Leyendo la columna de un amigo en que enumera las incógnitas que el nuevo Presidente deberá despejar -relativas en su mayoría a las diferencias y aun contradicciones de la coalición que lo respaldó desde un inicio-, me vino a la mente que la política tiene un importante factor subjetivo que no se deja aprisionar en los esquemas puramente racionales.

El contundente triunfo de Boric nos recuerda que existe el factor sorpresa, es decir, que elementos imprevistos cambien un escenario previsto. Se hablaba de un empate técnico o de una lucha voto a voto entre Boric y Kast y en cambio el resultado arrojó una diferencia de 11 puntos. Boric fue capaz de ampliar la participación electoral y entusiasmar a muchísimos nuevos votantes, que luego repletaron calles y plazas celebrando la victoria obtenida.

¿Esa capacidad -propia del liderazgo- de dónde surge? Para explicarla no bastan los asesores políticos o electorales, ni los sesudos análisis sobre la situación del país y las aspiraciones de las personas. El líder político, al final, apela a su intuición, o sea, a su sensibilidad para conectar con la gente, para ponerse en los zapatos de los otros, para entender sus preocupaciones y anhelos más sentidos de vivir mejor. Por eso a veces toma decisiones en solitario que sus equipos y fuerzas políticas que lo respaldan no comparten.

Boric entendió que la protesta social debía encauzarse institucionalmente y no desbordar la democracia. No fue táctica, ni oportunismo, sino una opción de fondo. Y los ciudadanos la refrendaron el domingo con su voto. Le creyeron y confiaron en el joven magallánico que en una década pasó de la movilización estudiantil al Parlamento y que aspiraba a conducir el país.

Habría muchas razones para explicar ese respaldo. Creo no equivocarme si resalto una: la credibilidad de Boric como persona. A diferencia de tantos, dice lo que piensa, reconoce sus errores, habla con sinceridad, no busca ni la riqueza ni la vanagloria del poder. Es honesto y bien intencionado, idealista sin ser ingenuo, consciente de la complejidad del escenario en que le toca actuar, pero que no se doblega ante las dificultades.

Por eso convocó a multitudes y se ha transformado en el principal dirigente del amplio y plural abanico del progresismo chileno. Sabe que la historia no empezó con su generación ni terminará con ella. La política es una carrera de posta, una representación sin desenlace definitivo. Su fuerza está en la responsabilidad con que asume el papel que está llamado a cumplir junto a otros dirigentes con que han hecho un mismo recorrido.

El domingo vimos cientos de miles de personas contentas en las calles, sin violencia, alegres, entusiasmadas. Frente a ellos Boric habló señalando un camino para su gobierno: transformaciones mediante amplios acuerdos, diálogo con todos, escuchar más que hablar, gobernar con participación, cuidar la democracia y enfrentar el delito, aprender de la esperanza de los niños, cuidar el medio ambiente y defender los derechos humanos para todos cuidando los equilibrios fiscales. Para ello es necesario un nuevo impulso al crecimiento en un contexto internacional diferente.

Se ha abierto una inesperada oportunidad para el país. Un proceso original alejado del populismo y la demagogia.  No debemos defraudar la esperanza de tantos. Poco a poco los prejuicios, temores, suspicacias o recelos de varios debieran irse disipando. Boric no es el maestro de la confrontación y el choque, sino el que busca entender las razones de quienes piensan diferente.

Maquiavelo se imagina a la Fortuna (lo que escapa al control) como una mujer y siguiendo cánones culturales de su época, considera que suele doblegarse ante los líderes jóvenes, que la desafían con audacia, que mueven el horizonte de lo posible, que apuestan por el futuro. No se trata de fanfarrones temerarios, de profetas desarmados, de provocadores insolentes, sino de quienes pueden conducir amplios procesos colectivos, capaces de entender el ritmo de los cambios y la oportunidad de las decisiones, de proponer metas ambiciosas y frenar impulsos irreflexivos.

Es de nuevo el arte de la política, que para tener éxito debe evitar el virus de altura, toda desviación en el ejercicio de la autoridad y aceptar que la realidad será siempre más compleja que los esquemas ideológicos.

Luego del triunfo de Boric, me viene a la memoria una reflexión de El Principito: “es una locura renunciar a todos tus sueños, porque uno no se realizó”. Vale la pena, nuevamente, apostar por el cambio.

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