y de subordinación de las preferencias electorales a motivos de seguridad policial.

Simultáneamente, se perciben desplazamientos desde el polo del mercado hacia una revitalización del polo de las comunidades y la sociedad civil en sus partes no mercantilizadas, valorizándose fenómenos de economía circular, empresas socialmente responsables, preocupación por los efectos schumpeterianos del capitalismo sobre la estabilidad de las comunidades y los lazos de integración social, insistencia en las bases éticas del management empresarial, etc.

En Chile, el esquema neoliberal alcanzó su máximo despliegue tempranamente, bajo el régimen militar, durante la década de 1980. Combinó de manera peculiar una radical desregulación de la economía y los mercados con un Estado/gobierno no-democrático ni liberal, basado en una concepción de seguridad nacional que apuntaba a fines hobbesianos y, simultáneamente, de seguridad social organizada a través de los mercados. La UDI, como partido y movimiento renovador de ideas de la derecha, fue en su momento la principal y “más lograda” expresión política de nuestro C1 local, apoyada sobre una plataforma tecnocrática de economistas adscritos a la escuela de Chicago. Desde hace un tiempo, sin embargo, el C1 local ha ido vaciándose ideológicamente—parte del reflujo internacional de la hegemonía neoliberal—y la propia UDI se ha vuelto una organización más burocratizada, en línea con lo que viene ocurriendo con todo el cuadro político chileno.

El “piñerismo”, en tanto, concebido como orientación ideológica, tiende a situarse más hacia el centro de nuestro gráfico. Por un lado, se mueve hacia una concepción de Estado más activo en el plano de la seguridad social (C2), sin abandonar el discurso de la seguridad policial en las calles, aulas, hospitales, estadios, etc. Por el otro, se desplaza hacia C3, con mayor énfasis en un Estado que crea redes de protección social, limita los mercados y busca sustentar su acción en los motivos, anhelos y expectativas de los nuevos estratos de una amplísima clase media que serían portadores, también, de un nuevo ethos capitalista; del esfuerzo personal, la distinción educacional y el status que confieren el trabajo y el consumo.

La idea de una gobernanza de lo social compartida entre agencias de gobierno y agentes privados surgió coherentemente al plano de las propuestas políticas, por primera vez, con el nombramiento del ministro Moreno que, se esperaba, institucionalizaría el espíritu del buen samaritano privado-fiscal en el nuevo Ministerio de Desarrollo Social y Familia. Con esto se daría un giro en la gestión de la cuestión social desde el enfoque burocrático centralizado hacia acciones descentralizadas y más personalizadas frente a la pobreza, los campamentos, las personas en situación de calle, las víctimas de la violencia en la Araucanía, etc.

Por último, también en el plano de la elaboración intelectual al interior del campo ideológico de la derecha se insinúan corrientes que parecen apuntar en esta dirección, con vetas comunitarias, de recuperación de lo nacional, de afirmación de sustratos éticos para el capitalismo, de revalorización de derechos sociales y de un liberalismo compasivo.

Respuestas en ciernes: humanización de los mercados

Tras el fin de la hegemonía neoliberal que proclamaba un ensamblaje perfecto entre economía de mercados libres y Estado mínimo subsidiario, el debate ideológico de las derechas se traslada entonces —como acabamos de advertir— hacia los demás cuadrantes de nuestro gráfico. Y esto ocurre no solo con la derecha pues, como veremos en la columna de la próxima semana, también al lado izquierdo del espectro ideológico surgen propuestas que buscan combinar mercados libres + régimen político de control hobbesiano y servicios sociales a la Bismarck, destinados a mantener la conformidad con el régimen político a medida que aumentan el crecimiento y el bienestar.

Esta combinación de Estados fuertes que crean, abren, aceleran y conducen los mercados con el fin de aumentar la productividad e insertar competitivamente a los países en desarrollo en la economía mundial tuvo su origen probablemente en Japón. Se explicó por la existencia de una tradición cultural confuciana, basa en Asian Values que habrían servido como sustituto funcional del puritanismo en el origen del capitalismo occidental (Max Weber), dando lugar al exitoso desarrollo de la primera y ahora segunda generación de tigres asiáticos. La observación de estos procesos dio lugar a un cambio de visión en organismos como el Banco Mundial y la OCDE respecto del papel del Estado en los procesos de modernización y transformación del capitalismo a nivel global.

