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Publicado el 31 agosto, 2020

José de la Cruz Garrido: El constituyente y la prudencia del gobierno

Centro de Políticas Públicas, Facultad de Gobierno UDD José de la Cruz Garrido

El Presidente Piñera ha hecho lo que es prudente: negociar esos ideales y las promesas de campaña. Lo que prima es la república. La racionalidad de la política que no negocie está, en este contexto, condenada al fracaso, y la virtud cívica debe dejar a un lado el miedo.

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Por este medio se ha afirmado una idea que sostiene que, con el acuerdo de noviembre, que inicia un proceso constituyente, Piñera “renunciaba a una de sus promesas más importantes de campaña”, a saber,renuncia a sus ideales y valores para ceder a la presión ejercida por la violencia”. En definitiva,al renunciar a sus principios y valores para frenar la violencia solo ha sentado un precedente nefasto que, irónicamente, ha terminado por generar más violenciaLo que sería una especie de capitulación.

A mi juicio, desde la ciencia política, esta idea pasa por alto dos aspectos cruciales para entender el proceso político que estamos viviendo.

Por una parte, una nota histórica que está detrás de los procesos constituyentes. En la historia de Chile no tenemos memoria de ningún cambio en el régimen político que no seasino, el resultado de una crisis violenta. En 1810, 1818, 1833, 1925 y 1980, todos los procesos constituyentes vienen precedidos de guerras, crisis permanentes de anarquía política, con tratativas constitucionales fallidas (1823, 1828) o golpes de Estado (1924, 1973). En efecto, sólo a pocos días del golpe de 1973, en plena represión militar a los grupos más extremos de la izquierda castrista, se reunía la Comisión Ortúzar que da letra a la Constitución de 1980. O, por ejemplo, la República Parlamentaria que se da dentro del marco de la Constitución de 1833, que no es sino el resultado de una guerra civil (1891). Es decir, un cambio de facto del régimen político, que incluye de manera trágica el suicidio del mismo Presidente de la República. Y tenemos más historias. La única excepción es lo que se firma el 2005, en el marco de la carta de 1980. Carta que viene precedida de reformas por medio de un plebiscito (1989), a las que se suman una serie de cambios en el Congreso. Quizá, por lo mismo, una constitución condenada al olvido.

Pero esto no es nuevo y exclusivo de nuestra historia. Es cosa de mirar el proceso que vivió Inglaterra el siglo XVII, en el que ya maduro el conflicto religioso político, deriva en una primera guerra civil (1642-1646), fundar un Commonwealth sobre la tumba del regicidio de Carlos I (1649), de lo que se sigue la dictadura de Cromwell (1653-1658), luego un Parlamento largo” hostil a la monarquía (1640-1660), desde el cual se restituye la monarquía con el acceso de Carlos II (1660), para culminar en la Revolución Gloriosa (1688). No en vano, este periodo vio nacer los dos tratados más importantes sobre el régimen político de ese siglo: el Leviatán (1651) y el Segundo Tratado del Gobierno Civil (1690). Autores de dos ideologías aparentemente opuestas, las que, sin embargo, comparten el exilio político. Una monarquista y la otra parlamentarista: Thomas Hobbes y John Locke, respectivamente.

O bien, es cosa de revisar la historia norteamericana que incluye una Revolución de Independencia (1776), una Guerra de Secesión (1861-1865) y, por qué no decirlo, un golpe de estado blanco (1963). Todos procesos en que los ideales propuestos no se implementaron con la letra, sino en el devenir de las negociaciones, como el fin de la esclavitud, la dependencia política y la segregación racial.

En conformidad, un segundo aspecto que se sigue de la evidencia histórica es que omite la racionalidad propia de la política: sortear el conflicto no es una capitulación, sino una condición del pacto consentido. En tono maquiavélico y hobbesiano, lo que suma y resta es el cálculo, la negociación, es decir, la prudencia. Siguiendo al florentino, el conflicto entre plebe y nobili es algo positivo. Quien desee reformar la constitución de un Estado debe conservar la sombra de las antiguas instituciones (Discorsi cap. XXV). La república debe admirar así el vivere politico ed incorrotto (Discorsi cap. LV).

Desde ambos puntos de vista, el Presidente Piñera ha hecho lo que es prudente, negociar esos ideales y las promesas de campaña. Lo que prima es la república. La racionalidad de la política que no negocie está, en este contexto, condenada al fracaso, y la virtud cívica debe dejar a un lado el miedo. En tono estoico, el desenlace de la historia no depende de él. Ya está echada la rueda de la fortuna y el príncipe podrá con esa misma fortuna dilatar la caída del antiguo régimen. En este contexto, el irrespeto al régimen político aún vigente es una situación que se viene viviendo hace años. Así, la puesta en marcha del proceso constituyente, en medio de una revuelta urbana sin precedentes a nivel global, es el mecanismo menos violento, incluso en la experiencia comparada chilena, de hacer un cambio en el régimen político. Paso del que no tenemos ninguna certeza que resuelva el conflicto, ni anticipar su desenlace, pero que está lejos aún de la violencia de una guerra civil a la que nos tiene acostumbrada la historia. El gobierno no ha capitulado. No hay ninguna acción capitulante a la que el gobierno estuviera obligada. Chile es una república independiente. Más bien, ha gobernado con prudencia. Y la virtud cívica republicana consiste en enfrentar el miedo, no negarlo.

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