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Publicado el 21 diciembre, 2020

José Antonio Viera-Gallo: Una Navidad diferente

Abogado y político. José Antonio Viera-Gallo

Celebramos un nacimiento que anuncia desde la precariedad, la amenaza y la incertidumbre, la posibilidad de un impulso de renovación. No solo personal, sino también colectiva.

José Antonio Viera-Gallo Abogado y político.
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Esta Navidad nos encuentra a todos en un estado de ánimo especialmente sensible. Como nunca en nuestras vidas se ha hecho presente la peste, la pandemia. Vivimos en un precario estado de emergencia sanitaria.

Escribo acatando las normas de confinamiento.

Más allá de la puerta de nuestra casa nos acecha el contagio, la enfermedad, el dolor y tal vez la muerte. Es decir, todo aquello de lo cual buscamos escapar. Si bien U. Beck nos alertaba sobre “la sociedad del riesgo” como una característica del mundo en que vivimos, todo estaba organizado en nuestro entorno para crear una aparente certeza, una exigencia de éxito, y para distraer nuestra imaginación con logros económicos, proyectos políticos, popularidad mediática o introspecciones a la carta en busca de serenidad sicológica.

Para la inmensa mayoría la vida transcurría en una rutina serena, sin mayores sobresaltos, aunque con frecuencia manifestaran su descontento y sobre todo los jóvenes criticaran no sin razón las desigualdades e injusticias actuales. Hasta que apareció y se difundió el virus, ese que se expande por el aire que respiramos. Habíamos leído de las plagas de Egipto, de la peste en Atenas, en Roma, en la Edad Media, incluso de la gripe española, pero no habíamos experimentado algo parecido.

Tal vez en estas condiciones tan extremas que han planteado más de una interrogante sobre cómo será la vida post covid-19, podamos descubrir esta Navidad algunos aspectos que normalmente quedan sepultados por las luces, los adornos, los papeles de regalo y el consumo compulsivo, y que nos hablan de la tensión fundamental de la vida humana: corta en el tiempo, siempre desafiante para encontrar su sentido, signada por hechos incontrolables -llámese destino o providencia-, siempre tensionada entre el dolor y la alegría, y al final aferrada a la esperanza frente a la muerte.

Bobbio, en sus reflexiones sobre la vejez en De senectute –él, que no era creyente sino un laico-, nos advierte que nadie puede escapar a las preguntas fundamentales sobre las razones para vivir, y a esa actitud la califica de “religiosa”, en el sentido que al ser interpelada nuestra razón, buscar una respuesta se adentra en el laberinto del misterio, es decir, de todo aquello que no conocemos y que tal vez nunca terminemos de conocer. Afirmaba Bobbio: “Al no haber estado nunca en paz conmigo mismo traté desesperadamente de estar en paz con los demás”. 

Lo peculiar de la fiesta de Navidad es que nos recuerda ese desafío, pero esta vez no en torno a la vejez y la muerte, sino referido al inicio de la vida.

Conmemoramos el nacimiento de un niño largamente anunciado por los profetas de Israel, que luego con sus actos y palabras cambiará profundamente el mundo de su época, y cuyo mensaje perdura hasta nuestros días.

Ese niño fue concebido en forma irregular. Su joven madre -hoy diríamos una adolescente– lo concibió sin “haber conocido varón”. Algo extraño que pocos creyeron en su entorno y que ella tampoco pudo explicar. Hasta su prometido esposo estuvo a punto de repudiarla. El parto encontró a la pareja de viaje en Belén para empadronarse en el censo ordenado por el Emperador Augusto. La leyenda dice que María dio a luz en un establo. Podemos imaginar que sin ningún tipo de asistencia sanitaria. Cuando el niño fue presentado en el Tempo -como prescribía la ley– el sacerdote predijo un gran destino para el recién nacido, pero anunció desgracias y sufrimientos.

Al poco tiempo tuvieron que salir al exilio hacia Egipto para evitar la persecución del rey Herodes. El niño corría peligro de muerte. Por su causa fueron asesinados muchos otros primogénitos a manos de los esbirros del tirano.

Es una historia conmovedora. Llena de contrastes, sobre todo si recordamos la presencia de esos sabios de Oriente que se pusieron en camino para conocer al recién nacido luego de auscultar los signos de los astros.

El personaje decisivo es la madre. Llama la atención su fortaleza, siendo tan joven; su seguridad, viviendo circunstancias tan poco comunes; su confianza en el curso que tomarían los acontecimientos. Su vida entera estuvo marcada por ese hijo, a quien siguió hasta el final.

Celebramos un nacimiento que anuncia desde la precariedad, la amenaza y la incertidumbre, la posibilidad de un impulso de renovación. No solo personal, sino también colectiva. Sumidos como nos encontramos en una vorágine de peligros, donde el futuro se desdibuja y somos presos de nuestra memoria, podemos entender mejor esas preguntas fundamentales a que se refería Bobbio al final de sus días y que han motivado siempre la reflexión filosófica, la inquietud científica y la búsqueda espiritual.

El gran legado de ese Niño se puede sintetizar en la esperanza que nos mueve a seguir adelante. No cada uno solo, sino todos juntos haciéndonos cargo de los demás. La fuerza de la vida más allá de toda adversidad o pérdida, nos indica que hay motivos suficientes para enfrentar sus desafíos.

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