Después de 2008 se consagró casi oficialmente la idea de que ya no era posible, en tiempos de la 4a revolución industrial, con los actuales niveles de desigualdad e inseguridad colectiva, bajo la presión que genera el choque entre civilizaciones y los movimientos de migración, mantener la ficción de un orden global capitalista administrado preferentemente por mercados schumpeterianos. Del Estado mínimo neoliberal se comienza así a  evolucionar hacia variados formas de Estados desarrollistas, con empresas trabajando en estrecha alianza con sus gobiernos, creando clusters de innovación y áreas de ventajas competitivas adquiridas,  junto con componentes cada vez más intensos de seguridad de todo orden: policial (capitalismo de control panóptico), militar, territorial, nacional, tecnológica, cultural, que amenazan con pone fin al orden liberal, disminuir progresivamente los componentes democráticos, y reducir el libre comercio y la cooperación internacional en todas partes del mundo. En este proceso surge el rostro más oscuro del C2: chauvinismo, muros, tolerancia cero, Estado poderoso para asegurar mercados a cambio de disciplinamiento interior y amplio control de las poblaciones.

También en Chile, a partir de los años 1990, y dentro del marco estructural de la revolución capitalista en curso, se generan nuevas orientaciones del modelo de desarrollo, con énfasis en roles más activos del Estado de seguridad social, aceleración del crecimiento basado en ventajas competitivas naturales, creación de nuevos mercados como concesiones de OOPP, servicios sanitarios y otros, profundización de la apertura comercial mediante TLC, ampliación de oportunidades y bienestar, sistemas mixtos de provisión de bienes públicos, explosiva expansión de oportunidades educacionales e inversión en capital humano, modernización parcial del aparato burocrático estatal, mayor profesionalización del personal de alta dirección  civil, etc.

De hecho, en C2, encontramos la fuente de las transformaciones experimentadas por la sociedad chilena durante el periodo de 1990 a 2014, cuarto de siglo de políticas acumulativas que redundaron en cambios estructurales, sociales y culturales, con la derecha actuando esencialmente como guardián del legado heredado de C1 y determinando en parte—por su peso fáctico en la institucionalidad post dictadura—los límites de los cambios hasta reducirlos a un mínimo común denominador. Como veremos la próxima semana, esto motivó también, por el lado de los gobiernos de la Concertación, la adopción de una estrategia socialdemócrata de tipo “tercera vía” (Giddens), donde cabían lado a lado objetivos de modernización capitalista y de maximización del bienestar colectivo. Esta fórmula se prolonga hasta 2014, incluyendo al primer gobierno Piñera que, en definitiva, se convierte en un quinto gobierno de esa coalición de orientación socialdemócrata de tercera vía.

También desde el campo ideológico de la derecha chilena se desarrollo hoy, a partir del C2, esfuerzos por encontrar salidas hacia soluciones distintas, que combinen una mayor cuota de seguridad social, no tanto policial-hobbesiana, con más Estado comunitario, regulador, capaz de intervenir, organizar mercados y subordinarlos en parte a fines de moralización. A ratos se pregunta uno si acaso no hay algunos elementos así enfilados, por ejemplo, en las propuestas de Evopoli; un liberalismo compasivo con efectividad tecnocrática a nivel de un Estado democrático modernizado. Esta misma combinación de elementos proporciona una plataforma de convergencias entre “piñerismo”, Evopoli y fracciones de RN que vienen alejándose de la órbita del C1 y buscan una visión más conforme con los nuevos tiempos de un orden post neoliberal.

Se trata de una visión que buscaría desarrollar mercados por vía de una mayor competencia y mejor regulación, con supervisión del Estado y sanción de los monopolios, las concentraciones y colusiones anticompetitivas, las prácticas destructivas de los ambientes naturales y de los contextos institucionales. Así, mientras en C1 los mercados se crean desde abajo, por un movimiento de orden espontáneo hayekiano, y requieren evolucionar libremente, de manera autorregulada, transformando a los ciudadanos en consumidores, en el caso del C2, en sus mejores formulaciones, la propuesta ideológica es reintroducir fines sociales en los mercados desde arriba, controlar su crecimiento salvaje, frenar el capitalismo aventurero o irracional del que habla Max Weber, todo esto con el objeto de construir comunidades, sostener un mínimo de cohesión moral y transformar al consumidor en ciudadano, como parte de una polis donde el ciudadano ejerce asimismo la soberanía del consumidor.

