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Publicado el 21 de mayo, 2020

José de la Cruz Garrido: Pandemia: La dicotomía política entre economía y vida

Centro de Políticas Públicas, Facultad de Gobierno UDD José de la Cruz Garrido

Hasta que no exista una vacuna, el desafío seguirá siendo para todas las naciones el equilibrio entre actividad económica y salud pública. Seguramente, la diferencia la marcarán sociedades más cohesionadas, con mayor capital social y educación cívica, donde la responsabilidad individual y pública son claves.

José de la Cruz Garrido Centro de Políticas Públicas, Facultad de Gobierno UDD
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En la opinión pública se ha instalado la creencia que existe una contraposición entre vida y economía, allí donde se adoptan, por ejemplo, determinadas políticas de cuarentena. Esta dicotomía sería abordada de diversas maneras en distintos países, lo que ha llevado a interpretar la motivación detrás de medidas de cierre total como una manera de priorizar la vida por sobre la economía. En el contexto latinoamericano, Argentina y Perú serían ejemplos de esta política, al punto que el presidente del país transandino instaló esta dicotomía para justificar el cierre total. Brasil, por otra parte, sería la antípoda. La estrategia del gobierno chileno, en este sentido, ha sido objeto de críticas por varios sectores y autoridades por no adoptar una política de cierre total, promoviendo la expansión de la epidemia, poniendo en riesgo la vida de la población.

Esta dicotomía, sin embargo, descansa a mi juicio en una incomprensión de lo que se denomina economía, y cuál es su ámbito de acción sobre la salud pública. Signo de esto, es que no tenemos evidencia del relativo éxito en el control de la epidemia por referencia a un solo plan de acción. Por ejemplo, mientras la cuarentena total ha sido muy exitosa en Nueva Zelanda, no lo ha sido así en Perú. Mientras el primero no tiene nuevos casos al día 11 de mayo, el país vecino medía 3.360 nuevos casos a esa misma fecha (www.endcoronavirus.org).  A nivel global, se observan modelos dinámicos, que han ido variando en el tiempo conforme más a contingencias que a un diseño preestablecido. Pero, más allá de esta diversidad de planes, la pregunta es si es posible separar la protección de la vida y la salud pública de la economía.

En este contexto, cabe hacer algunas precisiones conceptuales. Primero, la salud propiamente tal no es objeto de la economía, sino de la medicina. La salud es una disposición del cuerpo humano, un bien que cada individuo debiera cuidar por su propio bien. Su contrario, la enfermedad, un mal que cada uno debiera prevenir, y que, de no ser así, encargamos su consejo a los médicos. En este punto, lo que cabe distinguir es lo que hace la medicina con la salud de un individuo y lo que hace un gobierno frente a una pandemia, lo que no es medicina, sino políticas de salud pública. Esta distinción no es trivial, porque a diferencia de lo que hace un médico en el plano individual, el gobierno que ejecuta políticas públicas lo hace con una población que interactúa entre sí, responde a incentivos de diversas maneras, así como a las reglas que la autoridad impone. Un buen gobierno toma decisiones sobre la base del conocimiento existente, por ejemplo, en epidemiología, y consultando organismos internacionales y comités de expertos. Pero, a diferencia del médico, en sistemas políticos democráticos, los gobiernos pueden enfrentar una opinión pública adversa, muchas veces desinformada, como una oposición que tiene incentivos para desacreditar sus decisiones. Por lo mismo debe persuadir a dicha población, lo que depende de la confianza al gobierno. Además, las reglas que impone la autoridad no necesariamente son acatadas por la población y el monitoreo es caro o imposible.

Así, el objetivo de las medidas de salud pública es asunto de la economía política, considerando además que estas deben ser financiadas por medios de ingresos asociados al trabajo. Y esta circularidad entraña la relación entre la economía y la vida. Si la actividad económica se detiene, el gobierno no cuenta con recursos para financiar una crisis sanitaria. Una crisis sanitaria que afecte de manera permanente y profunda su base productiva puede tener efectos en las condiciones básicas de subsistencia de la población más vulnerable. Lo que pone en riesgo, asimismo, la salud y vida de las personas, al igual que una pandemia, en el largo plazo. Y en esto existe un consenso, desde Platón hasta Adam Smith, que la subsistencia es posible gracias a la actividad productiva y el intercambio en la generación de riqueza.

En definitiva, hasta que no exista una vacuna, el desafío seguirá siendo para todas las naciones el equilibrio entre actividad económica y salud pública. Seguramente, la diferencia la marcarán sociedades más cohesionadas, con mayor capital social y educación cívica, donde la responsabilidad individual y pública son claves. Lo que seguramente explica la diferencia en los resultados entre Nueva Zelanda y Perú. Por lo mismo se debe reforzar, a nivel local, una cultura republicana que, más allá de la medida de turno, sea respetuosa de los riesgos asociados a la crisis sanitaria, entre cuyos efectos está mermar los medios de subsistencia de la sociedad.

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