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Publicado el 21 noviembre, 2020

José de la Cruz Garrido: El Congreso y el ostracismo de la excelencia

Centro de Políticas Públicas, Facultad de Gobierno UDD José de la Cruz Garrido

Seguramente, los expertos y legisladores que abogan por el fin de las escuelas de alto rendimiento públicas tengan a sus hijos e hijas en la educación particular pagada. Esto llana en el clasismo, ya que de alguna manera están condenando al ostracismo la excelencia y el esfuerzo ajenos.

José de la Cruz Garrido Centro de Políticas Públicas, Facultad de Gobierno UDD
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Que la deliberación política de algunos políticos no se aviene con los resultados de la ciencia y la técnica se ha vuelto una costumbre. En la antigua Grecia existió una institución que buscaba proteger a la democracia de las conspiraciones, pero que terminó siendo utilizada como herramienta partidista: el ostracismo. Esto ocurre con la nueva embestida de la Cámara de Diputados al rechazar el financiamiento de los Liceos Bicentenario, afectando la matrícula de 163.000 estudiantes, en su mayoría vulnerables.

Por supuesto que este rechazo no es nuevo y tiene antecedentes. El segundo gobierno de Bachelet. Las “razones” son las mismas: la “exclusión” y que no son un aporte a la educación. Pero un detalle: ninguna evidencia empírica, ningún análisis técnico.

En este contexto, cabe destacar la evidencia existente sobre el programa de Liceos Bicentenario de Excelencia. Lo primero, en la práctica no selecciona. De ahí la relevancia de aumentar la oferta, dado el constante aumento de la demanda por educación pública de calidad. Tal como lo muestra Scappini en su trabajo “Políticas públicas que favorecen la movilidad social: una radiografía al programa liceos bicentenario” (2017) que evaluó el programa por medio de encuestas y entrevistas en profundidad, concluye que estos liceos terminaron aceptando prácticamente a todo quien postuló a alguno de sus cupos, e incluso han ido en busca de alumnos dentro de la comunidad. Un caso notable, el del Liceo Bicentenario Minero SS Juan Pablo II de Alto Hospicio que ha multiplicado su matrícula por 10 y el año 2020 lidera el puntaje PSU de la Región de Tarapacá.

En “Análisis del Estado de Implementación del Programa Liceos Bicentenario de Excelencia” (Carrasco et al., 2014) los resultados intermedios (retiro, asistencia, reprobación, variación en puntajes SIMCE, Variación en puntajes PSU) habían mejorado notoriamente. Así, la asistencia en los niveles bicentenarios aumentó de un 77% en 2011 a un 91% en 2013, mientras que el retiro disminuyó de un 7% en 2008 a un 2,0% en 2013. La reprobación de estudiantes, a su vez, bajo desde un 12,4% en 2008 a un 5,8% en 2013.

En efecto, Bravo et al., (2016), señala que el programa de Liceos Bicentenario contó con tres áreas prioritarias que contribuyen a lograr los objetivos esperados: los aportes financieros, el apoyo pedagógico, y el seguimiento de aprendizajes. Un factor clave: el liderazgo directivo.

Hay aún más evidencia desde su primera implementación interrumpida en nombre de la inclusión. No olvidar el debate en la Comisión de Educación del proyecto de ley del año 2019 que buscaba establecer un “sistema de selección por mérito con inclusión en los establecimientos educacionales de alta exigencia académica y de especialización temprana (boletín N° 12488-04) donde se esgrimieron argumentos contra el mérito académico. Los argumentos anti meritocráticos se centran en mostrar que el mérito se reduce al esfuerzo o al talento, los que serían además atributos fruto de la lotería de la vida. No solo estos, la inteligencia también. Este reduccionismo de la vida humana define un principio de igualdad de oportunidades como “nivelar la cancha”, en el sentido de “darle más al que tiene menos”. Donde paradójicamente, “dar más” -en estos argumentos- es desconocer el esfuerzo, la inteligencia y el talento de los que tienen menos; mientras, los que tienen más pueden acceder a oportunidades, incluso sin talento, esfuerzo o inteligencia, por el solo hecho de tener más. En un contexto donde las políticas que apuntan a regular la educación pública no puede pasar por alto la existencia de la educación privada pagada no regulada.

Seguramente, los expertos y legisladores que abogan por el fin de las escuelas de alto rendimiento públicas tengan a sus hijos e hijas en la educación particular pagada. Esto llana en el clasismo, ya que de alguna manera están condenando al ostracismo la excelencia y el esfuerzo ajenos. Además, de un profundo paternalismo que desprecia los talentos en los más desfavorecidos.

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