Las alternativas comunitarias

A su turno, C3 puede significar un punto de reencuentro para ideologías de derecha separadas desde la primera revolución industrial, entre quienes celebran el mercado y su mano invisible extendiéndose hacia círculos cada más amplios de actividades—incluso no económicas—y quienes como Justus Möser y otros pensadores conservadores percibían que los mercados inevitablemente cambiarían la naturaleza de las relaciones sociales disolviendo las comunidades, creando  una lucha entre clases y estratos, generando una vida artificial de contratos e intercambios, en un océano gélido de comportamientos calculadores, sin fraternidad posible.

C3 representa justamente una reivindicación de todo aquello que se cree debería quedar fuera de los mercados, sujeto a su valor de uso, sin mercantilización privada. Aquí se espera que el Estado, bajo supuestos democráticos, de manera tocquevilliana, proteja, fomente y multiplique las condiciones para el desarrollo comunitario. Es decir, un tercer espacio entre el aparato burocrático y los mercados, donde las relaciones se estructuren no de acuerdo a jerarquías o intercambios sino sobre la base de la confianza y el espíritu de fraternidad y reciprocidad. Aquí el lema es la integración social, entendida como una reordenación de la sociedad en base a sus grupos de base y actividades no contables, como vecindarios y territorios locales, familias y hogares, comunidades de pares, escuelas, grupos religiosos, movimientos en torno a interés específicos, actividades solidarias de diverso tipo, empresas sociales, ONGs, filantropía, estilos de vida no destructivos ni masivos, vínculos tradicionales y de identidad moral, etc. Constituye por lo mismo un intento por fundir la racionalización científico-técnica e instrumental de medios y fines, con la experiencia social de lazos gratuitos, regidos por el espíritu samaritano, de cuidado mutuo, en un ambiente de emprendimiento transformador guiado por valores que cohesionen a las comunidades sin imponerles la competencia como único motor de progreso.

En nuestra derecha local, quizá la figura de Joaquín Lavín sea la que mejor exprese este nuevo sentimiento e ideología de derecha. Indisimuladamente  mirado en menos por exhibir un estilo de acción política en apariencia leve, acomodaticio, oportunista, adaptativo, sin peso ideológico-reflexivo, puramente cosista, más próximo a la escena del espectáculo que a la polis, sin embargo  bien podría representar un camino evolutivo para la derecha que busca sortear la deriva antiliberal a la vez que rescatar elementos de mercado, incluso  neoliberales, tratando de alinearlos con objetivos de seguridad social, bienestar y un nuevo rostro humano del capitalismo del siglo XX1. Podría generar una cierta continuidad con el espíritu emprendedor-social del “piñerismo” en su versión inicial—plan Alfredo Moreno, por ahora en retirada—; renovar la ofensiva sobre las preocupaciones de la gente (mascotas incluidas); canalizar en favor de la derecha el espíritu populista de revuelta antielitaria, y agregar otro filón de liberalismo compasivo que muestra una afinidad electiva con manifestaciones religiosas cristianas más o menos conservadoras.

En este mismo terreno convergen y compiten además varias propuestas de renovación ideológica de la derecha local, aún no cristalizadas. Como la propuesta socialcristiana, de derecha liberal, del senador Chahuán, por ejemplo. O bien, cabe imaginar aquí un cierto renacimiento posible de la antigua UDI-popular, cuando retenía aún un cierto fervor misional no contaminado por las necesidades de transformarse en una maquinaria electoral a nivel de barrios y comunas. Adicionalmente, esta visión ideológica podría contribuir a acercar la política a los territorios locales, enarbolando banderas de descentralización moderada, espíritu alcaldicio, pastoral municipal y, por ende, de liderazgos más personales, próximos y concretos. Mismo perfil que buscan proyectar también, por la derecha, el ex-alcalde, ahora senador Ossandon y su propuesta de una derecha social o, por la izquierda, con relativo éxito, el alcalde comunista de Recoleta, Daniel Jadue.

También la reciente propuesta del senador Allamand sobre un nuevo relato para su sector político busca alejarlo del C2—con cuyo “mejor momento” él se identifica—para acercarse hacia el C3. Así, junto con afirmar el doble eje tradicional de crecimiento económico y seguridad hobbesiana, subraya ahora adicionalmente varios otros focos más próximos a una visión de sociedad no puramente de mercado si no que guiada por políticas que amplían oportunidades, refuerzan la autonomía de las personas frente al Estado, reducen la pobreza, protegen a las clases medias frente a viejas y nuevas vulnerabilidades y producen movilidad e integración social. En suma, frente al pensamiento de izquierda que reduciría la sociedad a la dicotomía Estado y mercados, Allamand propone recuperar “el dinamismo que han adquirido las distintas expresiones de la sociedad civil. Ellas hoy no sólo representan el instinto comunitario que se alberga en las personas, sino una forma concreta de organizarse tanto para acudir a la solución de problemas públicos que el Estado no puede asumir como para dar vida a formas de convivencia que apartan a las personas de un frío individualismo”.

Breve interludio utópico

En esta topografía del campo ideológico de la derecha, ¿dónde dar cabida a la imaginación utópica que tanta importancia posee para las visiones políticas y que hasta ayer se radicaba en el cuadrante neoliberal (C1)?

Puede estimarse, según las coordenadas de nuestro gráfico, que C4 representa una nueva aparición del Estado mínimo (o incluso su disolución), pero no en su forma más habitual de un reemplazo por mercados máximamente autorregulados al margen de los poderes públicos de control (como sucede en C1), sino bajo la forma de un Estado que se vacía a sí mismo en favor de la sociedad civil. Ésta se organiza progresivamente mediante instancias que cumplen funciones directas de producción, integración y autocontrol, al mismo tiempo que sustentan mercados autorregulados moralmente, con nuevas prácticas, como la de un ingreso mínimo universalmente asegurado o bien la función voluntaria/solidaria de la fiscalidad propuesta por Sloterdijk, que transforma los impuestos en un nuevo pacto moral de personas libres, minimizando automáticamente el poder estatal.

Se trataría pues de potenciar la sociedad civil no primeramente en su dimensión mercantil sino a través de multiples redes, emprendimientos sociales, ONGs, asociaciones de intereses parciales, movimientos comunitarios, alianzas público-privadas de nuevo cuño, esferas tecnológicamente autorreguladas, ciudades limpias, y empresas de nuevo tipo con responsabilidad social, más sensibles al medio ambiente, la economía circular, la filantropía racionalizada, etc.

No es C4 un espacio que se halle poblado en Chile por figuras políticas de derecha fácilmente identificables, ni por centros de ideas, pero suelen percibirse gérmenes heteróclitos como un cierto pensamiento evolucionista que recupera el altruismo desde los genes; o en tímidas visiones de desescolarización ya sea en favor del home schooling o de la eliminación de un currículo nacional y su sustitución por un extendido menú de opciones y trayectorias formativas; o en la idea más modesta de una afectación voluntaria de los impuestos personales; o bien, en diferentes diseños tecnopolíticos de futuro basados en una explosión de productividad y una organización del abundante tiempo libre por medios moralmente compartidos en comunidades postmateralistas.

Modelos para armar

En fin, el dispositivo gráfico-conceptual que aquí se ofrece para analizar las ideologías de derecha —derechas de centro a extrema, de local a global, de hobbesiana a hajekiana, de liberal free for all a antiliberal y autocrática, etc.— permite crear modelos para armar e imaginar tendencias de desarrollo en el espacio ideológico.

Por ejemplo, en la fase post neoliberal a la que ingresamos ahora, es posible observar la fuerte atracción ejercida por C3: derechas de integración social, compasivas, solidarias, de redes de protección y seguridad, más fraternales que puramente monetizadas, con ansias comunitarias, con jerarquías de orden y seguridad más flexibles y evolutivas. De una u otra manera van a dar ahí, como vimos, las figuras de Allamand, Chahuán, Lavín, Ossandón y sus convergentes visiones, respectivamente, de liberalismo social, socialcristianismo, derecha preocupada por la gente y sus cosas, y de derecha social. Posiblemente también una parte de los nuevos intelectuales de derecha, en su variada gama de claroscuros entre liberal/conservadores, modernos/posmodernos, confesionales/laicos, economistas/ moralistas, etc., estén orientándose en esa dirección.

Del mismo modo, puede observarse una evidente migración, a nivel mundial y nacional, desde C1 hacia los demás espacios ideológicos; el neoliberalismo está en retirada, su ensayo mundial de reducción del Estado y máxima expansión de los mercados ya no comanda el entusiasmo de antes; Chicago se ha domesticado, el proyecto de globalización total y el torbellino schumpeteriano parecen haber acumulado tantos escombros como  innovaciones.

La nueva matriz económica del capitalismo, tal como es percibida por partes en aumento de la derecha, parece dirigirse hacia C2, donde emergen propuestas de políticas industriales, admiración por Asian Values y por Estados aliados a los grandes capitales privados locales. En vez de desregular los mercados se habla ahora de domesticarlos, guiarlos, exigirles respeto ambiental y de cómo ordenarlos hacia fines colectivos.

En dirección semejante, ideólogos y empresarios de ideas neoliberales se vuelcan también hacia C3, buscando crear una base ética para los mercados, disminuir su presión schumpeteriana, permitir el desarrollo de culturas slow, orgánicas, de autoayuda y cuidados mutuos, de defensa de los patrimonios naturales y culturales, o sea, una revolución del capitalismo a escala humana o de rostro humano.

Saltos mayores hacia C4, que pudieran representar nuevas utopías de autorganización de la sociedad en términos de un retiro del Leviatan, la emergencia de un Estado mínimo de potentísima IA dotado de todos los medios soft posibles de coordinación e integración social, no se perciben aún en el horizonte local, aunque puede preverse que no demorarán en aparecer. Como ocurre con todas las utopías políticas, formularán promesas de emancipación radical —al fin libres del Estado y sin mercados privados que destruyan la fraternidad— junto con anunciar oscuros presagios de control público total, eliminación de la privacidad, cohesión moral sin fisuras y aparición de una nueva especie biotecnológica portadora de una “humanidad superior”.

Conclusión, después del “piñerismo”, ¿qué?

En el caso de Chile, un factor crucial de corto plazo es cómo se proyecte a futuro el “piñerismo” desde su actual ubicación que lo pone en contacto con tres de los cuatro cuadrantes de nuestro gráfico, exceptuando C4, a pesar del vano esfuerzo de algún futurólogo del sector. Efectivamente, el fenómeno del “piñerismo” es esencialmente ambiguo y su evolución difícil de prever. Carga con la impronta empresarial más que política de su líder, de talante financiero antes que ingenieril productivo, de absorción de ideas —sin importar su origen ideológico— antes que contar con un cuerpo fuerte de ideas propias o una sólida adscripción a un corpus ideológico definido. Todo esto vuelve inescrutable el desenvolvimiento de este fenómeno.

La práctica de negocios de Piñera ha estado enmarcada ideológicamente en C1, pero con dos líneas ulteriores de desarrollo. Por un lado, en dirección de C2, como se ve ahora mismo por una mayor aceptación a captar impuestos, reconocer pilares solidarios cofinanciados por el Estado y ordenar la competencia mediante regulaciones más ceñidas. Por otro lado, en dirección de C3, donde se encuentra cómodo por raíces familiares, la creación de fundaciones con proyectos de valor cultural y pro-preservación del patrimonio ecológico y, ahora último además, por el impulso a redes de protección para sectores mesocrática que estarían desarrollando un fuerte espíritu industrioso e integrándose a los valores de una gran clase media internacional en formación.

El advenimiento de la época post neoliberal ha forzado también al “piñerismo” a ascender por el eje desde un Estado mínimo-gerencial a uno más y más sensible a las demandas hobbesianas de orden y seguridad policial. La metáfora de la mano dura que aprieta y la mano generosa, abierta y socorredora que ayuda da paso gradualmente, por necesidad y como oportunidad, a la metáfora de atrapar a dos manos—una policial, la otra compulsiva—las actuaciones sospechosas que amenazan la integración social.

La respuesta práctica, en tanto, no es novedosa: leyes más duras, distancia del garantismo, refuerzo de las policías, incrementar la vigilancia, espacios más seguros, tolerancia cero con los desmanes y el vandalismo en las escuelas, multiplicar los controles y por esta vía conectar con los temores subterráneos de las ciudades y los ciudadanos y reducir la difundida sensación de victimización. Todo esto hecho de manera temperada; no a lo Bolsonaro ni con estridencias paramilitares, aunque a veces la retórica empleada, como en el caso del “comando jungla”, crea confusión.

A diferencia de lo que dicen las redes sociales, el “piñerismo” no parece estar en recaída hacia un autoritarismo pinochetista ni constituye reacción protofascista, iliberal o de negación democrática. La “mano dura” de Piñera es enguatada y, a la usanza político-gerencial, busca gestionar el temor y el castigo, incentivar la seguridad, racionalizar las policías y sus métodos, introducir eficiencia en estos sectores, aumentar la inteligencia y hacer que la fuerza (violencia) del Estado sea efectivamente un monopolio absoluto y actúe por medio de la presencia y los instrumentos panópticos de control.

En suma, está por verse si la proyección del “piñerismo”, fenómeno central del campo ideológico de la derecha chilena, con su combinación de elementos tomados de C1, C2 y C3, logra armar un modelo eficaz de gobernabilidad para un momento en que se termina el ciclo de la hegemonía neoliberal y la sociedad—global y nacional—se remece desde sus cimientos por la revolución tecnológico-cultural.

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